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Economía del panóptico: narrar la vida, datificar la existencia

  • hace 8 horas
  • 6 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Al narrar nuestra existencia en y con los medios, entramos en la esfera pública, nos volvemos observables; colocamos nuestra vida ante los demás, nos volvemos parte de toda esa información viviente que circula en la red.


Desde hace décadas, pero con una aceleración brutal en los últimos años, el acto de narrar la vida dejó de ser un ejercicio íntimo, un gesto de interioridad o una práctica comunitaria situada, para convertirse en una operación estructural del ecosistema mediático. Contar quiénes somos, qué hacemos, qué pensamos y qué deseamos ya no es sólo un derecho expresivo ni una pulsión simbólica: es un requisito operativo de los sistemas digitales contemporáneos. Narrarse es existir; existir es ser visible; ser visible es ser legible; y ser legible, en la lógica del capitalismo informacional, es ser explotable.


La vida narrada en medios no es inocente. Cada gesto de autoinscripción: una fotografía, un comentario, un like, una búsqueda, un desplazamiento geolocalizado, se integra a una economía silenciosa pero omnipresente: la economía del panóptico. No se trata ya del panóptico disciplinario clásico descrito por Michel Foucault, donde el sujeto interioriza la mirada del vigilante, sino de una mutación más sofisticada: una vigilancia participativa, deseada, gamificada y profundamente integrada a las lógicas del consumo, la pertenencia y el reconocimiento simbólico.


La economía del panóptico es, ante todo, la economía de los datos personales que hacemos visibles en cada click, en cada zapping, en cada llamada, en cada retiro en el cajero, en cada compra en el supermercado. No hay gesto neutro. La vida cotidiana, en su aparente banalidad, se ha convertido en una mina de extracción semántica. Los medios ya no observan únicamente; cazan. Registran, almacenan, procesan, discriminan, segmentan e intercambian datos con una voracidad que no distingue entre lo íntimo y lo público, entre lo emocional y lo transaccional, entre el recuerdo y el deseo.


Esta captura no es pasiva. Los sistemas mediáticos no se limitan a archivar la vida: la reconfiguran. A partir de nuestros rastros digitales, los algoritmos producen versiones anticipadas de nosotros mismos. Extienden nuestros gustos, afinan nuestras preferencias, moldean nuestras decisiones y, de manera cada vez más inquietante, comienzan a administrar nuestra memoria.


El mundo que se nos ofrece, ese entorno confortable, familiar, aparentemente hecho a la medida, no es sino el resultado de una ingeniería simbólica que aprende de nosotros para devolvernos una versión optimizada de lo que ya somos. O, peor aún, de lo que creen que somos.


En este punto, la inteligencia artificial introduce una capa decisiva. Ya no se trata únicamente de bases de datos inertes o de repositorios estáticos de información. Los hipermedios se han convertido en sistemas dinámicos de aprendizaje automático. Ecosistemas perceptivos que observan, correlacionan, predicen y actúan. Cada interacción alimenta modelos que no sólo describen la realidad, sino que la producen.


La IA no es un instrumento externo a la cultura: es hoy una infraestructura ontológica que participa activamente en la construcción de sentido.

Los hipermedios, en este contexto, funcionan como repositorios sofisticados de la vida. No sólo almacenan lo que fuimos, sino que condicionan lo que podemos llegar a ser. La intensidad de nuestra inmersión cotidiana en estos sistemas es lo que transforma cada experiencia narrativa y cada comportamiento en línea en estilos de vida, sistemas culturales automatizados, naturalezas sígnicas colaborativas. La cultura ya no se transmite únicamente por tradición o por educación formal; se aprende por iteración algorítmica.


Toda esa data que circula con nuestro nombre y apellido nos ha convertido, paradójicamente, en disciplinados mecanismos de información. Creímos que la hiperconexión nos haría más libres, más autónomos, más expresivos. Sin embargo, lo que emerge es una subjetividad entrenada, optimizada y normalizada por sistemas que recompensan ciertas conductas y penalizan otras. La libertad se desplaza del ámbito de la decisión al de la elección guiada; del deseo auténtico al deseo inducido.


Los medios, como soporte estructural del acelerado sistema económico mundial, han amplificado mercados, audiencias y la geopolítica de la información. Hoy, la hiperconexión de sus bases de datos permite registrar no sólo nuestros movimientos, sino también nuestros anhelos. El régimen discursivo de nuestras identidades hipermediales (esa manía por la interactividad, por la presencia constante, por la respuesta inmediata) ha convertido al mundo en un espectáculo permanente. La vida se hace escena. Cada acción es potencialmente observable, cuantificable y evaluable.


Este espectáculo no opera únicamente hacia afuera. El panóptico contemporáneo también es auto-panóptico. Nos vigilamos a nosotros mismos. Curamos nuestra imagen, editamos nuestra historia, gestionamos nuestra reputación. La subjetividad se vuelve proyecto, marca, narrativa estratégica. En este escenario, la línea entre autenticidad y simulación se vuelve difusa. Jean Baudrillard advertía que el simulacro no oculta la verdad, sino que oculta que no hay verdad. En la era de la IA, el simulacro se vuelve funcional: produce valor, engagement, rentabilidad.


La vida digital se nos presenta como una red de interconexiones amigables: hipervínculos a recuerdos, amistades, compras y aficiones. Sin embargo, esta amabilidad es profundamente asimétrica. La convergencia universal de tecnologías, dispositivos y pantallas nos convierte en dato omnipresente, en código que subsidia catálogos comerciales, modelos predictivos y sistemas de recomendación. Somos el ADN de los sistemas integrados, la materia prima de la inteligencia artificial contemporánea.


Ser nodo, enlace, referencia cruzada, hipervínculo no es una metáfora poética: es una condición ontológica del sujeto hipermediatizado. Vivimos en un ecosistema donde sistemas inteligentes, objetos inteligentes, hogares inteligentes, accesorios inteligentes y corporaciones inteligentes se articulan en una misma ecología informacional. En ella, la información tiene tanta vida como sus actantes. Bruno Latour lo anticipó al descentrar al humano como único agente: hoy, los no-humanos (algoritmos, plataformas, interfaces, chatbots, infraestructuras) participan activamente en la configuración de lo social.


En este escenario, la subjetividad y la intersubjetividad requieren ser repensadas con urgencia. ¿Qué significa ser sujeto en un mundo donde la existencia adquiere valor en cada proceso de decodificación? ¿Dónde el reconocimiento ya no pasa únicamente por el encuentro con el otro, sino por la validación algorítmica? La IA no sólo observa: interpreta. No sólo interpreta: decide. Y en esa cadena de decisiones se juega buena parte del futuro de nuestra autonomía simbólica.


Los medios, siempre ambivalentes, siguen siendo fascinación y vértigo. Son formas expresivas que amplifican el deseo, la pasión, la seducción; espacios donde el yo busca al otro y, en ese gesto, se encuentra consigo mismo. Pero también son rituales que pueden clausurar la alteridad, espejos que devuelven lo idéntico una y otra vez. Como el nuevo Narciso, los medios amplifican lo mismo mientras prometen diferencia. Nos seducen con la ilusión de singularidad mientras nos integran a patrones de comportamiento estadísticamente previsibles.


Marshall McLuhan advertía que toda extensión tecnológica es también una amputación. La inteligencia artificial, como extensión cognitiva, amplifica nuestra capacidad de cálculo, memoria y anticipación, pero corre el riesgo de erosionar la experiencia de profundidad, silencio e interioridad. Cuando todo es visible, cuando todo es dato, ¿qué espacio queda para lo no dicho, para lo no cuantificable, para lo sagrado de la experiencia humana?


El peligro no radica únicamente en la vigilancia externa, sino en la pérdida progresiva de la distancia crítica. Cuando el sujeto se vuelca completamente sobre sí mismo, cuando se convierte en gestor permanente de su propia imagen, corre el riesgo de quedar atrapado en su simulación. La vida, entonces, deja de ser vivida para ser administrada. Y en ese tránsito, la pregunta por el sentido se diluye entre métricas, dashboards y estadísticas de rendimiento existencial.


La economía del panóptico no necesita muros ni torres. Funciona con interfaces amables, notificaciones sutiles y promesas de pertenencia. Se sostiene en nuestra complicidad afectiva, en nuestra necesidad de ser vistos, reconocidos y amados. La inteligencia artificial, lejos de ser neutral, intensifica estas dinámicas al aprender de nuestras vulnerabilidades emocionales y convertirlas en variables operativas.


Quizá el desafío ético más profundo de nuestro tiempo no sea tecnológico, sino antropológico. ¿Cómo volver a habitar la vida más allá de su traducción en datos? ¿Cómo recuperar espacios de opacidad, de silencio, de no rendimiento? ¿Cómo reconfigurar una ciudadanía digital que no se limite al uso competente de herramientas, sino que defienda la dignidad de la experiencia humana frente a la lógica extractiva de los sistemas inteligentes?


Al final, los medios siguen siendo ese nuevo Narciso que nos devuelve una imagen fascinante de nosotros mismos. Pero toda fascinación tiene un costo. Si no somos capaces de interrumpir el hechizo, de mirar más allá del reflejo, corremos el riesgo de confundir la vida con su representación y el sentido con su simulación. Los medios engañan al sujeto, lo vuelcan sobre sí mismo, lo vuelven parte de su propia simulación.


👉Si te interesan estos temas te invito a seguir la conversación y compartirme tus reflexiones: Jorge Alberto Hidalgo Toledo .


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