Hiperconexión, generaciones y la inteligencia artificial como nuevo tutor invisible
- hace 22 horas
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México
En esta nueva ecología de medios, niños y jóvenes son quienes más han establecido vínculos profundos con los medios. Los diversos estudios han demostrado que hay una fuerte relación entre edad y consumo; es decir, entre más jóvenes son los usuarios, más compromisos establecen con los medios. Las jóvenes audiencias, como receptores de contenidos han establecido puentes de significación con los medios ya que en ellos tienen la posibilidad de compartir referentes culturales, construir comunidades de significación con las cuales comparten sus gustos y aficiones. Los medios suelen acompañarlos a lo largo de todo su desarrollo, muchos nacieron y crecieron acompañados de medios como la televisión, la radio y los videojuegos. Mientras generaciones pasadas tuvieron como nana a la televisión y compañera permanente a la radio; hoy las más jóvenes generaciones tuvieron como nana a internet y a los ipods y los videojuegos como compañeros. Es decir, pasaron del consumo familiar o en compañía y pasivo a una apropiación más individual y activa.
El laboratorio invisible de la identidad
Si algo caracteriza a nuestra época no es simplemente la abundancia mediática, sino la mutación ontológica que dicha abundancia ha producido en las formas de habitar el mundo. Los medios dejaron de ser dispositivos periféricos para convertirse en atmósferas. Como advertía Manuel Castells, vivimos en una “sociedad red” donde la lógica de interconexión redefine las estructuras sociales y culturales. No se trata únicamente de tecnología, sino de un nuevo modo de organización del sentido.
Los adolescentes ya no consumen contenidos: los incorporan como materia prima de su identidad. Los medios cumplen funciones instrumentales: planificar rutinas, entretenerse, evadirse, pero también rituales y simbólicas. En ellos se ensayan emociones, se dramatizan conflictos, se procesan duelos, se modelan aspiraciones.
La pantalla opera como espejo y escenario.
Desde la década de los cincuenta, el auge de los teen media configuró universos narrativos que tematizaron la fragilidad institucional: divorcio, adicciones, suicidio, sexualidad, aborto. Aquello que la familia o la escuela no lograban verbalizar, encontraba eco en las narrativas mediáticas. Neil Postman advertía ya que cada tecnología no solo transmite información, sino que “crea una forma de conversación cultural”. El medio reordena la agenda emocional de una generación.
Con la irrupción de los hipermedios, el tránsito de la alternarración a la autonarración marcó un punto de inflexión. El adolescente dejó de ser receptor para convertirse en prosumidor. Ya no solo consume relatos: los produce, los edita, los distribuye. Se pasó de la representación a la performatividad. La vida íntima se estetiza; la cotidianidad se convierte en contenido; el yo se convierte en interfaz.
Pero este laboratorio identitario no es neutro. Pierre Bourdieu nos enseñó que el capital simbólico se distribuye desigualmente y estructura jerarquías invisibles. En el escenario hipermediático, los likes, seguidores y métricas de visibilidad operan como nuevos dispositivos de consagración. La pertenencia ya no se mide por linajes familiares, sino por reputación algorítmica.
Comunidades de significación y tutorías algorítmicas
Con la hiperconexión, las audiencias dejaron de concebirse como masas homogéneas. Se fragmentaron en comunidades de interés, microtribus, fandoms y colectivos que comparten códigos, memes y sensibilidades. Estas comunidades funcionan como espacios de orientación moral y cognitiva. Allí se busca validación, contraste y complicidad.
Sin embargo, lo que hoy complejiza el ecosistema es la presencia de la inteligencia artificial como mediadora invisible. Los algoritmos no solo distribuyen contenidos: anticipan deseos, sugieren amistades, recomiendan causas. Se han convertido en tutores silenciosos de la experiencia juvenil.
Shoshana Zuboff ha denominado a este fenómeno “capitalismo de la vigilancia”, donde los datos comportamentales se convierten en materia prima para la predicción y modificación de conductas. El adolescente no solo construye su identidad en la red; la red aprende de él, lo perfila y le devuelve versiones optimizadas de sí mismo.
La IA introduce una capa adicional: ya no hablamos solo de prosumidores humanos, sino de co-creadores híbridos. Herramientas de generación de texto, imagen y música permiten a jóvenes producir narrativas asistidas por máquinas. La autonarración se convierte en coautoría algorítmica. La pregunta que emerge no es técnica, sino antropológica: ¿qué ocurre cuando la imaginación juvenil se entrelaza con modelos entrenados por bases de datos globales?
Luciano Floridi ha señalado que habitamos una “infosfera” donde la distinción entre onlife y offline se diluye. En este entorno, la identidad no es simplemente narrada; es calculada, optimizada y retroalimentada por sistemas inteligentes. La adolescencia, tradicionalmente etapa de búsqueda y error, ahora se desarrolla bajo la mirada constante de métricas y modelos predictivos.
Brechas intergeneracionales y capital simbólico expandido
Cada generación ha hecho un uso particular de los medios. No obstante, el desarrollo generacional no es lineal, sino transversal. Se producen cortes diagonales donde coexisten sensibilidades analógicas y digitales. Allí emergen brechas y también posibilidades de diálogo.
Los medios se han convertido en territorio común intergeneracional, pero el grado de implicación varía. Mientras algunos adultos observan con distancia crítica, los jóvenes experimentan una inmersión total. Esta asimetría produce tensiones en la comprensión de riesgos, oportunidades y responsabilidades.
La mediatización de la vida reorganiza el espacio doméstico y público. El hogar se convierte en nodo de conexión; la intimidad se proyecta hacia la esfera pública; lo privado se hibrida con lo espectacular. Lo que antes era conversación de sobremesa, hoy es tendencia global.
El capital simbólico generado en el escenario mediático entrelaza genealogías y subculturas. Sin embargo, también amplifica desigualdades. No todos acceden a la misma calidad de conexión, alfabetización digital o competencias críticas. La brecha ya no es solo de acceso, sino de interpretación.
En este contexto, la alfabetización no puede limitarse a habilidades técnicas. Requiere una formación ética, emocional y crítica. La inteligencia artificial, integrada en plataformas educativas y redes sociales, puede convertirse en herramienta emancipadora o en dispositivo de homogeneización cultural.
La acción humana se define por su capacidad de iniciar algo nuevo. Si la IA condiciona los horizontes de posibilidad, la tarea formativa consiste en preservar la capacidad de comenzar. No se trata de rechazar la tecnología, sino de integrarla desde una ética de la corresponsabilidad.
Del acompañamiento simbólico a la sustitución institucional
Los medios han sustituido parcialmente a instituciones tradicionales en la comprensión de problemas juveniles. Familia, escuela e iglesia ya no monopolizan la interpretación del sentido. Los adolescentes buscan orientación en foros, comunidades virtuales y ahora en chatbots conversacionales.
La pregunta no es si esto es bueno o malo, sino qué tipo de antropología subyace en dichos sistemas. Cuando un joven consulta a una IA sobre su ansiedad, identidad sexual o proyecto de vida, ¿qué marco axiológico orienta la respuesta? ¿Qué sesgos culturales están incorporados en los modelos?
La aparición de asistentes conversacionales introduce una forma inédita de intimidad mediada. La máquina responde con empatía simulada, disponibilidad permanente y ausencia de juicio explícito. Para muchos jóvenes, esta constancia resulta más accesible que la escucha humana.
Aquí emerge el desafío ético central: no podemos delegar la formación del carácter a sistemas entrenados con datos masivos sin una deliberación profunda sobre sus fundamentos normativos. La educación debe formar sujetos capaces de dialogar críticamente con la IA, no de someterse pasivamente a sus sugerencias.
Generaciones entrecruzadas y responsabilidad civilizatoria
Las generaciones evolucionan en interacción constante. Algunas rompen vínculos; otras logran articular solidaridades simbólicas. En esta nueva ecología mediática, la responsabilidad no recae únicamente en los jóvenes. Los adultos diseñan, regulan y monetizan las plataformas.
La IA amplifica la capacidad de segmentación y persuasión. Las narrativas que circulan en comunidades juveniles pueden ser potenciadas o distorsionadas por sistemas de recomendación. La construcción de identidad se convierte en terreno de disputa geopolítica y económica.
El reto civilizatorio consiste en reconocer que la hiperconexión no es destino, sino contexto. La identidad juvenil no puede reducirse a métricas de interacción. El capital simbólico debe estar anclado en la dignidad humana, no en la visibilidad efímera.
Como señalaba Zygmunt Bauman, la modernidad líquida diluye vínculos y certezas. La hiperconexión puede profundizar esa liquidez o convertirse en espacio de recomposición comunitaria. La diferencia radica en la intencionalidad ética con la que se habite el ecosistema.
En esta vida hipermediatizada, los medios permiten descubrir, conocer, profundizar y adoptar estilos de vida; evadirse de sus presiones, escapar de la rutina y reducir tensiones. Por ello se han logrado ubicar como un laboratorio de sus identidades, así como en el pasatiempo que mejor les ayuda relajarse, conocer gente nueva y entablar conversaciones. En, con y desde los medios las audiencias aprendieron a dibujar sus emociones, implicarse en la vida íntima de los demás y a construir su identidad. Cada generación ha hecho un uso particular de los medios, algunas más que otras se han implicado con ciertos medios; no obstante, en ellas han ido identificando muchos aspectos de la vida que les preocupan. Así los medios se han convertido en el territorio común de todas generaciones; el grado de interacción e involucramiento ha aumentado con la mediatización de la vida y la incursión de las tecnologías de información en la economía, cultura, sociedad y políticas.
Las generaciones evolucionan; sin embargo, su desarrollo no se da de modo lineal sino en cortes diagonales, por tanto, en su devenir histórico se entrecruzan con otras generaciones. Dicha interacción es la que reduce o amplifica brechas, diálogos o articulaciones. Algunas rompen entre ellas y se desvinculan, otras logran unificar representaciones, establecer estrategias conjuntas y solidaridades simbólicas.
Las generaciones ofertan comunidades de significación y sentimiento de vida, remitiendo constantemente a condiciones sociales y simbólicas comunes. Los medios e hipermedios han permitido nuevas formas de sociabilidad, percepción y sensibilidad reorganizando la realidad cultural y social con implicaciones intergeneracionales ya que el espacio doméstico, público y privado se entrelaza a través de los medios. Así tenemos un acceso diversificado con gran afinidad hacia la exploración multimedial. Es el capital simbólico que se genera en el escenario mediático el que entrelaza a todos los actores, genealogías, subculturas y culturas juveniles.
Hoy, en la era de la inteligencia artificial, ese capital simbólico ya no circula únicamente entre humanos. Se encuentra mediado por sistemas que aprenden, recombinan y redistribuyen significados. La cuestión decisiva no es si los jóvenes están demasiado conectados, sino si somos capaces de acompañarlos en la construcción de una ecología digital donde la tecnología amplifique su humanidad en lugar de sustituirla.
La identidad seguirá buscándose en el espejo de las pantallas; pero el desafío es que, detrás del reflejo algorítmico, continúe latiendo el rostro irreductible de la persona.
