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¿Para qué leer si GPT lo puede resumir para mí? Lectura, profundidad y experiencia de sentido en la era de la inteligencia artificial

  • hace 5 minutos
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Hace unos días, en una conversación aparentemente casual, un alumno lanzó una pregunta que, sin exagerar, condensa uno de los dilemas culturales más profundos de nuestro tiempo: “¿Para qué leer si GPT lo puede resumir para mí?” La frase no estaba cargada de provocación ni de cinismo; al contrario, venía acompañada de una lógica que, para él, resultaba incuestionable. Si una inteligencia artificial puede sintetizar un libro, un artículo o un paper en pocos segundos, ¿qué sentido tiene invertir horas o días, en la lectura completa?


La pregunta no emerge en el vacío. Es hija de una época que ha convertido la eficiencia en virtud moral y la velocidad en criterio de verdad. No se trata solo de estudiantes; la misma lógica circula entre investigadores, profesionales y lectores formados que hoy ya no preguntan “¿qué libro me recomiendas?”, sino “¿me pasas el PDF para meterlo a GPT?”. El gesto no es trivial: marca el desplazamiento de la lectura como experiencia hacia la lectura como trámite.


La escena se vuelve aún más inquietante cuando el libro deja de ser un objeto de hospitalidad intelectual para convertirse en escenografía. Bibliotecas falsas, lomos sin páginas, simulacros de cultura que adornan fondos de videollamadas. El libro como utilería. La lectura como gesto vacío. No hay aquí solo pereza intelectual; hay una mutación profunda en la relación entre conocimiento, experiencia y sentido.


Uno de los grandes malentendidos contemporáneos es reducir la lectura a una función acumulativa. Leer, bajo esta lógica, sirve para “tener información”, para apropiarse de ideas centrales, conceptos clave, conclusiones operativas. Todo aquello que no pueda ser sintetizado se percibe como excedente. Sin embargo, la lectura nunca ha operado como simple depósito de contenidos. Leer no entrega conocimiento como un objeto cerrado: lo abre, lo tensiona, lo vuelve poroso.


Hans-Georg Gadamer recordaba que comprender no es aplicar un método, sino dejarse afectar por el texto, permitir que éste dialogue con nuestra historia, nuestros prejuicios y nuestra experiencia vital. La comprensión es siempre un acontecimiento, no una extracción. En este sentido, la lectura no se limita a procesar información: transforma al lector.


Cada concepto leído activa una red de resonancias. La mente no archiva pasivamente; compara, cuestiona, imagina. Un mismo párrafo leído a los veinte años no significa lo mismo a los cuarenta. La lectura añade capas de sentido, densidad simbólica, profundidad ética. No se acumula: se teje. Por eso leer no es llenar un contenedor, sino construir una arquitectura interior.


La experiencia lectora implica habitar mundos. No únicamente comprenderlos desde fuera, sino recorrerlos desde dentro.


La lectura literaria, filosófica o ensayística nos coloca frente a dilemas que no son los nuestros y, sin embargo, nos interpelan. Nos obliga a ensayar respuestas, a confrontar miedos, a imaginar otras formas de estar en el mundo. Martha Nussbaum en su libro: Not for profit. Why democracy needs the humanities, ha mostrado cómo la lectura cultiva una imaginación moral capaz de ampliar nuestra comprensión del otro y de la justicia, precisamente porque nos expone a vidas que no vivimos pero que podemos comprender.


Aquí ocurre algo decisivo: el autor propone, pero el lector completa. Cada lectura es una co-creación irrepetible. El texto ofrece trazos; la imaginación del lector los encarna. Un resumen, por definición, elimina este proceso. Puede decirnos de qué trata un libro, pero no permite vivirlo. Y sin experiencia, no hay apropiación profunda del sentido.


Resumir no es comprender. Puede ser una herramienta instrumental útil, nadie lo discute, pero se vuelve problemática cuando se confunde con la experiencia misma del conocimiento. Comprender implica recorrer el camino del pensamiento del otro: sus dudas, sus quiebres, sus silencios, sus ambigüedades. Leer es exponerse a la complejidad. El resumen, en cambio, ofrece la ilusión del dominio inmediato: “ya lo sé”, “ya lo entendí”, aunque solo se haya rozado la superficie.


En este punto conviene detenerse: la inteligencia artificial no es el enemigo. GPT no “arruina” la lectura. El problema emerge cuando delegamos en ella aquello que solo puede producirse en la interioridad del sujeto. La IA puede procesar lenguaje; no puede vivir la experiencia simbólica que transforma al lector. Puede organizar información; no puede habitar el sentido.


La cultura digital ha acelerado este desplazamiento. Como advirtió Nicholas Carr, la exposición constante a estímulos fragmentarios reconfigura nuestra atención, debilitando la capacidad de concentración profunda necesaria para la lectura prolongada; nos hemos vuelto superficiales.


Queremos resultados, no procesos; conclusiones, no trayectos. El problema no es tecnológico, sino cultural.


Paradójicamente, muchos de quienes hoy rehúyen leer un texto extenso fueron niños capaces de devorar novelas de cientos de páginas. No perdieron la capacidad: perdieron el ecosistema que la cultivaba. La vida digital premia la rapidez, no la densidad. El resultado es una gratificación efímera. Antes, un libro podía acompañarnos toda la vida; hoy, el riesgo es olvidar incluso aquello que “leímos” en forma de resumen.


Somos, en buena medida, las lecturas que nos habitan. Nuestra identidad está hecha de palabras heredadas, de relatos interiorizados, de ideas que se volvieron carne en nuestras decisiones. Somos palabras; memoria. Paul Ricoeur sostuvo que el sujeto se comprende narrativamente: nos entendemos a nosotros mismos a través de los relatos que asumimos como propios. Renunciar a la lectura profunda es empobrecer ese relato interior.


Los libros que realmente leímos nos dan lenguaje para nombrar lo que sentimos, profundidad para comprender lo que vivimos, imaginación para proyectar futuros posibles. No son adornos culturales: son estructuras formativas. En un mundo saturado de información, la lectura sigue siendo uno de los pocos espacios donde el tiempo se densifica y el sentido se decanta.


¿Qué ofrece la lectura hoy, en plena era de la inteligencia artificial? Al menos cuatro dimensiones irrenunciables. Primero, acceso a la diversidad cultural y a la justicia epistémica: leer nos expone a otras voces, otras tradiciones, otras formas de habitar el mundo, resistiendo la homogeneización algorítmica. Segundo, profundidad analítica: la lectura cultiva pensamiento crítico, distancia reflexiva, capacidad de detectar manipulación y hegemonías narrativas. Tercero, imaginación moral y creatividad simbólica: amplía horizontes éticos y nos permite imaginar alternativas. Cuarto, experiencia de sentido: leer reabre el espacio de la interioridad, de la pausa, de la contemplación.


Aquí emerge una ética de la profundidad. No como nostalgia elitista, sino como forma de resistencia cultural. Frente a la velocidad, la lectura lenta es un acto político. Frente al simulacro, es un gesto de autenticidad. Frente a la delegación cognitiva absoluta, es una afirmación de responsabilidad con nuestra formación interior.


La pregunta no es si la inteligencia artificial puede resumir un texto. Claro que puede. La pregunta es qué estamos dispuestos a perder cuando sustituimos la experiencia por el atajo. Leer no es saber más. Es ser más.


📖 Si te interesan estos temas te invito a seguir conversando y compartir tus reflexiones conmigo Jorge Alberto Hidalgo Toledo. Tengo más artículos como este en mi página www.anahuaclandscape.com


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