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Somos código, somos flujo: identidades hipermediales en la era de la inteligencia artificial

  • 23 ene
  • 4 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Nos hemos convertido en sustancias, códigos y lenguajes elementales; extensiones tecnológicas que se obligan a sí mismas a la actualización constante de su propia naturaleza informacional. Nos estamos permanentemente reinventando.


Habitar el presente implica asumir que la experiencia humana ya no se articula únicamente desde la corporalidad, el territorio o la linealidad del tiempo, sino desde una compleja arquitectura de mediaciones técnicas que reconfiguran, de manera silenciosa pero profunda, nuestra forma de estar en el mundo. La vida contemporánea se despliega en un ecosistema hipermedial donde los medios dejaron de ser simples instrumentos de representación para convertirse en el tejido mismo que sostiene la acción social, la economía simbólica y la construcción del sentido.


En esta ecología expandida, el yo ya no se localiza en un punto fijo. Se distribuye. Se fragmenta. Se replica. Nuestra inteligencia: emocional, social, cognitiva, fluye por redes interconectadas que operan como sistemas vivos, capaces de amplificar deseos, acelerar vínculos y redefinir jerarquías. Tal como advertía Manuel Castells, el poder en la sociedad red no reside exclusivamente en las instituciones, sino en la capacidad de programar y reprogramar los flujos de información que estructuran la vida social.


Ser hoy es, en buena medida, circular.


La experiencia hipermediada alteró radicalmente las coordenadas clásicas de espacio, tiempo, velocidad y pertenencia. El aquí se volvió múltiple; el ahora, simultáneo; la identidad, una interfaz editable. Nos hemos transformado en ensamblajes flexibles de artefactos técnicos que producen, co-crean y remezclan significados de manera incesante. La vida se narra en fragmentos: posts, historias, estados, prompts. Cada uno opera como una microescena de validación simbólica, una tentativa de inscripción en un universo saturado de signos.


El sistema hipermediático, en este sentido, no solo organiza la circulación de mensajes, sino que actúa como una matriz ontológica que da forma (y permite alterar) la identidad misma. Emergió así una i-dentidad hipermedial que colapsa las fronteras tradicionales con las que solíamos explicar lo humano. La distinción entre lo privado y lo público, lo íntimo y lo espectacular, lo auténtico y lo performativo se diluye en un continuo de visibilidad permanente. Como señaló Zygmunt Bauman, la modernidad líquida se caracteriza por identidades frágiles, siempre en proceso, obligadas a adaptarse a contextos cambiantes para no quedar obsoletas.


Pero esta fluidez no es neutra. Ser parte del sistema nos convirtió no solo en código en tránsito, sino también en espectáculo. Nos volvimos ilusión y especulación de nosotros mismos. Los medios conectan nodos sociales y ofrecen narrativas explicativas del mundo, pero al mismo tiempo aceleran procesos de transformación cultural que reconfiguran los valores, los afectos y las formas de reconocimiento. La vida mediática comprime el presente hasta volverlo un eterno “todo y ahora”, un tiempo hiperbólico donde nada termina de sedimentarse.


En este escenario hipermoderno, la tecnología despliega su poder más profundo no en la eficiencia técnica, sino en su capacidad de modelar la sensibilidad.


Afecta la manera en que sentimos, percibimos y valoramos. Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno como una saturación de positividad emocional que termina por erosionar la vida contemplativa y la profundidad del sentido. La data se convierte en emoción; el algoritmo, en modulador afectivo. Asociamos conexión con pertenencia, estímulo con sentido, visibilidad con existencia.


Las plataformas se alimentan de nuestros afectos. En ellas circulan nuestras miradas del mundo, nuestros deseos de reconocimiento, nuestras ansiedades. Los medios son hoy la proyección amplificada de nuestros excesos emocionales. Han convertido la realidad en una experiencia infinita, diseñada para envolver, comprometer y retener. En este proceso, la inteligencia artificial emerge como un nuevo actor ontológico: sistemas capaces de aprender de nuestras huellas, anticipar comportamientos y co-crear narrativas que influyen en la percepción de nosotros mismos.


Aquí se abre una paradoja central: al integrar los medios en la vida, corremos el riesgo de perdernos en aquello que buscamos. La promesa de autoconocimiento se transforma, con frecuencia, en dispersión. Fluir en los medios puede conducir a una pérdida de interioridad, a una identidad definida más por métricas de interacción que por procesos reflexivos. Sherry Turkle advierte que, en la cultura de la conexión permanente, estamos “juntos, pero solos”, atrapados en vínculos frágiles que no siempre derivan en encuentros significativos.


Los medios han amplificado voces, sí, pero muchas de ellas resuenan en el desierto. No siempre enlazan vidas; a veces solo multiplican monólogos del yo. Vivimos tiempos de exaltación identitaria, donde la validación simbólica se convierte en una forma de capital existencial. La emoción digital espera que la acumulación de narrativas personales concrete el encuentro con el otro. Sin embargo, ese otro aparece cada vez más como audiencia que como presencia.


La inteligencia artificial intensifica esta lógica. Al personalizar contenidos, optimizar estímulos y automatizar interacciones, corre el riesgo de reforzar burbujas identitarias y reducir la fricción con la alteridad. La pregunta ética no es si la IA puede replicar la inteligencia humana, sino si puede o debe participar en la construcción de sentido sin erosionar la dignidad relacional que nos constituye como especie.


En este horizonte, la tarea no es renunciar a la tecnología, sino reconfigurar nuestra relación con ella. Recuperar una alfabetización crítica que integre lo técnico, lo emocional y lo ético. Reaprender a habitar el silencio, la pausa, la profundidad. Reconocer que no todo flujo produce sentido y que no toda conexión genera comunidad.


Estos son los días en que los medios se convirtieron en la vida y las personas en información urgida por conectar para concretar en el mundo procesos de significación.


Si te interesan estos temas te invito a seguirme: Jorge Alberto Hidalgo Toledo y compartir tus comentarios, quiero escucharte. Para más artículos puedes visitar el sitio www.anahuaclandscape.com


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