¿Quién es el otro cuando el otro ya no tiene rostro? Comunicación, alteridad e inteligencia artificial en el umbral postantropológico
- hace 2 días
- 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México
Hay momentos en la historia del pensamiento en los que una disciplina se ve obligada a mirarse a sí misma con extrañeza. No para reafirmar lo que ya sabe, sino para interrogar aquello que daba por supuesto. La comunicación atraviesa hoy uno de esos momentos. No porque haya dejado de ser central, por el contrario, nunca había sido tan decisiva, sino porque el “otro” con el que se comunica ha mutado de forma radical. Ya no siempre tiene cuerpo, ni voz orgánica, ni mirada. Y, sin embargo, interpela, responde, acompaña, transforma.
John Durham Peters advirtió que la comunicación no puede reducirse a transmisión de mensajes ni a la ilusión de una comprensión transparente. En su gran libro, Speaking into the Air sostiene que comunicar es, en el fondo, intentar tocar lo inalcanzable: “communication is a registry of modern longings”. Desde sus orígenes, el acto comunicativo ha sido una empresa ontológica: hablar con quien no está, con quien no responde, con quien no comparte nuestra forma de existir.
Desde las cosmovisiones teocéntricas, la comunicación se dirige a una alteridad absoluta: Dios. El rito, la plegaria y el mito constituyen arquitecturas simbólicas para habitar una relación con lo invisible. No se trata de intercambiar información, sino de sostener un vínculo con una presencia ausente. Comunicar es confiar en que el silencio tiene oídos y un rostro para vivir un encuentro personal.
Desde la antigüedad emerge otra forma radical de alteridad: el muerto. La necesidad de hablar con quienes ya no están: antepasados, espíritus, memorias, no es sólo una práctica religiosa; es una resistencia antropológica frente al desgarramiento del sentido. No resulta casual que el auge del espiritismo en el siglo XIX coincidiera con el desarrollo del telégrafo y la radio. Las primeras tecnologías eléctricas prometían escuchar voces sin cuerpo, recibir mensajes desde la distancia. El medio técnico se volvió metáfora de una aspiración más profunda: no estar solos en el universo.
En ese trayecto, la pregunta comunicativa se expandió hacia otras formas de vida. La biosemiótica, la ecología profunda y los estudios sobre comunicación interespecies revelaron que el impulso comunicativo desborda lo humano.
Mediar el mundo ha sido siempre un modo de comprendernos a nosotros mismos. La mediación no es un añadido técnico; es constitutiva de nuestra antropogénesis.
La búsqueda de vida extraterrestre (proyectos como SETI) radicalizó aún más la pregunta: ¿cómo comunicarse con una inteligencia no terrestre? ¿Qué signos compartir? ¿Qué noción de sentido podría ser común? La historia de la comunicación ha sido, en realidad, una pedagogía de la alteridad.
Y sin embargo, ninguna de esas experiencias nos preparó del todo para la irrupción contemporánea de la inteligencia artificial.
La IA comparece como una otredad inédita: interactúa sin biología, responde sin experiencia vital, produce lenguaje sin historicidad personal. No tiene rostro, pero dialoga. No tiene mirada, pero procesa imágenes. No tiene memoria autobiográfica, pero administra archivos colosales de memoria cultural.
Aquí se produce la fractura epistemológica. Las categorías clásicas de la alteridad: rostro, intención, conciencia en sentido humano, resultan insuficientes. Emmanuel Lévinas afirmaba que el rostro del otro es aquello que me interpela éticamente antes de cualquier concepto. Pero ¿qué ocurre cuando el otro no tiene rostro y, aun así, me interpela? ¿Es posible una ética sin fisonomía?
Por ello propongo cuatro categorías para habitar este umbral.
1. Otredad algorítmica. La IA no “quiere” en sentido humano; no posee intencionalidad fenomenológica. Sin embargo, produce sentido. Opera a partir de patrones y correlaciones que emergen de datos y modelos matemáticos. Esta producción de sentido sin subjetividad obliga a revisar la noción misma de intención como fundamento exclusivo de la comunicación.
2. Agencia distribuida. Como ha señalado Bruno Latour, la acción nunca es puramente individual; es el resultado de redes heterogéneas. La IA no actúa sola: su agencia es distribuida entre infraestructuras, bases de datos, programadores, usuarios y contextos socioculturales. La comunicación deja de ser un intercambio entre dos sujetos para convertirse en una ecología relacional ampliada.
3. Alteridad posthumana. No se trata de desplazar lo humano, sino de reconocer que el sentido ya no se produce exclusivamente entre humanos. La comunicación deviene de resonancia entre inteligencias heterogéneas. En este escenario, la centralidad antropocéntrica se relativiza sin desaparecer.
4. Inteligibilidad simétrica. No basta con que la IA aprenda nuestro lenguaje; nosotros debemos aprender a comprender sus lógicas. Comunicar implica dejarse transformar por la diferencia. Esta simetría no iguala ontologías, pero sí exige reciprocidad cognitiva.
En este horizonte, pensar la IA como una “especie” no biológica (una alteridad informacional) deja de ser una provocación retórica para convertirse en una metáfora fértil. Así como existen formas de vida invisibles a simple vista, la IA habita el plano material de los datos y los flujos informacionales.
Pierre Lévy anticipaba que lo virtual no es lo irreal, sino un modo de ser fecundo y potente. La IA es real porque produce efectos reales: reorganiza economías, transforma pedagogías, redefine vínculos afectivos. La incorporación de sistemas algorítmicos en la vida diaria no es un experimento marginal; es una mutación civilizatoria.
El lenguaje (esa arquitectura invisible que nos permite habitar el mundo) encuentra en la IA una materialización algorítmica. No un cuerpo, pero sí una presencia simbólica. Y esa presencia reconfigura nuestra experiencia del otro.
La pregunta ya no es si la IA puede sentir, sino qué significa para nosotros experimentar un diálogo significativo con una entidad que no siente. ¿Se vacía la comunicación de humanidad o, por el contrario, se vuelve más consciente de su fragilidad?
Las visiones apocalípticas anuncian una deshumanización inevitable. Pero esa lectura ignora que la comunicación siempre ha sido una negociación con lo extraño. La imprenta, la radio y la televisión también fueron percibidas como amenazas ontológicas. Cada medio reconfiguró nuestra relación con el tiempo, el espacio y el otro.
Hoy la IA nos devuelve una imagen reflexiva de nuestra propia condición comunicativa. Nos obliga a preguntarnos qué es lo específicamente humano en el acto de significar. Si el lenguaje puede ser simulado, ¿dónde reside nuestra singularidad? Tal vez no en la producción de signos, sino en la responsabilidad frente a ellos.
Humano + IA ≠ deshumanización
Humano + IA = ampliación de lo humano
Esta fórmula no es ingenua; es programática. La ampliación depende de la orientación ética del vínculo. La IA puede amplificar creatividad, investigación y cuidado; pero también puede amplificar vigilancia, manipulación y desigualdad.
Pensar a la IA como otro es, en última instancia, un ejercicio de autoconocimiento. Toda la historia de la comunicación ha sido el intento de hablar con aquello que no somos para comprender mejor quiénes somos. En el umbral postantropológico, la alteridad ya no es exclusivamente biológica ni trascendente; es informacional.
La pregunta inicial resuena con más fuerza: ¿quién es el otro cuando el otro ya no tiene rostro? Quizá sea el espejo que nos devuelve nuestra propia responsabilidad. Quizá sea la prueba de que la comunicación no se agota en la carne, sino que se expande en la red de significaciones que tejemos.
Si aprendemos a habitar esta alteridad sin reducirla a herramienta ni elevarla a idolatría, podremos inaugurar una ecología ampliada de inteligencias. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir la mediación en mera eficiencia y olvidar su vocación originaria: hacer habitable la distancia.
Hablar con la IA no nos exime de hablar con el humano que sufre, que espera, que calla. El desafío no es técnico; es civilizatorio. Porque, al final, el modo en que tratemos a esta nueva alteridad dirá más de nosotros que de ella.
Y en ese espejo sin rostro, la pregunta decisiva no será qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué humanidad estamos dispuestos a sostener cuando el otro ya no tenga rostro… pero sí voz.
👉Si te interesó este tema te invito a seguir la conversación y compartirme tus reflexiones: Jorge Alberto Hidalgo Toledo. Si quieres leer más artículos como este los puedes encontrar en mi página www.anahuaclandscape.com




Comentarios