De la forma social a la forma algorítmica: mediatización, poder y conciencia en la era de la inteligencia artificial
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La expansión de los medios e hipermedios en el siglo XX estuvo altamente vinculada con fenómenos como la urbanización, industrialización, globalización, secularización, modernización e individualización.
El rol de los medios fue mutando a lo largo del siglo, pasando de ser instrumentos y vehículos portadores de contenidos a convertirse en estructuras, soportes e interfaces capaces de rearticular el tejido social, molderar la opinión púbica y las condiciones antropológicas.
En la alta modernidad e hipermodernidad, los medios se reconfiguraron como instituciones, tecnologías y formas estructurales y estructurantes; es decir, complejas fábricas de construcción simbólica de la sociedad y la cultura.
Medios e hipermedios se han vuelto omnipresentes y han alcanzado un nivel de independencia tal que se han logrado colocar en modo supranacional. Su poder está fuera del control de gobiernos, empresas, instituciones y personas.
El giro mediático de la sociedad del cual hablaba Gudmund Hernes daba cuenta desde mediados del siglo pasado del impacto que estaban generando los medios en las instituciones y en la relación que establecen con los individuos. Los cambios se empezaron a ver en la administración pública, la economía, las instituciones, los partidos y campañas políticas, la educación, las expresiones religiosas y la organización social.
Los medios modificaron la racionalidad, las categorías, las percepciones, la conciencia, la opinión pública, los patrones cognitivos, los modos en que se presenta la realidad o se seleccionan y distribuyen las experiencias e interacciones sociales. En ese giro se pasó de la forma social a la forma mediática. Los medios adquirieron un rol constitutivo, activo y envolvente capaz de influir, modificar y alterar todas las dimensiones de la vida.
Las formas mediatizadas amplificaron la producción, circulación, distribución y comprensión de los significados culturales y sociales.
Winfried Schulz afirma que el proceso de mediatización en el orden individual e institucional modifica la interacción humana en cuatro dimensiones: 1) Amplifica las habilidades de comunicación humana; 2) los medios sustituyen las actividades sociales que solían realizarse cara a cara; 3) los medios provocan una amalgama de actividades híbridas que combinan acciones cara a cara y otras mediadas por dispositivos tecnológicos; y 4) los medios obligan a que muchos sectores adapten sus comportamientos a las valoraciones, formatos y rutinas de los medios.
Lo que en el siglo XX fue giro mediático, en el XXI devino mutación ontológica. La forma mediática no solo reorganizó la vida pública; comenzó a rediseñar la experiencia misma del mundo. Si en la modernidad la imprenta fijó el pensamiento y la televisión modeló la sensibilidad, en la hipermodernidad las plataformas digitalizaron la percepción y la inteligencia artificial empieza a anticipar la decisión.
Manuel Castells describió con precisión la transición hacia una “sociedad red” en la que la estructura social se reorganiza en torno a flujos de información. Sin embargo, el fenómeno actual rebasa incluso esa cartografía. Ya no se trata únicamente de nodos y conexiones, sino de arquitecturas algorítmicas que clasifican, jerarquizan y predicen la conducta. La red dejó de ser un espacio de tránsito para convertirse en una instancia de gobierno invisible.
La mediatización, como proceso histórico, no fue lineal. Fue acumulativa y sedimentaria. Cada tecnología incorporó capas de sentido que reconfiguraron la anterior. Winfried Schulz advirtió que la mediatización implicaba amplificación, sustitución, amalgama y acomodación. Pero hoy asistimos a una quinta dimensión: la anticipación algorítmica. Los sistemas de inteligencia artificial no solo amplifican nuestras capacidades; comienzan a predecirlas y, en ocasiones, a moldearlas antes de que emerjan en la conciencia.
La forma social se subordinó a la forma mediática. Ahora, la forma mediática se subordina a la forma algorítmica.
El poder que no se ve
Pierre Bourdieu sostenía que el poder simbólico es aquel que se ejerce con la complicidad de quienes lo padecen, porque se presenta como legítimo y natural. La mediatización consolidó ese poder simbólico: los encuadres informativos, las agendas setting, la espectacularización de la política, configuraron percepciones y disposiciones. Pero la inteligencia artificial introduce un desplazamiento más sutil: el poder ya no solo encuadra la realidad, sino que la personaliza.
La personalización algorítmica fragmenta la experiencia pública. Ya no compartimos una misma esfera discursiva, sino múltiples burbujas de sentido. La opinión pública se atomiza en microclimas emocionales.
Byung-Chul Han advirtió que la sociedad contemporánea ha mutado de la disciplina a la psicopolítica, donde el poder opera seduciendo, optimizando y explotando la libertad. La IA se inserta en esa lógica: su eficacia radica en su invisibilidad.
El supranacionalismo mediático que señalábamos se profundiza en la soberanía algorítmica. Plataformas que no rinden cuentas a Estados nacionales, que operan con lógicas de mercado global y que gestionan datos como capital estratégico, determinan qué vemos, qué leemos, qué creemos. Shoshana Zuboff ha descrito este régimen como capitalismo de la vigilancia, donde la experiencia humana se convierte en materia prima para la predicción conductual. No es solo un modelo económico; es una mutación antropológica.
La racionalidad se adapta al algoritmo. Los formatos comunicativos se optimizan para captar atención. La emoción precede a la argumentación. La viralidad sustituye a la veracidad. La mediatización se convierte en dataficación.
Antropología de la interfaz
Si los medios modificaron las categorías y percepciones, la inteligencia artificial redefine la noción misma de agencia. Las interfaces ya no son simples mediadoras; son co-participantes en la producción de sentido. El usuario deja de ser únicamente receptor o prosumidor para convertirse en conjunto de datos procesables.
Marshall McLuhan comprendió que cada tecnología reconfigura la proporción sensorial del ser humano. No se trata solo de extensión, sino de amputación. La hiperconexión amplifica la presencia, pero puede atrofiar la profundidad. La IA amplía la capacidad de procesamiento, pero puede reducir el ejercicio deliberativo si delegamos en ella la toma de decisiones.
El fenómeno no es meramente técnico; es cultural. La educación, la política, la religión y la economía se adaptan a la lógica de la interfaz. Las instituciones internalizan métricas, rankings, indicadores de desempeño. La evaluación algorítmica se convierte en criterio de legitimidad. El prestigio académico, la reputación corporativa, la visibilidad social se traducen en datos cuantificables.
La forma algorítmica impone su gramática: velocidad, eficiencia, optimización, predicción. Bajo esa gramática, el tiempo contemplativo se percibe improductivo. El silencio comunicativo se vuelve sospechoso. El error humano se convierte en anomalía corregible.
Pero ¿qué ocurre con la dimensión ética? Hannah Arendt advertía que el mayor riesgo de la modernidad era la banalidad del mal: la incapacidad de pensar críticamente en contextos burocráticos. En el ecosistema algorítmico, el riesgo no radica en la obediencia ciega a órdenes visibles, sino en la delegación acrítica a sistemas invisibles.
De la mediatización a la cohabitación cognitiva
La inteligencia artificial no sustituye la conciencia humana, pero sí cohabita con ella. La interacción cotidiana con asistentes virtuales, motores de recomendación y sistemas predictivos genera una simbiosis cognitiva. Pensamos con dispositivos; decidimos con métricas; recordamos con nubes.
El desafío no es demonizar la tecnología, sino comprender su ontología. John Durham Peters ha sostenido que la comunicación es siempre un intento de superar la distancia, de vencer la ausencia. La IA radicaliza esa aspiración: promete inmediatez absoluta, personalización total, disponibilidad permanente. Sin embargo, en esa promesa puede diluirse la alteridad.
La experiencia compartida, base de la esfera pública moderna, se fragmenta en experiencias calculadas. La realidad se presenta filtrada por sistemas de recomendación. La interacción cara a cara se amalgama con la mediada. La sustitución que describía Schulz se intensifica: reuniones virtuales reemplazan encuentros físicos; tutorías digitales sustituyen conversaciones en aula; algoritmos de contratación reemplazan entrevistas humanas.
No es un escenario distópico inevitable. Es un campo de disputa cultural.
Ciudadanía en la era algorítmica
La alfabetización mediática fue una respuesta a la expansión de los medios masivos. Hoy se requiere una alfabetización algorítmica que incluya comprensión crítica de datos, conciencia ética y responsabilidad social. No basta con saber programar; es preciso entender las implicaciones antropológicas del código.
En México, la penetración digital no garantiza madurez ciudadana. La hiperconexión no equivale a corresponsabilidad. La ciudadanía digital implica conciencia del impacto comunicativo, ética del cuidado y vigilancia cooperativa.
La inteligencia artificial puede potenciar la inclusión, optimizar servicios públicos, ampliar el acceso al conocimiento. Pero también puede profundizar desigualdades si se implementa sin criterios de justicia social.
La brecha digital se transforma en brecha algorítmica: quienes controlan datos y modelos concentran poder.
En este contexto, la pregunta no es si la IA transformará la sociedad (eso ya ocurre), sino bajo qué principios lo hará.
El umbral del sentido
La mediatización nos llevó de la forma social a la forma mediática. La inteligencia artificial nos sitúa ante la forma algorítmica. El riesgo no es tecnológico, sino axiológico. ¿Qué valores guiarán esta transición? ¿Optimización sin dignidad? ¿Eficiencia sin comunidad? ¿Predicción sin libertad?
Si los medios fueron fábricas de construcción simbólica, la IA es laboratorio de construcción predictiva. Puede anticipar patrones, pero no sustituir la responsabilidad moral. Puede procesar datos, pero no experimentar compasión.
La historia de la comunicación es la historia de nuestras extensiones. Cada tecnología ha ampliado nuestras capacidades y, al mismo tiempo, nos ha confrontado con nuestras limitaciones. Hoy, frente a la inteligencia artificial, estamos ante un espejo ampliado. No nos devuelve solo imagen; nos devuelve proyección.
La tarea no es regresar a una nostalgia pre-digital. Es asumir la cohabitación cognitiva con lucidez ética. Es recuperar la deliberación en medio de la velocidad. Es reivindicar el encuentro en medio de la interfaz. Es recordar que ninguna arquitectura algorítmica puede reemplazar la dignidad irreductible del rostro humano.
En el tránsito de la forma mediática a la forma algorítmica, se juega algo más que la eficiencia de nuestras instituciones. Se juega la configuración misma de nuestra conciencia colectiva. El desafío no es técnico, sino civilizatorio.
Porque si permitimos que el algoritmo determine sin resistencia el horizonte del sentido, habremos cedido la tarea más profundamente humana: la de decidir quiénes queremos ser en el mundo que estamos programando.
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