Transparencia y fin de la memoria
- 3 dic 2025
- 4 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Los medios, las interfaces, las plataformas y las inteligencias artificiales generativas, hoy son omnipresentes y se han extendido por todos los rincones de la vida. La tendencia natural que han adquirido va desde la miniaturización hasta convertirse en accesorios y aditamentos portables, móviles, interfaces que operan como extensiones de nuestra piel, nuestros sentidos, nuestra percepción, nuestra memoria, en sí de todos nuestros “yo” y nuestro ser. Los medios son parte de nosotros, son nuestro soporte, son la subestructura que subyace a todas las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales y espiritual. Son la interfaz cultural que media nuestro ecosistema y soporta nuestras interacciones con los otros y el mundo.
La piel translúcida de la mediación
En esta edad de hipervisibilidad fluida, la vida mediada no es un simple modo de estar en el mundo: es la condición misma del Homo Signis Digitalis, la especie que se autointerpreta, que se sabe sostenida por la urdimbre simbólica que ella misma produce y consume. El dispositivo, como bien diría Vilém Flusser, opera como un programador de nuestros gestos, de nuestras posibilidades de decodificación, de nuestra sensibilidad ya acostumbrada a mirar desde la interfaz.
Los medios, convertidos en subestructura de lo social, articulan identidades que no son estables, sino rizomas que mutan a la misma velocidad que mutan las tecnologías que los hospedan. La identidad se vuelve un estado de agregación: un flujo incesante de versiones provisionales de nosotros mismos que pugnan por hacerse consistentes en la marea algorítmica.
Aquí, Michel Foucault advertiría que toda tecnología de visibilidad es también una tecnología de poder. Pero en este nuevo régimen, el panóptico deja de tener torre: somos nosotros quienes lo cargamos en el bolsillo, quienes alimentamos voluntariamente la transparencia de nuestras biografías y la obsolescencia de nuestra memoria.
Identidad como topología variable
En la medida en que el sujeto contemporáneo se vuelve una interfaz narrada por los otros y para los otros, su identidad se reconfigura como un campo de fuerzas en permanente mutación. Lo advertía Zygmunt Bauman: la modernidad líquida deshace toda solidez para volverla tránsito, precariedad, borradura. La identidad, esa “propuesta discursiva” que nos permite habitar el mundo, se vuelve un espacio relacional donde coexisten simultáneamente identificación, alteridad, diferenciación y fusión simbólica.
Somos, por tanto, un discurso en tránsito, una narración caleidoscópica que se aloja en plataformas de distribución simbólica. En cada selfie, en cada registro, en cada flujo textovisual, en cada aproximación dialógica con la IA, dejamos huellas de una identidad en formación, de un ser que se reconoce solo en la medida en que circula.
En esa circulación se esconde una paradoja profunda: si todo queda registrado, entonces nada permanece. La memoria, convertida en archivo distribuido, deja de ser un espacio de sedimentación para volverse un torrente de datos que se renueva antes de ser recordado.
La transparencia como forma del olvido
Paul Virilio afirmaba que toda tecnología inventa su propia catástrofe. En el ecosistema digital, esa catástrofe tiene nombre: transparencia. Pero no como virtud democrática, sino como borradura de la interioridad. La transparencia extrema, al convertirlo todo en dato visible, disuelve la profundidad simbólica que antes resguardaba la memoria humana.
La sociedad se expone tanto que termina por no ver nada; registra tanto que deja de recordar; narra tanto que termina sin relato. La memoria se difumina en un eterno presente actualizado cada milisegundo.
Lo que queda es un sujeto exhausto cuyo yo narrativo se disuelve entre capas de información que ya no puede procesar ni metabolizar. Un ser hiperconectado, pero sin historia; hiperexpuesto, pero sin volumen; hipermediado, pero sin densidad.
Hacia una nueva antropología del signo
En este paisaje, la crisis de los medios no es una crisis técnica: es una crisis antropológica. El hombre intenta aún explicarse el mundo, pero ahora lo hace desde sistemas que erosionan los mecanismos de sentido sobre los que se sostenía la vida cultural.
Repensarnos implica reescribirnos. La revolución mediática exige una revolución del hombre. Por eso urge, como propondría Clifford Geertz, una nueva antropología interpretativa capaz de leer esta hipertextualidad del ser; una arqueología de nuestra historicidad simbólica que rastree las capas de sentido en territorios donde lo físico, lo virtual, lo simbólico y lo mental se entrecruzan de manera inseparable.
Lo que necesitamos es una sociosemiosis actualizada, un mapa renovado del ecosistema donde emergen, se deforman y circulan las significaciones colectivas. Sin ello, la humanidad corre el riesgo de convertirse en una civilización que recuerda su pasado solo mediante copias de sí misma.
Se hace vital comprender los nuevos mecanismos que tenemos para articularnos, definirnos y dotar de sentido un mundo que evoluciona entre complejas formas de comunicación. Y quizás, en esa comprensión profunda, podamos sostener aquello que queda del humano en tiempos donde todo se vuelve transparente, efímero y olvidable. Porque el verdadero riesgo de esta era no es la sobreexposición, sino la posibilidad de que, entre tanta claridad, perdamos definitivamente la sombra donde se resguarda nuestra memoria.




Comentarios