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Cartografías del ser en la era hipermediatizada

  • hace 3 días
  • 6 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación

Universidad Anáhuac México


La vida no sólo se ha mediatizado y se han transformado en gran medida las actividades sociales y culturales. Las personas dependen de los procesos, lógicas, caracterizaciones y articulaciones que se generan desde los medios. Como instituciones semi-independientes se han redistribuido por todo el planeta; la globalización, la apertura de los mercados, la desregulación de las telecomunicaciones, la integración en todos los sectores, les ha llevado a reconfigurar el mapa, la geopolítica con la cual se producía, distribuía y comercializaba la información.


Hoy los medios e hipermedios establecieron una nueva cartografía informativa que rompe con la lógica Norte-Sur; Arriba-Abajo- Este-Oeste, Centro-Periferia. La horizontalización y democratización de las herramientas de producción y de los agregadores de contenido, así como el acercamiento de la oferta y la demanda mediante la eliminación de muchos intermediarios están en el corazón de la nueva economía digital. Una economía híbrida que tiene puentes en lo físico pero también en la articulación de bases de datos.


Los medios fungen en ese sentido como ventanas, pantallas de exposición que se engranan entre sí. Se volvieron protocolos asociados entre gobiernos, empresas, sistemas militares y de inteligencia financiera.

Los medios terminaron articulando diversas esferas que operaban en contextos, situaciones y mercados totalmente independientes. En esta lógica los medios se convirtieron en la fuente dominante de información y construcción de experiencias; son una fuerte industria que influye en la construcción de agendas, imaginarios, narrativas, virtualizaciones, redes, sistemas de comunicación, prácticas culturales y habitus que son permanentemente monitoreados.


Las redes que interconectan a medios e hipermedios, también conectan bases de datos, estilos de vida y personas entre sí. El proceso de mediatización nos ha vuelto más interdependientes y vulnerables. El nuevo horizonte es el de un ambiente hipermediatizado, convergente, expansivo, focalizado, global, acelerado e hipercomplejo.


El contexto que deriva de esta nueva cartografía en la que poco a poco se han ido virtualizando las interacciones, participaciones, actividades, negociaciones y resignificaciones, es un escenario en el que pareciera que las políticas públicas no contemplan estas afectaciones y reorganizaciones sociales que no son exclusivas de unos cuantos. Los medios al mediatizar la cultura y la sociedad terminaron por hacer del mundo un territorio común de significación en el que hoy los individuos están hospedando no sólo su vida, sino también al ser.


No asistimos simplemente a una transformación tecnológica; presenciamos una mutación ontológica. La mediatización no es un fenómeno periférico ni una capa superpuesta a la vida social: es la atmósfera en la que respiramos sentido. Aquello que en el siglo XX podía describirse como expansión de industrias culturales hoy se revela como reorganización estructural del mundo vivido.


Marshall McLuhan advirtió que los medios no eran meros canales, sino extensiones del sistema nervioso humano. Sin embargo, lo que en su diagnóstico era una intuición sobre la expansión sensorial, en nuestro tiempo se ha convertido en una arquitectura totalizante: la infraestructura mediática no sólo amplifica nuestros sentidos, sino que configura las condiciones mismas de posibilidad del encuentro, de la economía y de la política.


La horizontalización de la producción simbólica, celebrada como democratización radical, ocultó una paradoja: mientras más se distribuían las herramientas, más se concentraban las lógicas de gobernanza algorítmica. La nueva cartografía informativa no elimina los centros; los reconfigura. No hay ya un Norte geográfico dominante, pero sí existen nodos invisibles donde convergen capital financiero, inteligencia artificial y minería de datos.


Manuel Castells describió esta transición como el paso hacia una “sociedad red”, donde el poder circula a través de flujos. No obstante, esos flujos no son neutrales. La red es simultáneamente espacio de libertad y dispositivo de control. Cada interacción deja una huella; cada preferencia se traduce en un dato; cada emoción es potencialmente monetizable. La economía híbrida que describimos, entre lo físico y lo informacional, es también una economía afectiva.


La vida hospedada en plataformas no es únicamente comunicación: es trazabilidad. Aquí la inteligencia artificial ocupa un lugar central. Los algoritmos no sólo organizan contenidos; modelan percepciones. Filtran el mundo antes de que lo experimentemos. Determinan qué es visible y qué permanece en penumbra. En términos de Pierre Bourdieu, podríamos afirmar que el campo mediático digital produce y redistribuye capital simbólico bajo nuevas reglas. El habitus se reprograma silenciosamente mediante la repetición algorítmica.


La mediatización nos hizo interdependientes, pero también frágiles. La vulnerabilidad contemporánea no proviene exclusivamente de la exposición pública, sino de la delegación de la memoria y del juicio. Luciano Floridi ha señalado que vivimos en la “infosfera”, donde lo online y lo offline se funden en una condición “onlife”. En este entorno, la identidad ya no es sólo biográfica; es también computacional. Somos perfiles, predicciones, probabilidades.


Las políticas públicas parecen llegar siempre tarde a este rediseño del mundo. Se legisla sobre dispositivos cuando el verdadero poder reside en arquitecturas invisibles. Se regula el contenido cuando el problema está en la lógica de recomendación. Se discute la libertad de expresión mientras la atención se ha convertido en el recurso estratégico por excelencia.


Shoshana Zuboff ha descrito este fenómeno como capitalismo de la vigilancia, una mutación económica donde la experiencia humana es materia prima para la extracción de datos. Pero más allá del diagnóstico económico, subyace una cuestión antropológica: ¿qué ocurre cuando la experiencia deja de ser íntima y se convierte en insumo predictivo? ¿Qué sucede cuando el ser se aloja en servidores distribuidos globalmente?


El mundo como territorio común de significación no es en sí mismo problemático. Lo inquietante es que ese territorio esté permanentemente monitorizado. La convergencia de gobiernos, corporaciones y sistemas de inteligencia configura un entramado donde la frontera entre seguridad y control se diluye. Michel Foucault habló del panoptismo como metáfora disciplinaria. Hoy el panóptico es distribuido y algorítmico; no requiere torre central, sino sensores ubicuos.


En este horizonte hipercomplejo, la inteligencia artificial actúa como mediadora ontológica. No sólo traduce información; interpreta patrones, anticipa comportamientos, sugiere decisiones. Se convierte en coautora de la realidad social. Si los medios ya habían reconfigurado la experiencia, la IA introduce una capa adicional: la de la automatización del sentido.


La virtualización progresiva de nuestras interacciones no implica desaparición del cuerpo, sino su inscripción en nuevas gramáticas. El gesto se transforma en emoji; la presencia en videollamada; la conversación en texto predictivo. Esta traducción constante reordena la afectividad. El riesgo no es la pérdida del contacto físico, que siempre puede recuperarse, sino la naturalización de una mediación que no interrogamos.


El nuevo horizonte expansivo y acelerado produce también una paradoja temporal. Hartmut Rosa ha señalado que la modernidad tardía se caracteriza por la aceleración social, donde el incremento técnico no se traduce en mayor disponibilidad existencial, sino en mayor presión. La hiperconectividad promete eficiencia, pero produce saturación. La abundancia informativa no garantiza comprensión.


En este escenario, la pregunta por el ser adquiere un espesor particular. No se trata de nostalgia por un mundo pre-digital, sino de comprender que la mediatización ha penetrado la estructura misma de nuestra autopercepción. Hospedamos la vida en plataformas, pero también hospedamos la identidad. El yo se convierte en interfaz.


Heidegger advertía que la técnica no es simplemente un instrumento, sino un modo de desocultamiento del mundo. La inteligencia artificial, en este sentido, no es sólo herramienta: es una forma específica de revelar la realidad como conjunto de datos optimizables. Cuando todo se traduce en información, lo incuantificable corre el riesgo de invisibilizarse.


El ambiente hipermediatizado es, por tanto, una ecología compleja donde confluyen economía, política, cultura y subjetividad. No basta con alfabetización técnica. Se requiere una inteligencia mediática integral que articule ética, sensibilidad y discernimiento. La ciudadanía digital no puede reducirse a habilidades operativas; implica corresponsabilidad en la construcción del espacio común.


La nueva cartografía no distingue ya centro y periferia en términos geográficos, pero sí en términos de poder algorítmico. Quien controla la arquitectura de datos controla la narrativa. Y en la era de la IA generativa, la capacidad de producir mundos plausibles amplifica esta responsabilidad.


El desafío no es desmediatizar la vida (empresa imposible), sino humanizar la mediación. Reconocer que detrás de cada flujo informativo hay decisiones de diseño; que cada interfaz encarna valores; que cada modelo predictivo porta supuestos antropológicos.


La interdependencia que nos caracteriza puede convertirse en solidaridad o en dominación. La vulnerabilidad puede ser ocasión para la cooperación o para la explotación. El mundo como territorio común de significación exige una ética común.


No se trata de rechazar la inteligencia artificial, sino de integrarla en un horizonte de dignidad. Si el ser se hospeda hoy en redes, habrá que preguntarse qué tipo de hospitalidad estamos ofreciendo. ¿Es la infosfera un hogar o una intemperie sofisticada? ¿Es la convergencia tecnológica un puente o una jaula transparente?


La mediatización ha hecho del mundo una casa compartida. Pero toda casa requiere cimientos, límites y cuidado. Si el ser se aloja en plataformas, ¿quién vela por su integridad? Si nuestras decisiones son acompañadas y a veces orientadas por algoritmos, ¿qué espacio queda para la deliberación consciente?


El horizonte hipermediatizado no es destino inexorable, sino campo de acción. En él se juega la posibilidad de una civilización que haga de la tecnología aliada del florecimiento humano y no su sustituto silencioso.

Quizá el verdadero mapa que necesitamos no es el de las redes globales, sino el de las responsabilidades compartidas. Porque en este territorio común de significación, cada clic, cada dato y cada interacción es también una decisión sobre el tipo de mundo que estamos construyendo. Y si hoy hospedamos el ser en la red, la pregunta inevitable es: ¿estamos edificando un espacio donde la persona pueda habitar con dignidad o simplemente un sistema donde pueda ser procesada?

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