Del storytelling al storyliving: reflexiones hacia una desintoxicación digital
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
En la vorágine de la era digital, hemos perdido la capacidad de habitar plenamente el mundo. La prisa, la hiperaceleración y la multiplicación infinita de pantallas han erosionado la densidad de nuestra vida interior y de nuestras relaciones. Mientras más fluimos entre dispositivos, menos logramos permanecer en nosotros mismos; mientras más multitasking intentamos en el aula, en el trabajo o en la vida familiar, menos presencia plena alcanzamos. Frente a este escenario emerge una pregunta fundamental: ¿cómo recuperar la sustancia, el cuerpo y el sentido en un tiempo gobernado por la ingravidez digital?
La respuesta no está en abandonar la tecnología ni en demonizarla, sino en equilibrar su uso, en crear un nuevo pacto de coexistencia ética y consciente que restaure la pausa y la profundidad que el mundo contemporáneo ha extraviado. Ese es el núcleo de la desintoxicación digital: no desconectar por desconectar, sino desconectar para vivir.
La respiración de lo esencial
Si algo ha evidenciado esta época es que la velocidad no solo altera la experiencia, sino la percepción del mundo. Martin Heidegger advertía que la técnica moderna nos lleva a relacionarnos con el ser como si fuera solo un recurso disponible, algo que se explota y se consume. Y ese consumo incesante ha alcanzado la forma en que habitamos el tiempo. No vivimos: administramos. No contemplamos: desplazamos. No escuchamos: scrolleamos.
Por eso el movimiento global hacia la desintoxicación digital no es una moda wellness, sino una forma de resistencia ontológica: volver a respirar en el mundo.
Cal Newport lo entiende como la práctica radical de separar ruido de sentido, de recuperar la atención como acto ético y político. Pero más allá de Newport, más allá de Silicon Valley, subyace un principio más antiguo: la vida no se acumula, se encarna. Como afirma Byung-Chul Han, “la falta de silencio nos condena a la superficie”. Sin silencio no hay mundo interior; sin interioridad no hay criterio; sin criterio no hay libertad.
La desintoxicación digital intenta reconstruir ese umbral perdido.
La pausa como hogar del sentido
Hoy la existencia no se rompe, como solía hacerlo la tragedia humana, sino que se evapora. No duele porque no alcanza a condensarse. No pesa porque no llega a asentarse. Habitamos una vida gaseosa, nebulosa, tenue.
Y en esa lógica, propongo, no un día, no una semana, no un mes o un año, sólo quince minutos de desconexión diaria. Quince minutos que no son una técnica: son un retorno a la materialidad de la experiencia.
Quince minutos para leer un poema que nos devuelva el ritmo del mundo.
Quince minutos para escuchar una canción sin multitarea.
Quince minutos para mirar el horizonte sin pretender capturarlo.
Quince minutos para recordar que la existencia es más densa que el brillo de una pantalla.
¿Qué harías tú si te regalaran 15 minutos solo para ti? Te sorprendería saber que hay personas que no sabrían qué hacer con esos minutos de su vida o les daría miedo enfrentarse con el mundo o con su mundo interior en soledad.
Ese intervalo minúsculo es un gesto de restitución: la posibilidad de reanudar el vínculo con aquello que nos constituye.
Lo contemplativo como refugio en tiempos líquidos
El auge del mindfulness, la respiración profunda, las meditaciones guiadas y los retiros silenciosos no hablan de espiritualidades pasajeras, sino de una humanidad exhausta. Exhausta del ruido, pero también de sí misma. Exhausta de sostener una existencia cuya densidad emocional ha sido erosionada por la hiperproductividad y la sobreexposición.
Lo que las personas buscan no es solo calma: buscan arraigo. Buscan un lugar donde la vida se vuelva sólida otra vez. Buscan un estado en el que el tiempo deje de ser una sucesión de datos y vuelva a ser experiencia.
Y, como bien advertía Victor Turner, los seres humanos necesitan espacios liminales: umbrales simbólicos donde reconfigurar su identidad y recomponer su ser social. Hoy, paradójicamente, esa liminalidad se ha desplazado a la desconexión.
La paradoja del sentido prestado
Mientras algunos intentan recuperar el mundo a través de la contemplación, otros buscan sentido en las pantallas mismas. El feed se vuelve espejo; el algoritmo, confesor; el influencer, brújula emocional. Hay quienes ya no saben mirar hacia dentro y requieren mirar hacia afuera para sentir que existen.
La pantalla como sustituto del yo. El simulacro como placebo del vacío. La hiperconexión como prótesis emocional.
Aquí emerge una inquietud inevitable:
¿lo que sentimos frente a la pantalla es nuestro, o es un eco prestado de la vida de otros?
Roland Barthes afirmaba que la imagen condensa afectos que se desplazan del autor al observador. Hoy ese desplazamiento se volvió torrencial: vivimos afectos que no son nuestros, historias que no nos pertenecen, emociones que nunca encarnamos.
La pantalla promete sentido, pero muchas veces solo lo imita.
Del storytelling al storyliving: cuando habitamos las narrativas
No es nuevo que la humanidad viva a través de historias. Lo hicimos con la épica griega, con la novela decimonónica, con el cine del siglo XX. Pero entonces existía la pausa. La historia tenía un inicio y un final. El libro se cerraba. La pantalla se apagaba. El cuerpo regresaba al mundo.
Hoy habitamos las narrativas sin interrupción.
Instagram, TikTok, Twitch o YouTube no solo relatan: construyen microescenarios donde la vida entera se convierte en una dramaturgia cotidiana. Ya no vemos historias: vivimos dentro de ellas; hacemos livestreaming. Somos personajes secundarios en una ficción colectiva sin guion.
Hemos pasado del storytelling al storyliving.
Somos vida narrada. Somos vida emitida. Somos vida circulando en modo livestream.
La vida entera fluye y se evapora en este estado plasmático donde todo se retransmite y todo se consume en secuencia infinita . El yo es ahora interfaz; el mundo, pantalla; la identidad, flujo.
La desintoxicación digital no busca destruir este ecosistema, sino recuperar la frontera perdida entre existencia y representación.
Una ética de la presencia
La pregunta no es si debemos apagar las pantallas, sino cómo volver a habitar la vida con densidad. Cómo recuperar la presencia frente a la hiperconexión. Cómo reconstruir una interioridad que resista la evaporación del ser.
La desintoxicación digital es una forma de reeducar la mirada. Es aprender a usar la tecnología sin delegarle la existencia. Es dejar de ser náufragos del bit, beduinos en plataformas, para recuperar el rostro humano en medio del océano informacional. Es un ejercicio de supervivencia ontológica.
Porque no se trata de elegir entre lo digital y lo tangible. Se trata de aprender a habitar ambos territorios con lucidez, equilibrio y humanidad. Aprender a desconectar no para huir, sino para regresar. Regresar al cuerpo, a la palabra verdadera, al tiempo que pesa, a la vida que se siente.
Y quizá, allí, en esos quince minutos de silencio, encontremos la grieta por donde vuelva a entrar la luz.
Tal vez aún estemos a tiempo de recuperar el pulso profundo de nuestra existencia antes de que el flujo ininterrumpido de las pantallas nos convierta en habitantes permanentes de un mundo gaseoso. La pregunta, radical, íntima, urgente, permanece abierta: ¿cuándo volveremos a habitar la vida y no solo a mirarla pasar?




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