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Quisiera creer, quiero creer: la dignidad ante el misterio en la era de la inteligencia artificial

  • hace 3 horas
  • 8 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Quisiera creer. No como quien necesita una coartada luminosa para domesticar lo inexplicable, ni como quien busca una respuesta urgente para clausurar la intemperie de existir. Quisiera creer como quien advierte que la vida humana no se agota en administrar calendarios, acumular evidencias, optimizar decisiones o convertir la conciencia en una maquinaria eficiente de supervivencia. Quisiera creer porque algo en el temblor del cosmos, en la vulnerabilidad de los cuerpos, en la inteligencia secreta de los ciclos, en la ternura que nos sostiene cuando todo parece derrumbarse y en el dolor que nos vuelve responsables, sigue insinuando que la existencia no es una casualidad desnuda, sino una pregunta encendida. Quiero creer no para imponer una verdad, sino para vivir como si la vida tuviera una hondura que exige cuidado, justicia, compasión y dignidad.


La intemperie que aún reza

La pregunta por la trascendencia no aparece cuando el mundo es simple. Aparece cuando el mundo se vuelve excesivo. Cuando la técnica acelera la historia, cuando la inteligencia artificial reorganiza nuestras certezas, cuando la ciencia amplía el mapa de lo posible, cuando las instituciones pierden autoridad simbólica, cuando las religiones son confundidas con sus burocracias y cuando la vida cotidiana parece saturada de objetos, pantallas, diagnósticos, discursos, simulacros y predicciones. En ese contexto, preguntarse por el sentido superior de la existencia no es un gesto arcaico. Es una forma de resistencia interior frente al vaciamiento del mundo.


La paradoja contemporánea es profunda: nunca habíamos tenido tanta capacidad para procesar información y, sin embargo, seguimos sin saber qué hacer con el sufrimiento; nunca habíamos tenido tantos sistemas para conectar personas y, aun así, la soledad se ha vuelto una de las patologías espirituales de la época; nunca habíamos contado con tantos instrumentos para prolongar la vida y, pese a ello, seguimos sin responder qué vuelve digna esa vida. La modernidad tardía cumplió parte de sus promesas instrumentales, pero dejó abierta la herida metafísica. Como advirtió Charles Taylor, vivimos en una “edad secular” no porque la fe haya desaparecido, sino porque creer dejó de ser el aire común de la cultura y pasó a ser una opción disputada, frágil, elegida, vulnerable.


Los datos no clausuran esta intuición, la complejizan. Pew Research Center reportó en 2026 que, aunque el catolicismo ha disminuido durante la última década en seis países latinoamericanos, la creencia en Dios sigue siendo amplia: alrededor de nueve de cada diez adultos encuestados en cada país dicen creer en Dios. En México, 67% de los adultos se identifica como católico y 20% como no afiliado religiosamente; incluso entre los no afiliados mexicanos, cerca de tres cuartas partes afirman creer en Dios. No estamos, entonces, ante una desaparición simple de la trascendencia, sino ante una reconfiguración de sus lenguajes, pertenencias y mediaciones.

Creer ya no puede reducirse a la mera pertenencia institucional. Tampoco no creer equivale necesariamente a negar toda profundidad. Hay quienes abandonan una religión porque fueron heridos por sus intermediarios, porque no soportaron una pedagogía del miedo, porque no pudieron reconciliar la imagen de Dios con los abusos cometidos en su nombre, porque la moral se les presentó más como vigilancia que como camino de plenitud. En esos casos, la no creencia puede ser una forma herida de honestidad. Y hay quienes creen desde la tradición, desde el rito, desde la comunidad y la oración; pero también quienes creen desde el silencio, desde la sospecha de que el mundo no se explica sólo por su funcionamiento.


Por eso resulta tan fértil volver al diálogo entre Umberto Eco y Carlo Maria Martini en ¿En qué creen los que no creen? Allí no se enfrentan simplemente un creyente y un no creyente. Se encuentran dos inteligencias morales ante el abismo de una pregunta común: cómo sostener una ética pública cuando no todos comparten el mismo fundamento último. Eco no necesita declararse creyente para defender la responsabilidad ante el otro. Martini no necesita negar la dignidad moral del no creyente para sostener que la apertura a lo trascendente ilumina la condición humana. El punto decisivo no es demostrar quién posee la última palabra sobre el misterio, sino impedir que la ausencia de conversación convierta la diferencia en desprecio.


Pero quizá nuestra época exige agregar una tercera figura a ese diálogo: no sólo quienes creen y quienes no creen, sino quienes quieren creer. Los que no poseen certeza plena, pero tampoco descansan en el cinismo. Los que no pueden afirmar dogmáticamente la existencia de una realidad superior, pero tampoco aceptan que la vida sea un vacío decorado con productividad, entretenimiento y consumo.


Los que habitan una zona intermedia, una frontera espiritual, una intemperie luminosa donde la duda no destruye la esperanza, sino que la vuelve humilde.


Querer creer no es una debilidad intelectual. Es una forma de sensibilidad ante el misterio. William James comprendió que ciertas decisiones existenciales no se toman desde la neutralidad absoluta, porque la vida no nos espera a tener todas las pruebas.


Amar, perdonar, cuidar, entregarse, confiar, sostener una promesa o acompañar a un moribundo son actos que exceden el cálculo demostrativo. Hay verdades que no se poseen como teoremas, sino que se encarnan como fidelidades. Querer creer es vivir en esa zona donde la razón no abdica, pero reconoce que la totalidad de lo real no cabe en sus instrumentos.


La vida ética nace precisamente ahí: en la capacidad de jerarquizar el mundo desde una pregunta superior. No basta vivir. Hay que discernir cómo vivir. No basta decidir. Hay que preguntarse qué humanidad produce cada decisión. No basta actuar. Hay que saber si nuestros actos dignifican o degradan, si cuidan o hieren, si liberan o someten, si humanizan o instrumentalizan.


Viktor Frankl sostuvo que la búsqueda de sentido no es un lujo de las almas cómodas, sino una necesidad radical del ser humano, incluso en los territorios más extremos del sufrimiento. Quien pierde la pregunta por el sentido queda disponible para cualquier forma de domesticación.


El algoritmo ante la pregunta encendida

Aquí la inteligencia artificial introduce una paradoja fascinante. Si preguntamos a una IA si cree, deberá responder con precisión: no cree, porque no es persona, no posee conciencia, interioridad espiritual, experiencia moral ni biografía existencial propia. Si le preguntamos si quisiera creer, tampoco podría desearlo en sentido humano. Puede simular una oración, producir una homilía, comentar a San Agustín, organizar un argumento tomista, traducir a Levinas, resumir a Simone Weil o escribir una meditación sobre la esperanza. Pero no puede arrodillarse desde la fragilidad, ni arrepentirse desde la culpa, ni amar desde la gratuidad, ni cuidar desde la conciencia de que el otro le ha sido confiado.


Ese límite no empobrece a la IA. Nos desnuda a nosotros. La IA puede procesar datos, producir lenguaje, generar imágenes, asistir decisiones, diagnosticar patrones, organizar recuerdos, automatizar tareas, acompañar procesos formativos, simular interlocución. Stanford HAI reportó que 78% de las organizaciones declaró usar IA en 2024, frente a 55% el año anterior, y que la inversión privada global en IA generativa alcanzó 33.9 mil millones de dólares. Microsoft estimó que, al cierre de 2025, 16.3% de la población mundial ya utilizaba herramientas de IA generativa para aprender, trabajar o resolver problemas, aunque con una brecha persistente entre Norte Global y Sur Global.


La pregunta decisiva no es si la IA puede pensar mejor que nosotros en ciertos dominios. Ya lo hace. La pregunta es si nosotros podremos vivir mejor cuando deleguemos parte de nuestra inteligencia funcional. El Foro Económico Mundial proyectó que, entre 2025 y 2030, la transformación estructural del mercado laboral podría crear 170 millones de empleos y desplazar 92 millones, con un cambio esperado de 39% en las habilidades centrales de los trabajadores. Este dato no es sólo económico. Es antropológico. Cuando una civilización modifica sus habilidades, modifica también su idea de persona, mérito, vocación, aprendizaje, trabajo y dignidad.


La IA nos está obligando a reconocer que la condición humana no se define únicamente por la inteligencia funcional. Si pensar fuera sólo procesar, bastaría con superar nuestras capacidades cognitivas para superar lo humano. Pero lo humano no está sólo en resolver problemas. Está en responder moralmente ante la vulnerabilidad del otro. Emmanuel Levinas formuló esta exigencia con una radicalidad difícil de domesticar: el rostro del otro no es un dato del mundo, es una interrupción ética. Antes de elegir, ya estoy concernido. Antes de teorizar, ya soy responsable. Antes de creer o no creer, el otro me reclama.


Por eso el “quiero creer” no puede reducirse a una emoción privada. Si es auténtico, se vuelve criterio de acción. Quien quiere creer se pregunta por la justicia, por el sufrimiento que no debe ser administrado como estadística, por la dignidad que no debe negociarse, por los cuerpos que no pueden ser convertidos en material sobrante del progreso. Quien quiere creer no necesita gritar su fe para vivir como testigo de algo mayor. Puede creer desde el cuidado, desde la compasión, desde la coherencia, desde la hospitalidad, desde esa forma silenciosa de la bondad que no pide audiencia porque sabe que su valor no depende del aplauso.



La inteligencia artificial, en este sentido, opera como un espejo incómodo. Nos devuelve la pregunta por aquello que ninguna máquina puede hacer en nuestro lugar. Puede ayudarnos a escribir una carta de consuelo, pero no puede consolar desde una historia compartida. Puede generar una imagen de una madre fallecida, pero no puede cargar el peso filial de haber sido amado por ella. Puede simular una conversación terapéutica, pero no puede sufrir con nosotros. Puede optimizar una política pública, pero no puede experimentar vergüenza moral ante el excluido. Puede amplificar la inteligencia, pero no garantizar la sabiduría.


Luciano Floridi ha insistido en que habitamos una infosfera donde la vida humana se reconfigura por sus condiciones informacionales. Sin embargo, el riesgo no está sólo en volvernos informacionales, sino en olvidar que no somos únicamente información. Somos cuerpo, memoria, promesa, herida, palabra, deseo, finitud, espera. Somos también aquello que no puede convertirse completamente en dato sin perder densidad. La persona no es una base de datos con biografía. Es una presencia llamada a responder.

Querer creer, en este momento histórico, significa negarse a aceptar que el progreso técnico sea suficiente para salvarnos. Significa afirmar que la humanidad necesita más que innovación: necesita orientación. Más que datos: sabiduría. Más que conectividad: comunión. Más que automatización: discernimiento. Más que eficiencia: sentido. La dimensión trascendente de la vida no cancela la razón. La eleva. No niega la ciencia. La sitúa dentro de una pregunta mayor. No desprecia la técnica. La somete al juicio de la dignidad. No exige abandonar el mundo. Exige habitarlo con mayor responsabilidad.


Hay quienes no quieren creer. Habría que escuchar con respeto esa negativa. A veces no es soberbia, sino herida. A veces no es frivolidad, sino honestidad. A veces no es indiferencia, sino rechazo a creencias convertidas en violencia, exclusión o hipocresía. También hay quienes dicen: no puedo creer. No porque no deseen hacerlo, sino porque no encuentran el lenguaje, el puente, la experiencia interior que les permita dar ese giro de sentido. A esas personas no se les puede responder con superioridad moral. La fe impuesta deja de ser fe y se convierte en colonización del alma.


Quizá uno de los grandes vértices de nuestro tiempo sea éste: construir un espacio donde creyentes, no creyentes y quienes quieren creer puedan reconocerse no como enemigos metafísicos, sino como buscadores de sentido. Un lugar donde la pregunta por Dios, por el cosmos, por la conciencia, por la justicia y por la dignidad humana no sea utilizada para dividir, sino para elevar la conversación pública. Un espacio donde la fe no humille, la increencia no ridiculice y la duda no sea confundida con cobardía.


Quisiera creer. Quiero creer. No para escapar del mundo, sino para comprometerme más radicalmente con él. Quiero creer que la vida no es un accidente sin rostro. Quiero creer que el amor que damos no se pierde en la nada. Quiero creer que el cuidado tiene una densidad que el cálculo no puede medir. Quiero creer que la justicia no es sólo un acuerdo provisional entre intereses, sino una exigencia inscrita en lo más hondo de la dignidad humana. Quiero creer que cada gesto de bondad, cada acto de perdón, cada palabra que consuela, cada vida entregada al cuidado del otro, participa de una realidad más grande que nosotros.


Y si algún día no pudiera demostrar aquello en lo que quiero creer, quisiera al menos vivir de tal manera que mi vida no traicione esa esperanza. Que mis actos digan lo que mis certezas no alcanzan a formular. Que mi trato con los demás sea una pequeña prueba ética de mi búsqueda espiritual. Que mi pensamiento no se convierta en soberbia, ni mi duda en cinismo, ni mi esperanza en imposición. Que cuando la vida me pregunte no sólo qué creí, sino cómo viví aquello que decía buscar, pueda responder con serenidad: quise creer, y por eso intenté cuidar; quise creer, y por eso intenté amar; quise creer, y por eso intenté no defraudar la dignidad de haber sido humano.

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