Juventudes extendidas: habitar la incertidumbre en la era de la inteligencia artificial
- 19 ene
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Durante buena parte de la modernidad industrial, la juventud fue pensada como un intervalo funcional: un umbral biológico que conducía, casi sin desvíos, hacia la adultez productiva. Ser joven equivalía a disponer de un cuerpo apto para el trabajo, a una energía todavía no domesticada por la rutina fabril. En ese horizonte, la juventud no constituía una categoría cultural autónoma, sino una antesala fisiológica de la vida “seria”. El tiempo no pertenecía al joven: le era prestado.
Será hasta el siglo XX cuando esta condición se resquebraje. La expansión de la educación formal, el surgimiento del Estado de bienestar, el crecimiento de las industrias culturales y la consolidación de los medios masivos produjeron un desplazamiento profundo: la juventud comenzó a adquirir densidad simbólica. Apareció como espacio de sentido, como territorio de experimentación estética, política y existencial. No se trató únicamente de estilos musicales o modas efímeras; las culturas juveniles (de los beatniks al punk, del hippismo a las contraculturas urbanas) configuraron modos alternativos de habitar el mundo y de interpelar el orden social. La juventud dejó de ser tránsito y se convirtió en narrativa.
Desde entonces, cada generación ha sido también una generación mediática. La radio, la televisión, la post-televisión, internet y las plataformas sociodigitales no solo acompañaron a las juventudes: modelaron sus formas de percepción, sus ritmos de socialización y sus gramáticas identitarias. Como ha señalado Manuel Castells, la experiencia social contemporánea se organiza en torno a flujos de información que reconfiguran el tiempo, el espacio y la subjetividad. En ese entramado, los jóvenes no fueron meros usuarios, sino habitantes naturales de un ecosistema mediático en expansión.
Hoy, sin embargo, asistimos a una mutación más profunda. Las fronteras generacionales comienzan a disolverse. Baby boomers, generación X, millennials, centennials, alfa o beta conviven en un mismo espacio simbólico, consumiendo narrativas similares, compartiendo memes, reapropiándose de estéticas que circulan sin anclaje temporal fijo. Emergen figuras híbridas (kidults, perennials, chavorrucos) que no encajan en los esquemas clásicos de edad y madurez. La juventud ya no se localiza en el calendario biográfico, sino en el estilo cultural.
Esta extensión de lo juvenil no remite necesariamente a inmadurez, sino a una lógica de remezcla permanente. La cultura contemporánea opera por reciclaje: canciones que regresan sampleadas, estéticas que reaparecen descontextualizadas, relatos que se reescriben una y otra vez. Zygmunt Bauman describió este fenómeno como propio de una modernidad líquida, donde las identidades se ensamblan de manera provisional y reversible, sin promesas de estabilidad duradera. Ser joven, en este contexto, significa mantenerse disponible para la mutación.
La noción de screenagers resulta aquí reveladora. No designa tanto a un grupo etario como a una forma de habitar el mundo mediado. Migramos de pantalla en pantalla, de interfaz en interfaz, hasta normalizar una ecología comunicativa donde la presencia se fragmenta y el tiempo se comprime. Esta lógica, antes atribuida a los adolescentes, se ha generalizado. La juventud se vuelve así una competencia cultural: la capacidad de navegar, decodificar y sobrevivir en un entorno hipermediatizado.
A esta disolución se suma una promesa aún más radical: la de la longevidad extendida. Desde la biotecnología, las neurociencias y la inteligencia artificial, se proyectan futuros donde la vida se prolonga, se optimiza o incluso se transfiere simbólicamente a soportes digitales. El imaginario transhumanista (con figuras como Ray Kurzweil) plantea la posibilidad de trascender los límites biológicos mediante la fusión entre mente y máquina. Si la expectativa de vida se dilata de manera drástica, las categorías tradicionales de infancia, juventud y adultez pierden consistencia. La juventud deja de ser etapa y se transforma en estado mutable.
Pero esta expansión no está exenta de fisuras. Vivimos una época atravesada por crisis múltiples: sanitarias, climáticas, económicas y geopolíticas. A ello se suma un malestar psíquico generalizado. Ansiedad, depresión y soledad se han vuelto síntomas estructurales. Byung-Chul Han ha descrito este escenario como la sociedad del cansancio, donde la hiperexigencia y la autoexplotación erosionan la posibilidad de sentido compartido. La hiperconectividad no ha producido necesariamente comunidad; con frecuencia, ha intensificado el aislamiento.
La juventud (y sus versiones extendidas) habita así una crisis permanente. Nunca hubo tantos canales de comunicación ni tanta dificultad para el encuentro profundo.
Dialogamos con algoritmos, interfaces conversacionales y sistemas de inteligencia artificial que simulan escucha y acompañamiento. La promesa tecnológica de presencia se vuelve ambigua: al tiempo que amplifica la voz, adelgaza el vínculo.
De ahí la inquietud que recorre nuestro tiempo: si la juventud se prolonga, ¿qué ocurre con la madurez? ¿Se diluyen la responsabilidad, el compromiso y la capacidad de cuidado? La respuesta no admite simplificaciones. La juventud contemporánea no está condenada a la superficialidad. El desafío radica en articular la plasticidad juvenil con una ética de la responsabilidad. Mantener la capacidad de asombro sin renunciar al cuidado del otro; aprender sin dejar de hacerse cargo.
El riesgo no es la juventud extendida, sino una juventud vaciada de profundidad. Una condición existencial atrapada en la dispersión, el aburrimiento y la ansiedad, incapaz de construir proyectos comunes. Como advertía Hannah Arendt, la crisis no reside en la pérdida de tradición en sí misma, sino en la incapacidad de asumir la responsabilidad de pensar y actuar en un mundo compartido.
¿Qué significa ser joven hoy? Ser joven hoy no remite a la edad, sino a una forma de estar en la incertidumbre. Implica aprender a convivir con la inteligencia artificial sin abdicar de la humanidad; remezclar pasado y presente sin perder la memoria; sostener la velocidad sin cancelar la pausa. En un mundo de juventudes extendidas, la pregunta decisiva no es cuánto tiempo viviremos, sino cómo habitaremos ese tiempo y con quiénes decidiremos hacerlo.




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