Las estructuras que expulsan: trabajo, migración y dignidad en la nueva cuestión social
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human and Nonhuman Communication Lab , Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Hay épocas en las que la injusticia no se presenta como escándalo, sino como administración. No grita; calcula. No amenaza; optimiza. No expulsa con una orden visible; reorganiza los territorios, precariza el trabajo, encarece la vida, vuelve imposible permanecer, convierte la migración en destino y después trata al migrante como problema. Magnifica Humanitas de León XIV nos obliga a mirar ese mecanismo con una lucidez incómoda: la inteligencia artificial no es el origen de todas las heridas contemporáneas, pero sí revela la forma más sofisticada de una racionalidad que ya venía produciendo exclusión. La IA aparece como el rostro técnico de una crisis más antigua: la subordinación de la dignidad humana a estructuras económicas, políticas y culturales que valoran más la eficiencia que la pertenencia, más la productividad que el arraigo, más la rentabilidad que la vida compartida.
La encíclica no se limita a preguntar qué hará la IA con el trabajo, la democracia o la paz. Pregunta algo más profundo: qué tipo de mundo estamos construyendo cuando el poder tecnológico queda entrelazado con intereses privados transnacionales, con capacidades superiores a las de muchos Estados, y cuando la mayoría de las personas observa desde lejos una transformación que otros diseñan, financian y gobiernan. León XIV advierte que las tecnologías emergentes moldean decisiones e imaginarios colectivos, y que el poder tecnológico contemporáneo posee un rostro predominantemente privado, difícil de discernir y orientar hacia el bien común.
Esa advertencia toca el centro de la nueva cuestión social. En el siglo XIX, Rerum Novarum miró la fábrica y vio algo más que máquinas: vio concentración de riqueza, indefensión obrera, fractura familiar, explotación laboral y abandono moral de quienes sostenían la prosperidad industrial. León XIII no condenó el trabajo ni la propiedad, pero denunció que una economía sin justicia podía entregar a los trabajadores a la codicia de los más fuertes. Hoy, la fábrica se ha vuelto plataforma, nube, centro de datos, algoritmo, sistema predictivo, cadena logística global, mercado financiero automatizado. Pero la pregunta sigue siendo la misma: quién paga el costo humano del progreso.
La automatización no crea por sí sola la desigualdad; la acelera cuando se inserta en estructuras que ya habían debilitado la protección social, precarizado el empleo y fracturado la vida comunitaria. Una economía que sólo pregunta cuánto puede ahorrar al sustituir trabajadores por sistemas inteligentes se vuelve incapaz de preguntarse qué pierde una sociedad cuando millones de personas dejan de tener un lugar significativo en el mundo común. El trabajo no es únicamente ingreso. Es reconocimiento, horario compartido, aprendizaje, pertenencia, responsabilidad, narrativa biográfica, posibilidad de familia, derecho a proyectar futuro. Cuando el trabajo se degrada, no sólo se empobrece el bolsillo; se erosiona la esperanza.
Los datos globales confirman esta tensión: la Organización Internacional del Trabajo reportó que en 2024 el desempleo mundial se mantuvo en torno al 5%, pero el desempleo juvenil siguió siendo mucho más alto, alrededor del 12.6%, mientras el trabajo informal y la pobreza laboral volvieron a niveles prepandémicos, con mayores dificultades para los países de bajos ingresos.
La estabilidad aparente de una cifra puede ocultar una enfermedad más profunda: empleos que no alcanzan para vivir, jóvenes que no logran incorporarse con dignidad, trabajadores sometidos a ritmos inhumanos, plataformas que prometen flexibilidad mientras trasladan los riesgos al individuo, y economías donde la productividad tecnológica no siempre se convierte en justicia salarial.
La encíclica acierta al afirmar que la dignidad del trabajo debe ser custodiada en la transición digital. León XIV no habla del trabajo como una pieza secundaria del debate tecnológico, sino como una dimensión donde la persona participa en la creación, sostiene a su familia y contribuye al bien común. Por eso la IA no puede evaluarse sólo por sus ganancias de eficiencia. Debe ser juzgada por su impacto en la vida concreta de los trabajadores: si libera tiempo o intensifica vigilancia; si distribuye beneficios o concentra utilidades; si dignifica tareas o elimina trayectorias; si abre nuevas oportunidades o vuelve descartables a quienes no logran adaptarse a la velocidad de la máquina.
El problema no es la innovación, sino una innovación sin alianza social. La tecnología puede curar, educar, conectar y cuidar la casa común, pero también puede descartar, dividir y producir nuevas injusticias. La encíclica insiste en que la técnica no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, financia, regula y utiliza. Esa frase debe leerse con toda su carga política: una IA desarrollada bajo la presión exclusiva del mercado tenderá a reflejar la lógica del mercado; una IA gobernada por la seguridad nacional tenderá a reflejar la lógica del control; una IA pensada desde la dignidad humana tendrá que ser diseñada, evaluada y limitada desde el bien común.
Aquí aparece el vínculo con la migración. Una persona migra muchas veces cuando su territorio deja de prometer vida. Migra cuando el trabajo no alcanza, cuando la violencia rompe la convivencia, cuando el clima destruye cosechas, cuando la deuda ahoga, cuando el Estado no protege, cuando la juventud no ve futuro, cuando la economía local se vuelve expulsora. La migración no es sólo desplazamiento geográfico; es síntoma de una casa común que ha dejado de hospedar. Según ACNUR, al final de 2024 había 123.2 millones de personas desplazadas forzosamente por persecución, conflicto, violencia, violaciones a derechos humanos o acontecimientos que alteraron gravemente el orden público.
Ese número no debe leerse como estadística humanitaria distante. Cada desplazado es una biografía interrumpida. Cada familia en tránsito es una comunidad rota. Cada niño migrante carga una pedagogía del miedo. Cada frontera militarizada revela una falla previa de la justicia. El migrante no aparece al final de la crisis; aparece después de que muchas estructuras ya fallaron: empleo, seguridad, tierra, Estado, comunidad internacional, paz, clima, mercado. Por eso una reflexión cristiana sobre IA y dignidad no puede limitarse a laboratorios, empresas o parlamentos. Debe mirar las rutas migratorias, los albergues, los campos de refugiados, los cruces fronterizos, los cuerpos agotados de quienes caminan porque quedarse se volvió imposible.
León XIV propone una gramática profundamente cristiana para esa mirada: asumir la perspectiva de las víctimas, desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, relanzar el diálogo y recuperar la diplomacia y el multilateralismo. La paz, en la encíclica, no es sentimentalismo; es arquitectura moral y política. Tampoco es ausencia de conflicto; es presencia activa de condiciones que permiten vivir sin miedo.
Una economía que expulsa, una tecnología que vigila, una política que deshumaniza al extranjero y una comunicación que convierte al vulnerable en amenaza no construyen paz; sólo administran la violencia hasta que estalla en otra parte.
La IA puede agravar esta situación cuando se usa para clasificar migrantes, automatizar sospechas, perfilar riesgos, vigilar fronteras, detectar comportamientos, acelerar deportaciones o distribuir beneficios mediante sistemas opacos. Pero también puede ayudar a anticipar crisis humanitarias, coordinar asistencia, traducir lenguas, localizar familias, mejorar servicios y proteger derechos. La diferencia no está en el sistema en abstracto, sino en la racionalidad moral que lo gobierna. Si la IA se coloca al servicio de la seguridad sin dignidad, vuelve al migrante un dato sospechoso. Si se coloca al servicio de la hospitalidad responsable, puede ayudar a cuidar vidas.
La gran pregunta ética no es si las sociedades tienen derecho a ordenar sus fronteras; es si pueden hacerlo sin olvidar que el extranjero sigue siendo persona. La tradición cristiana no permite reducir al migrante a flujo, amenaza, carga fiscal o problema administrativo. Su rostro interrumpe la comodidad de las categorías. Lleva consigo una verdad que las sociedades prósperas no siempre quieren escuchar: nadie abandona su hogar sin haber perdido antes algo esencial. El derecho a migrar debe ser pensado junto al derecho a no verse obligado a migrar. Una economía justa no sólo gestiona desplazamientos; crea condiciones para que las personas puedan permanecer con dignidad en su tierra.
De ahí la importancia de revisar las estructuras económicas que producen expulsión. No basta hablar de inclusión digital si los territorios siguen siendo saqueados por modelos extractivos. No basta ofrecer capacitación en habilidades tecnológicas si los jóvenes viven en comunidades sin empleo digno. No basta celebrar el emprendimiento si el costo de fracasar recae siempre en los más frágiles. No basta automatizar servicios públicos si la persona pobre queda atrapada en sistemas que no puede apelar. No basta prometer innovación si los beneficios se concentran y los riesgos se socializan.
Magnifica Humanitas exige una economía que valore la dignidad y una responsabilidad compartida entre científicos, empresarios, trabajadores, educadores, legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. La imagen de Nehemías es decisiva: cada quien tiene un tramo de muralla que reconstruir. Pero esta metáfora no debe quedarse en belleza espiritual. En nuestro tiempo, reconstruir murallas significa fortalecer sindicatos y asociaciones laborales ante la automatización; proteger a trabajadores de plataformas; regular sistemas algorítmicos que afectan derechos; garantizar formación continua; auditar tecnologías de alto impacto; redistribuir beneficios de productividad; proteger a familias jóvenes; cuidar territorios expulsados; defender migrantes; y recuperar la paz social desde la justicia.
La paz social no se rompe de golpe. Se desgasta cuando el trabajador ya no cree que su esfuerzo le permitirá vivir mejor. Se desgasta cuando el joven no puede imaginar un futuro propio. Se desgasta cuando la familia aplaza indefinidamente sus proyectos por precariedad. Se desgasta cuando la política se vuelve espectáculo de enemigos. Se desgasta cuando la comunicación pública humilla en lugar de comprender. Se desgasta cuando el migrante es utilizado como chivo expiatorio de problemas que las estructuras económicas produjeron. Se desgasta cuando la tecnología promete personalización, pero la vida se siente cada vez más impersonal.
Por eso el llamado social que nace de esta encíclica no puede ser una defensa abstracta de la humanidad. Debe ser una lectura concreta de las heridas que impiden habitar la casa común. La IA es un tema decisivo, sí, pero no aislado. Está conectada con empleo, energía, agua, minerales, educación, seguridad, migración, democracia, verdad, guerra y familia. Una inteligencia artificial construida sobre sociedades desiguales no necesariamente corregirá la desigualdad; puede volverla más eficiente.
Una IA desplegada en democracias debilitadas no necesariamente fortalecerá la deliberación; puede acelerar la manipulación. Una IA usada en economías precarizadas no necesariamente liberará tiempo; puede intensificar control. Una IA inscrita en culturas que desprecian al migrante no necesariamente protegerá vidas; puede perfeccionar la exclusión.
La tarea, entonces, consiste en disputar la orientación del progreso. No se trata de elegir entre técnica y humanidad, sino de impedir que la técnica sea capturada por una idea empobrecida de humanidad. El ser humano no es sólo fuerza laboral que debe actualizarse, ni consumidor que debe ser persuadido, ni usuario que debe ser retenido, ni migrante que debe ser clasificado, ni pobre que debe ser administrado, ni ciudadano que debe ser segmentado electoralmente. Es criatura con dignidad, historia, cuerpo, vínculos, vocación, memoria y derecho a participar en la construcción del mundo común.
León XIV nos devuelve a una intuición antigua y urgente: el verdadero progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos, no por la potencia de sus instrumentos. Esa medida cambia todo. Obliga a preguntar si una empresa tecnológica mejora la vida de quienes no tienen poder. Obliga a preguntar si una política migratoria protege la vida antes que la imagen electoral. Obliga a preguntar si una economía genera empleos con sentido o sólo rentabilidad financiera. Obliga a preguntar si la IA distribuye capacidades o concentra dependencia. Obliga a preguntar si nuestras instituciones educan para discernir o sólo entrenan para adaptarse.
La nueva cuestión social no se resolverá únicamente con códigos éticos ni con declaraciones de principios. Necesita instituciones, leyes, cultura, educación, comunidad, sindicatos, cooperación internacional, diplomacia, espiritualidad, investigación, periodismo serio y empresas capaces de reconocer límites. Pero también necesita algo más difícil: una conversión de la mirada. Ver al trabajador antes que la tarea automatizable. Ver al migrante antes que el expediente. Ver al joven antes que la estadística. Ver al pobre antes que el costo presupuestal. Ver al anciano antes que la brecha digital. Ver al otro antes que el dato.
La IA no nos está obligando únicamente a pensar el futuro de la tecnología; nos está obligando a revisar las estructuras que ya habían vuelto inhabitable la vida para millones. Si la casa común expulsa, ningún algoritmo podrá llamarse humano. Si el trabajo pierde dignidad, ninguna productividad será suficiente. Si la migración se vuelve condena y no derecho protegido, ninguna frontera será verdaderamente segura. Si la paz se construye sin justicia, sólo será pausa entre violencias.
La Iglesia, desde su tradición social, tiene aquí una palabra que no puede reducirse a consuelo. Debe ser brújula y aguijón. Brújula para orientar la técnica hacia el bien común. Aguijón para incomodar a quienes se benefician de estructuras que expulsan, precarizan y silencian. Magnifica Humanitas abre esa posibilidad. Nos recuerda que no habrá inteligencia verdaderamente humana mientras el progreso siga dejando cuerpos en los márgenes. La dignidad no se programa después; se coloca al inicio, como principio, límite y destino. Sólo entonces la casa común dejará de ser una metáfora bella para convertirse en una tarea histórica: que nadie tenga que huir para poder vivir, que nadie tenga que volverse invisible para ser útil, que nadie sea tratado como residuo del futuro que otros diseñaron.




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