Memoria, signo y sentido. La memoria personal como bien común en la era de la inteligencia artificial
- 15 ene
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La memoria suele pensarse como un territorio íntimo, casi privado, alojado en los pliegues de la conciencia individual. Sin embargo, esta idea resulta insuficiente, e incluso engañosa, cuando se observa con detenimiento la forma en que la vida humana se despliega en relación con los otros, con los espacios habitados, con las historias compartidas y con los símbolos que nos preceden. La memoria personal nunca ha sido completamente nuestra. Desde su origen, es relacional, situada, encarnada en encuentros y mediada por vínculos. Recordar no es un acto solitario: es una práctica social.
Maurice Halbwachs lo advirtió con claridad al señalar que incluso los recuerdos más íntimos están estructurados por marcos sociales que los hacen posibles, inteligibles y comunicables. La memoria no emerge en el vacío, sino en el seno de comunidades de sentido que proveen lenguaje, categorías, afectos y narrativas. El recuerdo, antes de ser contenido, es relación. Antes de ser archivo, es signo.
Cada vida humana es un nudo en una red más amplia de significaciones. Lo que recordamos no solo nos pertenece porque ha sido vivido por nosotros, sino porque ha sido co-vivido, narrado, interpretado y resignificado por otros. Amigos, familias, comunidades, territorios y generaciones enteras participan (consciente o inconscientemente) en la construcción de aquello que llamamos “mi memoria”. En este sentido, la identidad misma se sostiene sobre una memoria compartida que excede al individuo y lo desborda. Paul Ricoeur lo expresó con precisión: “no hay identidad sin memoria, ni memoria sin narración”.
Borrar una memoria individual no es, por tanto, un gesto inocuo. Implica intervenir en la vida simbólica de los demás. Implica amputar fragmentos del sentido compartido. Toda tentativa de supresión del recuerdo es, en el fondo, una forma de violencia semiótica: una negación del derecho a significar el pasado desde su complejidad, su ambigüedad y su conflicto.
Desde esta perspectiva, la memoria no es únicamente un archivo del pasado, sino un bien común. Un patrimonio frágil, disputado, a veces incómodo. Y precisamente por ello, objeto recurrente de intentos de control, censura o eliminación. La historia reciente, y no tan reciente, muestra cómo distintos actores políticos, económicos o culturales han buscado borrar relatos, silenciar voces o reescribir acontecimientos que resultan perturbadores para determinados proyectos de poder. No se trata solo de olvidar; se trata de hacer olvidar.
Aquí emerge un conflicto moral de gran calado: ¿quién tiene derecho a decidir qué debe ser recordado y qué debe desaparecer? ¿Puede una persona, una institución o un régimen apropiarse de la memoria colectiva como si fuera un objeto administrable? Hannah Arendt advertía que el verdadero peligro de los sistemas totalitarios no radica únicamente en la violencia física, sino en su capacidad para destruir el espacio común de sentido, erosionando la memoria histórica hasta volver irreconocible la experiencia humana compartida.
Cuando se intenta borrar una historia incómoda, no se elimina únicamente un dato; se erosiona la posibilidad misma de comprensión, de aprendizaje y de justicia simbólica. La memoria es incómoda porque recuerda heridas, responsabilidades y deudas éticas que el presente preferiría no mirar. Pero es precisamente esa incomodidad la que la vuelve fecunda: allí donde duele, la memoria abre la posibilidad de reparar.
En este escenario irrumpe la inteligencia artificial como un nuevo actor en el ecosistema de la memoria. No como simple herramienta de almacenamiento, sino como intermediaria cognitiva. A diferencia de la memoria humana (limitada, frágil, situada), los sistemas de inteligencia artificial operan sobre volúmenes masivos de información distribuida. No acceden a un “disco duro personal”, sino a un capital cognitivo colectivo: bases de datos, archivos históricos, huellas digitales, narrativas múltiples y contradictorias.
Esta mediación introduce una tensión inédita. Por un lado, la inteligencia artificial tiende a operar bajo lógicas de eficiencia, correlación y recurrencia estadística. Ello puede derivar en procesos de estandarización de la memoria, donde ciertos relatos se vuelven hegemónicos por su frecuencia, visibilidad o rentabilidad simbólica. Como advierte Bernard Stiegler, toda tecnología de memoria es también una tecnología de poder, pues define qué se conserva, cómo se organiza y desde dónde se interpreta el pasado.
Pero, por otro lado, la arquitectura distribuida de la inteligencia artificial vuelve prácticamente imposible el borrado total. La memoria digital no olvida con facilidad. Siempre quedan rastros, correlaciones, referencias cruzadas. Aquello que se intenta ocultar reaparece, tarde o temprano, como anomalía, como contradicción, como resto.
En este sentido, la IA pone en crisis la fantasía del olvido absoluto. No garantiza verdad ni justicia, pero dificulta el silencio total.
Esta condición nos enfrenta a una paradoja ética: nunca habíamos tenido tanta memoria disponible y, sin embargo, nunca había sido tan frágil el sentido. La acumulación de datos no equivale a comprensión. La persistencia del registro no asegura la transmisión del significado. Sin una mediación humana crítica, la memoria corre el riesgo de convertirse en un ruido permanente, en una saturación que anestesia en lugar de esclarecer.
Aquí conviene recordar que la memoria humana no se agota en su dimensión biológica. A diferencia de otras especies (al menos hasta donde sabemos), los seres humanos no solo recordamos para sobrevivir, sino para significar. Nuestra memoria ha producido mitos, rituales, lenguajes, instituciones, obras de arte y sistemas éticos. Ha dado lugar a la cultura y a la civilización. Jan Assmann lo denominó memoria cultural: aquella que no se limita a conservar información, sino que funda horizontes de sentido compartido.
Un bosque también tiene memoria: sabe regenerarse, adaptarse, responder al daño. Pero su memoria es funcional, ecológica, orientada a la continuidad de la vida. La memoria humana, en cambio, es simbólica. No solo conserva, interpreta. No solo registra, narra. Es una memoria atravesada por el lenguaje, por el dolor, por la esperanza y por la pregunta por el sentido. En ella se juega algo más que la vida biológica: se juega la vida significativa.
Por ello, hablar de alfabetización en la era de la inteligencia artificial no puede reducirse a habilidades técnicas o competencias instrumentales. Se vuelve imprescindible una alfabetización de la memoria: aprender a leer críticamente los relatos del pasado, a reconocer las ausencias, los silencios y las manipulaciones. Revalorizar la memoria implica comprender que no todo recuerdo es cómodo, pero todo recuerdo es potencialmente transformador si se integra en un horizonte ético.
Byung-Chul Han ha advertido que vivimos en una sociedad del rendimiento que acelera el tiempo, elimina la pausa y convierte el pasado en un estorbo improductivo. En este contexto, la memoria aparece como resistencia: como ralentización del tiempo, como espacio de contemplación y responsabilidad. Sin memoria no hay proyecto humano posible. Una sociedad que renuncia a su memoria renuncia también a su capacidad de aprender, de reparar y de imaginar futuros distintos.
Defender la memoria como bien común no es un gesto nostálgico, sino un acto profundamente político y humanista. Implica reconocer que nuestra vida y nuestro recuerdo, no nos pertenece por completo.
Somos, en buena medida, memoria de otros. Y otros serán memoria de nosotros. En esa continuidad simbólica se juega no solo la historia, sino la dignidad misma de lo humano en la era de la inteligencia artificial.
Quizá el verdadero desafío no sea si las máquinas recordarán por nosotros, sino si seremos capaces de seguir recordando con otros, para otros y desde otros. Por ello toda vida importa y no es prescindible. Porque allí donde la memoria se privatiza, se fragmenta o se automatiza sin ética, el sentido se desvanece. Y sin sentido, ninguna tecnología, por avanzada que sea, podrá sostener lo humano.




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