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La fricción del tiempo. Cansancio, aceleración y alfabetización para un ritmo consciente en la era de la inteligencia artificial

  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Todos vivimos agotados. Michael Jackson no podía dormir. Para lograrlo, recurrió a un anestésico diseñado para quirófanos, no para habitaciones. Judy Garland fue educada (literalmente) a base de estimulantes para rendir y sedantes para descansar. Marilyn Monroe murió rodeada de pastillas que prometían calma. Décadas después, el problema no ha desaparecido: ha cambiado de rostro. Hoy no se consumen sustancias para ir más lejos, sino para apagar el cuerpo, para desconectarse, para dormir. No para huir del mundo, sino para sobrevivir a su ritmo.

Ese giro histórico no es anecdótico; es sintomático. Si en el siglo XX las drogas funcionaron como tecnologías de expansión (para intensificar la experiencia, romper límites, ensanchar la noche), en el siglo XXI operan como tecnologías de contención.

Dormir se ha vuelto una tarea compleja; descansar, un privilegio; y el cansancio, una condición estructural que atraviesa clases sociales, edades y profesiones. El cuerpo, que antes era el territorio de la exploración, hoy se ha convertido en el último bastión que intentamos silenciar para poder seguir funcionando.

El cansancio contemporáneo no es el resultado de un esfuerzo heroico ni de una jornada excepcional. Es un estado basal. Profesores, estudiantes, investigadores, creativos, ejecutivos: todos parecen compartir una palabra al cerrar el año o iniciar uno nuevo: agotamiento, no como episodio puntual, sino como atmósfera permanente. No es el cansancio del trabajo bien hecho, sino el desgaste de una disponibilidad sin bordes. Un burnout que ya no necesita incendios visibles para consumirse; arde por fricción.

Byung-Chul Han describió este régimen como la “sociedad del cansancio”, un orden en el que la explotación ya no proviene de un amo externo, sino de un mandato interiorizado de rendimiento, optimización y positividad sin descanso. El sujeto ya no obedece; se autoexige. Ya no es explotado; se explota. Sin embargo, el escenario actual parece haber ido más lejos de lo que incluso Han anticipó. Hoy no estamos solo cansados de hacer; estamos cansados antes de hacer. Agotados por anticipación.

Aquí aparece una metáfora clave para comprender la época: la fricción. Como en la física, todo movimiento genera desgaste. Avanzar implica perder energía. La fricción es inevitable; lo problemático es su duplicación. Por un lado, existe la erosión natural del presente: trabajar, estudiar, responder, producir, decidir. Pero a ella se suma una segunda erosión, más silenciosa y devastadora: la del futuro anticipado. La ansiedad no es otra cosa que un exceso de futuro; una sobrecarga de escenarios que aún no existen, pero que ya están siendo emocionalmente procesados.

Vivimos, entonces, atrapados entre dos fuerzas que desgastan en direcciones opuestas. Desde abajo, el presente exige; desde arriba, el futuro amenaza. El resultado es una fricción constante que no permite recuperación. El cuerpo avanza, pero la mente ya llegó exhausta. De ahí que muchos jóvenes verbalicen una intuición inquietante: “Siento que mi vida se va a acabar más rápido por la velocidad a la que vivo”. El miedo ya no es solo fracasar, sino consumirse.

Esta percepción se intensifica en las generaciones que han crecido bajo un régimen de hiperconectividad permanente. La Generación Z no heredó únicamente dispositivos y plataformas; heredó una temporalidad saturada. Diversos estudios internacionales indican que reporta niveles de ansiedad y agotamiento más altos que generaciones anteriores, tanto en el ámbito académico como laboral. Frente a ello, emerge un fenómeno cultural revelador: dormir se convierte en una de sus actividades preferidas. No como evasión romántica, sino como defensa biológica y simbólica.

Dormir, en este contexto, se vuelve un gesto de resistencia. No hablamos de apatía ni de depresión en su sentido clásico, sino de una reacción al rebasamiento. El joven no se encierra porque no quiera al mundo, sino porque el mundo no deja de entrar.

Tendencias como el sleepmaxxing (la optimización extrema del sueño) no expresan pereza, sino desesperación. El problema no es la falta de motivación, sino la hiperestimulación continua, la exigencia de disponibilidad total, la imposibilidad de cerrar los ojos sin culpa.

Este agotamiento no es exclusivo de los individuos; es organizacional. Instituciones educativas, empresas, centros de investigación y sistemas administrativos padecen una fatiga estructural. Reuniones interminables, métricas crecientes, evaluaciones constantes, flujos de información ininterrumpidos. Se avanza, sí, pero sin habitar el trayecto.

Paradójicamente, cuanto más se habla de innovación y aceleración, menos espacio queda para la reflexión, la pausa y el sentido.

Aquí emerge la paradoja central del ritmo contemporáneo: ¿cómo avanzar sin destruirse? ¿Cómo desacelerar sin detenerse? La respuesta no está en la inmovilidad ni en el romanticismo del “parar todo”, sino en una reconfiguración profunda de la temporalidad. No se trata de correr menos por miedo, sino de caminar con conciencia. De comprender el desgaste sin convertirlo en obsesión; de aceptar la fricción natural del movimiento sin amplificarla con la ansiedad anticipatoria.

Este desplazamiento exige un cambio de racionalidad. Pasar de la lógica de “todo es urgente” a la de “todo tiene su tiempo”. Avanzar sin fragmentarnos; accionar sin pulverizarnos. En términos formativos, esto implica pensar en una alfabetización del ritmo consciente: la capacidad de habitar el tiempo sin ser devorados por él. No como técnica de productividad, sino como ética de la vida cotidiana.

Esta alfabetización no se enseña con manuales de eficiencia, sino con prácticas culturales y pedagógicas que reordenen la relación con el tiempo. Reconocer límites sin culpa; instituir rituales de pausa; revalorizar el descanso como condición de posibilidad del progreso; habitar el presente con atención para reducir la erosión del futuro anticipado. No es una pedagogía del “hacer menos”, sino del “hacer con densidad, con calma y profundidad”.

En este punto, la inteligencia artificial introduce una bifurcación decisiva. Puede convertirse en un acelerador de la hiperproductividad o en una infraestructura del alivio. La diferencia no es técnica, sino ética. Utilizada con criterio, la IA puede asumir tareas repetitivas, administrativas y cognitivamente desgastantes, liberando tiempo emocional y simbólico para lo propiamente humano: la reflexión, el cuidado, la creación con sentido.

El riesgo aparece cuando se le delega no solo el ruido, sino el sentido. Cuando la IA no libera tiempo, sino que eleva la vara de la exigencia. Cuando, en lugar de permitir respirar mejor, obliga a correr más rápido. Sherry Turkle advertía que las tecnologías no solo hacen cosas por nosotros; hacen cosas con nosotros, modelan nuestra forma de estar en el mundo. La pregunta, entonces, no es si la IA nos ahorra tiempo, sino qué hacemos con el tiempo que nos devuelve.

Pensar la IA como aliada del descanso implica inscribirla en una ética del cuidado. Delegar lo mecánico para recuperar lo contemplativo. Automatizar lo accesorio para profundizar en lo esencial. No se trata de optimizar la vida, sino de rehumanizarla. De recordar que el tiempo no es solo un recurso que se gestiona, sino un espacio que se habita.

El cansancio contemporáneo es, en última instancia, existencial. No estamos agotados solo por lo que hacemos, sino por cómo habitamos el tiempo y por el miedo constante a no alcanzar, a no responder, a no sobrevivir al ritmo impuesto. En este contexto, alfabetizar el ritmo consciente no es un lujo; es una urgencia civilizatoria.

Porque una sociedad exhausta no piensa, no cuida y no imagina futuros habitables.

La pregunta decisiva no es cuánto hacemos, sino desde dónde lo hacemos. Y quizá el verdadero desafío de nuestra época no sea avanzar más, sino preguntarnos con honestidad si el ritmo que hemos normalizado nos conduce a algún lugar compartido o si, por el contrario, nos está borrando antes de tiempo.

👉Si te interesan estos temas te invito a seguir en contacto: Jorge Alberto Hidalgo Toledo y compartir tus reflexiones. Para más artículos te invito a mi sitio www.anahuaclandscape.com

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