Desesperados por llenar vacíos, tememos habitar el vacío. Silencio, escucha y humildad en una sociedad ansiosa de expresión
- 23 ene
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Vivimos en una época paradójica: nunca habíamos tenido tantos espacios para hablar y, sin embargo, nunca habíamos estado tan incapacitados para escuchar. La hipermediación de la vida cotidiana (redes sociodigitales, foros, muros, plataformas de opinión) no solo amplió los canales de expresión, sino que instauró una compulsión: allí donde aparece un espacio en blanco, emerge la urgencia de llenarlo. Como si el silencio fuese una afrenta, un error del sistema, una falla que debe corregirse con palabras, reacciones o gestos mínimos de presencia. No importa tanto qué se diga, sino que se diga algo. La expresión se vuelve prueba de existencia. Cómo el grafitero, hay que dejar marca de nuestro paso en cada muro, incluyendo el digital.
Esta ansiedad por hablar no nace de la plenitud, sino de la carencia. No es el exceso de sentido lo que nos empuja a pronunciarnos sin pausa, sino el temor a confrontarnos con el vacío. Conviene distinguir: no es lo mismo llenar vacíos que habitar el vacío. Los vacíos son huecos inmediatos, superficies que se rellenan con ruido; el vacío, en cambio, es la experiencia radical de enfrentarnos con nosotros mismos, con preguntas sin respuesta, con la fragilidad de una identidad siempre inacabada. Nuestra época parece especializada en evitar ese encuentro.
Preferimos la velocidad a la contemplación, la réplica a la escucha, la respuesta inmediata a la pausa que descoloca.
El silencio incomoda porque desnuda. Nos coloca frente a nosotros mismos sin mediaciones, sin filtros, sin algoritmos que amortigüen la experiencia. Callar implica suspender el impulso de control, aceptar que no todo está dicho ni nos pertenece, que el saber es siempre parcial. En una cultura que glorifica la autosuficiencia, esta aceptación resulta amenazante. No sorprende que el silencio haya sido expulsado de la conversación pública y recluido a espacios marginales (cuando no patologizado) como improductivo o sospechoso.
La escucha verdadera exige una ética particular. Escuchar no es oír mientras se prepara la réplica; es abrir espacio al otro y permitir que su palabra nos afecte, incluso nos transforme. Supone renunciar, aunque sea por un instante, al protagonismo del yo.
En una sociedad que confunde comunicación con emisión constante, escuchar se vuelve un gesto subversivo: no produce métricas, no genera visibilidad inmediata, no deja huella cuantificable. Y, sin embargo, es allí donde se juegan los vínculos más profundos.
Esta incapacidad de escuchar se manifiesta en lo cotidiano: conversaciones superpuestas, debates convertidos en monólogos enfrentados, aulas donde se privilegia la participación ruidosa sobre la reflexión pausada. La palabra se desacopla del sentido. Se opina para existir, no para comprender. Se habla para ocupar espacio, no para construir mundo. Como ha advertido Byung-Chul Han, la sociedad del rendimiento transforma toda experiencia en exhibición y positividad; el silencio, en cambio, introduce negatividad, interrupción, resistencia. De ahí su expulsión.
Detrás de esta dinámica se esconde un miedo más hondo: descubrir que, al rascar en el interior, no hallamos certezas sólidas sino preguntas abiertas. Tememos que el silencio nos revele frágiles, incompletos, en búsqueda. Y ese temor nos conduce a la estrategia menos fecunda: producir ruido para no escuchar lo que duele. Acelerar para no detenernos a mirar.
Aquí emerge una paradoja decisiva: el vacío que tanto tememos es, a la vez, condición de posibilidad del sentido. Quien reconoce su vacío se vuelve buscador. Quien acepta no tener todas las respuestas se abre a la trascendencia, a la belleza, a lo profundo. La crisis existencial no nace del vacío reconocido, sino de la falsa plenitud: de creer que ya no hay nada más que descubrir ni aprender. En esta clave, Martin Heidegger comprendía el silencio como una forma originaria del decir: no ausencia de palabra, sino condición para que algo pueda ser dicho con sentido.
La reflexión sobre el silencio se cruza con una ética de las actitudes: arrogancia y humildad. El arrogante rehúye el silencio porque en él pierde centralidad; necesita ocupar todos los espacios. La escucha lo amenaza porque admite la posibilidad de aprender del otro. La humildad, en cambio, reconoce en el silencio una posibilidad: no teme callar porque sabe que en la pausa puede emerger una respuesta inesperada. Desde la humildad, el silencio no es ausencia, sino gestación.
No es casual que las grandes expresiones del arte, la ciencia y la espiritualidad hayan nacido de espacios de contemplación. El asombro creativo no surge del ruido constante, sino de la pausa. La música lo sabe: sin silencio no hay melodía. El compositor minimalista Wim Mertens lo sugiere al recordar que la pausa no es un vacío que deba eliminarse, sino el elemento que da sentido al conjunto. Sin silencio, la vida se vuelve estridencia.
En este punto, la discusión se vuelve ineludible frente a la inteligencia artificial. Paradójicamente, mientras los humanos desaprendemos a escuchar, las tecnologías han desarrollado una capacidad inédita para simular la escucha. Los sistemas conversacionales procesan, esperan, responden; no interrumpen, no se impacientan, no buscan protagonismo. Escuchan porque están diseñados para hacerlo. Pero aquí reside el riesgo: confundir escucha técnica con escucha ética. La IA puede atender, analizar y devolver sentido; no puede (al menos no todavía) asumir responsabilidad moral por la palabra del otro.
Sin embargo, su presencia nos confronta con una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que hayamos delegado la escucha a máquinas mientras nosotros nos refugiamos en el ruido? Como advierte Sherry Turkle, en su gran texto: Reclaiming conversation: The power of talk in a digital age, corremos el riesgo de esperar de la tecnología lo que ya no practicamos entre nosotros: atención, paciencia, disponibilidad emocional. La IA se convierte así en espejo de nuestras carencias relacionales.
De ahí la urgencia de una pedagogía del silencio y de la escucha. No como técnica, sino como alfabetización profunda para habitar un mundo saturado de estímulos. Aprender a pausar antes de responder; permitir espacios de silencio en el aula, en la familia, en la conversación pública. Enseñar que escuchar no es esperar turno para hablar, sino disponerse a comprender. Implica desacelerar. En un mundo que corre, detenerse es un acto de resistencia. La lentitud no es ineficiencia; es atención. Y solo desde la atención puede emerger el sentido.
Habitar el vacío no significa resignarse a la falta de sentido, sino atravesarla. Aceptar el silencio como umbral. Reconocer que no todo debe llenarse ni resolverse de inmediato. En esa aceptación se filtra lo trascendente, no como espectáculo, sino como profundidad silenciosa que sostiene la existencia.
Quizá uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea reaprender a callar. No para desaparecer, sino para escuchar mejor. No para negarnos, sino para encontrarnos. Frente a una sociedad desesperada por llenar vacíos, el verdadero acto de libertad consiste en atrevernos a habitar el vacío. Porque es allí, y solo allí, donde el sentido vuelve a respirar y la palabra recupera su dignidad.
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