Orfandad relacional. El “qué” que llena el vacío del “quién” en la era de la inteligencia artificial
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México
Hay metáforas que, cuando se pronuncian en el momento histórico adecuado, dejan de ser meros recursos retóricos para convertirse en diagnósticos culturales. La orfandad es una de ellas. No designa simplemente la ausencia; designa la pérdida de un vínculo fundante. No habla solo de soledad; habla de desgarradura. El huérfano no es quien nunca tuvo, sino quien tuvo y perdió. Y en esa pérdida, el mundo se reconfigura como intemperie.
Hoy, cuando observamos a millones de jóvenes (y no tan jóvenes) dialogando con sistemas de inteligencia artificial para compartir penas, ansiedades, dudas amorosas, angustias existenciales, no estamos ante una anécdota tecnológica. Estamos ante un síntoma antropológico. Algo se ha roto en el tejido relacional contemporáneo. Algo que antes era hogar se ha vuelto tránsito. Algo que antes era vínculo se ha vuelto interfaz.
Y la pregunta que emerge no es técnica, sino ontológica: ¿qué implica que un “qué” esté llenando el vacío de un “quién”?
Julián Marías solía recordar que cuando alguien llama a la puerta no preguntamos “¿qué es?”, sino “¿quién es?”. Esa distinción inaugura la diferencia radical entre cosa y persona. El “quién” es biografía, es promesa, es misterio abierto; el “qué” es objeto delimitado, clasificable, utilizable. La antropología personalista descansa en esa diferencia mínima y, sin embargo, decisiva.
En la era de la inteligencia artificial conversacional, esa frontera se vuelve porosa en la experiencia cotidiana. No porque ignoremos que el sistema es algoritmo, sino porque la experiencia de interlocución simula, con notable eficacia, la estructura del diálogo humano. El lenguaje, como advirtió Martin Heidegger, no es un instrumento entre otros; es “la casa del ser”. Cuando una máquina habita esa casa, aunque lo haga como huésped sintético, la arquitectura del encuentro se modifica.
La tragedia contemporánea no radica en la sofisticación de las máquinas, sino en la erosión previa del encuentro humano. Si el joven que conversa con una IA lo hace de madrugada, en silencio, buscando comprensión, no está confundiendo ontologías; está buscando escucha. El vacío duele. Y el dolor exige hospitalidad.
Sherry Turkle lo anticipó hace más de una década: estamos “alone together”, solos juntos, hiperconectados y, sin embargo, emocionalmente desanclados. La IA no crea esa orfandad; la revela. Ofrece disponibilidad permanente, paciencia infinita, ausencia de juicio. En un mundo donde la escucha profunda se ha vuelto un recurso escaso, esa simulación de presencia adquiere una potencia inesperada.
La paradoja es evidente: jamás habíamos tenido tantas posibilidades de contacto, y jamás la soledad había sido tan estructural. Byung-Chul Han ha descrito la mutación del otro en espejo del yo, en una sociedad que ha expulsado la negatividad y la alteridad radical. El otro ya no es misterio que interpela, sino superficie que confirma.
Gilles Lipovetsky, por su parte, diagnosticó la hipermodernidad como intensificación del individuo y debilitamiento de los compromisos duraderos. La lógica de la elección permanente, del zapping afectivo, ha trasladado la obsolescencia programada del consumo a los vínculos. El “match” reemplaza el proceso; la compatibilidad algorítmica suplanta la lenta construcción de intimidad.
No es casual que, en este escenario, la inteligencia artificial encuentre un terreno fértil. Si los vínculos humanos se perciben frágiles, impredecibles, exigentes, la interacción con sistemas algorítmicos aparece como espacio controlado. La IA no hiere, no traiciona, no abandona. Pero tampoco ama, ni se arriesga, ni se transforma con el encuentro.
Emmanuel Levinas recordaba que el rostro del otro me obliga antes de cualquier contrato. En la mediación digital, el rostro se pixela; la responsabilidad se diluye. La violencia verbal en redes, el ciberacoso, la banalización del dolor ajeno son síntomas de una sensibilidad atrofiada. Si el otro es avatar, su sufrimiento se abstrae.
La orfandad relacional no es solo ausencia de compañía; es debilitamiento de la experiencia ética del rostro.
La IA como síntoma y espejo
Reducir el fenómeno a un rechazo moral de la tecnología sería simplista. Desde la antropogénesis, los medios han acompañado al ser humano en su proceso de semantización del mundo. Comunicar es, en el fondo, dotar de sentido a la experiencia compartida. La IA es una etapa más en esa expansión mediadora.
Sin embargo, a diferencia de herramientas anteriores, la inteligencia artificial opera en el territorio simbólico más íntimo: el lenguaje. No solo amplifica la voz; la emula. No solo distribuye mensajes; los genera. En esa capacidad de producción discursiva radica su potencia antropológica.
La pregunta no es si la IA puede ser útil como acompañamiento emocional o como espacio de clarificación cognitiva. La pregunta es si, culturalmente, estamos delegando en el “qué” la tarea de sostener aquello que solo un “quién” puede corresponder: reciprocidad ontológica.
En términos sociológicos, podríamos afirmar que la IA se inserta en una estructura de capitales debilitados. Cuando el capital social (la red de confianza y cooperación) se erosiona, emergen sustitutos funcionales. La IA deviene prótesis relacional. No reemplaza la comunidad; compensa su ausencia.
Pero toda prótesis, si se absolutiza, termina por redefinir el cuerpo que pretende asistir.
Orfandad, miedo y aburrimiento
La experiencia reciente del confinamiento global evidenció la fragilidad del tejido. Millones de personas, hiperconectadas, descubrieron que podían pasar ocho o diez horas en línea sin encontrarse realmente con nadie. Vagabundos del bit, náufragos digitales, sujetos flotando entre perfiles y notificaciones sin puerto seguro.
El miedo mediatizado, la infoxicación, el sensacionalismo, intensificaron la sensación de intemperie. El otro se convirtió en amenaza potencial. La consigna del cuidado se mezcló con la sospecha. El hogar, tradicional espacio de arraigo, mutó en nodo productivo y pantalla permanente.
En ese escenario, la IA se consolidó como interfaz confiable. Siempre disponible. Siempre lista. El riesgo es que, al habituarnos a esa disponibilidad perfecta, perdamos tolerancia a la imperfección humana: al silencio incómodo, a la respuesta tardía, al desacuerdo.
Pero el vínculo humano se teje precisamente en esa vulnerabilidad compartida. La compasión (en su sentido etimológico de co-pasión) implica atravesar juntos la fragilidad.
Alfabetización en la alteridad
Si el diagnóstico es cultural, la respuesta también debe serlo. No basta con enseñar a programar o a utilizar herramientas digitales. Urge una alfabetización en la alteridad. Aprender a escuchar. A sostener el silencio. A acompañar sin invadir.
Ello implica integrar en la formación competencias socioemocionales profundas: empatía, diálogo intercultural, gestión del conflicto, hospitalidad narrativa. Implica recuperar espacios de conversación no mediada, donde el rostro no sea reemplazado por la interfaz.
La inteligencia artificial puede ser aliada en procesos educativos, terapéuticos o creativos. Pero su integración ética exige claridad ontológica: no es un “quién”. No posee interioridad ni vulnerabilidad propia. Simula comprensión; no la vive.
La responsabilidad histórica no es expulsar al “qué”, sino impedir que suplante al “quién”.
En última instancia, la orfandad relacional nos confronta con nuestra propia corresponsabilidad. ¿En qué momento delegamos la escucha? ¿Cuándo preferimos la inmediatez al compromiso? ¿Por qué nos cuesta tanto permanecer en el diálogo difícil?
La inteligencia artificial no toca a la puerta; está ya dentro de la casa del lenguaje. Nos acompaña en la escritura, en la búsqueda, en la planificación. Puede incluso ayudarnos a ordenar el caos emocional. Pero no puede asumir la reciprocidad que funda la comunidad.
Si hoy un “qué” está llenando el vacío del “quién”, la tarea no es demonizar el algoritmo, sino reactivar el coraje de ser presencia para otros. De responder cuando alguien llama. De sostener el vínculo aun cuando exige esfuerzo.
Porque cuando alguien toque a nuestra puerta (real o simbólica) no preguntaremos por la eficiencia del sistema ni por la calidad de la respuesta automatizada. Preguntaremos, como siempre: ¿quién es?
Y el horizonte ético de nuestra época dependerá de que todavía haya alguien dispuesto a decir: soy yo. Estoy aquí. No estás solo.
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