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El mundo reescrito por el software: identidades, narraciones y sentido en la era de la inteligencia artificial

  • hace 16 minutos
  • 6 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Ciudades, edificios, muebles, electrodomésticos, accesorios, objetos, dispositivos inteligentes... El mundo entero se reorganizó por el software.

Lo que en otro momento fue piedra, acero, madera o concreto, hoy es también código. No porque haya dejado de ser material, sino porque su lógica de funcionamiento, de articulación y de sentido ha sido progresivamente absorbida por una racionalidad algorítmica que lo atraviesa todo. El mundo contemporáneo no sólo está mediado por tecnologías digitales: está estructurado, interpretado y reconfigurado desde ellas. El software ya no es un complemento de la vida social; se ha convertido en su gramática silenciosa.


En este desplazamiento, una nueva mitología se está gestando. No una mitología poblada de dioses antropomórficos, sino de flujos invisibles de datos que viajan de un medio a otro, de un dispositivo a otro, de un sujeto a otro. Allí donde antes había relatos fundacionales, hoy hay arquitecturas de información; donde había ritos de paso, hoy hay protocolos de actualización; donde había memorias compartidas, hoy hay repositorios distribuidos. Como advirtió Gilbert Simondon, la técnica no es un simple instrumento, sino un modo de existencia que reconfigura las relaciones entre el hombre y el mundo. Lo que hoy presenciamos es la radicalización de esa tesis: la técnica convertida en ecosistema simbólico total.

La vida cotidiana, en su dimensión más íntima y en sus expresiones más públicas, ha sido tocada por completo por los medios.


Las interacciones sociales, las formas de amar, de trabajar, de aprender, de crear, de protestar y de recordar se articulan a través de interfaces que traducen la experiencia en datos. La cultura ya no se limita a circular por los medios: se produce en ellos, se archiva en ellos y se legitima a través de ellos. Como señaló Manuel Castells, la sociedad red no es sólo una estructura tecnológica, sino una nueva forma de organización social en la que el poder, la identidad y el sentido se juegan en el terreno de los flujos informacionales.


Nunca como ahora el proceso histórico había avanzado de manera tan estrechamente ligada al desarrollo tecnológico. Esta simbiosis no ha derivado únicamente en mayor complejidad, sino en una fusión condicional en la que la vida social se vuelve impensable fuera de la articulación hombre–máquina–medio–identidad. La complejidad contemporánea no es un accidente: es el resultado directo de la hibridación, del mestizaje ontológico que emerge cuando los sistemas técnicos se integran a la experiencia humana como extensiones cognitivas, emocionales y relacionales.


En este contexto, el mundo se ha transformado en un panóptico dinámico. No el panóptico disciplinario descrito por Foucault, anclado en la vigilancia vertical y el castigo, sino uno mucho más sutil y eficiente: un panóptico participativo, distribuido, algorítmico, en el que los sujetos colaboran activamente en su propia visibilización. Byung-Chul Han ha señalado con agudeza que la sociedad del rendimiento ha sustituido la coerción externa por la autoexplotación y la exposición voluntaria. Hoy nos observamos a nosotros mismos a través de las métricas que los sistemas nos devuelven: likes, vistas, interacciones, reputación digital.


El hombre, en consecuencia, se ha transformado de manera acelerada. No sólo porque los contextos cambian, sino porque esos contextos ejercen una presión constante sobre la forma en que interpretamos la realidad y respondemos a ella. La naturaleza de la existencia (lo que consideramos valioso, verdadero, digno de ser vivido) se ha visto condicionada por la lógica de los medios y, más recientemente, por la inteligencia artificial. La IA no introduce únicamente nuevas herramientas: introduce nuevos regímenes de interpretación del mundo, nuevas formas de delegar la memoria, el juicio y la anticipación.


Conocernos y reconocernos hoy exige situarnos en un contexto donde los medios se han convertido en ejes fundamentales de la mediación identitaria. En el mismo momento en que las grandes instituciones de la era industrial se contraen, se erosionan o colapsan, vuelve a resonar la pregunta por el hombre: por su capacidad de encontrarle sentido al mundo, a su relación con los otros y a sí mismo. Hannah Arendt advertía que las crisis no son sólo momentos de ruptura, sino ocasiones privilegiadas para interrogar las categorías heredadas y pensar de nuevo lo humano. La nuestra es, sin duda, una crisis de sentido.


Las identidades nacionales, culturales, étnicas, de clase, de género y generacionales se sitúan en el corazón de esta crisis. Ya no operan como anclajes estables, sino como narrativas en disputa que circulan en escenarios físicos, mediáticos, virtuales y simbólicos a la vez.


¿Cómo redefinirnos en este escenario ajetreado, global y multicultural, marcado por la inmersión constante y la convivencia intercultural forzada por la conectividad? Tal vez la respuesta no esté en una esencia perdida, sino en la capacidad de narrarnos.


Las identidades contemporáneas pueden comprenderse como relatos. No como ficciones arbitrarias, sino como construcciones discursivas que articulan memoria, expectativa y reconocimiento.


Paul Ricoeur propuso la noción de identidad narrativa para explicar cómo el sujeto se constituye en el tiempo a través de los relatos que cuenta y que otros cuentan sobre él. En la era digital, esta tesis adquiere una densidad inédita: nuestras narraciones biográficas son mediadas, amplificadas y fragmentadas por dispositivos hipermediáticos.


Es en ese vértice entre identidades y medios donde emerge la identidad hipermedial. Una narración biográfica portadora de sentido que circula en múltiples plataformas, se adapta a distintos formatos y se somete a lógicas algorítmicas de visibilidad. Los medios, más que simples canales, son estructuras que moldean y proyectan los discursos (incluido el nuestro) en la sociedad. Su naturaleza supranacional coloca todos los relatos en un mismo espacio de representación, produciendo una ilusión de igualdad simbólica que convive con profundas asimetrías materiales y de poder.


Así, los medios se convierten en espacios relacionales fronterizos, lugares de cruce donde los referentes se mezclan y permanecen en suspensión. La identidad, en consecuencia, deja de ser un territorio fijo para convertirse en un espacio relacional en constante movimiento. El egodiscurso y el discurso de la alteridad fluyen por los mismos canales. Nos construimos a partir de lo que decimos de nosotros, pero también de lo que los sistemas dicen de nosotros: perfiles, historiales, patrones de comportamiento inferidos por la inteligencia artificial.


La sociedad red, con su racionalidad tecnológica, coloca al sujeto entre productos, objetos y datos que se producen, distribuyen y consumen como flujos de información. Aquí la IA introduce una capa adicional: no sólo registra y organiza esos flujos, sino que los interpreta, los predice y los optimiza. La pregunta por la identidad se entrelaza entonces con la pregunta por la agencia: ¿qué margen de autodeterminación conserva el sujeto cuando su experiencia es constantemente traducida en datos y anticipada por modelos predictivos?


Comprender el sistema identitario a la luz de estos nuevos contextos tecnoantropológicos se vuelve urgente. No para caer en alarmismos tecnológicos, sino para identificar cómo la transformación técnica impacta en las relaciones sociales y en la comprensión de la propia vida. ¿Qué significa ser uno mismo en la era digital y algorítmica? Responder implica reconocer la evolución histórica de las formas de mediación, analizar los contextos políticos y económicos que las sostienen y asumir la volatilidad de las narrativas que nos atraviesan.


También exige reconocer las comunidades de significación en las que participamos: los espacios: físicos y digitales, donde se resguardan sentidos compartidos, los recursos materiales y simbólicos con los que construimos nuestra propia narración.


En un mundo reorganizado por el software y habitado por inteligencias artificiales, la tarea no es replegarse en la nostalgia de lo analógico, sino recuperar una alfabetización de sentido que nos permita habitar críticamente estos entornos.


La inteligencia artificial, en este horizonte, puede ser tanto un dispositivo de clausura como una herramienta de apertura. Todo dependerá de si la usamos para automatizar la experiencia y reducirla a eficiencia, o para ampliar nuestra capacidad de comprensión, diálogo y responsabilidad. La pregunta no es si la IA reconfigurará la identidad humana, que ya lo está haciendo, sino desde qué ética del relato queremos narrarnos en medio de este panóptico inteligente que observa, aprende y responde.


¿Qué historia estamos dispuestos a contar de nosotros mismos cuando el mundo nos lee en forma de datos, nos anticipa como patrones y nos devuelve como predicciones? La respuesta, quizá, no esté en desconectarnos, sino en reaprender a narrar con conciencia, profundidad y responsabilidad el lugar que queremos habitar en este mundo reescrito por el software.


Si te interesan estos temas te invito a seguir la conversación y compartirme tus reflexiones Jorge Alberto Hidalgo Toledo. Si quieres leer más artículos te invito a mi sitio anahuaclandscape.com


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