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Cuando la palabra se volvió algoritmo: IA, verdad y comunicación en la nueva Babel digital

  • 1 jun
  • 5 min de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


La inteligencia artificial no llegó únicamente a escribir por nosotros. Llegó a tocar el nervio más delicado de la cultura: la palabra. Allí donde el ser humano prometía, pedía perdón, nombraba al ausente, buscaba justicia o decía “te creo”, apareció una tecnología capaz de ordenar vocablos con precisión hipnótica, sin haber amado, sufrido, recordado ni respondido moralmente por aquello que enuncia. La crisis no está en que la máquina hable. Está en que nosotros olvidemos qué exigía la palabra antes de volverse predicción.


Magnifica Humanitas, primera encíclica de León XIV, irrumpe en un momento en que más de 6 mil millones de personas usan internet y 2.2 mil millones siguen fuera de esa promesa conectiva, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones. DataReportal estima, además, que más de mil millones de personas utilizan plataformas de IA generativa cada mes. La escala importa. No estamos frente a una herramienta marginal ni ante un lujo de laboratorio. Estamos ante una infraestructura simbólica que empieza a intervenir en la manera en que se busca información, se decide, se cree, se gobierna, se educa y se imagina el futuro.


León XIV coloca dos imágenes bíblicas en tensión: Babel y Jerusalén. La primera no es sólo una torre elevada por orgullo. Es la fantasía de una lengua única, una arquitectura total, una racionalidad capaz de traducir la diversidad del mundo a una gramática de dominio. Babel no fracasa por falta de eficiencia. Fracasa porque quiere unidad sin comunión. Quiere altura sin vínculo. Quiere técnica sin rostro. En la encíclica, esa tentación reaparece bajo la forma de un lenguaje digital que pretende convertir incluso “el misterio de la persona” en datos y rendimientos.


La nueva Babel no se construye con ladrillos cocidos. Se levanta con modelos fundacionales, interfaces conversacionales, sistemas de recomendación, nubes de cómputo, métricas de atención y economías de extracción conductual. No busca tocar el cielo; busca responderlo todo. No necesita una torre visible porque habita el bolsillo, la escuela, el hospital, la oficina, el púlpito, el motor de búsqueda, la conversación íntima. Su promesa seduce: producir, traducir, sintetizar, asistir, personalizar. Pero una cultura saturada de respuestas puede quedarse sin verdad. Una sociedad que automatiza la fluidez puede empobrecer la escucha.


Hannah Arendt advirtió que el totalitarismo no necesita convencer a todos de una doctrina, sino destruir la distinción entre hecho y ficción, entre verdad y mentira. La IA generativa no inventó esa erosión, pero sí le dio una velocidad nueva. El estudio coordinado por la European Broadcasting Union y la BBC encontró que 45% de las respuestas de asistentes de IA sobre noticias contenían al menos un problema significativo; 81% presentaba algún tipo de falla. Cuando la información empieza a circular con apariencia de autoridad y debilidad de fuente, la ciudadanía no sólo recibe datos defectuosos: pierde confianza en la posibilidad de verificar.


Ahí la encíclica toca un punto decisivo para la comunicación. “La verdad es un bien común”, escribe León XIV. No es propiedad del experto, del influencer, del partido, de la plataforma ni del modelo con mayor capacidad de cómputo. Es la condición mínima para que una comunidad pueda deliberar sin devorarse. Sin una relación leal con los hechos, la democracia queda reducida a una lucha de afectos administrados. La mentira digital no sólo engaña: desordena el alma pública. El deepfake no sólo falsifica un rostro: hiere la confianza en el rostro. La propaganda automatizada no sólo manipula una conversación: vuelve sospechosa la conversación misma.


La palabra humana siempre estuvo ligada a un cuerpo. Alguien hablaba desde una biografía, una herida, una memoria, una responsabilidad. La IA puede producir textos sin experiencia, voces sin garganta, imágenes sin acontecimiento, testimonios sin testigo. Esa es su potencia y su abismo. Vilém Flusser entendió que las imágenes técnicas no son simples ventanas, sino superficies programadas que reorganizan nuestra percepción del mundo. Con la IA, esa programación abandona la imagen y entra en la palabra: nos devuelve un mundo formulado por probabilidades, pulido para parecer razonable, dócil a nuestras preguntas, a veces peligrosamente seguro de sus errores.


Jerusalén aparece entonces como contrafigura. Nehemías no reconstruye desde la imposición de una lengua única. Escucha una ciudad herida, ora, observa, organiza, reparte la tarea. La muralla no es monumento de vanidad sino cuidado de lo vulnerable. En clave digital, esa imagen exige reconstruir las condiciones de una comunicación habitable: transparencia en la amplificación algorítmica, alfabetización crítica, periodismo con rigor, educación para la verificación, gobernanza responsable y diseño tecnológico sometido a límites humanos. UNESCO lo ha formulado con claridad: la protección de los derechos humanos y la dignidad debe ser el centro de toda ética de la inteligencia artificial, con transparencia, justicia y supervisión humana como condiciones operativas.


Pero ninguna regulación bastará si la cultura entrega su juicio a la comodidad de la respuesta inmediata. León XIV advierte que “toda tecnología educa a quien la utiliza”. Educar en IA no significa aprender a pedirle más cosas a una máquina. Significa discernir cuándo no usarla. Cuándo callar. Cuándo consultar a una persona. Cuándo verificar. Cuándo no convertir el dolor ajeno en contenido. Cuándo no delegar la conciencia. Cuándo aceptar que hay preguntas que no buscan una salida eficiente, sino una presencia responsable.


Emmanuel Lévinas pensó el rostro del otro como aquello que interrumpe mi dominio y me obliga éticamente antes de cualquier cálculo. Esa interrupción es la que se pierde cuando el otro se vuelve perfil, dato, segmento, audiencia, patrón de consumo o insumo de entrenamiento. La IA no puede mirar el rostro porque no comparece ante él. Puede describir la compasión, pero no quedar obligada por el sufrimiento. Puede redactar una disculpa, pero no arrepentirse. Puede hablar de esperanza, pero no esperar desde una noche concreta. Su palabra no se encarna. Y sin encarnación, el lenguaje puede volverse impecable y vacío.


La cuestión no es rechazar la IA. Sería intelectualmente pobre y moralmente insuficiente. La pregunta es qué tipo de humanidad estamos configurando cuando la usamos. Puede ayudar a traducir culturas, asistir a personas con discapacidad, ampliar acceso al conocimiento, preservar lenguas amenazadas, fortalecer procesos educativos, apoyar la investigación científica y liberar tiempo para tareas de mayor densidad humana. También puede concentrar poder, precarizar trabajos, erosionar la autoría, automatizar la humillación, simular afecto, intoxicar elecciones, fabricar enemigos y administrar la atención como si fuera ganado simbólico.


Babel no terminó en el Génesis. Reaparece cada vez que confundimos poder técnico con plenitud humana. Jerusalén tampoco quedó en las ruinas bíblicas. Se reconstruye cuando una comunidad decide cuidar la palabra para que no sea arma, mercancía o anestesia. En la era de la inteligencia artificial, la dignidad dependerá de una decisión cotidiana y difícil: no permitir que el algoritmo nos robe la responsabilidad de hablar con verdad, escuchar con paciencia y reconocer en el otro algo que ninguna máquina podrá reducir a dato. La palabra será campo de batalla. Habrá que elegir si la habitamos como cálculo de captura o como carne ofrecida al encuentro.

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