La contracultura del cuidado. Por una ética del acompañamiento y vínculos humanos en la era de la inteligencia artificial
- 23 ene
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México
El ser humano no se constituye en soledad. Desde su origen, la condición humana ha estado tejida en una trama densa de vínculos, afectos y cuidados que lo preceden y lo sostienen. No somos únicamente individuos que sobreviven en un entorno hostil, sino sujetos que existen porque otros estuvieron antes: padres, abuelos, comunidades, territorios simbólicos y memorias compartidas que nos heredaron no sólo la vida biológica, sino los lenguajes, los rituales y las formas de habitar el mundo. Cuidar al otro no es un gesto accesorio ni una concesión moral tardía; es una condición ontológica de lo humano.
Tal como advertía Emmanuel Levinas, la ética no emerge de un sistema normativo abstracto, sino del rostro del otro que me interpela y me reclama responsabilidad incluso antes de cualquier elección consciente. El cuidado, en este sentido, no es una opción ética entre otras, sino la forma primaria de nuestra relación con el mundo y con los demás.
Sin embargo, algo se ha fracturado en el corazón de las sociedades contemporáneas. En el marco de una cultura hiperindividualista, orientada al rendimiento, la eficiencia y la optimización permanente del tiempo, el cuidado ha sido progresivamente desplazado del ámbito de la vida cotidiana hacia el terreno de la carga, la dependencia o, en el mejor de los casos, de la compasión entendida como lástima. Cuidar aparece hoy como una interrupción incómoda en la carrera por la productividad, un obstáculo en la narrativa del éxito personal.
Byung-Chul Han ha descrito este desplazamiento con claridad al señalar que la sociedad del rendimiento ha transformado la vida en un proyecto de autoexplotación permanente, donde la fragilidad, la pausa y la dependencia son vividas como fallas del sistema. En este contexto, el cuidado (que exige tiempo, atención y vulnerabilidad) se vuelve un acto subversivo.
Esta transformación no es menor. Cuando el cuidado deja de entenderse como caminar con el otro (no cargarlo, no sustituirlo, sino simplemente estar) se erosiona el tejido social. Cuidar es sostener la presencia sin invadir; es escuchar sin instrumentalizar; es compartir el silencio sin convertirlo en vacío. Cuidar es decir, sin palabras, “aquí estoy”, y permitir que el otro se sepa no abandonado, no prescindible, no descartable.
No obstante, en la lógica contemporánea, el cuidado ha sido externalizado y profesionalizado. Pagamos para que cuiden a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros enfermos, a nuestros deprimidos.
Delegamos la escucha, la presencia y el acompañamiento a terceros, como si el cuidado fuera una función técnica que puede subcontratarse sin pérdida simbólica.
Lo que antes era un acto de solidaridad humana se convierte así en un servicio de mercado, medido en horas, tarifas, métricas de eficiencia y protocolos estandarizados.
Esta mercantilización del cuidado revela una paradoja profunda: vivimos hiperconectados, pero afectivamente desarticulados. La hipermediatización de la vida (que ha ampliado nuestras capacidades de contacto) no ha garantizado la profundidad del vínculo. Manuel Castells advertía ya que la sociedad red no produce automáticamente comunidad, sino nuevas formas de aislamiento conectivo, donde el flujo informacional no equivale a encuentro humano.
Es precisamente en este vacío donde emerge con fuerza la inteligencia artificial como nueva mediadora del acompañamiento. Hoy existen aplicaciones que monitorean nuestra salud emocional, asistentes conversacionales que simulan escucha empática, sistemas que ofrecen contención simbólica ante la ansiedad, la depresión o la soledad. Plataformas diseñadas para “acompañar” cuando nadie más lo hace.
No se trata de demonizar estas tecnologías. En muchos contextos representan un apoyo real, especialmente en escenarios de aislamiento, enfermedad o crisis. El problema emerge cuando estos dispositivos no humanos comienzan a sustituir (y no a complementar) los vínculos humanos.
Cuando resulta más fácil hablar con un algoritmo que con un amigo; cuando es más sencillo confiar la tristeza a una interfaz que sostener la fragilidad de un otro real, impredecible y vulnerable.
Sherry Turkle ha mostrado cómo, en la cultura digital, comenzamos a preferir relaciones que nos demandan menos y nos exponen menos, aun cuando sean menos profundas. La inteligencia artificial, en este sentido, corre el riesgo de convertirse en una tecnología del consuelo sin reciprocidad, una presencia constante que no exige compromiso ni transformación mutua.
Algo similar ocurre con el creciente vínculo con los animales de compañía. Perros y gatos se han convertido, legítimamente, en fuentes de afecto, compañía y cuidado mutuo. Son grandes compañeros de vida. El dilema ético aparece cuando esta disposición al cuidado se agota en lo próximo, en lo que no confronta la complejidad del otro humano. Cuando somos capaces de movilizar tiempo, recursos y atención ante la enfermedad de una mascota, pero no ante la fragilidad de un padre envejecido, un amigo deprimido o un niño vulnerable.
No se trata de oponer unos vínculos a otros, sino de reconocer una deriva peligrosa: la evasión del otro humano. El cuidado auténtico implica incomodidad, exige tiempo y nos confronta con nuestra propia finitud.
Tal vez por eso resulta tan difícil sostenerlo en una cultura que glorifica la autonomía absoluta y niega la interdependencia.
Recuperar la ética del cuidado implica, entonces, una auténtica contracultura. Significa resistir la lógica de la eficiencia afectiva y volver a colocar el vínculo en el centro. Revalorizar la presencia, la escucha y el acompañamiento como actos profundamente éticos y políticos. No como sacrificio heroico, sino como reconocimiento de la dignidad del otro.
La ética del cuidado no es paternalismo ni control; no es cargar al otro, sino caminar a su lado. Como señala Joan Tronto, cuidar es una práctica social compleja que articula atención, responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta. Es reconocer que la vida humana es interdependiente y que nuestra libertad sólo se realiza plenamente cuando se entrelaza con la libertad de los demás.
En tiempos de inteligencia artificial, esta ética se vuelve aún más urgente. No para rechazar la tecnología, sino para recordar aquello que ninguna máquina puede sustituir plenamente: la experiencia de ser acompañados por otro ser humano que, con todas sus limitaciones, decide estar.
Tal vez el desafío de nuestra época no sea diseñar sistemas cada vez más inteligentes, sino reconstruir comunidades más cuidadosas. Volver a tender puentes, recuperar el gesto simple de la mano extendida y recordar que cuidar al otro no nos resta tiempo ni espacio: nos devuelve humanidad. Y la pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos a habitar esa incomodidad radical que implica cuidar, o si preferiremos seguir delegando nuestra responsabilidad ética a interfaces que nunca podrán mirarnos a los ojos.




Admiro que se reconoce el valor contextual de las herramientas tecnológicas, pero alerta sobre el riesgo ético de preferir relaciones que no incomodan ni exigen. La referencia a Sherry Turkle y Manuel Castells me gusta porque refuerza esta crítica, mostrando cómo la hiperconectividad no garantiza comunidad ni profundidad afectiva.