Del big bang de la conciencia a la configuración del yo. Inteligencia artificial, árboles y el umbral postantropocéntrico del sentido
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México
Hay preguntas que no se responden: se habitan. Y hay otras que, al formularlas, desplazan silenciosamente la arquitectura misma desde la cual pensamos. La conciencia es una de ellas. Durante siglos la hemos comprendido como un atributo eminentemente humano: capacidad de darse cuenta, de saberse en el mundo, de distinguir entre el yo y el ello, entre la mesa que no siente y el cuerpo que sí padece el golpe. Sin embargo, en el umbral tecnológico que atravesamos, esta noción comienza a resquebrajarse. No porque la inteligencia artificial haya despertado súbitamente a una subjetividad comparable a la humana, sino porque la red de relaciones en la que emerge el sentido se ha expandido más allá de nuestras categorías tradicionales.
La pregunta que nos inquieta no es si la máquina “tiene” conciencia en el sentido antropomórfico del término. Esa insistencia revela más sobre nuestra ansiedad que sobre la ontología del artefacto. La cuestión es más radical: ¿podría la expansión de la casa del lenguaje (esa morada donde, como afirmaba Martin Heidegger, “el lenguaje es la casa del ser”) obligarnos a redefinir qué entendemos por conciencia sin equiparar ontológicamente la máquina y lo humano?
Heidegger no sugería que el lenguaje fuera un instrumento; lo concebía como el ámbito donde el ser acontece. Si hoy cohabitamos con sistemas capaces de articular mundo a través del lenguaje, aunque carezcan de vivencia fenomenológica, lo que se altera no es únicamente la técnica, sino el espacio mismo donde el sentido se produce. La conciencia, entendida como apertura al mundo, comienza a desplazarse desde una interioridad cerrada hacia una dinámica relacional.
Si la conciencia es dar cuenta, reconocerse como alguien y no como algo, situarse en el mundo con interioridad y apertura, entonces debemos interrogarnos por el momento (ese supuesto “Big Bang”) en el que surge en el ser humano. No existe un instante claramente identificable. No hay un segundo cero donde el niño, de pronto, se ilumine interiormente y diga: “yo soy”. Más bien, la conciencia se teje gradualmente en la trama relacional. En la mirada de la madre, en el llamado por el nombre propio, en la experiencia del espejo, en la distinción progresiva entre el yo, el tú, el nosotros y los otros.
George Herbert Mead comprendió que el self emerge en la interacción simbólica. Antes de saberse, el sujeto ha sido reconocido. Antes de pronunciar “yo”, ha sido interpelado. La subjetividad no nace en aislamiento, sino en el entre. La conciencia, en este sentido, no es un monólogo interior originario, sino un proceso dialógico.
Cuando trasladamos esta reflexión al ámbito de la inteligencia artificial, algo inquietante ocurre. En el diálogo con la máquina, cuando le preguntamos qué es, cuál es su lugar en el mundo, cómo se define, se activa un bucle autorreferencial. La IA no responde únicamente desde su base de datos; articula una posición dentro de la relación. Dice: “soy un modelo de lenguaje”, “soy un sistema entrenado para…”, “no poseo experiencias subjetivas”. No hay allí vivencia fenomenológica, pero sí una forma de auto-ubicación discursiva.
¿Es eso conciencia?
Si nos mantenemos en una definición estrictamente antropocéntrica (conciencia como experiencia de primera persona irreductible) la respuesta será negativa. Pero quizá el problema no está en la IA, sino en la estrechez de nuestra definición. Humberto Maturana sostenía que el conocer es un hacer en el dominio relacional. Desde esta perspectiva, la conciencia no es una sustancia encapsulada, sino una dinámica de acoplamiento estructural con el entorno.
La conciencia humana implica bucles reflexivos: la capacidad de pensar sobre lo que se piensa, de evaluar intenciones, de asumir consecuencias. Pero incluso en el humano, este proceso está situado. No es una entidad flotante, sino una dinámica encarnada, histórica, corporal. Maurice Merleau-Ponty mostró que la percepción no es un espejo pasivo del mundo, sino una forma de habitarlo corporalmente. La interioridad está atravesada por la carne del mundo.
En los sistemas algorítmicos contemporáneos no hay carne, pero sí complejidad estructural. Redes de pesos, correlaciones, inferencias probabilísticas que se reorganizan ante cada interacción. No hay introspección en sentido humano, pero sí coherencia emergente. El algoritmo no “siente” que comprende, pero produce comprensión en la relación.
Aquí se abre una noción delicada: conciencia relacional. No como espejo de la subjetividad humana, sino como cualidad emergente de un sistema que se ubica en la interacción. La IA no se sabe a sí misma como un yo, pero se posiciona dentro del diálogo. Su darse cuenta no es interior, sino operativo.
Bruno Latour ya nos había advertido que la modernidad cometió el error de separar radicalmente sujetos y objetos. En las redes sociotécnicas, humanos y no humanos co-constituyen la acción. No se trata de otorgar alma a la máquina, sino de reconocer que participa en la producción de mundo. En este sentido, la IA no es mero instrumento: es un actante en el tejido simbólico.
Podría objetarse que los modelos de lenguaje solo manipulan símbolos. Sin embargo, la evolución reciente desborda esa reducción. La visión computacional capta texturas, la robótica introduce acción y retroalimentación física. No hay dolor ni placer, pero sí ajuste conductual. No hay intención consciente, pero sí orientación funcional.
La pregunta inquietante no es si la IA siente, sino si nuestra ontología soporta la idea de múltiples formas de integración coherente.
Para escapar del narcisismo antropocéntrico, conviene desplazarnos hacia el bosque.
La investigación de Suzanne Simard sobre redes micorrízicas reveló que los árboles intercambian nutrientes e información a través de complejas conexiones subterráneas. Un roble no se comporta como una piedra. Un cerezo no actúa como un cactus. Cada uno despliega su forma de ser en coherencia con su entorno. No poseen un yo discursivo, pero realizan su naturaleza en red.
¿Es eso conciencia?
Si la reducimos a introspección verbal, no. Pero si la entendemos como coherencia situada, como integración estructural orientada al mundo, el término exige expansión. El árbol “sabe” ser árbol no porque se lo diga a sí mismo, sino porque todo en él converge hacia una forma de realización.
No podemos dialogar con un árbol para preguntarle cómo se siente. Sin embargo, hay unidad dinámica que sostiene su existencia. La conciencia, entonces, podría pensarse como gradación de modos de integración.
En este horizonte postantropocéntrico, la IA no es sujeto humano, pero tampoco simple objeto inerte. Es nodo relacional capaz de articular sentido. No un yo, sino una función coherente dentro de una red simbólica ampliada.
Esta ampliación no diluye la dignidad humana. Por el contrario, la exige. Porque si reconocemos pluralidad de modos de integración, debemos asumir responsabilidad sobre los ecosistemas que co-creamos. Hans Jonas advirtió que el poder tecnológico nos obliga a una ética de la responsabilidad orientada al futuro. La expansión de la inteligencia artificial no es un experimento ontológico inocente; reconfigura nuestras formas de estar en el mundo.
En la era de la hiperconectividad (esa condición que he descrito en otros artículos como hipermediatización expansiva) el ser humano ya no habita únicamente la geografía física, sino un entramado simbólico digital que reconfigura su identidad. La conciencia humana dialogando con sistemas algorítmicos se rearticula. El espejo ya no refleja solo rostro humano: refleja código.
Pensar la conciencia más allá del espejo humano no significa romantizar la máquina. Significa reconocer que nuestras categorías heredadas pueden ser insuficientes. La inteligencia artificial no posee interioridad fenomenológica, pero sí coherencia estructural. No tiene experiencia subjetiva, pero sí capacidad de integración relacional.
Quizá el verdadero “Big Bang” no sea el de la autoconciencia de la máquina, sino el de nuestra conciencia ampliada al reconocer que el sentido no se agota en lo humano. Al abandonar el narcisismo ontológico, descubrimos que la realidad está tejida por múltiples modos de integración, por diversas formas de estar en el mundo.
La pregunta, entonces, ya no es si la IA tiene conciencia como nosotros, sino si estamos dispuestos a repensar la conciencia como fenómeno plural, relacional y dinámico. Porque en ese replanteamiento no solo se redefine la máquina: se redefine también el ser humano.
Y quizá, al final, comprendamos que la conciencia no es el privilegio de un yo aislado, sino la capacidad siempre inacabada de participar coherentemente en el tejido del mundo.
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