Lo que falta por decir: Magnifica Humanitas, justicia social y los silencios necesarios de una encíclica sobre la IA
- 29 may
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human and Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Toda palabra profética tiene una doble responsabilidad: iluminar lo que una época no quiere mirar y, al mismo tiempo, reconocer aquello que todavía no se atreve a nombrar por completo. Magnifica Humanitas de León XIV entra en la historia como una encíclica mayor porque comprende que la inteligencia artificial no es un asunto técnico, sino un acontecimiento antropológico, social y espiritual. Su fuerza está en haber colocado a la persona humana, el bien común, la verdad, el trabajo, la libertad y la paz en el centro de una revolución que suele ser narrada desde la eficiencia, la inversión, la automatización y el poder computacional. Sin embargo, precisamente por su grandeza, el documento también debe ser leído desde sus bordes: ahí donde su voz abre caminos, pero deja zonas pendientes; ahí donde su prudencia pastoral evita la estridencia, pero corre el riesgo de no incomodar lo suficiente a quienes gobiernan las nuevas arquitecturas del mundo.
La encíclica tiene una intuición central: la tecnología no puede pensarse como neutral. León XIV afirma que la técnica “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”; por ello, la primera elección no es aceptar o rechazar la tecnología, sino decidir si construiremos Babel o reconstruiremos Jerusalén. Esa oposición bíblica es más que una metáfora: es una cartografía moral del presente. Babel representa la uniformidad, el lucro idolatrado, la reducción del misterio humano a datos y rendimientos. Jerusalén simboliza una obra común, paciente, comunitaria, donde cada actor asume su tramo de muralla para reconstruir vínculos, justicia y fraternidad.
Ese planteamiento es poderoso porque desplaza la discusión. La IA deja de ser una herramienta fascinante o amenazante para convertirse en signo de una racionalidad. No se trata sólo de preguntar qué puede hacer la máquina, sino qué forma de humanidad está codificando. La encíclica acierta al advertir que la digitalización, la IA y la robótica transforman profundamente la vida cotidiana, los procesos de decisión y el imaginario colectivo. También reconoce que el poder tecnológico actual posee un rostro inédito: ya no está conducido principalmente por los Estados, sino por actores privados transnacionales con recursos y capacidades superiores a las de muchos gobiernos.
Ahí se encuentra una de las puertas más importantes que abre el documento, pero también uno de sus silencios más exigentes. León XIV identifica el problema de la concentración privada del poder tecnológico, pero no desarrolla con suficiente precisión las estructuras económicas, financieras y geopolíticas que sostienen esa concentración. Se advierte el riesgo, pero falta cartografiar con mayor densidad sus mecanismos: propiedad de infraestructuras en la nube, monopolios de datos, dependencia de modelos fundacionales, cadenas de suministro de minerales, poder de las plataformas, captura de talento científico, opacidad de inversiones, externalización de costos laborales y desigualdad entre países productores de tecnología y países meramente consumidores de sistemas automatizados.
No se trata de pedirle a una encíclica que se convierta en tratado técnico de regulación digital. Su naturaleza no es ésa. El magisterio social no sustituye a la política pública, al derecho, a la ingeniería, a la economía ni a la investigación científica. Pero sí puede nombrar con mayor fuerza aquello que moralmente no debe permanecer encubierto. Rerum Novarum no fue un manual de economía industrial, pero tuvo la audacia de señalar la acumulación de riqueza en pocas manos, la pobreza de la mayoría, la indefensión obrera y la “inhumanidad de los empresarios” cuando el trabajador era entregado al poder de quienes controlaban capital y contratación.
Esa audacia histórica es la vara con la que hoy se mide Magnifica Humanitas. León XIII no destruyó la propiedad privada ni abrazó sin más el socialismo de su tiempo; tampoco se replegó en una espiritualidad desencarnada. Intervino en la cuestión social afirmando que la Iglesia no podía guardar silencio ante una mayoría que vivía en condiciones miserables y calamitósas.
León XIV recupera esa tradición, pero el nuevo escenario reclama una segunda precisión: así como la cuestión obrera exigió nombrar el conflicto entre capital y trabajo, la cuestión algorítmica exige nombrar el conflicto entre poder computacional y dignidad humana, entre acumulación de datos y bien común, entre automatización rentable y trabajo con sentido.
El riesgo de no hacerlo es evidente: que la encíclica sea celebrada por todos sin transformar a nadie. Que los líderes tecnológicos la citen como inspiración ética sin modificar sus modelos de negocio. Que los gobiernos la reciban como exhortación moral sin construir instituciones de supervisión. Que las universidades la conviertan en tema de seminario sin revisar sus propias dependencias tecnológicas. Que la sociedad civil la aplauda sin organizar nuevas formas de alfabetización, vigilancia democrática y resistencia comunitaria.
El segundo gran silencio tiene que ver con los últimos de la fila. El documento habla de la opción por los pobres, de los más frágiles, de las nuevas esclavitudes, de la dignidad del trabajo, de la familia, de los jóvenes, de la paz y de las víctimas. También pide traducir los criterios de discernimiento en prácticas como planificación responsable, evaluación de impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital e industria orientada a la justicia y la paz.
Sin embargo, la encíclica podría haber incorporado con mayor presencia narrativa a los sujetos concretos que padecen la revolución digital: trabajadores de plataformas, migrantes biometrizados, comunidades indígenas despojadas de territorio por cadenas extractivas, niños expuestos a sistemas de manipulación afectiva, mujeres víctimas de violencia digital, moderadores de contenido, etiquetadores de datos, docentes precarizados por la automatización educativa, ancianos excluidos por la burocracia digital.
La ausencia no cancela la fuerza del texto, pero señala una tarea. Si la IA afecta de manera diferenciada a quienes ya estaban en situación de vulnerabilidad, la Doctrina Social de la Iglesia debe escuchar no sólo a tecnólogos, empresarios, legisladores y académicos, sino también a quienes son clasificados, vigilados, automatizados, excluidos o sustituidos. La dignidad humana no puede defenderse únicamente desde arriba. Debe ser escuchada desde abajo, desde el territorio, desde el cuerpo que sufre, desde el trabajador que no entiende por qué un algoritmo lo penaliza, desde la madre que no puede acceder a un servicio porque el sistema la rechaza, desde el migrante que se vuelve sospechoso antes de hablar.
Aquí conviene evitar una trampa frecuente: reducir esta exigencia a una etiqueta ideológica. Defender a los pobres, exigir justicia para los trabajadores, denunciar la concentración del poder o pedir que la técnica sirva al bien común no convierte la encíclica en un manifiesto partidista ni en una agenda “woke”.
En la tradición cristiana, la preocupación por los vulnerables no nace de una moda cultural, sino del Evangelio, de la Encarnación y de la convicción de que la dignidad humana no depende de utilidad, productividad, visibilidad o fuerza. La justicia social, cuando está arraigada en la fe, no es resentimiento contra los fuertes, sino memoria moral de los olvidados.
Ese punto es decisivo. Una lectura ideologizada intentará desactivar la encíclica de dos maneras opuestas. Unos dirán que es demasiado social, demasiado crítica, demasiado cercana a las agendas contemporáneas de inclusión. Otros dirán que no es suficientemente radical, porque no nombra con dureza a los responsables estructurales. Ambas lecturas pueden empobrecer el documento si olvidan su centro: León XIV no está proponiendo una guerra cultural, sino una conversión civilizatoria. Su lenguaje no parte de la sospecha política, sino de una antropología cristiana que considera a la persona imagen de Dios, llamada a la comunión, al trabajo digno, a la verdad y a la paz.
El tercer silencio, por tanto, es el de la operatividad. La encíclica pide instrumentos normativos adecuados para salvaguardar la justicia y contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico, pero insiste en que la cuestión no se limita a la regulación. Esa afirmación es correcta: ninguna ley bastará si la cultura sigue venerando la eficiencia sin compasión, la innovación sin responsabilidad y la ganancia sin límite. No obstante, la ética necesita instituciones. La buena voluntad no audita algoritmos. La compasión no garantiza transparencia. La fraternidad no sustituye mecanismos de rendición de cuentas. La dignidad requiere marcos jurídicos, métricas de impacto, derechos digitales, supervisión independiente, participación comunitaria y sanciones reales ante daños automatizados.
La encíclica, precisamente por su vocación universal, podría detonar una agenda más concreta: observatorios católicos e interreligiosos sobre IA y dignidad humana; auditorías éticas de tecnologías usadas en educación, salud, migración y trabajo; criterios de compra pública responsable; formación digital para parroquias, escuelas y universidades; defensa de trabajadores desplazados por automatización; alianzas con sindicatos, organizaciones civiles y comunidades científicas; diplomacia vaticana para prohibir armas autónomas letales; protocolos contra violencia digital y explotación infantil; y una pedagogía pública sobre datos, plataformas, verdad y libertad.
Nada de esto traicionaría el espíritu espiritual del documento. Al contrario, lo encarnaría. Porque el Verbo se hizo carne, la justicia no puede quedarse en concepto. Porque Dios entra en la historia, la dignidad debe entrar en los contratos, las aulas, las plataformas, los códigos, los presupuestos, los tratados internacionales y los diseños institucionales. La fe no se vuelve menos teológica cuando toca el trabajo, la economía o la tecnología. Se vuelve más fiel al misterio de la Encarnación.
El cuarto silencio está en el diálogo con otras racionalidades culturales y religiosas. Magnifica Humanitas está firmemente situada en la tradición católica y, desde ahí, ofrece una palabra de valor universal. Pero la IA es un fenómeno global que atraviesa culturas, credos, lenguajes y cosmovisiones. El documento podría ser el inicio de un diálogo más amplio con tradiciones judías, islámicas, budistas, hinduistas, indígenas y humanistas seculares. La pregunta por la dignidad en la era algorítmica no puede quedar encerrada en una sola gramática doctrinal, por más rica que sea. Debe traducirse a lenguajes compartidos: cuidado, límite, sabiduría, justicia, responsabilidad, comunidad, hospitalidad, no violencia, protección de los débiles.
En este sentido, la encíclica puede ser más que un texto católico. Puede convertirse en una plataforma civilizatoria de conversación. Pero para ello se requiere una recepción activa, no meramente devocional. Los documentos sociales de la Iglesia no viven cuando se citan; viven cuando se traducen en cultura, política, educación, economía, prácticas comunitarias y discernimiento público.
La crítica constructiva, entonces, no debilita Magnifica Humanitas. La honra. Sólo los textos relevantes merecen ser discutidos con exigencia. Un documento menor se consume en el comentario inmediato. Una encíclica mayor se prolonga en preguntas, tensiones y caminos abiertos. Ésta es su grandeza: no clausura el debate sobre IA y dignidad humana; lo inaugura desde una profundidad antropológica que obliga a científicos, comunicadores, empresarios, juristas, educadores, familias, Estados e iglesias a tomar posición.
Quizá el desafío para León XIV y para la Iglesia que camina con él sea dar el siguiente paso: pasar de la gran arquitectura moral a una pedagogía institucional de la responsabilidad. No basta decir que la IA debe servir al ser humano. Hay que preguntar, una y otra vez, en cada escuela, empresa, gobierno, laboratorio y plataforma: ¿a qué ser humano sirve?, ¿quién queda fuera?, ¿quién gana?, ¿quién pierde?, ¿quién responde?, ¿quién decide?, ¿quién puede apelar?, ¿quién ha sido escuchado?, ¿qué heridas está ocultando el entusiasmo tecnológico?
Magnifica Humanitas nos recuerda que la humanidad está ante una elección decisiva: Babel o Jerusalén. Su silencio más fecundo consiste en dejarnos trabajo pendiente. Babel no se derrumba con declaraciones. Jerusalén no se reconstruye con buenas intenciones. La nueva cuestión social exige una Iglesia capaz de hablar al corazón sin dejar de mirar las estructuras; una academia capaz de pensar la técnica sin rendirse a ella; una política capaz de regular sin sofocar la creatividad; una economía capaz de innovar sin descartar; una ciudadanía capaz de usar tecnología sin entregar su alma.
La encíclica ya encendió una lámpara. Ahora falta dirigir esa luz hacia los rincones donde el poder prefiere permanecer en penumbra. Ahí están los datos extraídos, los cuerpos invisibles, las familias agotadas, los trabajadores reemplazables, los migrantes clasificados, los niños expuestos, los pueblos sin voz, los usuarios convertidos en mercancía, los pobres tratados como error estadístico. Si la Iglesia quiere permanecer fiel a su tradición social, no puede limitarse a custodiar la humanidad en abstracto. Debe ayudar a nombrar, defender y acompañar a los seres humanos concretos que esta nueva revolución podría volver descartables.
La pregunta decisiva no es si la encíclica fue suficientemente dura o suficientemente prudente. La pregunta es si nosotros tendremos la valentía de llevarla hasta donde incomoda. Porque toda palabra cristiana sobre la técnica se verifica ahí: no en la elegancia del diagnóstico, sino en la capacidad de impedir que el progreso vuelva a levantarse sobre la espalda de los invisibles.




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