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Del impulso a la postergación: ansiedad productivista, precrastinación y procrastinación en la era del panóptico algorítmico

  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación

Universidad Anáhuac México


Vivimos en una época que ha convertido la productividad en criterio ontológico. No sólo hacemos cosas: somos en función de lo que producimos. La vida académica, corporativa y creativa se ha visto colonizada por métricas, rankings, KPIs, índices de impacto, dashboards de desempeño y sistemas de evaluación permanente. El rendimiento dejó de ser un medio para convertirse en identidad.


Diversos informes internacionales han alertado sobre el incremento sostenido de los niveles de ansiedad y burnout en contextos laborales y educativos. La Organización Mundial de la Salud reconoció oficialmente el síndrome de desgaste ocupacional como un fenómeno asociado al trabajo. El Foro Económico Mundial ha identificado la salud mental como uno de los riesgos globales más significativos para la productividad y la cohesión social. Estudios recientes en neurociencia han mostrado que jornadas laborales excesivas pueden alterar regiones cerebrales asociadas con la regulación emocional y la toma de decisiones.


En paralelo, la literatura filosófica ha advertido sobre el tránsito de sociedades disciplinarias a sociedades del rendimiento. Byung-Chul Han sostiene que el sujeto contemporáneo ya no es explotado por un otro externo, sino que se autoexplota en nombre de su propio proyecto de éxito. El panóptico ya no requiere torres de vigilancia: habita en la interioridad del individuo.


En este contexto emergen dos conductas aparentemente opuestas pero íntimamente vinculadas: la precrastinación y la procrastinación. La primera describe la urgencia compulsiva por resolver inmediatamente cualquier tarea pendiente; la segunda, la postergación reiterada ante el peso emocional de lo exigido. Ambas son respuestas a una misma matriz: la ansiedad productivista.


No se trata simplemente de gestión del tiempo. Estamos ante un problema antropológico: ¿cómo habitamos el tiempo cuando el tiempo se ha convertido en mercancía?


El tiempo sitiado: entre la anticipación y la huida

La escena es familiar. Aula universitaria. Clase avanzada. El profesor desarrolla una idea compleja sobre cultura digital. De pronto, sin relación alguna con el contenido, un estudiante interrumpe:

  • Profesor, ¿ya vio la nueva serie que salió ayer?

  • No es curiosidad genuina. Es ansiedad desplazada. La mente no soporta el vacío atencional. Necesita resolver otra cosa, anticiparse a otra conversación, cerrar otra ventana mental antes de que la inquietud crezca.

  • Horas después, en una junta académica:

  • ¿Ya resolviste el informe?

  • No hay fecha límite inmediata. Pero la mera conciencia de lo pendiente activa una alarma interior. La tarea debe resolverse ahora, no por eficiencia estratégica, sino para silenciar la angustia.

Y, paradójicamente, en el mismo ecosistema, el investigador que posterga indefinidamente su artículo: la presión de publicar, la comparación constante, la tiranía de los indicadores lo paralizan. La hoja en blanco se convierte en espejo de insuficiencia.


Precrastinación y procrastinación no son patologías individuales aisladas. Son dos modulaciones de una misma herida cultural: la imposibilidad de reconciliar el ser con el hacer.


Byung-Chul Han describe al sujeto contemporáneo como empresario de sí mismo, atrapado en una lógica de rendimiento ilimitado. Pero esta figura no surge en el vacío. Michel Foucault ya había delineado el panoptismo como una tecnología de poder basada en la vigilancia permanente. Hoy esa vigilancia es algorítmica: dashboards institucionales, métricas en tiempo real, plataformas que cuantifican productividad, visibilidad y reputación.


El panóptico no está afuera. Se ha interiorizado. Y lo más inquietante: lo hemos naturalizado.


Validación y desgaste: el combustible invisible

En el ámbito académico, la cultura del publish or perish ha derivado en prácticas como el salami slicing: fragmentar investigaciones para multiplicar publicaciones. La calidad cede ante la cuantificación. El indicador sustituye al sentido.


La validación externa se convierte en sustento identitario. Cada publicación, cada KPI cumplido, cada reconocimiento reduce momentáneamente la ansiedad. Pero el alivio es efímero. La siguiente meta ya acecha.


Hannah Arendt distinguía entre labor, trabajo y acción. La labor es repetición necesaria; el trabajo, producción durable; la acción, aparición en el espacio público con sentido. La cultura productivista ha reducido la experiencia humana a labor interminable, despojando al sujeto de acción significativa.


El descanso se vuelve sospechoso. La pausa debe justificarse instrumentalmente: “descansar para rendir más”. El reposo pierde su valor ontológico.


Sin pausa no hay pensamiento. Sin silencio no hay discernimiento. Sin conciliación no hay salud psíquica.


Y aquí emerge la fractura silenciosa: el sujeto corre para no sentir; o se detiene para no fracasar. Ambas conductas, en el fondo, expresan una incapacidad de habitar el tiempo sin convertirlo en prueba.


Inteligencia artificial y aceleración exponencial

La irrupción de la inteligencia artificial añade una capa inédita a esta dinámica. Herramientas generativas permiten producir en minutos lo que antes requería horas o días. Informes, análisis, síntesis, programación, diseño. La promesa es liberadora. El riesgo, también.


Si ahora es posible producir diez veces más rápido, la expectativa sistémica tenderá a exigir diez veces más. La IA puede amplificar el productivismo hasta niveles inéditos. La velocidad deja de ser ventaja para convertirse en estándar mínimo.


En el Human & Nonhuman Communication Lab hemos insistido en que la tecnología no es neutra; configura horizontes de posibilidad y redefine prácticas culturales. La IA puede ser catalizador de ansiedad si se integra en una lógica de rendimiento ilimitado. Pero también puede abrir una brecha ética: liberar tiempo cognitivo para la reflexión profunda; automatizar tareas repetitivas para devolvernos agencia sobre nuestro calendario existencial.


La pregunta decisiva no es cuánto podemos producir con IA, sino qué haremos con el tiempo que nos devuelve.


Aquí la reflexión de Martin Heidegger resulta iluminadora: la técnica no es meramente instrumental, es un modo de desocultar la realidad. Si la IA nos revela el mundo como optimizable infinitamente, reducirá la existencia a recurso. Si la orientamos hacia la ampliación de sentido, puede convertirse en aliada de una temporalidad más humana.


Recuperar agencia: ética del límite y pedagogía del sentido

Recuperar agencia implica reaprender a decir “basta”. No como gesto de rebeldía estéril, sino como afirmación de límite humano. No somos sistemas optimizables indefinidamente. La metáfora de “estirar la liga” es precisa: todo sistema tiene umbral de ruptura. La neurociencia contemporánea ha mostrado que la sobrecarga crónica afecta la arquitectura cerebral asociada con la regulación emocional. No se trata sólo de cansancio psicológico; hay implicaciones biológicas.


Reconfigurar la cultura institucional exige prácticas concretas: Defender espacios de pausa sin culpa; incorporar indicadores de bienestar junto a métricas de desempeño; valorar profundidad sobre volumen; formar en alfabetización temporal y emocional; diseñar entornos de IA centrados en la dignidad humana.


El desafío no es regresar a una era pretecnológica. Es diseñar una coexistencia ética con sistemas inteligentes que no erosionen nuestra soberanía interior.


En un ecosistema dominado por métricas, resistir es reintroducir sentido. Preguntar no sólo “¿cuánto producimos?”, sino “¿qué transforma lo que producimos?”.


Habitar el tiempo con dignidad

La precrastinación y la procrastinación no son defectos individuales. Son síntomas culturales. Revelan una civilización que absolutizó el rendimiento y subordinó la dignidad humana al indicador cuantificable.


Si el sujeto contemporáneo vive bajo un panóptico algorítmico, la resistencia comienza por desactivar la vigilancia interiorizada. No todo debe resolverse ahora. No todo pendiente amenaza nuestra valía. No todo silencio es evasión. La pausa es un acto político. La conciliación es una estrategia ética.


El propósito es una forma de resistencia.


La batalla será larga. Pero cada gesto que reintroduce humanidad en la lógica productiva debilita la narrativa dominante.


En un mundo que mide, contemos historias.


En un mundo que acelera, detengámonos a pensar. En un mundo que valida por indicadores, validemos por sentido.


Sólo así podremos coexistir con la tecnología, con las métricas y con nosotros mismos sin perder aquello que nos hace verdaderamente humanos: la capacidad de elegir cómo habitar el tiempo.

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