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Ser humano cuando lo humano ya no ocupa el centro: inteligencia artificial, dignidad y descentramiento antropológico

  • hace 3 días
  • 6 min de lectura

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México.


La inteligencia artificial no llegó para preguntarnos si seguíamos siendo importantes. Llegó mientras ya habíamos comenzado a tratarnos como perfiles, métricas, usuarios, datos, audiencias segmentables y cuerpos optimizables. Su irrupción no inaugura la crisis de lo humano; la revela con una claridad casi insoportable. La máquina aprende porque nosotros le hemos entregado nuestros rastros. Aprende de nuestros deseos, de nuestras búsquedas, de nuestras imágenes, de nuestras renuncias. Y en ese aprendizaje silencioso aparece una pregunta que hiere más que cualquier predicción tecnológica: ¿qué queda del ser humano cuando ya no puede justificar su dignidad desde la superioridad de sus capacidades?


La inteligencia artificial nos obliga a formular una pregunta que no puede resolverse con la comodidad del humanismo moderno ni con la euforia del posthumanismo tecnológico: qué significa ser humano cuando la figura de lo humano ha dejado de ocupar el centro simbólico, operativo y epistemológico del mundo. Durante siglos imaginamos al ser humano como medida, frontera, sujeto soberano, intérprete privilegiado de la realidad. Hoy esa centralidad se ve desplazada por sistemas técnicos que recomiendan, clasifican, escriben, diagnostican, vigilan, predicen, producen imágenes, simulan diálogo y participan en la construcción cotidiana de la experiencia.


No estamos ante una herramienta más. Estamos ante un ambiente cognitivo. Una nueva atmósfera cultural que reconfigura la manera en que pensamos, deseamos, trabajamos, comunicamos, recordamos y nos relacionamos. Según el Digital 2026 Mid-Year Global Update Report, en abril de 2026 había 6.12 mil millones de personas usando internet y 2.42 mil millones de usuarios activos de herramientas de IA generativa, con un crecimiento anual de 141%. La cifra no sólo habla de adopción tecnológica. Habla de una mutación civilizatoria. Nunca tantas personas habían delegado tan rápido operaciones de lenguaje, búsqueda, síntesis, creación y acompañamiento simbólico en sistemas no humanos.


La pregunta ya no es qué puede hacer la IA. La pregunta es qué revela de nosotros una época que ha delegado en sistemas automatizados parte de su memoria, de su imaginación, de su juicio y de su palabra.


Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV sobre la protección de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, entra en ese territorio con una intuición decisiva: el problema de la IA no se reduce a la regulación técnica, sino al discernimiento sobre las raíces culturales, espirituales y económicas de la transformación digital. La tecnología puede curar, conectar, educar y cuidar la casa común; también puede descartar, dividir y producir nuevas formas de servidumbre. No es neutral. Toma el rostro de quienes la diseñan, la financian, la despliegan, la regulan y la padecen.


Ser humano en la era de la IA no significa defender nostálgicamente una superioridad abstracta frente a la máquina. Tampoco aceptar que la persona deba disolverse en una red de procesos, datos y automatismos. La cuestión es más delicada. Se trata de recuperar una antropología humilde, relacional y responsable: una comprensión del ser humano que ya no se piense como dueño absoluto de la creación, pero que tampoco renuncie a su dignidad, a su libertad moral y a su capacidad de responder por el mundo.


Ahí está el primer giro necesario: descentralizar lo humano no debe significar degradarlo.


Durante mucho tiempo, la crítica al antropocentrismo fue necesaria para recordarnos que la tierra, los animales, los ríos, los bosques, los objetos técnicos y las infraestructuras también participan en la configuración de la vida común. Donna Haraway propuso abandonar la fantasía del sujeto autosuficiente para pensar una existencia hecha de vínculos interespecies, responsabilidades compartidas y parentescos no evidentes. Bruno Latour, desde otra ruta, mostró que la modernidad se equivocó al separar artificialmente naturaleza, sociedad y técnica, como si los humanos actuaran solos en un mundo compuesto por objetos mudos.


La IA intensifica ese descentramiento porque ya no sólo nos desplaza desde fuera. Entra en nuestras operaciones simbólicas más íntimas. No mueve únicamente fábricas o mercados. Se instala en la escritura, la imagen, la memoria, la educación, la intimidad, la creación estética, la conversación, la imaginación política. Por eso inquieta de un modo distinto. No compite sólo con nuestras manos; toca nuestras mediaciones de sentido.


El problema aparece cuando confundimos descentramiento con desposesión. Una cosa es desmontar la soberbia antropocéntrica que convirtió al mundo en cantera, recurso y mercancía. Otra muy distinta es cancelar la dignidad humana hasta convertir a la persona en dato aprovechable, trabajador sustituible, paciente clasificable, estudiante predecible o cuerpo estadísticamente administrado.


La economía de la IA ya expresa esta tensión. El AI Index Report 2025 de Stanford registró que 78% de las organizaciones reportaban usar IA en 2024, frente a 55% un año antes, y que la inversión privada global en IA generativa alcanzó 33.9 mil millones de dólares. La expansión no ocurre en el vacío. Se despliega dentro de modelos de negocio que extraen valor de la atención, los datos, el trabajo invisible y la infraestructura energética. UNCTAD advierte que el mercado global de IA podría alcanzar 4.8 billones de dólares hacia 2033, pero también alerta sobre nuevas brechas entre países capaces de diseñar, computar y gobernar estos sistemas y aquellos condenados a consumirlos sin participar en su arquitectura.


El descentramiento tecnológico, sin justicia, se convierte en colonialismo digital.


También el trabajo queda expuesto a esa nueva gramática. La OIT ha señalado que la IA generativa no sólo amenaza con automatizar tareas, sino con reorganizar ocupaciones enteras, siendo los trabajos administrativos y de oficina los de mayor exposición. El riesgo más profundo no está únicamente en perder empleos, sino en que el valor de la persona se mida por su competitividad frente a una máquina. Cuando el ideal humano se define desde la optimización, los vulnerables quedan bajo sospecha. El anciano parece lento. El enfermo, improductivo. El discapacitado, ineficiente. El pobre, no adaptable. El niño, materia prima formativa. El trabajador desplazado, costo inevitable del progreso.


León XIV toca ahí una fibra decisiva: la dignidad no depende de capacidades, posición social, riqueza o rendimiento. La persona no vale porque produzca más, calcule mejor o responda con mayor velocidad. Su dignidad antecede a toda métrica. No se pierde porque una IA escriba más rápido, traduzca mejor o analice más datos. Tampoco aumenta porque el cuerpo se hibride con dispositivos o porque la mente se entrene para competir con sistemas de cómputo.


Ser humano no es ser el sistema más eficiente del ecosistema. Es ser criatura capaz de relación, promesa, arrepentimiento, cuidado, responsabilidad, contemplación y búsqueda de sentido. La IA puede procesar información, pero no comparece moralmente ante el rostro del otro. Puede generar lenguaje, pero no encarna la palabra. Puede detectar patrones emocionales, pero no sufre la pérdida. Puede simular compañía, pero no comparte una historia vulnerable. Puede asistir la decisión, pero no debe sustituir la conciencia.


Hans Jonas comprendió que la técnica moderna había ampliado tanto el poder humano que la ética ya no podía limitarse a la proximidad inmediata. Había que pensar en las consecuencias remotas, en los ausentes, en las generaciones futuras, en aquello que todavía no tiene voz para defenderse. La IA exige esa misma ampliación moral. Cada modelo entrenado, cada base de datos, cada interfaz, cada automatización institucional lleva inscrita una pregunta por los otros: quién queda incluido, quién queda fuera, quién es visto, quién es reducido, quién paga el costo ecológico, quién pierde agencia, quién se beneficia de la opacidad.


La cuestión ecológica tampoco puede quedar en los márgenes. La IA habita centros de datos, consume electricidad, requiere agua, minerales, cadenas logísticas, territorios y cuerpos laborales. La nube nunca fue etérea. Fue una metáfora cómoda para ocultar su peso material. La casa común no puede pensarse desde una inteligencia que olvida la tierra que la sostiene.


En la era de la inteligencia artificial, la dignidad no puede formularse como dominio. Quizá necesitamos dejar de repetir que el ser humano está en el centro si ese centro se entiende como privilegio. Tal vez convenga hablar de un lugar más exigente: no centro geométrico del universo, sino punto de respuesta. No soberano absoluto, sino custodio. No propietario de lo viviente, sino responsable de una trama que lo antecede y lo excede.


La IA nos ha quitado una ilusión: la de ser únicos por nuestras capacidades funcionales. Puede devolvernos, sin embargo, una verdad más honda: somos humanos no porque nadie pueda imitarnos, sino porque podemos responder por el otro. No porque seamos invulnerables, sino porque podemos cuidar desde la fragilidad. No porque controlemos todos los lenguajes, sino porque podemos hacer de la palabra un lugar de encuentro. No porque dominemos el futuro, sino porque todavía podemos decidir con qué amor queremos edificarlo.


La máquina aprende. Esa ya no es la noticia. La pregunta incómoda es si nosotros seguiremos aprendiendo a ser humanos sin convertir toda inteligencia, humana o artificial, en instrumento de exclusión, dominio o abandono. Ahí se juega la verdadera grandeza de nuestra época: no en fabricar sistemas que parezcan personas, sino en impedir que las personas sean tratadas como sistemas.

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