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Therians y la renuncia al yo: crisis identitaria y crisis de humanidad en la metamodernidad

  • hace 32 minutos
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación

Universidad Anáhuac México


En los últimos meses, un fenómeno que durante décadas habitó en foros marginales de internet y comunidades subculturales ha comenzado a ocupar espacios públicos, parques, universidades, memes y titulares mediáticos: los llamados therians. Jóvenes y no tan jóvenes que afirman no sólo identificarse simbólicamente con un animal, sino sentirse ontológicamente vinculados a él. Algunos portan máscaras, colas, prótesis; otros se comportan conforme a aquello que consideran su “verdadera naturaleza”. Para muchos observadores, se trata de una moda pasajera, una exageración performativa o un exceso de la cultura digital. Sin embargo, reducir el fenómeno a una anécdota sería un error analítico. Lo que está en juego no es un simple disfraz, sino una transformación profunda en la manera en que concebimos la identidad, la humanidad y el sentido.


Del arquetipo al algoritmo: genealogía de una metamorfosis

La identificación humano-animal no es nueva. En las culturas mesoamericanas, el nagual operaba como principio de co-pertenencia ontológica; en múltiples tradiciones totémicas, el animal era mediación simbólica entre el clan y el cosmos. No obstante, esas formas habitaban un horizonte mítico compartido. El mito era lenguaje de lo posible, no autobiografía literal.


Lo disruptivo del fenómeno therian no es la metáfora, sino su literalización. La identidad animal deja de ser recurso simbólico para convertirse en narrativa biográfica. La oscilación metamoderna (esa tensión entre ironía y sinceridad descrita por Vermeulen y van den Akker) encuentra aquí un punto crítico: el sujeto sabe que vive en una cultura de simulaciones, pero reclama autenticidad radical.


Stuart Hall ya advertía que la identidad no es esencia fija, sino “punto de sutura” entre discursos y prácticas. La modernidad tardía desplazó el anclaje biológico hacia la construcción cultural; la era digital intensificó ese desplazamiento. El yo devino en proyecto editable. Perfiles, avatars, capas performativas: la identidad como arquitectura de layers activables según contexto.


Sin embargo, incluso en la multiplicidad hipermedial, persistía un núcleo tácito: el sujeto humano como centro articulador. El therianismo tensiona ese centro. No se trata de elegir entre versiones humanas del yo, sino de cuestionar la propia condición humana como fundamento ontológico.

Paul Ricoeur sostuvo que la identidad personal es narrativa: nos comprendemos al contarnos. Cuando los grandes relatos colectivos se fragmentan, proliferan micro-relatos que buscan coherencia interna. En ausencia de referentes institucionales sólidos: familia, Estado, Iglesia, comunidad, la biografía se convierte en laboratorio ontológico. La animalidad emerge entonces como relato de pertenencia alternativo frente a una humanidad percibida como fallida.


Humanidad en crisis: del rendimiento al desarraigo


La pregunta no es únicamente quiénes son los therians, sino qué humanidad estamos ofreciendo como horizonte.


Byung-Chul Han describió nuestra época como sociedad del rendimiento: sujetos que se explotan a sí mismos en nombre de la productividad. Si lo humano se define por métricas, KPIs y visibilidad algorítmica, la condición humana puede sentirse como carga. La renuncia simbólica al yo humano podría leerse como crítica implícita a una antropología reducida a desempeño.


El mismo Zygmunt Bauman habló de identidades líquidas: configuraciones inestables en un mundo de vínculos frágiles. La fluidez identitaria no es simple libertad; es también desarraigo. Cuando todo puede reconfigurarse, nada ofrece suelo firme. La identidad animal, paradójicamente, promete pertenencia estable, instintiva, pre-cultural. Frente a la hipercomplejidad normativa de lo humano, el imaginario animal ofrece coherencia primaria.


Pero no podemos analizar este fenómeno sin incorporar la dimensión tecnológica. La inteligencia artificial ha intensificado la crisis antropológica. Sistemas capaces de producir lenguaje, imágenes y decisiones erosionan la frontera entre humano y máquina. Como advirtió Donna Haraway, la figura del cyborg desdibujó la pureza ontológica. Hoy convivimos con alteridades algorítmicas que simulan empatía y creatividad. Si la máquina habla, crea y aconseja, ¿qué queda como rasgo distintivo de lo humano?

En este contexto, la identidad ya no es sólo biográfica, sino también algorítmica. Somos datos procesables, patrones de comportamiento. La subjetividad se fragmenta en métricas. La renuncia al yo humano puede entenderse como gesto de reapropiación narrativa ante la deshumanización digital.


John Durham Peters propuso ampliar la noción de comunicación más allá de lo humano, reconociendo la agencia de objetos y entornos. Sin embargo, esa ampliación no implicaba abdicar de la responsabilidad ética humana. Aquí reside el punto neurálgico: ampliar horizontes ontológicos no debe equivaler a diluir la agencia moral.


Autenticidad radical o evasión ontológica

La metamodernidad oscila entre cinismo e idealismo. El therianismo encarna esa ambivalencia. Puede ser leído como performance extrema o como búsqueda sincera de coherencia. Gilles Lipovetsky identificó la hiperindividualización como rasgo de nuestra época: el yo como proyecto moral de autenticidad. Ser auténtico implica fidelidad a la narrativa interior, incluso si esta desafía convenciones antropológicas.


Podría argumentarse que todo esto no es más que una versión radical del cosplay. Desde las subculturas punk hasta los fanáticos de Game of Thrones o Star Wars, las identidades performativas han sido parte de la vida contemporánea. El cosplay, sin embargo, opera en el registro lúdico y consciente de la representación. El sujeto sabe que interpreta un personaje.

La diferencia de los Therian con el cosplay resulta crucial. El cosplay celebra la ficción consciente. El sujeto sabe que interpreta. En el therianismo, la afirmación es ontológica: “soy”. La autenticidad adquiere tono moral.


El riesgo aparece cuando la narrativa se convierte en coartada para evadir responsabilidad. Ser humano implica agencia, límites y deberes. Implica responder por el otro.


La identificación no se agota en la estética; se presenta como ontológica. Incluso cuando algunos individuos recurren a intervenciones corporales para aproximarse a su animalidad, el cuerpo se convierte en territorio de inscripción de una narrativa identitaria profunda.


Emmanuel Levinas colocó el rostro del otro como fundamento ético: la humanidad se define en la responsabilidad ante el prójimo. Si la identidad se repliega en una autorreferencialidad radical, el pacto antropológico se resquebraja.


Pero también sería reduccionista interpretar el fenómeno sólo como evasión. Tal vez asistimos a un síntoma de una humanidad que no ha sabido narrarse de manera habitable. Cuando la cultura ofrece como modelo de éxito la hipercompetencia, la comparación constante y la exposición permanente, no sorprende que algunos busquen refugio simbólico en imaginarios alternativos.


La metamodernidad y el experimento existencial

La metamodernidad no destruye los relatos; los coloca en suspenso. Oscilamos entre la conciencia de la construcción y el deseo de verdad. El sujeto contemporáneo sabe que su identidad es performativa, pero anhela anclaje.


En este escenario, el fenómeno therian opera como experimento existencial. Interroga la definición misma de humanidad en tiempos de biotecnología, edición genética e inteligencias artificiales generativas. Si la frontera humano-máquina se difumina, si el cuerpo puede modificarse, si la conciencia se proyecta en entornos virtuales, ¿por qué la frontera humano-animal habría de permanecer incuestionada?


La cuestión no es biológica, sino simbólica y ética. ¿Qué implica ampliar el repertorio identitario sin diluir la responsabilidad compartida? ¿Cómo sostener la dignidad humana sin convertirla en camisa de fuerza normativa?


La respuesta no puede ser burla ni romantización. Requiere reconstruir un humanismo capaz de integrar pluralidad sin abdicar de la agencia moral. Un humanismo que reconozca la dimensión narrativa del yo, pero que también recuerde que toda narrativa se despliega en un tejido comunitario.

Porque la identidad no es sólo afirmación interior; es promesa pública. Cada yo se constituye en relación. Renunciar a la humanidad no es sólo un gesto íntimo; es una intervención en el contrato social.


Tal vez el fenómeno therian no sea el problema, sino el síntoma. Síntoma de una humanidad que, atrapada entre algoritmos y métricas, ha olvidado ofrecer horizontes de sentido. Síntoma de una cultura que exalta la diferencia pero descuida la pertenencia. Síntoma de una época que multiplicó opciones sin garantizar profundidad.


La pregunta decisiva no es si alguien puede sentirse lobo o felino. La pregunta es si hemos logrado construir una humanidad que merezca ser habitada. Porque si la condición humana se percibe como jaula y no como posibilidad, otros relatos ocuparán su lugar. Y entonces no será el animal el que ponga en crisis a la humanidad, sino nuestra incapacidad de narrarla con dignidad, responsabilidad y esperanza.


¿Estamos dispuestos a reimaginar lo humano con la misma radicalidad con la que algunos se atreven a abandonarlo?

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