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No se muere del todo quien sigue encendido en una pantalla

  • hace 18 horas
  • 6 Min. de lectura

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


El dolor no desapareció con las pantallas. Aprendió a circular por ellas. Se volvió notificación, archivo, fotografía recuperada, perfil conmemorativo, audio guardado, transmisión funeraria, recuerdo automático.


Durante la pandemia, millones de personas descubrieron que la despedida podía caber en la palma de la mano: una videollamada al borde de una cama hospitalaria, un último mensaje sin respuesta, una imagen congelada donde la vida todavía parecía respirar. Desde entonces, el duelo dejó de pertenecer sólo al templo, al hospital, al cementerio o a la sala familiar. Entró en los muros de Facebook, en los perfiles de Instagram, en los grupos de WhatsApp, en la nube y ahora en las voces sintéticas de la inteligencia artificial.


La pregunta ya no es si las tecnologías median la muerte. Lo hacen. La pregunta verdaderamente incómoda es qué tipo de humanidad producen cuando administran nuestra ausencia.


La memoria cuando ya no acepta quedarse quieta

DataReportal estimó en su informe global Digital 2026 que, hacia octubre de 2025, existían 5.66 mil millones de identidades activas en redes sociales, equivalentes al 68.7% de la población mundial, con la advertencia metodológica de que “identidades” no significa necesariamente personas únicas. En México, el mismo ecosistema de reportes ubicó 110 millones de usuarios de internet y 99 millones de identidades activas en redes sociales al cierre de 2025, equivalentes al 83.5% y 74.9% de la población nacional, respectivamente. El duelo, por tanto, ya no ocurre en la periferia de la cultura digital; ocurre en su arquitectura cotidiana.


Lo que antes era un ritual situado, con cuerpo, voz, olor a flores, café servido y manos que sostenían el llanto, se volvió experiencia persistente, asincrónica, reactivable. La persona fallecida no desaparece del todo porque su rostro regresa en los recuerdos automáticos, porque su cumpleaños sigue inscrito en el calendario de la plataforma, porque sus mensajes no han sido borrados, porque su voz permanece en un audio de madrugada. La muerte, que durante siglos imponía un límite material, se enfrenta ahora a una cultura técnica obsesionada con conservarlo todo.

No conviene reducir este fenómeno a decadencia. Sería injusto. Muchas personas encontraron en los memoriales digitales una forma de compañía cuando la distancia, la migración, la enfermedad o la precariedad impidieron reunirse. Meta define las cuentas conmemorativas como espacios donde amigos y familiares pueden reunirse para compartir recuerdos después de la muerte de una persona. No es poca cosa: una plataforma diseñada para la visibilidad termina funcionando, a veces, como capilla improvisada del afecto.


Pero toda mediación afectiva porta una ambivalencia. La imagen consuela y captura. El perfil acompaña y retiene. El algoritmo permite recordar y, al mismo tiempo, puede impedir descansar. Quien vuelve una y otra vez al muro del ser querido no necesariamente niega la muerte; quizá busca continuar una conversación que la biología interrumpió de forma brutal. Mórna O’Connor advierte contra el universalismo del duelo: no existe una forma única, correcta o higiénica de llorar. Hay duelos que necesitan palabras. Otros, silencio. Algunos se elaboran en comunidad. Otros requieren una retirada lenta, casi invisible.


La teoría de los lazos continuos ayudó a comprender que los muertos no se van del todo de la vida psíquica y cultural de quienes los aman. Permanecen como gesto aprendido, receta familiar, tono de voz, deuda moral, promesa íntima. El problema empieza cuando la continuidad simbólica se convierte en producto disponible, cuando el recuerdo deja de ser legado y se vuelve interfaz bajo suscripción.


La inteligencia artificial intensifica la herida porque ya no sólo guarda rastros: los anima. Los deathbots, griefbots o thanabots son sistemas entrenados con huellas digitales de personas fallecidas para simular conversación, estilo lingüístico, voz o personalidad. Brescó de Luna y Jiménez-Alonso los describen como una nueva tanatotecnología capaz de permitir a los dolientes “hablar” con sus seres queridos después de la muerte, abriendo dilemas psicológicos y éticos que no pueden resolverse con fascinación técnica.


Aquí se abre una frontera moral decisiva. Una cosa es preservar fotografías, cartas, audios, libros subrayados o testimonios familiares. Otra muy distinta es fabricar una entidad conversacional que responda como si la persona siguiera ahí. El riesgo no radica sólo en que el sistema se equivoque. Radica en que hable desde una autoridad afectiva que no le pertenece. Puede decir lo que el muerto nunca habría dicho. Puede reconfigurar su memoria. Puede intervenir en decisiones de los vivos. Puede volver adictiva la imposibilidad de despedirse.


Hollanek y Nowaczyk-Basińska proponen mirar estos sistemas desde tres posiciones: quien dona los datos, quien los administra tras la muerte y quien interactúa con la simulación. Su investigación insiste en salvaguardas como transparencia, consentimiento, restricciones de edad y formas sensibles de apagar estos sistemas. No se trata de oponerse ingenuamente a la técnica, sino de impedir que la industria de la vida después de la muerte digital convierta el dolor en mercado de presencia artificial.


Aprender a decir en vida lo que después escribimos en mármol

Philippe Ariès mostró que las sociedades occidentales modificaron históricamente sus modos de morir: de la muerte domesticada, comunitaria y visible, pasamos a una muerte medicalizada, retirada de la casa y administrada por instituciones. La cultura digital agrega una torsión inesperada: la muerte regresa al espacio público, pero lo hace como perfil, archivo, transmisión, avatar. Ya no está necesariamente en la plaza ni en la sala familiar; está en la interfaz. Y la interfaz no es neutral. Ordena, jerarquiza, recuerda, monetiza.


La pandemia hizo más evidente esa fractura. La Organización Mundial de la Salud señaló que, durante el primer año de COVID-19, la prevalencia global de ansiedad y depresión aumentó 25%. Ese dato no puede separarse del duelo: millones de pérdidas ocurrieron sin despedida ritual, sin cuerpo presente, sin abrazo comunitario, sin los códigos antropológicos que sostienen el tránsito de la ausencia.


Tampoco debe patologizarse todo dolor persistente. La American Psychiatric Association estima que entre 4% y 15% de los adultos en duelo pueden experimentar síntomas asociados al trastorno de duelo prolongado, dependiendo de los estudios revisados. Este dato no sirve para etiquetar el sufrimiento, sino para reconocer vulnerabilidades ante tecnologías que prometen disponibilidad ilimitada de quien ya no puede responder.


Levinas entendió que el rostro del otro nos obliga antes de cualquier contrato. La ética nace cuando el otro irrumpe y nos desinstala de nuestra soberanía. En la era de la IA, el problema es que podemos confundir el rostro con su simulacro. La voz sintética puede conmover, pero no reclama desde la fragilidad viva de una persona. Responde. No comparece. Imita. No padece. Calcula proximidad lingüística, pero no carga con la responsabilidad de haber amado.


Por eso, una ética sociodigital del duelo no debería empezar en el cementerio ni en el servidor. Debería empezar en vida. Honrar la presencia significa decir antes lo que solemos escribir demasiado tarde. No esperar a que el perfil se vuelva memorial para reconocer la dignidad de quien nos sostuvo. No reservar la gratitud para el aniversario luctuoso. No convertir el afecto en homenaje póstumo porque fuimos incapaces de practicarlo como presencia cotidiana.


La IA puede ayudar a ordenar archivos familiares, restaurar fotografías, transcribir testimonios, subtitular videos, preservar lenguas afectivas, construir memorias comunitarias. Puede ser auxiliar de la memoria. No debe convertirse en ventrílocuo del muerto. Hay silencios que protegen. Hay ausencias que necesitan no ser rellenadas. Hay despedidas que, por dolorosas que sean, custodian la dignidad del vínculo.


Byung-Chul Han ha escrito que la sociedad contemporánea tiende a expulsar la negatividad, a suavizar toda herida, a volver transparente incluso aquello que debería conservar opacidad. La muerte es quizá la última gran opacidad. No porque sea incomprensible, sino porque nos recuerda que no todo puede administrarse, optimizarse o extenderse como servicio digital.


Honrar la ausencia es aceptar que alguien ya no está. Honrar la presencia es reconocer que estuvo, que importó, que nos modificó y que no hacía falta esperar su muerte para pronunciarlo. Una cultura digital verdaderamente humana no será la que prometa vencer la finitud mediante simulaciones afectivas, sino la que nos enseñe a acompañarnos mejor antes de la pérdida, durante el temblor y después de la despedida.


Al final, la pregunta no es cuánta memoria puede almacenar una máquina. La pregunta es cuánta presencia estamos dispuestos a ofrecer mientras el otro todavía puede escucharla.

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