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Cuando la fábrica se volvió algoritmo: Rerum Novarum, Magnifica Humanitas y la nueva cuestión social

  • hace 3 días
  • 8 min de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Toda época cree que sus heridas son inéditas hasta que la historia le devuelve un espejo. El humo de las fábricas del siglo XIX y el fulgor silencioso de los centros de datos del siglo XXI parecen pertenecer a mundos irreconciliables; sin embargo, ambos revelan la misma disputa: quién define el valor de la persona cuando una nueva racionalidad productiva reorganiza el trabajo, la riqueza, el tiempo, la familia, la comunidad y la esperanza. Rerum Novarum nació cuando el obrero fue reducido a fuerza de trabajo. Magnifica Humanitas aparece cuando el ser humano corre el riesgo de ser reducido a dato, perfil, rendimiento, usuario, consumidor, variable predictiva o pieza sustituible en un sistema automatizado. Entre una y otra no hay repetición mecánica, sino continuidad moral: la Iglesia vuelve a mirar una transformación técnica y pregunta, con la terquedad evangélica de quien no acepta el descarte, dónde queda la dignidad humana.


León XIII publicó Rerum Novarum en 1891 “sobre la situación de los obreros”. El documento surgió ante una economía que había cambiado con violencia interior: avances industriales, mutación de las relaciones laborales, concentración de riqueza y pobreza masiva. La encíclica nombró con precisión la fractura: “la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría”. No era una condena simplista a la industria. Era una lectura moral de aquello que la industria había permitido cuando se separó de la justicia.


Ahí reside su grandeza inaugural. Rerum Novarum no confundió la máquina con el problema. La cuestión no era la fábrica en sí, sino el orden social que, bajo el pretexto del progreso, podía convertir al trabajador en una mercancía viva. León XIII percibió que la revolución industrial no sólo producía bienes; producía jerarquías, miedos, dependencias, ciudades heridas y familias desordenadas. Por eso su documento no fue un manual técnico de economía, sino una intervención ética en el corazón de la modernidad.


La pregunta de fondo era brutal: ¿puede una sociedad llamarse civilizada si su prosperidad descansa en la miseria de quienes la sostienen? La encíclica respondió afirmando que el trabajador no era instrumento del capital. De ahí la exigencia de “no considerar a los obreros como esclavos”. La libertad contractual, para León XIII, no bastaba para legitimar cualquier acuerdo, porque existe una justicia anterior a la voluntad de las partes. Si una persona acepta una condición degradante empujada por la necesidad, ahí no hay libertad plena; hay una violencia administrada con lenguaje legal.


Esa intuición regresa con una precisión incómoda. Hoy también se nos dice que el usuario acepta condiciones, que el repartidor se conecta voluntariamente, que el consumidor entrega sus datos libremente, que el empleado debe adaptarse a la automatización, que la persona precarizada eligió su flexibilidad. Pero la pregunta social vuelve intacta: ¿qué consentimiento hay cuando no se comprende el destino de los datos? ¿Qué autonomía queda cuando algoritmos administran reputación, visibilidad, ingreso, ritmo de trabajo y acceso a oportunidades?


Magnifica Humanitas, presentada por la Santa Sede el 25 de mayo de 2026 y firmada el 15 de mayo, en el 135 aniversario de Rerum Novarum, desplaza esa antigua herida hacia la era de la inteligencia artificial. León XIV no presenta la técnica como enemiga de la persona; advierte que la IA interpela desde dentro las categorías de la Doctrina Social de la Iglesia y exige una actualización de su discernimiento moral. La advertencia es nítida: si la técnica se convierte en criterio absoluto, “la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía”.


La analogía entre ambas encíclicas no es decorativa. En el siglo XIX, la fábrica concentraba capital, reorganizaba tiempos, desplazaba oficios y alteraba cuerpos visibles. En el siglo XXI, la inteligencia artificial concentra datos, infraestructura, capacidad computacional, atención colectiva, modelos de negocio y poder de predicción. La fábrica explotaba músculos. El algoritmo puede explotar trayectorias vitales. La industria necesitaba obreros. La IA necesita datos, energía, minerales, moderadores, etiquetadores, programadores, usuarios y sociedades enteras convertidas en materia prima simbólica.


León XIV advierte que el poder tecnológico contemporáneo adquiere un rostro nuevo porque, a diferencia de otras etapas históricas, ya no está impulsado principalmente por los Estados, sino por actores privados transnacionales con recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. Esa afirmación es una de las más fuertes de Magnifica Humanitas: el poder ya no sólo se concentra en fábricas, bancos o territorios; se concentra en infraestructuras cognitivas capaces de moldear decisiones, imaginarios y formas de vida

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La nueva cuestión obrera ya no pregunta sólo quién posee los medios de producción. Pregunta quién posee los medios de predicción, clasificación y mediación de la realidad. No sólo quién controla la fábrica, sino quién controla la nube. No sólo quién decide el salario, sino quién decide el puntaje, la recomendación, el crédito, el acceso, la credibilidad y el futuro probable de una persona.


Los datos ayudan a medir el tamaño de la herida. El Fondo Monetario Internacional estimó en 2024 que casi 40% del empleo mundial está expuesto a la IA; en economías avanzadas, la exposición alcanza alrededor de 60%, con beneficios posibles para algunos trabajadores y riesgos de reducción salarial o desaparición de puestos para otros. La OIT, en 2025, calculó que uno de cada cuatro trabajadores se ubica en ocupaciones con algún grado de exposición a IA generativa, y que las ocupaciones administrativas siguen entre las más expuestas. El Foro Económico Mundial proyectó 170 millones de nuevos empleos hacia 2030, junto con 92 millones de puestos desplazados. El saldo numérico puede sonar positivo; el saldo humano depende de quién transita, quién queda fuera y quién paga el costo silencioso de la transición.


Por eso Rerum Novarum no debe ser recordada como pieza arqueológica del pensamiento católico, sino como matriz de discernimiento. El problema de León XIII fue la subordinación del trabajo al capital. El problema de León XIV es la subordinación de la persona a una racionalidad tecnocrática que puede absorber trabajo, verdad, libertad, intimidad y sentido. En ambos casos, la Doctrina Social de la Iglesia actúa como una resistencia antropológica: recuerda que la economía, la política y la técnica son realidades humanas, y por tanto deben ser juzgadas desde la dignidad, el bien común y la justicia.


Hay, además, un puente fundamental: la familia. Rerum Novarum defendía la sociedad doméstica como anterior al Estado y como núcleo de derechos propios. Esa afirmación respondía a una época en que el trabajo industrial desordenaba ritmos familiares, herencias, seguridad y vida comunitaria

La IA también tiene cuerpo. Su aparente inmaterialidad descansa en territorios, redes eléctricas, cadenas de suministro, centros de datos, agua, minerales y trabajo invisible. La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo eléctrico global de centros de datos podría duplicarse hacia 2030, hasta cerca de 945 TWh, con un crecimiento anual aproximado de 15% entre 2024 y 2030. El algoritmo no flota sobre el mundo; lo perfora, lo calienta, lo organiza, lo consume.


León XIV toca esa fibra cuando recuerda que, en la economía digital, cada respuesta aparentemente instantánea proviene de una cadena de mediaciones: recursos naturales, energía y personas. Ahí aparece el rostro oculto de la automatización: jóvenes mal pagados, trabajadores de moderación expuestos a violencia extrema, comunidades extractivas, cuerpos infantiles en regiones donde los materiales raros se obtienen bajo condiciones indignas.


Magnifica Humanitas formula una sentencia que debería incomodar a toda empresa tecnológica: “ninguna máquina podrá jamás sustituir” el esplendor de la humanidad. No porque la máquina carezca de potencia, sino porque carece de biografía moral.


Hoy, la familia vuelve a estar en el centro, pero bajo otras presiones: hiperconectividad, pantallas, economía de la atención, precariedad laboral, ansiedad juvenil, dificultad para proyectar futuro, soledad digital y colonización de la intimidad por sistemas que monetizan la conducta.

La nueva pobreza no es sólo falta de ingreso. Es también falta de tiempo, falta de silencio, falta de comunidad, falta de futuro, falta de reconocimiento, falta de arraigo. Una persona puede estar conectada y, al mismo tiempo, profundamente abandonada. Puede producir todo el día y no construir vida. Puede tener acceso a información infinita y carecer de criterios para discernir. Puede vivir rodeada de interfaces y no tener a quién contarle su dolor. Por eso Magnifica Humanitas no se limita a hablar de máquinas: habla de verdad, trabajo, libertad, paz, educación y humanidad.


La gran deuda de nuestra época es con quienes quedan fuera del relato triunfal de la innovación. En el siglo XIX fueron los obreros aislados, los niños explotados, las familias empobrecidas, los campesinos desplazados y las ciudades rotas por la desigualdad. Hoy son los trabajadores de plataformas, los migrantes forzados, los jóvenes sin empleo digno, las comunidades que entregan datos sin soberanía, los pueblos que padecen extractivismo mineral y energético, los moderadores de contenido expuestos a violencia extrema, los docentes obligados a enseñar en ecosistemas que cambian más rápido que sus instituciones, los ancianos expulsados de la vida digital y los pobres convertidos en objeto de automatizaciones que deciden sobre ellos sin escucharlos.


La IA calcula. No espera a un hijo enfermo. No envejece. No carga culpa. No entierra a sus muertos. No siente el peso espiritual de una decisión injusta. Puede simular empatía, pero no habita la herida. Puede escribir sobre compasión, pero no ha tenido que perdonar. Puede optimizar procesos, pero no sabe si la eficiencia ha dejado a alguien sin pan, sin casa, sin nombre, sin voz.


La Doctrina Social de la Iglesia no nació para decorar discursos sobre el bien. Nació para incomodar a toda estructura que olvida a la persona. Su lenguaje no es la nostalgia, sino el discernimiento; no es rechazo a la técnica, sino exigencia de orientación moral. En esa tradición, la economía, la política y la innovación no son fuerzas ciegas: son obras humanas y, por tanto, deben responder ante la dignidad de cada vida.


León XIV lo sabe. Por eso vincula el aniversario de Rerum Novarum con las “res novae” de nuestro tiempo. No basta repetir las enseñanzas de León XIII; hay que pedir sabiduría para interpretar las tendencias actuales, en particular los avances de la técnica. La encíclica insiste en que la Doctrina Social no es un conjunto estático de conceptos, sino un corpus vivo que ayuda a leer los desafíos del presente y a orientar la acción cristiana en servicio del mundo.


Ese carácter vivo es lo que permite formular una tesis mayor: la inteligencia artificial es a nuestra época lo que la fábrica fue a la modernidad industrial. No porque sean equivalentes en su materialidad, sino porque ambas condensan una racionalidad social. La fábrica organizó la vida alrededor de la producción mecanizada. La IA puede organizarla alrededor de la predicción automatizada. La fábrica disciplinó cuerpos. La IA puede disciplinar conductas. La fábrica generó proletarios. La IA puede generar poblaciones invisibles, descartables o permanentemente evaluadas. La fábrica exigió sindicatos, leyes laborales y doctrina social. La IA exigirá nuevas formas de comunidad, regulación, educación, resistencia ética y solidaridad digital.


La inteligencia artificial será a nuestra época lo que la fábrica fue a la modernidad industrial: una arquitectura capaz de reorganizar la existencia. La fábrica disciplinó cuerpos. La IA puede disciplinar conductas. La fábrica produjo proletarios. La IA puede producir poblaciones invisibles, evaluadas en silencio, descartadas sin escándalo. La fábrica exigió sindicatos, leyes laborales y doctrina social. La IA exigirá nuevas comunidades de defensa, nuevas pedagogías del juicio, nuevas formas de solidaridad digital y una espiritualidad capaz de resistir la idolatría de la eficiencia.


La gran enseñanza de Rerum Novarum es que ninguna revolución técnica puede declararse inocente mientras produce una multitud herida. La gran advertencia de Magnifica Humanitas es que ninguna inteligencia artificial puede llamarse humana si no reconoce primero el rostro de quienes quedan al margen de sus beneficios. Entre la fábrica y el algoritmo, la Iglesia vuelve a pronunciar una palabra incómoda: el progreso sin justicia no es progreso; la eficiencia sin dignidad es violencia administrada; la técnica sin bien común termina construyendo nuevas formas de servidumbre.


La pregunta que queda abierta no pertenece sólo al Papa, ni a la Iglesia, ni a los tecnólogos. Nos corresponde a todos: si la primera cuestión social exigió humanizar la industria, la nueva cuestión social exige humanizar la inteligencia. No para domesticar la potencia creadora del ser humano, sino para devolverle dirección moral. No para apagar la innovación, sino para impedir que su luz encandile hasta volver invisibles a los últimos. Porque cada época tiene su fábrica, su torre, su promesa y su herida. La nuestra tiene algoritmos. Y ante ellos, como ante las máquinas de vapor del siglo XIX, la dignidad humana vuelve a pedir una palabra que no tiemble.

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