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La piel invisible del mundo

  • 23 ene
  • 4 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Los medios se han hecho invisibles en la vida del hombre. Se han incorporado en nuestra vida de un modo tan natural y transparente que las personas difícilmente captan su influencia. Se han adaptado de ellos, como si se apropiaran de un lenguaje y a través de esas señales codificadas extendieran su capacidad para vivir la propia vida. Los hipermedios nos convirtieron en data emocional, en estilos de vida que se ejecutan en condiciones polimediáticas.


Esta invisibilidad no es ausencia, sino perfección del encaje. Como ocurre con la respiración o con el latido cardíaco, los medios dejaron de ser objeto de atención para convertirse en condición de posibilidad.


Habitan la cotidianidad sin estridencias, organizan la experiencia sin anunciarse, administran el ritmo de la vida sin pedir permiso. En esta naturalización radical, la mediación dejó de percibirse como tal: el mundo ya no “pasa por” los medios, sino que acontece en ellos.


Nuestra exposición permanente a los medios y sus contenidos les ha dotado de un carácter vital. No solo informan o entretienen: decoran la vida, modelan el hogar, configuran el perfil social, articulan la amistad, estetizan la intimidad y domestican las interacciones. La casa se volvió interfaz; el cuarto, estudio; la mesa, oficina; el cuerpo, terminal sensible.


En este tránsito, los medios dejaron de ser herramientas para convertirse en ambientes, en una atmósfera simbólica que envuelve la existencia. Son parte de nuestro ecosistema, como el agua, para el pez en la pecera; nos han domesticado.


Esta transformación no es meramente técnica. Los medios son tecnologías carismáticas: poseen una presencia que seduce, interpela y convoca. Han adquirido una suerte de “vida social”, no en sentido biológico, sino relacional. Se comportan como actores simbólicos que dialogan con deseos, miedos, aspiraciones y expectativas. Como advierte Bruno Latour, los artefactos no son neutrales: participan en la acción social, distribuyen agencia y reorganizan las relaciones entre humanos y no humanos.


La ecología hipermedial se volvió progresivamente más compleja en sus gratificaciones y, paradójicamente, más simple en su ejecución. Todo es más inmersivo, más inmediato, más portátil, más inteligente.


La experiencia se volvió multisensorial y ubicua; el acceso, casi automático. La interfaz se adelgazó hasta desaparecer, y con ello el usuario dejó de percibirse como usuario. Se volvió habitante.


Hoy, cuando hablamos de medios, hablamos de protocolos, de prácticas sociales, de arquitecturas culturales, de economías de la atención, de sistemas algorítmicos que median lo visible y lo invisible. Los medios ya no representan la experiencia: la producen, la jerarquizan y la archivan. En este sentido, la inteligencia artificial no irrumpe como una tecnología más, sino como una intensificación de esta lógica. La IA no solo media contenidos, sino que aprende de nuestras emociones, anticipa decisiones y modela escenarios posibles. Convierte la vida en un flujo continuo de datos interpretables.


Estamos, así, ante un sistema de significación que ha colocado al sujeto en condición diaspórica: vagamos entre flujos, imágenes y datos, desplazándonos en un hiperespacio que no responde a la lógica clásica del tiempo y el territorio. Manuel Castells describió este tránsito como el paso a un “espacio de los flujos”, donde la experiencia se organiza más por conexiones que por lugares. La pertenencia ya no es geográfica, sino reticular.


Esta ecología ha reconfigurado la vida laboral, familiar y afectiva. Los medios se han convertido en extensiones del sistema nervioso, en prótesis cognitivas y emocionales. Como no pensamos en la piel cuando sentimos, tampoco pensamos en los medios cuando habitamos el mundo.


Cuanto más profunda es la integración, más imperceptible se vuelve la mediación. De ahí una forma contemporánea de ceguera: la incapacidad de reconocer los efectos de aquello que nos constituye.


El grado de asimilación es tal que los medios se volvieron inseparables de la realidad. No son un añadido, sino una circunstancia más de la existencia. Han generado convenciones, rituales y gramáticas propias. En esta mediósfera entramos y salimos, conectamos y desconectamos, generando bucles de información y vínculos suficientes para sostener la ilusión de que no hay vida fuera de ella. La desconexión se percibe entonces como amenaza, como pérdida de mundo.


Somos medios. Nos hemos convertido en fenómenos tecnobiológicos que buscan la continuidad de la vida en un hiperespacio simbólico. Los ecomedios (interfaces híbridas entre lo físico y lo mental) almacenan historias, gustos, trayectorias y memorias. La inteligencia artificial amplifica este proceso al transformar la memoria en un sistema predictivo: no solo recuerda, sino que sugiere, recomienda y reescribe.


Bernard Stiegler advertía que estas tecnologías de la memoria externalizada modifican profundamente la manera en que el sujeto se constituye en el tiempo.


En este entorno emergen nuevas formas de ser: voyeurismo, exhibicionismo, copia, diseminación, olvido. La vida en transmisión constante alimenta el egocasting, la ilusión de control total sobre la propia imagen y narrativa. Sin embargo, el costo se manifiesta en la ansiedad antropotecnológica, en el agotamiento cognitivo y en el estrés digital. La imposibilidad de habitar la profundidad en un entorno de estímulos permanentes produce fatiga del sentido.


El homo signis digitalis ha conectado su memoria y su biografía a esta condición. Redacta, archiva, distribuye y actualiza su vida en tiempo real. Cree operar desde la autonomía, cuando en realidad se mueve dentro de arquitecturas algorítmicas que condicionan la visibilidad y el alcance. La IA refuerza esta tensión: promete personalización y control, pero opera desde lógicas opacas que desplazan la decisión humana.


Como especie relacional, tendemos a humanizar las tecnologías. Las convertimos en espejos de nosotros mismos, en analogías de nuestro cuerpo y nuestra mente. Hoy los medios poseen densidad, profundidad y un comportamiento cuasi orgánico. Son pieles industriales que envuelven acciones y emociones, una epidermis expandida que redefine lo sensible.


Los medios se han hecho invisibles, sí, pero no por haber desaparecido, sino por haberse vuelto mundo. La pregunta ya no es cómo usarlos, sino cómo habitarlos con conciencia, cómo reintroducir la distancia crítica y el cuidado en una ecología donde la inteligencia artificial aprende de nosotros incluso cuando creemos descansar. En esa tarea se juega no solo el futuro de la comunicación, sino la dignidad misma de la experiencia humana.


Hoy los medios tienen profundidad, densidad, complejidad y un comportamiento orgánico que se han convertido en pieles industriales que terminan modificando y envolviendo todas nuestras acciones y emociones.


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