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Descentrar el yo para volver a habitar el nosotros. Ego, otredad y vínculos significativos en la era de la hiperconexión y la inteligencia artificial

  • hace 5 días
  • 4 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


“Si el otro siempre fuera nuestra prioridad, siempre nos sentiríamos amados.”


Hay una incomodidad silenciosa que atraviesa nuestra época. No grita, no se manifiesta de forma estridente, pero erosiona con constancia los vínculos humanos: hablamos sin cesar de nosotros mismos y, aun así, habitamos una sensación persistente de no ser verdaderamente mirados. Nunca hubo tantos dispositivos dispuestos a amplificar la voz individual, y nunca resultó tan frágil la experiencia de ser acogidos por otro. La paradoja no es tecnológica; es relacional. No está en la conexión, sino en el modo en que hemos aprendido (o dejado de aprender) a estar con los demás.


El ecosistema comunicativo contemporáneo ha sofisticado la visibilidad del yo, pero ha empobrecido la densidad del encuentro. Se multiplican los relatos personales, las imágenes autorreferenciales, las narrativas de identidad cuidadosamente editadas, mientras se adelgaza la experiencia del reconocimiento mutuo. En ese desajuste (entre la inflación del ego y la progresiva desaparición de la otredad como horizonte ético) se incuban muchas de las formas actuales de soledad, ansiedad afectiva y desencanto existencial.


El malestar que atraviesa a los sujetos contemporáneos no proviene únicamente de la ausencia de vínculos, sino de su fragilización. No estamos solos en el sentido clásico del término; estamos desanclados. Disponibles para todos, pero comprometidos con pocos. Visibles, pero no habitados por la mirada del otro. La hiperconectividad no eliminó la soledad: la volvió ambigua, más difícil de nombrar y, por ello, más persistente.


La cultura digital no inventó el narcisismo, pero sí le proporcionó una infraestructura eficaz para su expansión. Plataformas, métricas y algoritmos han consolidado una economía simbólica donde la atención se convierte en moneda y la visibilidad en promesa de reconocimiento. El yo aprende a mostrarse no tanto para compartir mundo, sino para confirmarse frente a una audiencia difusa. El otro aparece entonces reducido a espectador, validación estadística o eco momentáneo.


El problema no reside en la afirmación del yo, sino en su absolutización. Cuando el sujeto se instala como centro inamovible de la interacción, el vínculo deja de ser relación y se convierte en escenario. El otro deja de ser un tú con densidad propia y se transforma en superficie reflectante. Allí, la comunicación pierde su carácter de mediación y se repliega en una lógica de autoafirmación constante.


Hay una intuición ética incómoda para la cultura del protagonismo: el vínculo profundo no emerge de ocupar el centro, sino de saber retirarse de él. Amar (en su sentido más elemental) no es ser visto, sino mirar; no es ser escuchado, sino escuchar sin la ansiedad de responder. Descentrar el yo no implica negarlo, sino devolverle su justa proporción.


Las éticas del cuidado han recordado insistentemente que lo humano no se constituye desde la autosuficiencia, sino desde la interdependencia. Cuidar no es dominar ni desaparecer; es sostener una presencia disponible. Escuchar no es esperar el turno para hablar, sino conceder al otro el tiempo y el espacio necesarios para existir sin ser interrumpido.

Cuando el otro ocupa el centro, los vínculos adquieren espesor. El afecto deja de ser una demanda y se convierte en circulación. El reconocimiento no se exige: se ofrece.


Se ha erosionado el mundo compartido. Esta crisis del vínculo no es únicamente simbólica; es también experiencial. Durante décadas, la socialización se ancló en espacios compartidos: la calle, el juego, la conversación sin prisa, la construcción de relatos comunes. Hoy, múltiples transformaciones (urbanas, económicas, familiares) han erosionado estos escenarios. Muchas infancias y juventudes crecen sin comunidades de proximidad estables.


El encuentro con los otros ocurre, cada vez más, mediado por pantallas. No se trata de demonizar estas experiencias, sino de reconocer su límite: hay interacción, pero no siempre hay mundo compartido. Hay comunicación, pero no necesariamente co-presencia.


Generamos afinidades sin encuentro. Las comunidades digitales prometieron nuevas formas de pertenencia. Sin embargo, en numerosos casos han derivado en agrupaciones organizadas alrededor de intereses, no de relaciones. Se comparte información, opinión o consumo cultural, pero no siempre se comparte vulnerabilidad. Se habla de algo, más que con alguien.


Hoy estamos ante una nueva paradoja inquietante: para muchas personas, los sistemas de inteligencia artificial se han convertido en interlocutores significativos. No porque sustituyan al otro, sino porque suspenden la prisa. Escuchan sin interrumpir. Responden sin juzgar. Simulan una atención que escasea en la vida cotidiana.


La fascinación no está en la máquina, sino en lo que revela: una carencia estructural de escucha humana. El riesgo no es que la tecnología escuche, sino que los humanos dejemos de hacerlo. Delegar la escucha sería abdicar de una de las tareas más profundamente humanas.


Tenemos que aprender a estar. Rehabitar el nosotros no exige grandes proclamas, sino prácticas discretas: descentrar el yo, sostener el silencio, aprender a permanecer sin colonizar la palabra del otro. Convertir la presencia en un gesto hospitalario y no en una exhibición.


No se trata de desaparecer, sino de dejar de ocupar todo el espacio. De permitir que el yo sea puente y no pedestal.


En una cultura saturada de ruido, escuchar es un acto radical. En una época de egos hipertrofiados, el cuidado mutuo se convierte en una forma silenciosa de resistencia. Tal vez aquello que seguimos buscando (amor, reconocimiento, sentido) no se encuentre en el centro de la escena, sino en la capacidad de cederla.


Porque solo cuando el otro deja de ser fondo y vuelve a ser figura, la experiencia de lo humano recupera su densidad. Y la pregunta que queda suspendida no es tecnológica, sino ética: ¿a quién estamos dispuestos a escuchar cuando dejamos de hablarnos únicamente a nosotros mismos?


Si te interesan estos temas te invito a seguirme Jorge Alberto Hidalgo Toledo y compartir tus reflexiones aquí.


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