Reimaginar la casa común: dignidad humana, inteligencia artificial y la nueva cuestión social
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La inteligencia artificial no vino a preguntarnos únicamente qué tan veloces podemos ser, sino qué parte de nosotros estamos dispuestos a sacrificar para seguir llamando progreso a la aceleración. No llegó sólo para escribir, calcular, diagnosticar, predecir o automatizar. Llegó como un espejo incómodo colocado frente a nuestra época para mostrarnos la fragilidad de una civilización que aprendió a convertirlo todo en dato, incluso aquello que no debería perder jamás su condición de misterio: el rostro, el trabajo, la verdad, la memoria, el cuerpo, la voz, la espera, la herida, la esperanza.
Llegó para obligarnos a formular, con una crudeza que ya no puede diferirse, una pregunta que parecía reservada a la filosofía, la teología y la poesía: qué entendemos todavía por ser humano cuando casi todo puede ser traducido en datos, automatizado como proceso, simulado como lenguaje y optimizado como rendimiento. La encíclica Magnifica Humanitas de León XIV no debe leerse sólo como un documento sobre IA. Su verdadero espesor se encuentra en otro lugar: es una reflexión sobre la casa común cuando la casa ha comenzado a ser administrada por lógicas técnicas que prometen orden, pero pueden producir desarraigo; prometen conexión, pero pueden intensificar la soledad; prometen inteligencia, pero pueden oscurecer la sabiduría; prometen progreso, pero pueden dejar fuera, otra vez, a los últimos de la fila.
La pregunta decisiva no es si la IA piensa. La pregunta decisiva es si nosotros seguimos pensando humanamente cuando dejamos que la técnica organice el horizonte de lo posible.
La encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, aparece en continuidad explícita con la gran tradición de la Doctrina Social de la Iglesia y con la memoria de Rerum novarum, aquella respuesta de León XIII a la fractura obrera, económica y moral de la revolución industrial. En 1891, León XIII no escribió sólo sobre fábricas, salarios o sindicatos.
Leyó en la revolución industrial una fractura moral: el trabajador comenzaba a ser reducido a fuerza productiva, el capital a principio organizador de la vida social y la técnica a nuevo horizonte de poder. Ahora, el nuevo León observa otra revolución, menos visible que el humo de las chimeneas, pero quizá más invasiva: digitalización, robótica, plataformas, sistemas predictivos, automatización de decisiones, inteligencia artificial generativa y concentración privada del poder tecnológico. La encíclica afirma que la digitalización, la IA y la robótica están transformando rápida y profundamente el mundo, y advierte que la técnica, aunque es “un hecho profundamente humano”, también revela su ambigüedad cuando no se orienta hacia el bien.
En el nuevo texto, firmado el 15 de mayo de 2026, la IA no es tratada como un accesorio tecnológico, sino como una transformación que interpela desde dentro nuestras categorías de persona, trabajo, verdad, justicia, poder y comunidad.
El gesto resulta teológicamente fino y políticamente incómodo. León XIV no escribe contra la inteligencia artificial. Escribe contra la tentación de construir una humanidad sin prójimo. La fuerza del texto reside en que no cae en la comodidad de los extremos. No demoniza la tecnología ni la canoniza. No propone nostalgia antimoderna ni sumisión tecnocrática. La pregunta que atraviesa el documento no es si debemos aceptar o rechazar la IA, sino qué humanidad estamos edificando con ella. La encíclica lo formula mediante dos imágenes bíblicas: Babel y Jerusalén. Babel es la técnica sin trascendencia, el proyecto de una humanidad que pretende bastarse a sí misma, homogeneizar el lenguaje, controlar la diversidad y traducirlo todo en eficiencia. Jerusalén, reconstruida por Nehemías, es la ciudad que renace desde la responsabilidad compartida: cada familia, cada oficio, cada comunidad asume su tramo de muralla. En esa tensión se juega el presente: levantar una torre donde pocos miran desde arriba o reconstruir una ciudad donde todos puedan habitar con dignidad.
La metáfora de Babel no podría ser más precisa para describir nuestra condición algorítmica. Hoy no tenemos una sola lengua, pero muchas veces obedecemos una sola gramática: la gramática del rendimiento. El valor de la existencia se calcula en eficiencia, visibilidad, productividad, reputación, optimización, escalabilidad. La persona se vuelve perfil; el deseo, comportamiento anticipado; la conversación, flujo analizable; la atención, materia prima; el rostro, dato biométrico; la historia personal, entrenamiento para sistemas que nunca preguntaron si podían heredar nuestras huellas. León XIV advierte contra la pretensión de un lenguaje único, “incluso digital”, capaz de traducir el misterio de la persona en datos y rendimientos. Esa frase es una de las claves más profundas del documento: lo humano no se agota en lo computable.
Por eso, la encíclica no habla sólo de inteligencia artificial. Habla de verdad. Y éste es uno de los puntos más importantes para la comunicación contemporánea. La IA no inventó la mentira, pero la hace más veloz, más verosímil, más personalizada y más difícil de rastrear. La manipulación de imágenes, voces, videos y narrativas no afecta únicamente la calidad informativa; erosiona el suelo moral de la vida común. León XIV entiende la verdad como bien común, no como posesión de quien tiene poder técnico, visibilidad mediática o capacidad de amplificación. La verdad requiere verificación, contraste de fuentes y responsabilidad argumentativa, pero también vínculos de confianza. Sin esa relación leal con los hechos, la democracia se debilita, porque una sociedad incapaz de distinguir entre hecho y ficción queda disponible para cualquier forma de dominación.
Aquí aparece una intuición comunicacional de enorme valor: la red no es un mundo paralelo. Lo que se produce en internet ingresa en la vida, moldea imaginarios, introduce deseos, orienta decisiones, fabrica expectativas, define normalidades. Quien controla las plataformas no sólo distribuye información: organiza campos de visibilidad. Decide qué aparece, qué se oculta, qué se vuelve deseable, qué se viraliza, qué se olvida y qué se convierte en clima cultural. Por eso, la encíclica propone una ecología de la comunicación: transparencia en los criterios de selección y amplificación de contenidos, protección de datos personales, fortalecimiento del periodismo serio, espacios de debate, educación crítica, formación universitaria capaz de integrar saberes y técnicas de verificación.
Ahí está la fisura. La técnica no es neutra porque nunca llega sola. Llega financiada, diseñada, entrenada, regulada, vendida, integrada a una economía moral. León XIV lo formula con claridad al advertir que la tecnología toma “el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. Esa afirmación desmonta el mito más cómodo del solucionismo digital: la idea de que el problema está en la herramienta y no en el régimen de intereses que la rodea. La IA no deshumaniza por existir; deshumaniza cuando se pone al servicio de una cultura que ya había decidido reducir al otro a medio, obstáculo, variable, consumidor o residuo.
Los datos confirman la velocidad de la mutación. El AI Index Report 2026 de Stanford señala que en 2025 la industria produjo más del 90% de los modelos frontera relevantes; la adopción organizacional de IA alcanzó 88%; cuatro de cada cinco estudiantes universitarios usaban IA generativa, y los incidentes documentados vinculados con IA subieron de 233 en 2024 a 362 en 2025. El mismo informe registra que la inversión privada en IA en Estados Unidos llegó a 285.9 mil millones de dólares en 2025, muy por encima de la inversión privada registrada en China.
No estamos ante una moda. Estamos ante una concentración histórica de poder cognitivo, económico, simbólico e infraestructural. La IA no sólo responde preguntas. Redistribuye soberanías. Reordena mercados. Reescribe profesiones. Rediseña sistemas educativos. Modela imaginarios. Automatiza jerarquías. Decide qué se ve, qué circula, qué se considera plausible, qué cuerpos importan, qué voces se escuchan, qué memoria se archiva y qué dolor se vuelve irrelevante.
Jacques Ellul comprendió que la técnica moderna deja de ser simple instrumento cuando se convierte en sistema de organización de la vida social. Su advertencia no era contra las máquinas, sino contra la autonomía cultural de la eficiencia, esa tendencia a convertir el “mejor medio” en criterio último de valor. Magnifica Humanitas parece dialogar con esa intuición: la IA será humana sólo si no absolutiza el cálculo; será socialmente justa sólo si no transforma la inteligencia en propiedad privada de quienes controlan infraestructuras, nubes, chips, datos y modelos.
La casa común, entonces, ya no puede pensarse únicamente como territorio ecológico. También es una casa energética, informacional, laboral, educativa, espiritual. Es simbólica, tecnológica, económica y cultural. No basta cuidar bosques, ríos y territorios si al mismo tiempo destruimos las condiciones de confianza, sentido y comunidad. Tampoco basta hablar de sostenibilidad si la infraestructura digital que sostiene nuestra vida cotidiana consume energía, agua, minerales, atención humana y trabajo invisible. León XIV recuerda que en el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta aparentemente inmediata procede de cadenas de mediación, recursos naturales, infraestructuras energéticas y personas que etiquetan datos, moderan contenidos y entrenan modelos, muchas veces en condiciones precarias. La nube no flota. Pesa. Tiene servidores, cables, centros de datos, extracción minera, electricidad, agua, trabajadores, horarios, fatiga, desigualdad. Por eso la nueva cuestión social no puede reducirse al miedo de perder empleos por automatización. También debe mirara quienes hacen posible la automatización desde la sombra: moderadores de contenidos expuestos a imágenes extremas, etiquetadores mal pagados, trabajadores plataformas sometidos a evaluación algorítmica, comunidades que entregan datos sin soberanía sobre su uso, pueblos cuyos recursos sostienen infraestructuras que no necesariamente los benefician. La Agencia Internacional de Energía proyectó que el consumo eléctrico global de los centros de datos podría más que duplicarse hacia 2030, hasta alrededor de 945 TWh, cifra comparable con el consumo eléctrico total actual de Japón. La IA aparece como el motor principal de ese crecimiento.
La materia regresa por debajo del mito de lo inmaterial. Cada respuesta instantánea posee una biografía física. Cada modelo entrenado carga una huella de extracción, energía y trabajo. Si la ética digital no incorpora esta dimensión ecológica, terminará hablando de responsabilidad como quien bendice una pantalla sin mirar la mina, la presa, la planta eléctrica o la comunidad desplazada. La IA no sólo exige regulación de contenidos; exige una nueva contabilidad moral de la infraestructura.
En México, la cuestión adquiere una densidad particular. La ENDUTIH 2024 reportó que 83.1% de las personas de seis años y más usó internet, pero también mostró brechas persistentes: 86.9% de uso en zonas urbanas frente a 68.5% en zonas rurales; 73.6% de hogares con internet, y diferencias territoriales severas, con Chiapas en 50.7% de hogares conectados. Entre quienes no usaron internet, 9.5% dijo no saber utilizarlo.
La alfabetización ya no puede limitarse a enseñar plataformas. Una sociedad puede estar conectada y seguir siendo vulnerable. Puede tener acceso y no tener criterio. Puede usar IA todos los días y no comprender la economía política que la sostiene. Puede producir contenido y carecer de palabra propia. Puede vivir rodeada de asistentes inteligentes y volverse más obediente, más ansiosa, más dependiente del dictamen probabilístico.
Éste es uno de los temas más potentes del documento: las nuevas esclavitudes. La encíclica vincula economía digital, explotación, trata, vigilancia, deuda estructural y mercantilización de personas. No se trata de una denuncia retórica. Es una advertencia sobre la capacidad de las tecnologías para producir formas de subordinación que ya no siempre se ven como cadenas, pero que condicionan movilidad, reputación, acceso, trabajo, crédito, salud, información y futuro. Cuando los datos de poblaciones enteras se convierten en “tierras raras” del poder, el colonialismo no desaparece: muta. Puede volverse predictivo, sanitario, financiero, educativo, biométrico, algorítmico.
La pregunta por el trabajo es igualmente decisiva. Para la tradición social de la Iglesia, el trabajo no es sólo mecanismo de ingreso. Es lugar de dignificación, participación, creatividad, responsabilidad y pertenencia. Una economía que sustituye personas sin preguntarse por el sentido del trabajo puede ganar eficiencia y perder humanidad. La automatización no es moralmente problemática porque las máquinas hagan tareas, sino porque una sociedad podría aceptar que millones de personas queden sin lugar, sin reconocimiento, sin proyecto y sin comunidad. La cuestión no es defender empleos obsoletos como piezas de museo, sino garantizar que la transición digital no convierta a seres humanos en excedentes del sistema.
Aquí la encíclica podría haber sido todavía más incisiva. Su llamada moral es sólida; su arquitectura antropológica, profunda. Sin embargo, la crítica al poder económico-tecnológico podría exigir una mayor precisión sobre los actores concretos que concentran infraestructura, datos, modelos, nubes, capital financiero y capacidad de incidencia cultural. El propio documento reconoce que hoy los motores del desarrollo tecnológico son actores privados transnacionales con recursos superiores a muchos gobiernos, lo que vuelve más difícil discernir, gobernar y orientar ese poder hacia el bien común.
Esa afirmación abre una puerta que debe cruzarse con mayor audacia: no basta preguntar qué hace la IA; hay que preguntar quién la posee, quién la entrena, quién se beneficia, quién paga sus costos y quién queda fuera de sus promesas.
La encíclica también recupera un elemento que la cultura digital suele olvidar: el límite. En un tiempo fascinado por discursos transhumanistas y posthumanistas, León XIV recuerda que la fragilidad no es un error técnico pendiente de corrección. El cuerpo vulnerable, la vejez, la enfermedad, la dependencia y la finitud no son simples fallas del sistema humano. Son condiciones desde las cuales aprendemos cuidado, compasión, reciprocidad y humildad. La IA puede ayudar a curar, acompañar, diagnosticar, educar y prevenir; pero cuando se convierte en imaginario de superación de lo humano, comienza a insinuar que sólo vale aquello que puede optimizarse. La dignidad, por el contrario, no aumenta ni disminuye según el grado de eficiencia.
Aquí la comunicación adquiere una centralidad moral. León XIV no reduce la verdad a exactitud técnica. La piensa como bien común. Una democracia no se derrumba solamente cuando circulan mentiras; se erosiona cuando los ciudadanos pierden la confianza en que todavía vale la pena buscar juntos una realidad compartida. La IA puede multiplicar falsificaciones, personalizar propaganda, fabricar voces, generar imágenes, simular testimonios, automatizar la sospecha. Por eso la encíclica pide una ecología de la comunicación: transparencia en los criterios de amplificación, protección de datos, periodismo serio, debate argumentado, formación crítica en familias, escuelas y universidades.
La verdad no es una mercancía más dentro del mercado de la atención. Simone Weil escribió que la atención es una forma rara de generosidad, quizá la más pura, porque exige suspender el ego para dejar aparecer al otro. La cultura algorítmica, por el contrario, entrena impulsos rápidos, adhesiones emocionales, indignaciones rentables. Donde la atención se mercantiliza, el prójimo se vuelve estímulo. Donde el prójimo se vuelve estímulo, la comunidad se degrada en audiencia.
La cuestión laboral es otro muro derrumbado. El Foro Económico Mundial estima que hacia 2030 podrían crearse 170 millones de nuevos empleos y desplazarse 92 millones, con una ganancia neta de 78 millones, pero esa aritmética no consuela a quien pierde oficio, identidad, ingreso y lugar social. La Organización Internacional del Trabajo, por su parte, calculó en 2025 que uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en ocupaciones con algún grado de exposición a la IA generativa, y que las ocupaciones administrativas siguen siendo las más expuestas.
El trabajo no es sólo empleo. Es pertenencia. Es cuerpo puesto en el mundo. Es cooperación, disciplina, creatividad, reconocimiento, sostén familiar, promesa. Hannah Arendt distinguió entre labor, trabajo y acción para advertir que la vida humana no se agota en producir y consumir. Si la automatización nos libera de tareas indignas, bienvenida. Si convierte a millones en sobrantes elegantes de una economía que ya no sabe qué hacer con ellos, entonces la eficiencia habrá tomado el rostro de una nueva exclusión.
El riesgo espiritual más profundo no está en que la IA simule lenguaje, sino en que nosotros confundamos simulación con presencia. León XIV lo dice con una sobriedad que corta: estos sistemas “pueden simular empatía o comprensión”, pero no habitan el horizonte afectivo y espiritual donde la persona se vuelve sabia.
En este punto, el documento toca una fibra espiritual: el Verbo se hizo carne. No se hizo dato, simulación, interfaz o modelo predictivo. La Encarnación afirma que Dios no salvó lo humano desde la distancia abstracta, sino entrando en la historia, el cuerpo, la vulnerabilidad, el dolor, el trabajo y la comunidad. La IA puede producir lenguaje, pero no encarna responsabilidad. Puede simular empatía, pero no padece con el otro. Puede generar respuestas, pero no ama. Puede asistir la memoria, pero no redime la historia. La frontera no está en la competencia funcional, sino en la profundidad moral de la presencia.
El cristianismo custodia aquí una afirmación escandalosa para cualquier tecnocracia: el Verbo se hizo carne. No se hizo métrica, no se hizo nube, no se hizo interfaz, no se hizo recomendación personalizada. Se hizo fragilidad. Se hizo historia. Se hizo rostro. Cristo, camino, verdad y vida, no propone una abstracción del ser humano, sino un encuentro encarnado con el otro. En la lógica de la Encarnación, la otredad no es ruido del sistema; es el lugar donde se prueba la verdad de nuestra humanidad.
Hans Jonas propuso una ética para una civilización cuyo poder técnico había superado su prudencia moral. El principio de responsabilidad no consistía en frenar todo desarrollo, sino en actuar considerando la vulnerabilidad de la vida futura. Esa exigencia se vuelve hoy inaplazable. La IA debe ser pensada desde los niños que crecerán con tutores algorítmicos, los trabajadores evaluados por sistemas opacos, los enfermos diagnosticados por modelos probabilísticos, los migrantes perfilados por tecnologías de control, los pobres convertidos en conjuntos de riesgo, los jóvenes que aprenderán antes a preguntar a una máquina que a sostener una conversación difícil.
La paz también entra en esta arquitectura moral. León XIV advierte que la revolución digital modifica la gramática de los conflictos: ataques cibernéticos, manipulación informativa, campañas de influencia, automatización de decisiones estratégicas. La guerra ya no sólo se libra con armas; se libra con narrativas, imágenes, datos y sistemas que vuelven impersonal la decisión sobre la vida y la muerte.
La casa común requiere también paz. León XIV vincula IA y guerra no por moda temática, sino porque la automatización del poder letal representa una de las mayores amenazas éticas de nuestro tiempo. La guerra digital no sólo usa armas; usa palabras, imágenes, narrativas, datos, sistemas de vigilancia, ciberataques, operaciones psicológicas, campañas de influencia. Por eso el Papa propone “desarmar las palabras” como primera vía de responsabilidad. No se trata de ingenuidad lingüística. Toda guerra comienza mucho antes del disparo: inicia cuando el otro deja de ser rostro y se vuelve amenaza, estadística, estorbo o enemigo abstracto.
Desarmar la IA no significa destruirla. Significa impedir que se convierta en liturgia del dominio. Significa retirar del altar de la eficiencia aquello que pertenece al orden de la conciencia. Significa recordar que ningún sistema puede absolvernos de la responsabilidad de mirar al otro como rostro, no como predicción.
La imagen final de Magnifica Humanitas no es una clausura, sino una exigencia. Cada generación decide qué ciudad levanta. Babel puede tener servidores, inversiones, modelos frontera, centros de datos, laboratorios cerrados, dashboards impecables y promesas de inmortalidad estadística. Jerusalén, en cambio, se reconstruye con manos distintas, con ritmos desiguales, con memoria de los exiliados, con escucha de los heridos, con puertas abiertas y con Dios habitando no la cúspide de la torre, sino el corazón de la comunidad.
La IA podrá ayudarnos a curar, educar, investigar, imaginar y administrar mejor ciertas dimensiones de la vida. Pero no podrá sustituir la tarea de ser humanos. No podrá llorar por nosotros. No podrá perdonar en nuestro nombre. No podrá convertir la información en sabiduría si antes no hemos formado conciencias capaces de amar la verdad. No podrá construir la casa común si nosotros seguimos levantando torres para mirar a los demás desde arriba.
La gran aportación de Magnifica Humanitas es haber convertido la IA en espejo civilizatorio. La máquina no es el centro; el centro es lo que la máquina revela de nosotros. Revela nuestra ansiedad de control, nuestra fascinación por la eficiencia, nuestra dificultad para vivir el límite, nuestra fragilidad democrática, nuestra dependencia de plataformas, nuestra tendencia a olvidar a quienes sostienen el sistema desde abajo. Pero también revela una oportunidad: si la tecnología puede curar, conectar, educar y cuidar la casa común, entonces puede ser inscrita en una ética del bien común. La condición es no entregarle el timón de la historia.
Esta encíclica no es un lamento contra la IA. Es una defensa de la humanidad profunda. Una humanidad capaz de trabajar, crear, narrar, cuidar, deliberar, perdonar, orar, verificar, educar, proteger, acompañar y reconstruir. La IA podrá multiplicar capacidades, pero no debe sustituir la vocación humana de dar sentido. Podrá ayudarnos a pensar, pero no debe eximirnos de discernir. Podrá producir lenguaje, pero no debe arrebatarnos la palabra responsable. Podrá administrar procesos, pero no debe gobernar conciencias. Podrá ampliar horizontes, pero sólo será verdaderamente humana si se pone al servicio de los pobres, de los trabajadores, de los migrantes, de los jóvenes sin futuro, de las familias heridas, de las comunidades excluidas, de las víctimas de la guerra y de quienes esperan todavía un lugar en la mesa.
Jerusalén sigue siendo tarea: una ciudad reconstruida por manos distintas, con muros levantados desde la corresponsabilidad, con puertas abiertas, con memoria de los exiliados y con Dios en el horizonte. En el tiempo de la inteligencia artificial, permanecer humanos no será un acto automático. Será una disciplina moral, una decisión política, una práctica educativa, una conversión cultural y una esperanza trabajada con las manos. La casa común no se salvará sólo con mejores máquinas, sino con mejores vínculos. La tecnología podrá ayudarnos a reconstruirla; pero la pregunta decisiva seguirá siendo nuestra: si tendremos la humildad de no construir una torre hacia el poder, sino una ciudad donde todavía pueda habitar la dignidad.
La pregunta queda ardiendo en la ciudad digital: ¿tendremos la humildad de usar la inteligencia artificial para reconstruir vínculos, o seguiremos puliendo la torre hasta que su brillo nos impida ver a quienes quedaron abajo?



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