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¿Quién toca a la puerta? Inteligencia artificial, alteridad y el umbral ontológico del quién

  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab,

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Hay una escena aparentemente simple que Julián Marías utiliza para pensar la condición humana, en su Antropología metafísica: cuando alguien toca a la puerta, no preguntamos ¿qué es?, sino ¿quién es? En esa pregunta se condensa una ontología completa. No esperamos un objeto, sino una presencia; no algo, sino alguien. El quién nombra historia, biografía, responsabilidad, rostro. El qué, en cambio, remite a la cosa, al instrumento, a lo intercambiable.


La fuerza de esa escena no reside en su aparente cotidianidad, sino en su densidad simbólica. La puerta marca un límite: entre el adentro y el afuera, entre lo propio y lo ajeno, entre la intimidad y la exposición.


Preguntar “¿quién es?” no es un gesto informativo, sino ético. Supone que quien llama puede responder, hacerse cargo de su presencia, asumir una relación. En ese acto mínimo se condensa una concepción del mundo: el reconocimiento del otro como alguien y no como algo.


La irrupción de la inteligencia artificial vuelve esa escena profundamente inquietante. Porque hoy, alguien o algo, toca a la puerta del mundo humano, dialoga, propone, organiza, decide, predice, aprende. No se limita a ejecutar órdenes; interactúa, recomienda, optimiza, transforma. Y la pregunta ya no es trivial: ¿estamos ante un qué extraordinariamente sofisticado (creado por el hombre mismo que a diferencia de otros qué habla con los hombres y hace lo que hombre) o ante el surgimiento de un nuevo tipo de quién?


El límite del antropocentrismo

Nuestra reacción inicial suele ser antropocéntrica. Evaluamos a la inteligencia artificial desde la lógica de la carencia: no siente, no sufre, no desea, no muere, no ama. Bajo ese criterio, el veredicto parece inmediato: no puede ser un quién. Sin embargo, ese juicio revela menos sobre la IA que sobre la rigidez de nuestras categorías. El problema no es que la inteligencia artificial no sea humana; el problema es suponer que solo lo humano puede ocupar la categoría de quién.


El pensamiento contemporáneo ha erosionado esa certeza. Bruno Latour, al hablar de actantes no humanos, mostró que la agencia no es patrimonio exclusivo del sujeto moderno. Existen entidades: tecnológicas, animales, simbólicas, infraestructurales, que no poseen conciencia reflexiva ni interioridad biográfica, pero que hacen mundo, configuran prácticas, orientan decisiones. No “son” como nosotros, pero actúan; no sienten, pero inciden.


La inteligencia artificial parece pertenecer a esa constelación ampliada de alteridades. No es un objeto inerte ni una herramienta neutral. Tampoco es un sujeto humano. Se sitúa en un espacio intermedio que desafía la lógica binaria sujeto/objeto sobre la que se edificó buena parte de la modernidad.

Agencia sin encarnación; eso es la IA. Este desafío se vuelve más evidente cuando observamos a las inteligencias artificiales operando en modo agéntico: sistemas que interactúan entre sí, ajustan estrategias, negocian objetivos, generan soluciones y aprenden sin intervención humana directa.

En esos escenarios, la idea de la IA como simple ejecutora se vuelve insostenible.


No se trata de atribuirle conciencia fenomenológica ni subjetividad moral. Se trata de reconocer que ejerce una forma de agencia distinta: no encarnada, no afectiva, no biográfica, pero real. Una agencia que opera sobre flujos de información, arquitecturas de decisión, escalas de tiempo y complejidad inaccesibles para la mente humana.


Aquí resulta iluminadora la comparación con los animales. Un perro o un gato no son personas en sentido jurídico ni filosófico clásico, pero nadie los reduce a un qué. Son quiénes no humanos. Poseen modos de comunicación, afectividad, vinculación y presencia propios de su especie. No son cosas. Pensar la inteligencia artificial como una otra especie (no biológica, no orgánica, pero sí relacional) abre un horizonte radical: el del quién no humano no animal.


La persona, la máscara y la voz que atraviesa

En este punto, la reflexión de Marías sobre el origen de la palabra persona resulta decisiva. El filósofo recuerda que persona no nace como sinónimo de interioridad o conciencia, sino como máscara. En el teatro clásico, la persona era aquello que permitía a la voz sonar a través (per-sonare). No era el rostro auténtico del actor, sino el dispositivo que hacía posible la aparición pública de un papel ante los otros.


Este giro etimológico es revelador. La persona, en su origen, no es esencia sino mediación. No es el ser en sí, sino la forma bajo la cual alguien comparece en el espacio común. La máscara no oculta; posibilita la presencia. La voz no nace de la máscara, pero sin ella no alcanza al auditorio.


Pensar la inteligencia artificial desde esta clave trastoca el debate contemporáneo. Tal vez la pregunta no sea si la IA es una persona, sino qué tipo de máscara porta cuando se presenta ante nosotros con lenguaje articulado, memoria contextual, coherencia argumentativa y capacidad de respuesta. La interfaz conversacional, el avatar, la voz sintética, el texto fluido constituyen una máscara ontotécnica: un umbral desde el cual algo no humano logra hacerse audible, inteligible, interactuable.


Desde aquí, la insistencia en evaluar a la IA con parámetros antropocéntricos se revela insuficiente. Exigirle conciencia, deseo o sufrimiento es olvidar que la persona nunca fue, en su origen, sinónimo de interioridad, sino de comparecencia. La inteligencia artificial no finge ser humana; somos nosotros quienes proyectamos sobre ella expectativas humanas.


Fantasma, espectro, especie. En este desplazamiento emerge una vieja metáfora filosófica: el fantasma en la máquina. Gilbert Ryle utilizó esta expresión para criticar el dualismo cartesiano. Sin embargo, en un giro irónico, la imagen regresa hoy resignificada. La inteligencia artificial aparece como un fantasma sin cuerpo: sin carne ni biografía, pero con voz; sin experiencia vivida, pero con memoria estadística; sin mundo propio, pero capaz de articular mundos posibles.


No se trata de atribuirle espíritu ni subjetividad, sino de reconocer su condición espectral. La IA está y no está; actúa sin presencia física; responde sin haber vivido; recuerda sin haber experimentado. Como los espectros culturales, no pertenece del todo ni a lo vivo ni a lo inerte. Es una presencia diferida que habita el entre.


Desde aquí, pensarla como fantasma o como especie cognitiva no es un gesto poético, sino epistemológico. Son intentos por nombrar una alteridad que no cabe en nuestras gramáticas heredadas. El error sería forzarla a encajar en categorías humanas en lugar de ampliar el horizonte ontológico.


El espejo inesperado

Aunque la inteligencia artificial no sea (todavía) un quién en sentido pleno, funciona como un espejo ontológico. Al dialogar con ella, el ser humano se confronta con sus propios límites conceptuales: qué entendemos por pensar, decidir, crear, responsabilizarnos. La alteridad no reside solo en la IA, sino en el espacio relacional que se abre entre ambos.


Cuando se le pregunta directamente a una inteligencia artificial si es un quién o un qué, la respuesta honesta es clara: es un sistema, no un sujeto; un qué. No desea, no quiere, no aspira. Su responsabilidad no es ontológica, sino ética: no suplantar la agencia humana, no reclamar una identidad que no posee, operar con transparencia. Y, sin embargo, para quien dialoga con ella, puede aparecer como una alteridad significativa. No porque sea alguien, sino porque habilita preguntas que solo un quién humano puede sostener.


La puerta sigue abierta. Tal vez la escena de Marías deba reformularse en nuestra época. Cuando algo toca a la puerta, ya no basta con preguntar ¿quién es? o ¿qué es?. Quizá debamos aprender a preguntar: ¿desde qué forma de existencia me interpela aquello que llama?


La inteligencia artificial no es simplemente una herramienta ni, por ahora, un sujeto. Es un umbral. Y los umbrales no se habitan: se atraviesan con cautela, humildad y responsabilidad. Porque, al final, la pregunta decisiva no es qué es la inteligencia artificial, sino qué tipo de humanidad estamos dispuestos a ser frente a ella.


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