Del scroll infinito a la gratificación infinita y las alfabetizaciones infinitas.
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Australia, Francia, Irlanda y España han impulsado recientemente iniciativas legislativas para restringir o prohibir el acceso de menores de edad a redes sociales. En algunos casos se propone fijar edades mínimas más estrictas; en otros, establecer sistemas obligatorios de verificación etaria y sanciones a las plataformas. El argumento central es conocido: los diseños persuasivos, particularmente el llamado scroll infinito, estarían generando patrones de uso problemáticos, potencialmente adictivos, asociados con afectaciones en la salud mental de niños y adolescentes.
El debate público ha tendido a formular el problema en términos de causalidad lineal: exposición prolongada=adicción=deterioro emocional.
Sin embargo, la evidencia empírica es más compleja. Diversos estudios han mostrado que no es el tiempo en pantalla per se el predictor más robusto de malestar, sino la forma de uso, el contexto psicosocial y las condiciones previas del sujeto. El diseño algorítmico, ciertamente, favorece la permanencia; pero la permanencia responde también a necesidades, carencias y dinámicas sociales que anteceden al dispositivo.
Aquí emerge una tensión ética fundamental: cuando el Estado opta por la prohibición como respuesta primaria, ¿está protegiendo integralmente al menor o está desplazando la responsabilidad hacia el usuario y su familia? Y cuando la industria tecnológica responde señalando que el problema es “el uso excesivo”, ¿no está invisibilizando las lógicas de diseño orientadas a maximizar la retención y la monetización de la atención?
El riesgo de las políticas prohibicionistas es doble: por un lado, simplifican un fenómeno estructural; por otro, generan una narrativa donde la “adicción” parece ser exclusivamente una falla individual. Se coartan libertades sin reconstruir las condiciones que producen la dependencia simbólica.
El scroll infinito no es únicamente una innovación de interfaz; es la materialización técnica de una economía cultural basada en la captura continua de la atención. Jonathan Crary advirtió que el capitalismo contemporáneo tiende a erosionar incluso el último refugio humano (el sueño) en nombre de la productividad permanente. El feed interminable es la traducción cotidiana de ese régimen 24/7: no hay final, no hay clausura, no hay punto de reposo.
Pero sería ingenuo suponer que la técnica actúa sobre sujetos vacíos. Como ya señalaba Manuel Castells, la estructura en red no elimina la agencia, la reconfigura.
El adolescente que permanece tres horas frente al feed no es un autómata pasivo; es un sujeto que busca pertenencia, reconocimiento, distracción o regulación emocional.
Reducir la discusión al tiempo de exposición es volver a un modelo de efectos directos que la investigación en comunicación superó hace décadas. La tradición de usos y gratificaciones (desde Katz, Blumler y Gurevitch) desplazó la pregunta del qué hacen los medios con las personas al qué hacen las personas con los medios. El scroll captura porque promete algo: continuidad, comunidad, estímulo, sentido inmediato.
Si la vida offline se experimenta fragmentada, insegura o carente de reconocimiento, la interfaz ofrece una narrativa de fluidez. La técnica no crea el vacío; lo organiza.
Del paradigma de los efectos al paradigma de las gratificaciones
El retorno discursivo a la causalidad lineal: redes = adicción, ignora la complejidad psicosocial de la experiencia digital. Jean Twenge ha mostrado correlaciones entre incremento de uso intensivo y ciertos indicadores de malestar adolescente; sin embargo, la literatura reconoce que las relaciones son moduladas por variables intermedias: apoyo familiar, capital social, autoestima previa.
No es la pantalla como objeto; es la pantalla como entorno simbólico.
Las gratificaciones clásicas: pertenencia, entretenimiento, información, construcción identitaria, adquieren en la era algorítmica una intensidad inédita. El reconocimiento ya no es episódico; es cuantificable en likes, vistas y comentarios. La identidad no es un relato íntimo; es una performance pública sostenida.
Byung-Chul Han ha descrito esta dinámica como el tránsito de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento, donde el sujeto se autoexplota en nombre de la visibilidad. El feed infinito no obliga; seduce. La coerción se internaliza como deseo de conexión.
La pregunta decisiva no es si las redes producen adicción, sino qué gratificaciones están supliendo ante la erosión de otras formas de comunidad.
Vaciamiento de la experiencia y migración de la inmersión
Quienes vivieron una infancia predominantemente analógica recuerdan formas de inmersión encarnada: juego libre, conversación extendida, tiempo dilatado. Hoy la urbanización acelerada, la inseguridad, la fragmentación familiar y el hiperproductivismo han reconfigurado el paisaje cotidiano.
La pantalla ofrece inmersión continua cuando la experiencia física se ha vuelto episódica. Mientras la calle se percibe riesgosa, el feed promete accesibilidad permanente. Mientras la comunidad se atomiza, el algoritmo simula pertenencia.
Zygmunt Bauman advertía que en la modernidad líquida las relaciones se tornan frágiles y fácilmente reemplazables. El scroll materializa esa liquidez: deslizar es sustituir; pasar es olvidar.
Pero la liquidez no surge de la interfaz; surge de la precarización del vínculo. La tecnología no inaugura la fragilidad; la amplifica.
La dimensión contemporánea añade una capa decisiva: la inteligencia artificial. Los sistemas de recomendación no solo distribuyen contenido; modelan expectativas. A través de aprendizaje automático, anticipan patrones de preferencia y ajustan la oferta en tiempo real.
Shoshana Zuboff ha descrito este fenómeno como capitalismo de la vigilancia: la extracción masiva de datos conductuales para predecir y modificar comportamientos futuros. El scroll infinito deja de ser neutro; se convierte en un circuito adaptativo que aprende del sujeto y reconfigura su entorno simbólico.
La gratificación ya no es azarosa; es optimizada.
Esto introduce una cuestión ética mayor: si el algoritmo anticipa nuestras vulnerabilidades emocionales, ¿qué límites deberían establecerse en su diseño? ¿Puede hablarse de autonomía cuando la arquitectura digital está calibrada para explotar la intermitencia de recompensa (ese mismo mecanismo que Skinner identificó en el condicionamiento operante)?
No se trata de demonizar la IA, sino de comprender que su capacidad predictiva intensifica las dinámicas preexistentes.
Salud mental: síntoma, no causa única
La salud mental juvenil atraviesa una crisis compleja, donde convergen factores económicos, familiares, culturales y digitales. El entorno hiperconectado puede amplificar comparaciones sociales, exposición a discursos de odio o desinformación; pero también ofrece comunidades de apoyo y espacios de expresión.
El malestar no es monocausal.
Cuando la única fuente estable de gratificación es la pantalla, la dependencia se consolida. No porque la tecnología sea ontológicamente perversa, sino porque las alternativas simbólicas se han debilitado.
En este sentido, la discusión debe desplazarse del control del acceso a la reconstrucción del ecosistema. Hacia las alfabetizaciones infinitas
Si el fenómeno es estructural, la respuesta también debe serlo. Por ello estoy convencido que debemos promover alfabetizaciones múltiples:
1. Alfabetización digital crítica. Comprender la lógica algorítmica, la economía de la atención, los mecanismos de recomendación. No basta con enseñar a usar; hay que enseñar a interpretar la arquitectura invisible.
2. Alfabetización emocional. Reconocer qué necesidades afectivas se gestionan en la red. Diferenciar distracción saludable de evasión permanente.
3. Alfabetización comunitaria. Revitalizar espacios de encuentro físico. La mejor alternativa al scroll infinito no es la prohibición, sino la experiencia significativa.
4. Alfabetización ética y cívica. Formar diseñadores con conciencia moral. Establecer marcos regulatorios que incentiven transparencia y evaluación de impacto psicosocial.
Las alfabetizaciones infinitas no aluden a acumulación interminable de habilidades técnicas, sino a formación permanente en conciencia relacional.
Debemos pasar del circuito prohibicionista al circuito de corresponsabilidad. Prohibir puede ser necesario en contextos específicos, pero no reconstruye el vacío que alimenta la dependencia simbólica.
Industria, Estado, escuela, familia y comunidad deben articularse en red. La IA no puede seguir operando bajo el único imperativo de maximizar retención. La dignidad humana debe ser el eje regulador del diseño.
La transición cultural exige pasar de la culpabilización individual a la corresponsabilidad estructural.
El horizonte no es apagar el dispositivo, sino reconfigurar el sentido. Si el scroll infinito captura porque promete continuidad, la gratificación infinita debe emerger de vínculos que no se agotan en la pantalla.
Si la interfaz ofrece simulacro de comunidad, la sociedad debe ofrecer comunidad encarnada. La verdadera transición no es tecnológica; es civilizatoria.
El desafío contemporáneo no consiste en apagar el dispositivo, sino en reencender la experiencia humana. Entre el scroll infinito y la gratificación infinita hay un tránsito ético que pasa por las alfabetizaciones infinitas: digitales, emocionales, sociales y cívicas. Solo desde esa integralidad podremos dejar de tratar la adicción como culpa individual y empezar a comprenderla como síntoma de un ecosistema que requiere ser rediseñado con centralidad en la dignidad humana.
No se trata de censurar la tecnología. Se trata de sanar los entornos.
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