Signo vital 2.0: la inteligencia artificial en la salud entre la promesa de un futuro humano y el desafío de la doble alfabetización
- 14 ene
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
En el umbral de esta década, la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en un signo vital de nuestra vida cotidiana. Ya no se manifiesta únicamente como una herramienta de apoyo técnico ni como una innovación eficiente que optimiza procesos, sino como un entorno: un sistema de acompañamiento continuo que observa, aprende y sugiere. Este desplazamiento adquiere una densidad singular cuando se instala en uno de los territorios más sensibles de la condición humana: la salud.
El anuncio y despliegue de agentes de inteligencia artificial orientados al ámbito sanitario, integrados directamente en plataformas de uso cotidiano, no representa un simple avance tecnológico, sino un desplazamiento ontológico en la manera en que concebimos el cuidado, la prevención, la enfermedad y, en última instancia, la vulnerabilidad.
Los datos recientes confirman la magnitud del fenómeno. Reportes globales publicados por McKinsey & Company entre 2024 y 2025 (The state of AI in healthcare 2024–2025. McKinsey Global Institute) señalan que más del 70% de los médicos a nivel internacional ya utilizan algún tipo de inteligencia artificial en su práctica clínica, particularmente en tareas de apoyo diagnóstico, análisis predictivo, priorización de pacientes y gestión administrativa. En hospitales de países de ingreso medio y alto, cerca del 80% ha incorporado soluciones basadas en IA en áreas como radiología, oncología, cardiología y salud mental. El mercado global de inteligencia artificial aplicada a la salud mantiene un crecimiento acelerado y se proyecta que superará los 180 mil millones de dólares antes de 2030, impulsado por sistemas sanitarios saturados, envejecimiento poblacional y una escasez estructural de personal médico especializado.
A nivel de usuarios, el fenómeno es igualmente significativo. Estudios recientes muestran que más de un tercio de los adultos en Estados Unidos y Europa ya utiliza herramientas de IA para gestionar aspectos de su salud y bienestar, desde el monitoreo del sueño y la actividad física, hasta la consulta de síntomas, la planificación nutricional o el acompañamiento emocional. La salud comienza así a migrar del espacio clínico tradicional hacia un ecosistema algorítmico permanente, portátil y ubicuo, donde el cuerpo se vuelve interfaz y el dato biológico circula en tiempo real.
Este nuevo escenario promete diagnósticos más tempranos, tratamientos personalizados y una prevención basada en modelos predictivos. Sin embargo, toda promesa tecnológica que se instala en el cuerpo porta inevitablemente una zona de sombra.
El primer riesgo es el de la hiperexposición de la intimidad corporal. Nunca antes tanta información sobre la salud física, mental y emocional de las personas había sido concentrada, procesada y correlacionada por sistemas algorítmicos. El cuerpo se vuelve dato; la experiencia vital, registro; la enfermedad, una variable estadística. Como advierte Shoshana Zuboff, asistimos a una mutación histórica en la que la vida misma se convierte en materia prima para nuevos regímenes de extracción de valor.
En el ámbito sanitario, esta lógica adquiere un carácter particularmente delicado: aseguradoras, farmacéuticas o intermediarios financieros pueden traducir predicciones algorítmicas en primas diferenciadas, exclusiones silenciosas o decisiones automatizadas que escapan al escrutinio público.
A esta dimensión se suma una todavía más inquietante: la predicción del destino corporal. Los sistemas de inteligencia artificial no solo describen el presente, sino que anticipan futuros probables. ¿Qué ocurre cuando un algoritmo proyecta la posibilidad de una enfermedad degenerativa o crónica? ¿Quién contiene emocionalmente al sujeto que recibe esa información? ¿Qué sucede cuando la predicción se ofrece fuera de un marco clínico, sin mediación humana, sin acompañamiento psicológico, sin una ética del cuidado? La medicina ha sabido históricamente que el diagnóstico no es solo un acto técnico, sino un acontecimiento simbólico y afectivo. Delegar ese momento a un sistema algorítmico sin rostro humano abre la puerta a nuevas formas de ansiedad, soledad y desamparo.
Es aquí donde el pensamiento de Byung-Chul Han resulta especialmente esclarecedor para comprender este giro. En La sociedad del cansancio y Psicopolítica, Han advierte que hemos transitado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, donde el sujeto ya no es controlado por prohibiciones externas, sino impulsado a optimizarse desde dentro. La inteligencia artificial aplicada a la salud encarna con precisión este desplazamiento: ya no vigila, acompaña; ya no ordena, recomienda; ya no impone, sugiere.
El cuerpo, en este contexto, deja de ser únicamente un espacio de experiencia vivida para convertirse en un proyecto de optimización permanente. Ritmo cardiaco, niveles de glucosa, calidad del sueño, estados emocionales y productividad corporal se integran en dashboards que prometen bienestar, pero que instauran silenciosamente una lógica de autoexigencia. La inteligencia artificial no impone enfermedad; produce responsabilidad total. Si el algoritmo anticipa un riesgo y el sujeto no actúa, la culpa se internaliza. La enfermedad deja de ser contingencia para convertirse en falla gestionable.
Como advierte Han, el exceso de positividad, la obligación de estar bien, de prevenir todo riesgo, de rendir incluso en la salud, termina produciendo nuevas patologías: ansiedad, agotamiento, hipervigilancia del yo. La salud, reducida a métricas y predicciones, corre el riesgo de perder su espesor simbólico. El cuerpo ya no duele: alerta. Ya no habla: notifica. Ya no pide cuidado: genera una recomendación.
En este escenario emerge con fuerza la necesidad de pensar en términos de doble alfabetización crítica.
La primera corresponde al usuario-paciente. Habitar un ecosistema algorítmico de la salud exige competencias para cuestionar, contrastar y contextualizar la información recibida. Comprender que la inteligencia artificial no es infalible, que puede sesgar, alucinar o simplificar; que sus recomendaciones no sustituyen el juicio clínico ni la experiencia humana. Como recordaba Paulo Freire, toda alfabetización auténtica implica conciencia crítica y no mera adaptación funcional.
La segunda alfabetización corresponde al profesional de la salud. El médico del presente y, con mayor razón, el del futuro, no solo deberá dominar el saber clínico, sino también aprender a interpretar, supervisar y liderar sistemas de inteligencia artificial. La IA no reemplaza al médico: lo reconfigura. Lo convierte en mediador entre el dato y el sentido, entre la predicción y la decisión ética. Como señala Eric Topol, el verdadero potencial de la IA en salud no reside en deshumanizar la práctica médica, sino en liberar tiempo cognitivo y emocional para el cuidado, la escucha y la empatía.
En última instancia, la inteligencia artificial aplicada a la salud nos confronta con una pregunta fundamental: ¿qué entendemos por bienestar en la era algorítmica? Si la tecnología promete anticipar la enfermedad y optimizar el cuerpo, también nos obliga a repensar los límites del control, la fragilidad y el misterio que constituyen la experiencia humana. La salud no puede reducirse a un dashboard ni a una curva de probabilidad. Es una experiencia encarnada, atravesada por vínculos, significados, contextos culturales y biográficos.
La inteligencia artificial en la salud opera así como un signo vital de nuestra época: revela nuestras aspiraciones de cuidado y longevidad, pero también nuestras ansiedades, desigualdades y dilemas éticos.
El desafío no es detener su desarrollo, sino humanizar su integración, construir marcos regulatorios justos, promover alfabetizaciones críticas y sostener (incluso en medio del algoritmo) la dignidad de la persona como centro irrenunciable del cuidado.
Porque quizá el mayor riesgo no sea que la inteligencia artificial se equivoque, sino que dejemos de escuchar al cuerpo cuando ya no produce datos, que confundamos bienestar con eficiencia y cuidado con control. Y entonces, cuando todo esté optimizado, monitoreado y predicho, la pregunta que permanecerá abierta será otra:
¿seguirá la salud siendo una experiencia humana o se habrá convertido, silenciosamente, en un problema de gestión algorítmica?
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