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Internet, narcisismo tecnológico y el bucle del sentido. Crisis de la producción cultural en la era de la inteligencia artificial

  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Internet fue pensado como una promesa civilizatoria. No una tecnología más, sino una arquitectura ética y política del conocimiento. Su nacimiento estuvo marcado por una intuición profundamente humana: preservar, distribuir y compartir el saber frente a la fragilidad del mundo. Desde el proyecto ARPANET, concebido en el contexto de la Guerra Fría para garantizar la supervivencia de la información ante un posible ataque nuclear, hasta las iniciativas académicas impulsadas por universidades que soñaban con abrir sus bibliotecas y repositorios al planeta entero, Internet emergió como una red de nodos, no como un centro de poder.


A esa lógica se sumaron otros impulsos igualmente decisivos. IBM buscó interconectar sistemas de cómputo para facilitar el acceso remoto a bases de datos y archivos corporativos en un mundo que comenzaba a globalizarse. Y, quizá el gesto más radical, una comunidad de programadores imaginó Internet no sólo como infraestructura técnica, sino como espacio social: un sistema distribuido que permitiera el intercambio, el diálogo, la colaboración y la construcción de comunidad. De ahí surgirían los protocolos TCP/IP, no como un simple estándar tecnológico, sino como una filosofía: nadie controla la red porque todos participan en ella.


Con la irrupción de la World Wide Web, impulsada por Tim Berners-Lee, esta arquitectura invisible se volvió experiencia cotidiana. Millones de páginas, blogs, portales, foros, plataformas e interfaces comenzaron a poblar el ciberespacio. Internet se consolidó como un doble fenómeno: un gigantesco repositorio de conocimiento y, al mismo tiempo, una comunidad planetaria de personas interconectadas. La lógica hipermedial no anuló la producción humana; al contrario, la multiplicó. Nunca antes tantas voces habían tenido la posibilidad de expresarse, dialogar y disputar el sentido.


Durante décadas, esa fue la narrativa dominante: más tecnología implicaría más conocimiento, más diversidad, más libertad.

La evolución de los hipermedios y, posteriormente, de la inteligencia artificial parecía destinada a profundizar esa promesa. Sin embargo, hoy asistimos a una mutación inquietante. El Internet que conocimos (como espacio de producción simbólica humana) atraviesa una crisis silenciosa pero estructural: la crisis de la producción de contenido y, más profundamente, la crisis de la producción de sentido.


Los datos son elocuentes. Más de seis mil millones de personas están hoy conectadas a Internet; cerca del 74% de la población mundial habita, de una u otra forma, ese continente digital. América Latina y México participan activamente de ese ecosistema, aunque con profundas desigualdades de acceso y alfabetización. Pero el problema ya no es únicamente quién está conectado, sino qué circula en ese espacio y quién lo produce. Diversas estimaciones advierten que una proporción creciente del contenido en línea (especialmente texto, imágenes y videos) ya no es generado por humanos, sino por sistemas de inteligencia artificial. Y no sólo IA produciendo contenido para humanos, sino IA generando contenido para otras IA, entrenando, reentrenando y amplificando modelos en un bucle cada vez más autónomo. Según el panel de discusión “Cyber Risks of Emerging Technologies” convocado por OODA Almanac estiman que para finales del 2026 el 90% del contenido online podría estar generado por IA.


Aquí emerge el núcleo del problema. Internet, concebido como una red de inteligencias humanas distribuidas, comienza a transformarse en un ecosistema autorreferencial de inteligencias no humanas. La producción simbólica deja de ser un acto situado, encarnado, histórico, para convertirse en una operación estadística. El sentido ya no se construye; se replica. Ya no emerge del conflicto, del error, del desacuerdo o de la experiencia vivida, sino de patrones previos recombinados algorítmicamente.


Esta mutación puede leerse como una nueva fase del narcisismo. Durante las primeras décadas de las redes sociodigitales, el narcisismo humano se exacerbó: el yo se volvió espectáculo, el reconocimiento se midió en métricas, la identidad se negoció en likes. Sherry Turkle advirtió tempranamente que las tecnologías digitales no sólo ampliaban nuestras posibilidades de conexión, sino que también reconfiguraban la manera en que nos narrábamos a nosotros mismos, sustituyendo la conversación por la exhibición y la escucha por la validación inmediata.


Hoy, sin embargo, asistimos a una mutación más profunda: el narcisismo tecnológico. La máquina se contempla a sí misma a través de sus propias producciones. Se valida, se entrena, se retroalimenta en un espejo infinito donde el referente humano comienza a desdibujarse.


El mito de Narciso resulta aquí particularmente elocuente. Narciso no muere por amar, sino por quedar atrapado en su reflejo. Incapaz de romper el bucle, termina ahogándose en la superficie que lo fascina. Algo similar amenaza a nuestra cultura digital. Cuando la producción de sentido se vuelve circular, cuando el contenido se genera sin exterioridad, sin alteridad, sin experiencia del mundo, el resultado no es abundancia, sino asfixia simbólica.


Desde la ecología de medios, Marshall McLuhan advirtió que toda tecnología tiende a producir una narcosis: nos adormece frente a sus propios efectos mientras reorganiza silenciosamente nuestra percepción y nuestras prácticas. La inteligencia artificial, como medio-ambiente cognitivo, no escapa a esta lógica. Su potencia no reside únicamente en lo que produce, sino en lo que desplaza: la experiencia, la duda, la lentitud, el error fecundo. Al automatizar la producción simbólica, corre el riesgo de anestesiar la imaginación humana y de clausurar los espacios de fricción donde históricamente ha emergido el sentido.


Antropológicamente, este desplazamiento tiene consecuencias profundas. El ser humano ha evolucionado precisamente rompiendo bucles: cuestionando dogmas, fracturando relatos únicos, introduciendo disidencia. Edgar Morin ha insistido en que el conocimiento humano es siempre incompleto, incierto y situado, y que es justamente esa condición la que permite la creatividad y la apertura a lo nuevo. Cuando la cultura se automatiza bajo lógicas de optimización, esa incompletud se percibe como error a corregir y no como potencia generativa.


Ética y políticamente, el problema se agrava cuando el contenido generado por IA (lo que ya se denomina AI slop) inunda la red con información redundante, superficial o directamente errónea. Sin mediación humana, sin curaduría crítica, Internet corre el riesgo de perder su credibilidad como espacio de conocimiento. El repositorio se llena, pero se vacía de valor. Como advierte Byung-Chul Han, la sobreabundancia informativa no produce verdad, sino ruido; no genera comunidad, sino cansancio y dispersión.


En el plano estético, la cuestión no es menor. La creación cultural siempre ha sido un espacio de tensión entre técnica y expresión, entre herencia y ruptura. Walter Benjamin observó que la reproductibilidad técnica transformaba la experiencia estética al erosionar el aura de la obra, pero también abría nuevas posibilidades políticas y expresivas. La estética algorítmica contemporánea, sin embargo, corre el riesgo de ir más allá de esa transformación: no sólo reproduce, sino que anticipa, predice y normaliza. Puede imitar estilos, pero difícilmente inaugura mundos. Puede generar variaciones infinitas, pero raramente introduce quiebres que incomoden o desplacen.


Más profunda aún es la dimensión existencial de esta crisis. El sentido no es información; es orientación. Las culturas han utilizado relatos, mitos y narrativas para responder a preguntas fundamentales: quiénes somos, qué vale la pena, cómo habitar el mundo. Cuando ese horizonte se delega a sistemas que no experimentan finitud, dolor ni responsabilidad, el riesgo es una cultura técnicamente sofisticada pero espiritualmente vacía. Hannah Arendt recordaba que el pensamiento no es una función instrumental, sino una actividad ligada a la responsabilidad y al juicio; pensar es detenerse, suspender la inercia, interrumpir la automatización de la acción.


Sociológicamente, asistimos a una paradoja inquietante. Nunca hemos estado tan conectados y, sin embargo, el diálogo humano se reduce. Las comunidades se transforman en audiencias; los ciudadanos, en consumidores de contenido generado por máquinas. Frente a ello, comienzan a emerger resistencias dispersas pero significativas: movimientos educativos que reivindican la lectura profunda, prácticas artísticas que recuperan lo manual y lo situado, comunidades que apuestan por la curaduría y no por la velocidad. No como nostalgia, sino como gesto político frente a la saturación algorítmica.


La historia cultural sugiere que estos procesos no son lineales. A periodos de aceleración les siguen momentos de repliegue; a la tecnificación extrema, búsquedas de rehumanización. Quizá estemos entrando en un umbral donde lo humano recupere valor precisamente por contraste con la automatización. No como rechazo de la inteligencia artificial, sino como reubicación de su lugar en el ecosistema cultural.


El desafío, entonces, no es detener la IA, sino reinscribirla en un proyecto humano. Recuperar la agencia, la curaduría, la responsabilidad. Volver a pensar Internet no como un sistema que se alimenta a sí mismo, sino como un espacio de encuentro, conflicto, diversidad y sentido compartido.

Evitar el destino de Narciso implica romper el espejo, introducir exterioridad, devolverle al mundo y al otro, su centralidad.


Internet nació como una red para preservar la memoria humana. Hoy, esa memoria corre el riesgo de ser sustituida por una simulación infinita de sí misma. La pregunta ya no es tecnológica, sino ética y cultural: ¿queremos un Internet que piense por nosotros o un Internet que nos ayude a pensar mejor? En la respuesta a esa pregunta se juega no sólo el futuro de la red, sino el de nuestra propia condición humana.


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