I-dentidad: narrarse en la membrana del mundo
- hace 2 días
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México
La identidad es esa construcción social que permite entender la relación del sujeto con su entorno y su historia. Es una forma de exteriorización y materialización simbólica y codificada de cómo quiere ser interpretado en el mundo.
Hablar de identidad es hablar de mediación. No existe un “yo” que no haya sido narrado, interpretado o codificado. No hay sujeto sin relato, ni relato sin dispositivo. Desde los antiguos rituales de iniciación hasta la arquitectura del perfil digital, el ser humano ha necesitado proyectarse hacia el exterior para reconocerse en la mirada del otro. La identidad no es un núcleo fijo: es una operación simbólica, una puesta en escena continua, una dramaturgia existencial que busca sentido en el tejido social.
En la modernidad tardía, ese tejido encontró en los medios su principal escenario.
Los medios son el mecanismo que utiliza hoy el individuo para producir, reproducir, almacenar y difundir dicha representación.
Los medios son el espacio y el territorio donde se da ese entramado. La identidad por tanto es una narrativa de somatización de la realidad, una explicación del mundo y una forma de ubicarse en él.
Esta afirmación exige una lectura más profunda. Si la identidad es somatización narrativa, entonces el cuerpo mismo se vuelve interfaz. El sujeto no sólo “usa” medios: se prolonga en ellos. Se escribe, se edita, se filtra, se archiva. La experiencia se vuelve dato; la memoria, almacenamiento; la emoción, emoji; la biografía, timeline.
En esta lógica, los medios se han vuelto en el lugar donde las personas se autodefinen, donde actúan, legitiman, institucionalizan y validan su significado. Son la membrana que le permite dotar de sentido la realidad.
La metáfora de la membrana es crucial. No hablamos de un espejo, sino de una superficie semipermeable que filtra, traduce y transforma. La identidad contemporánea no es reflejo, sino tránsito. Y en ese tránsito, el yo se vuelve proyecto performativo. Como señaló Paul Ricoeur, la identidad narrativa articula la permanencia y el cambio: “el sí mismo sólo se comprende a través del relato”. No somos únicamente lo que fuimos, sino la interpretación que hacemos de ello.
La identidad es una unidad discursiva, el reflejo de una visión del mundo, un modo de actuar y objetivar las ideas. Pero esa unidad es siempre provisional. Se reconfigura con cada interacción, con cada publicación, con cada silencio digital. El yo hipermedial es edición permanente.
Los medios como esfera pública, son por tanto una red de relaciones donde los otros se revelan como extensiones del propio sujeto. Son puentes de significación; son escenarios de socialización multidimensionales en los que es posible compartir sentidos.
Aquí resuena la intuición de Jürgen Habermas sobre la esfera pública como espacio de deliberación racional,. Sin embargo, el entorno hipermedial ha desplazado la deliberación hacia la visibilidad. Ya no basta con argumentar: hay que ser visto. La identidad se capitaliza en forma de atención. El capital simbólico, en términos de Pierre Bourdieu, se transforma en reputación algorítmica. Likes, seguidores, métricas: nuevas monedas de legitimidad.
Ahí se conjuntan todos los procesos de significación que organizan la vida. Los medios son ese flujo en el que vivimos, nombramos, ordenamos y legitimamos nuestras visiones del mundo. En ese espacio civil de ideas, procesos, reconocimientos y materialidades simbólicas, los sujetos se perciben y legitiman.
Pero ese flujo ya no es neutro. La irrupción de la inteligencia artificial ha introducido un nuevo actor en la dramaturgia identitaria: el algoritmo como coautor del yo. Las plataformas no sólo alojan narrativas; las jerarquizan, las recomiendan, las invisibilizan. La identidad se vuelve cohabitación cognitiva entre humano y máquina.
La i-dentidad hipermedial es abstracción, proyección, identificación, transferencia y referencia contada por uno mismo en todos los espacios hipermediáticos. Es el resultado de una secuencia de interacciones y prácticas discursivas. Es la síntesis de historia, recuerdos, experiencias, relaciones, encuentros y desencuentros narrados.
Esa “i” inicial no es mero prefijo tecnológico. Es indicio de inmaterialidad y de interconexión. La identidad ya no habita únicamente en el cuerpo biográfico, sino en la nube semántica que la rodea. El archivo digital se convierte en memoria expandida. Bernard Stiegler advertía que la técnica es siempre exteriorización de la memoria,. Hoy, la IA no sólo almacena: anticipa, predice, perfila.
Los hipermedios son las constelaciones expresivas que sirven para mediar el mundo; son una secuencia significante donde se conjuntan y conjugan todas las posibilidades. En ellos, la identidad se fragmenta y se recombina. Cada plataforma exige un código, una estética, un ritmo. El yo se adapta: profesional en LinkedIn, íntimo en Instagram, crítico en X, efímero en TikTok.
Por tanto, la identidad es comunicación de significados emitidos, recibidos, procesados y recodificados que viven como instancias simbólicas en un espacio en el yo que se reproduce en sociedad. Un no espacio que cohabita en el ciberespacio; un macro espacio en el que cobra sentido pleno la existencia.
Este “no espacio” no es vacío; es hiperterritorio. Marc Augé hablaba de los no-lugares como espacios de tránsito sin identidad. Paradójicamente, el ciberespacio se ha convertido en el lugar donde la identidad se hiperproduce. No es anonimato: es sobreexposición. La intimidad se negocia; la autenticidad se performa.
Los sujetos hoy se tornan en agentes que producen, comunican, consumen, almacenan todos los aspectos narrativos de su vida en interfaces de mediación. Con esto, los medios se vuelven interfaces culturales que mediatizan las identidades y convierten la vida en una experiencia que oscila entre lo vicario y la realidad.
Aquí emerge la cuestión decisiva: ¿qué ocurre cuando la inteligencia artificial empieza a participar activamente en la construcción de esa narrativa? Los sistemas de recomendación modelan gustos; los filtros embellecen rostros; los asistentes redactan biografías; los deepfakes reconfiguran la evidencia visual. La identidad ya no es sólo relato propio: es simulación posible.
Sherry Turkle advertía que las tecnologías digitales no sólo cambian lo que hacemos, sino lo que somos,. En la era de la IA generativa, esa mutación se acelera. El yo puede ser replicado, estilizado, amplificado. La frontera entre representación y sustitución se vuelve difusa.
La pregunta ética es ineludible: si la identidad es narrativa, ¿quién controla el guion cuando el algoritmo aprende de nuestros datos y nos devuelve una versión optimizada de nosotros mismos? La personalización algorítmica promete autenticidad, pero puede derivar en homogeneización invisible. Se nos muestra aquello que confirma nuestras preferencias, reforzando burbujas cognitivas.
La identidad hipermedial corre el riesgo de convertirse en identidad estadística.
Sin embargo, la tecnología no es destino inexorable. Como toda mediación, es campo de disputa simbólica. La alfabetización digital integral no puede limitarse al dominio técnico. Requiere una inteligencia comunicativa capaz de interrogar la arquitectura algorítmica, de comprender cómo se producen y circulan los significados.
En este horizonte, la identidad deja de ser mero acto expresivo y se convierte en responsabilidad ontológica. ¿Qué relato de nosotros mismos estamos alimentando? ¿Qué datos estamos cediendo? ¿Qué versiones del mundo estamos legitimando?
La IA, al procesar nuestras huellas digitales, compone un retrato probabilístico de nuestra identidad. No es el yo profundo, pero influye en oportunidades laborales, crediticias, educativas. La narrativa se vuelve predicción. Y la predicción, estructura de poder.
Michel Foucault entendió que el poder no sólo reprime: produce subjetividades. El algoritmo produce perfiles. No encierra cuerpos, pero delimita posibilidades. En ese sentido, la identidad contemporánea es también campo de biopolítica digital.
Frente a este escenario, la pregunta no es si debemos abandonar los hipermedios, sino cómo habitarlos con conciencia crítica. La identidad como unidad discursiva no puede delegarse completamente a la lógica de la eficiencia algorítmica. Debe conservar su dimensión ética, su capacidad de apertura al otro.
Porque los medios como red de relaciones no son únicamente plataformas de autopromoción; son puentes de significación. Y en ese puente, el otro no es extensión instrumental del yo, sino alteridad irreductible.
Si la identidad es comunicación de significados en un macro espacio simbólico, entonces la tarea es humanizar ese espacio. No basta con optimizar perfiles; es necesario cultivar encuentros. No basta con almacenar memorias; hay que dotarlas de sentido.
La inteligencia artificial puede ampliar nuestras capacidades narrativas, pero también puede reducirlas a patrones repetitivos. Puede asistirnos en la escritura de nuestra historia o puede simplificarla en función de métricas de engagement.
La i-dentidad hipermedial es, en última instancia, un proyecto inacabado. Es síntesis de recuerdos y anticipaciones, de presencia y ausencia. Es el resultado de interacciones que nos constituyen y nos desafían.
En una época donde la vida oscila entre lo vicario y la realidad, el riesgo no es la virtualidad, sino la superficialidad. El riesgo es olvidar que detrás de cada perfil hay un rostro; detrás de cada dato, una biografía; detrás de cada algoritmo, una decisión humana.
La identidad no es un producto que se optimiza, sino una historia que se asume.
Y si los medios son hoy la membrana donde se negocia el sentido, la pregunta que permanece abierta es esta: cuando la inteligencia artificial nos ayude a narrarnos mejor, ¿sabremos distinguir entre la versión eficiente de nosotros mismos y la versión verdadera que exige vulnerabilidad, silencio y responsabilidad?
Quizá el desafío no sea construir identidades más visibles, sino más conscientes. Porque al final, en la vastedad del macro espacio digital donde cobra sentido pleno la existencia, lo que está en juego no es sólo cómo queremos ser interpretados, sino quiénes decidimos ser cuando nadie nos está mirando.




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