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La IA como aceleradora de procesos: por una profundidad y calma creativa

  • 3 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Hoy, la aceleración deja de ser tendencia para convertirse en atmósfera. La inteligencia artificial, ese sistema nervioso invisible que circula entre algoritmos, prompts y modelos agénticos, ha trastocado no solo los modos de producción, sino los propios ritmos de la conciencia contemporánea. En esa tensión se ubica el dilema de nuestro tiempo: ¿cómo habitar un ecosistema que multiplica la velocidad sin permitirnos asentar el sentido?


Lo que parece democratización: la posibilidad de crear aplicaciones mediante vibe coding, automatizar operaciones sin saber programar, desplegar contenidos con una simple instrucción, encubre un viraje civilizatorio: la sustitución de la pausa por la inmediatez, de la obra por la secuencia, de la densidad simbólica por la productividad cuantificable. Y, sin embargo, ahí mismo emerge la responsabilidad ética de un pensamiento que no renuncie a la calma en un mundo gobernado por pulsos digitales.


El vértigo productivo: cuando la abundancia erosiona el sentido

Conviene recordar, con la sensibilidad historiográfica que reivindican autores como Richard Sennett, que la creatividad, antes de volverse consigna industrial, descansaba en un ritmo lento y contemplativo, en la mano del artesano. La pausa operaba como matriz de densificación: era el humus donde la emoción se articulaba, donde el lenguaje se decantaba, donde la intuición adquiría forma.


Hoy, en cambio, el paisaje se ha tornado fabril. La lógica algorítmica instaura una temporalidad que no admite respiración: ciclos de contenido cada vez más cortos, creadores atentos a picos de audiencia como si se tratara de pulsos vitales, instituciones que abandonan la reflexión para perseguir métricas. Medimos, optimizamos, publicamos. Respirar para alcanzar profundidad e inmersión se convierte en acto subversivo.


Esa saturación no es nueva. Gilles Lipovetsky advertía que la hipermodernidad exacerba la producción al grado de vaciarla de simbolismo. En el ecosistema digital, ese proceso alcanza una expresión extrema: contenido abundante y sentido escaso; estética acelerada y densidad evaporada.


Los resultados están a la vista: artefactos comunicativos deshidratados, narrativas sin carne, identidades que se diluyen en la repetición. Frente a esa deriva, la pregunta no es tecnológica, sino antropológica: ¿cómo rescatar la hondura en un entorno que idolatra la celeridad?


Breves liturgias de resistencia: la pausa como acto creativo

Tal vez debamos recuperar aquello que Byung-Chul Han denomina formas rituales de habitar el tiempo. Rituales que desactiven el automatismo digital y devuelvan a la creación su potencia meditativa. No se trata de romantizar la lentitud, sino de comprenderla como una estructura de consciencia: una membrana que permite metabolizar lo vivido.


Rituales de pausa:

– Detenerse antes de publicar.

– Preguntarse antes de automatizar.

– Revisar antes de amplificar.


Curaduría consciente:

– No todo lo creado merece ser difundido.

– No toda ocurrencia deviene obra.

– No toda producción equivale a significado.


Pero quizá el elemento más urgente sea este: la autenticidad. No aquella impostada por las plataformas, sino la que se construye desde la propia voz. La que resiste el imperativo de la tendencia. La que elige el matiz antes que el volumen.


"Leer lo otro": una disciplina epistémica perdida

Durante décadas, los creativos se alimentaban de aquello que no se parecía a su obra: exposiciones, música, literatura, caminatas lentas por museos, conversaciones largas y libros extensos. La creatividad, diría Edward Said, implica necesariamente desplazamiento, una deriva hacia aquello que desafía las categorías propias.


Sin embargo, el ecosistema digital ha reducido esa práctica a la escala del microsegundo. Hoy se confiesa sin pudor:

— “Con un tuit me inspiro”

— “Con un pin en Pinterest me basta”

— “Ya no leo un libro", leo post.


Ese atajo perceptivo genera chispas, sí, pero no obras. Produce estímulo, pero no mundo. Alimenta el instante, pero no la memoria profunda.


"Leer lo otro" vuelve entonces a ser un acto político:

– contra la superficialidad,

– contra la homogeneización algorítmica,

– contra la pérdida del espesor simbólico.


Es un regreso a la interdisciplinariedad radical: filosofía que dialoga con tecnología, antropología con diseño, artes visuales con ciencia de datos. Es, en última instancia, un ejercicio de ampliación de conciencia.


Desconexión intermitente: el retorno del cuerpo y del mundo

La creatividad exige descanso, silencio, respiración. La neurociencia lo ha mostrado: la mente integra y asocia cuando no está saturada. Una caminata sin audífonos, un cuaderno sin pantallas, una conversación sin notificaciones permiten que la imaginación se rearticule.


En un ecosistema gaseoso, la desconexión se vuelve el lugar donde la vida adquiere nuevamente peso específico. Sin cuerpo no hay mundo, sin mundo no hay relato.


Hacia una creatividad con sustancia en tiempos de IA

Equivocaría el diagnóstico quien afirmara que la salida está en abandonar la tecnología. Todo lo contrario. La IA puede ser un amplificador simbólico, un laboratorio cognitivo, un catalizador de procesos interpretativos. Pero no puede, ni debe, sustituir la densidad humana del pensamiento.


El desafío no es tecnológico, sino ontológico:

– usar la IA para expandir, no para aplanar;

– para profundizar, no para simplificar;

– para refinar el sentido, no para diluirlo.


Como bien sugiere la arqueología digital de nuestras propias imágenes y relatos, toda herramienta mediadora redefine la percepción, pero también revela aquello que estamos dispuestos a perder. En este caso, la pérdida sería devastadora: la desaparición del misterio lento que antecede a la creatividad.


Porque la pausa es un acto de libertad. La lectura profunda, un acto de resistencia. La creación con sustancia, un acto de humanidad.


Y entonces la pregunta, esa que no cesa, vuelve a resonar: ¿podremos sostener un pensamiento que no se arrodille ante la velocidad, que prefiera la densidad al ruido, que busque en la calma y no en la prisa la arquitectura del sentido?


El tiempo para decidirlo se ha vuelto breve.


La responsabilidad, inmensa. La posibilidad, todavía nuestra.

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