El hipermercado del mundo. Cartografías del sentido en la era de los flujos inteligentes
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La primera modernidad mediatizó la ideología, la política y esto se materializó en los medios, la tecnología, la economía, la cultura y el consumo; en la modernidad tardía se pasó del capitalismo productivo a la economía de consumo y la comunicación de masas, de la sociedad rigorista a la sociedad-moda; en la tercera modernidad se vivió fiebre del presente, del aquí y ahora. En la posmodernidad se emancipó el individuo, se acabaron las utopías, la vida se empapó de frivolidad, ansiedad, euforia, vulnerabilidad y divertimento. La hipermodernidad colocó al individuo en perspectiva global; las prácticas sociales se tornaron inmediatas, excesivas, exageradas, desmesuradas, extralimitadas, hiperrealistas, hiperbólicas, transfronterizas. En la metamodernidad las narrativas que circulan en redes no son simplemente relatos, sino formas de “oscilación simbólica”, donde el sujeto digital transita entre la autenticidad y la autorrepresentación, entre el engagement afectivo y la parodia de sí mismo; los códigos del meme, el storytelling fragmentado, los hilos virales y las estéticas glitch, kitsch y vintage conviven en un rizoma de sentido donde la ironía y el compromiso no se excluyen, sino que se alternan.
Ese desplazamiento histórico no ocurrió como una sucesión limpia de etapas, sino como un proceso de sedimentación. Cada modernidad no anuló a la anterior: la recodificó. Lo que hoy habitamos es un palimpsesto cultural donde conviven restos agrícolas, lógicas industriales, promesas postindustriales y flujos informacionales que atraviesan todo. El sujeto contemporáneo vive en un continuum entre lo global, lo local y lo glocal; entre condiciones protomodernas y metamodernas, oscilando, a veces sin advertirlo, entre la lentitud de la tierra y la aceleración del algoritmo.
En ese tránsito, la racionalidad productiva mutó. El capitalismo dejó de organizarse exclusivamente en torno a la fabricación de objetos y se desplazó hacia la circulación de signos, experiencias y afectos. Como advirtió Zygmunt Bauman, la solidez de las instituciones dio paso a una modernidad líquida donde nada parece durar lo suficiente para sedimentar sentido. La mercancía ya no es solo material: es simbólica, emocional, narrativa. El tiempo-espacio se contrae; la rápida difusión de ideas, bienes, informaciones y capitales permite la actuación a distancia y reconfigura la noción misma de presencia.
La interconexión global confronta a gobiernos, corporaciones, colectivos y ciudadanos, generando multibrechas: tecnológicas, cognitivas, éticas, emocionales. El Estado-nación se muestra frágil ante una geopolítica de la información donde los mercados se fragmentan y globalizan simultáneamente. Manuel Castells describió este giro como el advenimiento de la sociedad red, una estructura social basada en flujos que desbordan fronteras y reordenan el poder. En ese escenario, la incorporación masiva de tecnologías de información y comunicación intensificó los procesos de mediatización de la cultura, multiplicó soportes, interfaces y pantallas, y consolidó un nuevo orden mundial mediático que liberalizó la economía de la información.
El mundo se transformó en un centro comercial de escala planetaria. Un hipermercado simbólico que impulsa el hiperconsumo hiperindividualizado.
La profusión de bienes, marcas, servicios y narrativas saturó el planeta. Desmesura, espectacularización, aglomeración y consumo lo abarcan todo. Los medios no solo registran esa dinámica: la engranan, la amplifican, la vuelven deseable. Como señalaba Jean Baudrillard, la lógica del simulacro no oculta la realidad: la sustituye por un sistema de signos que se refieren entre sí. Consumimos representaciones de experiencias, promesas de felicidad, identidades en versión descargable.
La racionalidad hipermoderna es la de la acumulación y la rentabilidad en tiempo presente. Los metarrelatos se desmoronan y, con ellos, las mentalidades se remodelan sin pausa. Los tiempos sociales, los esquemas de producción, los flujos de dinero, mercancía, trabajo y tecnología circulan ahora por el terreno inestable de la búsqueda de sentido. En la metamodernidad, la IA no solo selecciona contenidos, sino que modula estados de ánimo, configura burbujas emocionales, diseña lo visible y lo ignorable. La relación comunicacional ya no es lineal ni dialógica, sino distribuida, emergente y transindividual.
Nos encontramos en la era del fin de los tiempos muertos: un capitalismo que comercializa instantes, acciones, interacciones físicas y simbólicas. El ocio y el entretenimiento dejaron de ser márgenes del sistema para convertirse en su núcleo operativo.
En esta fase de la sociedad de la metainformación y datificación, las mentes e inteligencias se encuentran interconectadas con una intensidad inédita. La dimensión económica, laboral, cultural y social se convierte en flujos de datos; manifestaciones deslocalizadas que convergen en una nueva arena pública hipermediatizada. La globalización deconstruyó la geografía y convirtió al sujeto en nómada en hiperconexión: beduino del desierto hipermedial, siempre en tránsito, raramente en arraigo.
La materialidad simbólica de la vida mediatizada es ingrávida y efímera. Volátil, precaria, atractiva, seductora, obsesiva. La condición hipermoderna impulsa lo inmediato, lo simultáneo, lo urgente. El culto al cuerpo, la obsesión por la higiene, la salud y el hiperbienestar, junto con la negación del dolor, derivan en conductas desordenadas y paradójicas: se persigue la vida perfecta mientras se intensifica la ansiedad. Byung-Chul Han ha descrito esta tensión como la patología de una sociedad del rendimiento que se explota a sí misma creyéndose libre.
Existe una tentación permanente por la vida colectiva aun cuando el individuo habita su propia solitud. Se democratizan las tecnologías del bienestar, los mercados de la calidad, la erotización de la imagen, la estilización de los goces. La vida en red busca extender los sentidos, pero también los fragmenta. El consumismo experiencial transforma la memoria en espectáculo contemplable en tiempo real. La biografía se convierte en contenido; el recuerdo, en archivo compartible; la nostalgia, en mercancía.
En este contexto emerge con fuerza una nueva capa: la inteligencia artificial. No como simple herramienta, sino como infraestructura cognitiva que reorganiza los flujos de información, atención y sentido. Los algoritmos no solo recomiendan qué ver o comprar; modelan horizontes de expectativa, jerarquizan lo visible y lo decible, automatizan decisiones. La IA acelera la lógica metamoderna al optimizar la circulación de signos y al predecir deseos antes de que se formulen conscientemente.
Se inaugura así una economía de la anticipación donde el futuro inmediato se calcula en tiempo real.
La explosión de identidades responde, en parte, a este hiperconsumo de experiencias mediadas por sistemas inteligentes. Emociones, recuerdos, momentos y personalidades se vuelven objetos de consumo entrenados por datos. La crisis del hombre se revela como crisis de significados. Aquí surge el homo signis digitalis: sujeto en permanente búsqueda y construcción de sentido en el ciberespacio, mediado por interfaces algorítmicas que prometen orientación mientras profundizan la indeterminación.
La IA intensifica una paradoja central: amplía las capacidades humanas de cálculo, memoria y creación, pero tensiona la autonomía interpretativa. Si el sentido se delega progresivamente a sistemas que aprenden de patrones pasados, ¿qué ocurre con la posibilidad de lo inesperado, de la ruptura, del silencio fecundo? Hannah Arendt advertía que la pérdida de la capacidad de pensar, no como cálculo, sino como diálogo interior, es una de las mayores amenazas para la condición humana.
En un ecosistema saturado de estímulos inteligentes, la interioridad corre el riesgo de erosionarse.
La vida hipermediatizada promete conexión permanente, pero produce soledades densas. Promete personalización, pero estandariza deseos. Promete libertad, pero captura la atención. En ese escenario, la alfabetización ya no puede limitarse al uso técnico de dispositivos; exige una formación ética, crítica y contemplativa que permita habitar los flujos sin disolverse en ellos. No se trata de rechazar la tecnología, sino de reinscribirla en una ecología humana del sentido.
La pregunta no es si la hipermodernidad y la inteligencia artificial transformarán nuestra manera de vivir (eso ya ocurrió), sino qué tipo de humanidad estamos dispuestos a cultivar en medio de este hipermercado global de signos. Si el homo signis digitalis seguirá naufragando entre simulacros o si será capaz de recuperar espacios de densidad simbólica, de pausa, de responsabilidad con el otro y con lo otro.
La crisis del hombre está en la crisis de los significados. He ahí donde surge este homo signis digitalis; sujeto en permanente búsqueda y construcción de sentido en el ciberespacio.
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