Sustancia, Cuerpo y Sentido: Pausa y Profundidad en la Era de la IA
- hace 2 días
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab,
Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Al conquistar la era digital, terminamos extraviando las coordenadas de espacio, tiempo y presencia que otorgaban densidad a nuestra existencia académica y vital. Por eso regreso y regresaré, una y otra vez, a la noción de la Slow University y el Slow Professor: no como un gesto romántico ni como una resistencia nostálgica al porvenir, sino como un acto profundamente ético para restaurar la sustancia perdida, para devolverle al pensamiento la pausa que permite incubar sentido, para que las preguntas vuelvan a encarnarse y la vida recupere ese espesor que la vuelve digna de ser habitada.
Topografías de la pausa: cuando el pensar vuelve a tener peso
Sustancia, cuerpo y sentido: tres ejes que no aparecen únicamente como conceptos, sino como umbrales ontológicos para comprender qué significa contemplar en la era de la inteligencia artificial. En el mundo hipermediado, la experiencia humana se ha desmaterializado al punto de convertirnos en flujos sin fricción, en señales sin arraigo, en presencias sin cuerpo.
La contemplación, lejos de ser un lujo, constituye la única condición para volver a resonar.
Resonar implica que cada partícula del ser vuelva a vibrar en la vida del otro, como diría Merleau-Ponty, es el cuerpo el que piensa, el que advierte, el que siente. Cuando la vida se hace demasiado ligera, se evapora. Cuando el cuerpo deja de pesar, deja también de significar.
La contemplación es el lugar donde la humanidad vuelve a hacerse audible para sí misma. No es pasividad: es reclamo ontológico. Es el espacio donde se articulan nuestras angustias, nuestros miedos y nuestras preguntas más íntimas, pero bajo la forma de una conciencia que se sabe hecha para el sentido.
En este tránsito digital hemos perdido algo esencial, y no pertenece al campo de lo cuantificable: hemos perdido lo experiencial, aquello que no puede comprimirse en datos, ni transmitirse en 4K, ni almacenarse en la nube sin perder su vibración primera.
Kundera y el arte de volver a caer
Kundera y su Insoportable levedad del ser condensa una intuición crucial para comprender al sujeto digital. Cuando la existencia se hace ligera, deja de doler.
Y cuando deja de doler, deja de pensarse.
Kundera escribió: “La carga más pesada nos derrumba, pero también afianza nuestras vidas.” Sin peso, no hay biografía. Sin cuerpo, no hay historia. Sin límite, no hay trascendencia.
Cuando la vida se vuelve gaseosa, el sujeto deja de experimentar el mundo como un territorio de fricciones y rupturas. Y sin ruptura no hay conciencia, no hay ética, no hay pregunta. Somos, entonces, átomos flotando, partículas sin punto de condensación.
Pero la existencia necesita espesarse.
Necesita volver a hacerse líquida… y eventualmente sólida. Porque solo lo sólido se rompe, y solo en el quiebre la existencia se reconoce a sí misma como existencia.
El régimen gaseoso del mundo digital
La vida digital como un estado gaseoso. En ese estado:
nada duele,
nada pesa,
nada se fractura,
nada se encarna.
Es la suspensión de la gravedad humana.
La hipermediación ha construido un ecosistema donde el sujeto circula entre pantallas como un espectro que interactúa sin presencia. La compañía se reemplaza por la simulación de compañía. La conversación por la ejecución de una respuesta. La escucha por el procesamiento de la señal.
Hoy nos encontramos con una paradoja:
El mundo está saturado de cuerpos, pero vivimos solos. Transitamos entre multitudes, pero habitamos un desierto interior. Interactuamos sin cesar, pero no estamos presentes.
La resonancia, esa vibración que conecta a un ser con otro, exige cuerpo, sustancia y sentido. Nada de eso puede ser programado por un algoritmo, aunque sí puede ser erosionado por el ecosistema digital.
El aula como refugio de densidad
¿Cómo trasladar la lógica de la contemplación al aula?
La Slow University no es una reivindicación romántica: es una agenda civilizatoria.
Es el llamado a recuperar el aula como un lugar de densidad ética y epistémica.
La universidad debe: suspender la compulsión por la velocidad, crear silencios fértiles, restaurar la fricción entre palabra, cuerpo y pensamiento, privilegiar las experiencias por encima de los contenidos, defender la presencia frente a la interfaz.
La tecnología, lejos de ser negada, debe convertirse en un umbral crítico, un instrumento que potencie la reflexión sin sustituirla. Necesitamos alfabetizaciones de profundidad, no solo competencias operativas.
La IA puede ampliar el pensamiento. Pero para que amplíe, primero debe existir pensamiento. Para que ilumine, primero debe haber sombra.
La tarea urgente: devolverle solidez al ser. Lo que hoy necesitamos no es más información; es más existencia.
Necesitamos:
pausa para volver a mirar,
profundidad para volver a sentir,
presencia para volver a ser.
En la era digital y de las inteligencias artificiales, la resistencia más radical consiste en volver a encarnar la vida.
Devolverle sustancia.
Devolverle cuerpo.
Devolverle sentido.
Porque sin sentido no hay futuro,
y sin cuerpo no hay humanidad posible.
La verdadera revolución no está en acelerar la mente, sino en recuperar la gravedad del espíritu. La vida gaseosa no puede ser nuestro destino final. Necesitamos, de nuevo, aprender a caer. A quebrarnos. A doler.
Solo así la existencia, en toda su fragilidad, volverá a ser plenamente nuestra.




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