top of page

El signo que nos sostiene

  • 3 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


El átomo cognitivo, la sustancia parlante, el flujo que memoriza. Somos palabra, emoción memoria; la racionalidad que se piensa, la especie que se codifica.


Ese gesto inicial, casi un murmullo ontológico, contiene la genealogía entera de nuestra condición semiótica. Allí donde otros ven piel, nosotros palpamos sintaxis; donde otros encuentran carne, nosotros advertimos gramáticas en combustión. Somos esa improbable convergencia entre la materia estelar y el signo humano, entre la vibración cuántica y la pulsión simbólica. No somos simplemente organismos: somos organismos que significan.


En ese vértigo de la existencia, el polvo del que estamos hechos es un haz por el que fluyen los significantes. Una pasarela de sentido que asciende, se expande, se contrae y vuelve a arder en su propia narrativa, como si nuestra biología fuese apenas la interfaz de algo mucho más profundo: un sistema comunicante que antecede a nuestras propias palabras.


Las coreografías invisibles del ser que significa

La pulsión comunicante que nos mueve, esa presión suave que nos duele, añora, emociona o entorpece, es la misma que, desde los tiempos primordiales, nos ha empujado a fijar huellas para no desaparecer. Tal como lo sugería Vilém Flusser, la comunicación es un gesto desesperado por vencer la entropía, una negociación permanente contra la muerte del sentido. Y, en efecto, nuestra historia cultural no es otra cosa que un inmenso archivo de ese combate.


De ahí que nos enamoremos de significantes, de palabras que acarician la memoria o nos hieren con precisión quirúrgica. Lloramos cuando interpretamos porque cada interpretación es una herida que reconoce su origen: somos significación herida. Somos abstracción argumental. Somos razones emotivas, motivaciones axiológicas, intereses racionalizados. Somos, ante todo, acciones corporeizadas de nuestra materialidad simbólica.


Como advertía Paul Ricoeur, el ser humano no existe: se narra. Y en su narrarse va arrojando fragmentos de sentido como una constelación que se rehace cada noche.


El signo que respira: mediaciones, metamorfosis y moradas

Somos el signo que se reconfigura y resignifica en cada flujo de mediación. Un ser que habita en la frontera inestable entre lo material y lo simbólico, entre la densidad del cuerpo y la ingravidez del dato. El medio, como diría McLuhan más allá de la frase esloganizada, no solo es mensaje, es morada y mirada del ser; un espacio donde la identidad se acumula, se erosiona y vuelve a nacer.


En esta lógica, cada tecnología es una prótesis perceptiva que relocaliza el alma. Lo humano es aquello que se expande a través de cables, ondas, bits y pantallas, sin dejar de estar, paradójicamente, anclado en la ancestral necesidad de ser reconocido por otro. Tal como recuerda Clifford Geertz, vivimos en un "entramado de significaciones" que nosotros mismos hemos tejido: habitamos lo que interpretamos.


Por eso, cuando el flujo mediático se acelera, también se acelera nuestra propia respiración simbólica. Cuando se fragmenta, se fragmenta nuestra identidad. Cuando se vuelve líquido, gaseoso o hipermediado, también nuestra humanidad se dispersa en nuevas superficies de inscripción.


La memoria que arde: el ser como archivo en combustión

Somos palabra que se recuerda, emoción que persiste, relato que se revisa. Somos la racionalidad que se piensa a sí misma, que se pregunta qué significa ser una sustancia parlante en un ecosistema donde cada gesto es indexado, cada emoción almacenada, cada fragmento de vida capturado por el ojo ubicuo de la técnica.


Ese archivo vivo, esa narrativa que arde, nos revela algo esencial: ser humano es ser memoria en fuga. Un constante reajuste de significaciones que nos devuelven, una y otra vez, al enigma central de nuestra condición.

En esta perspectiva, podríamos dialogar con Jean-Luc Nancy cuando afirma que el ser es siempre “co-ser”: un existir abierto, expuesto, compartido. Un ser que solo adviene en la resonancia con el otro, en la vibración conjunta que activa el sentido. Y quizás por ello duele tanto comunicar: porque comunicar es exponerse, es dejar que el otro altere la sustancia misma de nuestra narrativa.


El signo que nos sostiene

El medio es la morada y la mirada del ser. Frase que nos regresa al umbral donde todo inicia: al átomo cognitivo, a la sustancia parlante, al flujo que memoriza. Y es allí, en ese circuito, donde comprendemos que no somos meramente usuarios de sistemas simbólicos, sino criaturas ontológicas que existen gracias a ellos.


Nuestra vida es un texto inacabado. Un manuscrito que cada día recibe nuevas glosas, tachaduras, adjetivos y silencios. Y mientras el mundo se digitaliza, se dispersa y se reinventa, queda esta certeza íntima:

Somos palabra que busca su propio eco; somos relato que insiste; somos signo que respira en la frontera entre la materia y el misterio.


La pregunta, entonces, queda abierta como una herida luminosa: ¿qué historia estamos escribiendo hoy con nuestra existencia simbólica… y quién podrá leerla mañana?

1 comentario


Miembro desconocido
05 dic 2025

Muy buena reflexión


Me gusta
bottom of page