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La libertad como conquista de sentido. Navegar la era del vacío desde la interioridad

  • hace 3 días
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Durante siglos, la libertad fue pensada como una gesta; romper cadenas. Una lucha. Un movimiento de emancipación frente a un otro claramente identificable: el tirano, el opresor, la institución totalizante, el poder que sometía cuerpos, conciencias y posibilidades de realización. La historia de la modernidad (desde las revoluciones políticas hasta los grandes relatos de emancipación cultural) se construyó bajo la idea de que la libertad se conquistaba hacia afuera, derribando estructuras, desmontando hegemonías, ampliando derechos y recuperando autonomías.


Sin embargo, algo se ha desplazado de manera silenciosa pero profunda en nuestra experiencia contemporánea. El horizonte histórico que prometía liberaciones sucesivas ha mutado en una topografía más ambigua, donde los enemigos ya no se presentan con claridad, y las conquistas exteriores parecen no garantizar una vida con sentido. La pregunta que atraviesa hoy a las juventudes, a las instituciones educativas, a los sistemas culturales y a los propios sujetos no es ya cómo ser libres, sino para qué ejercer esa libertad cuando el mundo ha perdido densidad simbólica. No se trata de una crisis de derechos, sino de orientación; no de una carencia de opciones, sino de un agotamiento del significado.


Vivimos inmersos en una condición cultural que ha sido descrita como la era del vacío. No como metáfora superficial, sino como experiencia estructural del ser-en-el-mundo. La progresiva disolución de los grandes relatos (religiosos, políticos, ideológicos) no solo flexibilizó las identidades, también erosionó los marcos que dotaban de espesor a la experiencia.


Gilles Lipovetsky advertía que la hipermodernidad no suprime el sentido, pero lo fragmenta, lo vuelve liviano, provisional, intercambiable. En ese tránsito, la libertad se transforma en un ejercicio permanente de elección sin arraigo, de movilidad sin dirección, de autonomía sin brújula.


La metáfora del paso de lo sólido a lo líquido, y de lo líquido a lo gaseoso, permite comprender esta mutación ontológica. Lo sólido imponía resistencia y duración; obligaba al cuerpo y al pensamiento a habitar el límite. Lo líquido flexibilizó las formas, abrió posibilidades, pero comenzó a erosionar la permanencia. Lo gaseoso, en cambio, disuelve referencias: no hay centro ni periferia, no hay profundidad ni superficie; todo circula, todo flota, todo se evapora. En este estado, el sujeto se vuelve liviano, la experiencia se fragmenta y el pensamiento pierde espesor. El mundo deja de ser contemplado para ser consumido; deja de ser habitado para ser deslizado. Moverse en la nube, incluso genera turbulencia.


Cuando la realidad pierde densidad, la libertad también se vacía. Ya no se experimenta como proyecto, sino como fatiga; no como horizonte, sino como carga.


Byung-Chul Han ha descrito con precisión esta mutación: el sujeto contemporáneo no se siente oprimido por un otro externo, sino agotado por sí mismo; no reprimido, sino saturado. La libertad, despojada de un “para qué” y "para quién", se convierte en una exigencia permanente de rendimiento, en una obligación de optimización del yo que termina por erosionar la interioridad.


Aquí emerge una paradoja central de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido tantos márgenes de elección y, sin embargo, nunca habíamos experimentado con tanta intensidad el cansancio existencial, la ansiedad difusa y la sensación de vacío. La ausencia de un opresor claro (sino muchos) no ha traído calma, sino desorientación. El malestar no proviene de la prohibición, sino de la dispersión; no de la censura, sino del ruido; no de la falta de opciones, sino de su sobreabundancia.


En este contexto, el conflicto se desplaza. Los grandes obstáculos a la libertad ya no son primordialmente externos, sino internos. La hiperestimulación permanente, la fragmentación de la atención, la incapacidad de detenerse, la erosión del silencio y la pérdida de profundidad se convierten en los nuevos enemigos de una vida con sentido. La libertad deja de ser un acto de ruptura hacia afuera y se convierte en una tarea de reconstrucción interior.


Este desplazamiento se ve intensificado por la presencia ubicua de los sistemas digitales y, más recientemente, de la inteligencia artificial. La IA no solo automatiza procesos o amplía capacidades; reconfigura los ritmos de la experiencia, la relación con el tiempo y la manera en que se construye el sentido. Al externalizar funciones cognitivas (memoria, organización, escritura, decisión), la tecnología libera al sujeto de ciertas cargas, pero también corre el riesgo de vaciar los espacios de reflexión profunda.

Cuando todo es asistido, sugerido y optimizado, la interioridad puede atrofiarse si no se cultiva deliberadamente.


La libertad, en este escenario, exige una brújula interior. No como refugio intimista ni como repliegue narcisista, sino como condición de posibilidad para volver a habitar el mundo con sentido. Esta brújula no se hereda ni se descarga; se construye. Requiere pausa, silencio, contemplación y una relación distinta con el tiempo. Josef Pieper recordaba que la contemplación no es inactividad, sino una forma superior de atención, una apertura radical a la realidad que permite que el sentido emerja. Sin esta capacidad, la libertad se reduce a movimiento sin dirección.


Ser libre hoy implica reaprender a escucharse en medio del ruido, a discernir en medio de la saturación, a elegir en medio de la abundancia. Implica resistir la tentación de una vida permanentemente asistida, donde la IA decide, sugiere y optimiza, pero no puede responder por el sentido último de la existencia. La tecnología puede acompañar, ampliar y facilitar; no puede habitar por nosotros la pregunta por el significado.


La dificultad mayor no reside en pensar esta libertad en condiciones ideales, sino en ejercerla en un mundo saturado de estímulos. No se trata de huir del ruido, sino de aprender a filtrarlo; no de negar la complejidad, sino de crear microespacios de silencio en medio del caos. Esta práctica cotidiana de la atención se convierte en una forma de resistencia ética. Recuperar la capacidad de asombro, de pausa y de profundidad es hoy un acto contracultural.


La paradoja persiste: si la libertad es constitutiva del ser humano, ¿por qué hay que conquistarla? Porque no es un estado garantizado, sino una práctica frágil. No se posee de una vez y para siempre. Se construye, se pierde y se recupera. En nuestra época, la libertad que está en juego no es tanto la de hacer, sino la de ser con sentido. No se defiende acumulando opciones, sino eligiendo con conciencia; no se ejerce con consignas, sino con profundidad.


Conquistar el sentido se vuelve, entonces, la tarea central de la libertad contemporánea. No como respuesta definitiva, sino como búsqueda sostenida. Una tarea ética, existencial y profundamente humana que exige volver a habitar la interioridad sin renunciar al mundo. Tal vez no se trate de recuperar viejas luchas, sino de inaugurar una nueva: la lucha por la densidad, por el silencio fecundo, por la profundidad en medio de la ligereza. Y quizá ahí, en esa conquista silenciosa, la libertad vuelva a encontrar su razón de ser.


Si te interesan estos temas te invito a seguir la conversación y compartir tus reflexiones conmigo Jorge Alberto Hidalgo Toledo. Si quieres leer otros artículos te invito a mi página www.anahuaclandscape.com


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