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Habitar la dignidad: las nuevas fronteras invisibles del bienestar desigual

  • 27 abr
  • 10 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México.




La desigualdad ya no siempre entra por la puerta vestida de carencia absoluta. A veces se sienta en la mesa con forma de cansancio, de trayecto interminable, de insomnio, de notificación que interrumpe la cena, de cuerpo que no alcanza a cuidarse, de casa que apenas sirve para dormir, de ciudad que niega sombra, de salario que permite sobrevivir pero no florecer. La nueva pobreza no siempre se mide en lo que falta dentro del bolsillo, sino en aquello que se ha vuelto imposible dentro de la vida: tiempo, silencio, descanso, belleza, naturaleza, vínculo, salud, presencia. Quizá la gran fractura contemporánea ya no separa solamente a quienes tienen más de quienes tienen menos, sino a quienes todavía pueden habitar su existencia y a quienes apenas alcanzan a administrarla.


Durante décadas, la conversación pública sobre la desigualdad encontró en el ingreso su gramática dominante. La distancia social parecía escribirse con cifras relativamente legibles: salario, propiedad, consumo, escolaridad, patrimonio. La pobreza se representaba como ausencia material y la riqueza como acumulación visible. La casa, el automóvil, la ropa, la colonia, la escuela o el barrio funcionaban como signos exteriores de una estructura social que, aunque compleja, todavía podía observarse en la superficie del mundo. Sin embargo, esa cartografía resulta hoy insuficiente. No porque la desigualdad económica haya perdido centralidad, sino porque se ha vuelto más sofisticada, más íntima, más distribuida en los pliegues de la experiencia cotidiana.


México ofrece un punto de partida ineludible para dimensionar esa tensión. La medición oficial de pobreza multidimensional reportó que en 2024 el 29.6% de la población se encontraba en situación de pobreza, equivalente a 38.5 millones de personas, y que 7.0 millones estaban en pobreza extrema; al mismo tiempo, 32.2% de la población era vulnerable por carencias sociales. El dato importa no sólo por su magnitud, sino porque recuerda que la dignidad depende de un entramado de derechos, ingresos, servicios, salud, vivienda, educación y alimentación. La vida digna no se reduce a tener dinero disponible; exige condiciones materiales y simbólicas para sostener una existencia no devastada.


La desigualdad contemporánea se ha desplazado hacia un territorio más delicado: la habitabilidad. Hay personas que pueden vivir cerca de su trabajo, caminar por calles arboladas, ejercitarse, cocinar con calma, sostener vínculos, tomar terapia, cuidar a sus hijos, convivir con su familia, sus mascotas, apagar el teléfono, proteger su sueño y habitar una casa que no sea sólo estación de recarga biológica. Hay otras que inician el día antes de que amanezca, cruzan la ciudad en transportes saturados, trabajan bajo esquemas de hiperdisponibilidad, regresan cuando la vida familiar ya ocurrió, comen de prisa, duermen mal y convierten el fin de semana en un frágil taller de reparación del cuerpo.


La primera gran brecha es la del tiempo. No el tiempo abstracto del calendario, sino el tiempo encarnado, ese que se siente en la espalda, en la mandíbula apretada, en la respiración corta, en la irritabilidad, en la ausencia de juego. En la economía industrial, el tiempo fue disciplinado por la fábrica; en la economía digital, se ha vuelto un recurso extraído por plataformas, organizaciones, trayectos, pantallas y expectativas de productividad. La persona contemporánea no sólo vende fuerza de trabajo; entrega atención, disponibilidad emocional, datos, flexibilidad, sueño y presencia.


La Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo estimaron que las jornadas prolongadas estuvieron asociadas con 745 mil muertes por accidente cerebrovascular y cardiopatía isquémica en 2016, un aumento de 29% respecto del año 2000. Esta cifra no habla sólo de salud ocupacional; revela una civilización que convirtió el exceso en método y la fatiga en indicador de compromiso. Cuando trabajar demasiado enferma, cuando transportarse demasiado desgasta, cuando conectarse demasiado fragmenta, el problema ya no es individual. Es una arquitectura social que aprendió a llamar eficiencia a la erosión de la vida.


El tiempo libre, en este marco, deja de ser un lujo menor para convertirse en una forma de soberanía existencial. Quien posee tiempo puede elegir, vincularse, pensar, recordar, cocinar, caminar, cuidar, leer, contemplar. Quien carece de él queda atrapado en una forma silenciosa de expropiación. Byung-Chul Han ha descrito la sociedad del rendimiento como aquella en la que el sujeto termina explotándose a sí mismo bajo la ilusión de libertad. Esa intuición adquiere aquí una densidad concreta: el cansancio contemporáneo no siempre procede de una autoridad externa visible, sino de una cultura que internalizó la obligación de optimizarlo todo.


La movilidad aparece entonces como una segunda frontera moral. No se trata únicamente de rutas, unidades o infraestructura; se trata de la experiencia corporal de atravesar la ciudad. La OCDE ha señalado que los altos costos de traslado en México obstaculizan el acceso al empleo y afectan las condiciones de vida, en un contexto donde el transporte público depende con frecuencia de modelos fragmentados, poco regulados y con unidades de baja capacidad. Cada minuto perdido en un trayecto hostil es una transferencia invisible de bienestar desde el cuerpo del trabajador hacia el funcionamiento ordinario de la economía urbana.


No llega igual al mundo quien pedalea quince minutos por una ciclovía sombreada que quien invierte tres horas entre empujones, ruido, miedo y calor. No se vincula igual quien regresa a casa con resto de tarde que quien llega vencido por la ciudad. No piensa igual quien camina entre árboles que quien atraviesa banquetas rotas, cables expuestos, basura, bocinas y abandono. La movilidad no sólo desplaza cuerpos; produce subjetividades. Forma paciencia o resentimiento, apertura o defensa, disponibilidad o agotamiento.


La tercera brecha es ecológica. El acceso a áreas verdes, aire respirable, sombra, agua, parques y espacios de encuentro se ha convertido en una infraestructura desigual del bienestar. La OMS ha insistido en que los espacios verdes y azules urbanos aportan beneficios ambientales, sociales, económicos y de salud, y que su valoración debe incorporarse a las decisiones de planeación urbana. Lo verde no es ornamento. Es salud pública, pedagogía de la convivencia, regulación emocional, posibilidad de infancia, memoria comunitaria y derecho a una belleza no privatizada.


Hay barrios donde el árbol es continuidad del hogar y otros donde la sombra se vuelve acontecimiento. Hay colonias donde el parque educa a los cuerpos en la confianza y otras donde el espacio público enseña sospecha. Pierre Bourdieu comprendió que las diferencias sociales no se reproducen únicamente a través del capital económico, sino mediante disposiciones, gustos, entornos y formas de relación con el mundo. En la ciudad contemporánea, el acceso a lo verde opera como capital ambiental y simbólico: no sólo mejora la salud, también comunica pertenencia, cuidado institucional y reconocimiento.


A ello se suma la brecha del cuerpo cuidado. La vida fitness, tantas veces reducida a estética aspiracional, revela una verdad más incómoda: no todos los cuerpos tienen las mismas condiciones para cuidarse. La OMS reportó que en 2024 casi una tercera parte de los adultos del mundo, cerca de 1,800 millones de personas, no cumplían con los niveles recomendados de actividad física; si la tendencia continúa, la inactividad podría alcanzar 35% en 2030. El dato desnuda un problema estructural. Mover el cuerpo exige tiempo, seguridad, energía, información, espacios adecuados y una cultura que no castigue el cuidado como si fuera improductividad.


El cuerpo sano no siempre es prueba de virtud individual. Con frecuencia es testimonio de condiciones favorables. La cultura contemporánea comete una grave injusticia simbólica cuando moraliza el deterioro físico, como si el cansancio, la obesidad, la ansiedad o el sedentarismo fueran únicamente fallas de voluntad. No todos pueden preparar comida saludable después de una jornada extendida. No todos pueden pagar un gimnasio, una consulta, un entrenador, una terapia. No todos pueden dormir en silencio. No todos pueden salir a correr sin miedo. No todos pueden convertir el autocuidado en rutina, porque a muchos apenas les queda cuerpo para terminar el día.


La economía del bienestar ha producido así un nuevo régimen de signos. La bicicleta, el café sin prisa, la clase de yoga, el perro en el parque, la casa iluminada, el huerto doméstico, la terapia, la desconexión digital, el trabajo híbrido, la tarde disponible y la cocina lenta se han vuelto emblemas de una vida lograda. No son en sí mismos problemas. El problema aparece cuando aquello que debería formar parte de una vida humanamente deseable se convierte en mercancía distintiva, en marcador de clase, en performance de equilibrio.


Las redes sociodigitales intensifican esa tensión. La vida habitable se vuelve imagen, encuadre, contenido, aspiración. Se exhibe el bienestar como estética y se ocultan las condiciones que lo hacen posible. Una casa ordenada, una mesa orgánica, un cuerpo tonificado, un escritorio minimalista, una caminata al amanecer o una mascota dormida junto a la computadora no sólo muestran una escena; producen una pedagogía silenciosa del deseo. El sujeto compara su vida funcional con la vida editada de otros. Allí donde antes se competía por objetos, hoy se compite por atmósferas.


La inteligencia artificial entra en este escenario no como elemento externo, sino como nuevo principio de organización del tiempo, la atención y el trabajo. En su mejor versión, puede liberar capacidades humanas, automatizar tareas repetitivas, ampliar acceso a servicios, personalizar aprendizajes, mejorar diagnósticos, optimizar movilidad y ayudar a diseñar ciudades más sensibles. En su peor versión, puede profundizar la vigilancia laboral, acelerar la producción, intensificar la disponibilidad, precarizar tareas cognitivas y convertir cada gesto humano en dato administrable.


La OCDE ha advertido que el uso de IA en el trabajo puede mejorar autonomía y satisfacción, pero también aumentar la intensidad laboral, reducir interacciones humanas y ampliar preocupaciones sobre privacidad cuando se usa para monitorear el desempeño. Este punto es crucial: la IA no sólo modifica empleos, modifica ritmos vitales. Puede convertirse en prótesis de autonomía o en dispositivo de extracción. Puede devolver tiempo o colonizarlo. Puede humanizar procesos o sofisticar la vigilancia.


El Foro Económico Mundial estima que las transformaciones laborales hacia 2030 podrían crear 170 millones de nuevos empleos y desplazar 92 millones, con un incremento neto de 78 millones; también anticipa que 39% de las competencias clave cambiarán para 2030. Estos datos no deben leerse únicamente desde la empleabilidad, sino desde la dignidad. La pregunta no es sólo qué trabajos sobrevivirán, sino qué vidas permitirán sostener. Un empleo del futuro que exige disponibilidad permanente, aprendizaje perpetuo sin protección, autooptimización emocional y conexión continua no representa progreso si deja intacta la maquinaria del desgaste.


La paradoja digital es feroz. La tecnología prometió ahorrar tiempo, pero muchas veces lo fragmentó. Prometió conexión, pero intensificó la soledad. Prometió flexibilidad, pero diluyó la frontera entre casa y trabajo. Prometió bienestar personalizado, pero multiplicó la comparación aspiracional. En México, 83.1% de la población de seis años y más usó internet en 2024, mientras 73.6% de los hogares contó con acceso; sin embargo, la brecha territorial persiste, con Ciudad de México y Sonora por encima de 84 % de hogares conectados, frente a Chiapas con 50.7%. La conectividad avanza, pero no siempre se traduce en ciudadanía digital, autonomía o bienestar.


Incluso entre quienes están conectados aparece una fatiga de fondo. El Instituto Federal de Telecomunicaciones reportó que 14.1% de usuarios de internet fijo y 26.6% de usuarios de telefonía móvil han intentado reducir el tiempo de uso, y que una cuarta parte reconoció haber dejado de realizar actividades por estar conectada. La pregunta ya no es sólo quién tiene acceso, sino quién conserva gobierno sobre su atención. La nueva brecha digital no se limita al acceso técnico; incluye la capacidad de desconectarse sin perder oportunidades, reputación, ingresos o pertenencia.


Aquí se revela una contradicción profunda del capitalismo contemporáneo: vende bienestar a sujetos agotados por las mismas estructuras que lo vuelven necesario. Primero captura el tiempo, luego comercializa técnicas para recuperarlo. Primero acelera la vida, luego ofrece mindfulness. Primero precariza el descanso, luego monetiza el sueño. Primero desarraiga al sujeto de su comunidad, luego le vende experiencias de conexión. Primero vuelve inhabitable la ciudad, luego privatiza oasis verdes. La economía del bienestar no siempre cura la herida; a veces administra rentablemente su permanencia.


Por eso hablar de dignidad exige ir más allá de la retórica motivacional. Martha Nussbaum ha insistido en que una sociedad justa debe garantizar capacidades reales para que las personas puedan vivir, cuidar su cuerpo, imaginar, vincularse, jugar, participar y relacionarse con otras especies y con la naturaleza. Esta mirada permite comprender que el bienestar no es un lujo psicológico, sino una estructura de posibilidad humana. La dignidad se juega en la capacidad efectiva de desplegar vida, no sólo de mantener funciones biológicas o cumplir metas productivas.


La casa, en este horizonte, vuelve a ser una categoría política. No basta con tener techo si la vivienda está desconectada del tiempo, del cuidado, del descanso y de la comunidad. Una casa que sólo recibe cuerpos vencidos no es plenamente hogar. Una ciudad que exige jornadas de traslado incompatibles con la vida familiar no es plenamente ciudad. Una empresa que proclama innovación mientras devora la salud mental de sus trabajadores no es plenamente moderna. Una universidad que forma competencias sin formar sentido corre el riesgo de preparar sujetos técnicamente funcionales y existencialmente exhaustos.


La discusión pública necesita entonces desplazarse de la distribución de bienes hacia la distribución de condiciones de florecimiento. No para abandonar la lucha contra la pobreza material, sino para comprender que el ingreso es una condición necesaria, nunca suficiente. Una sociedad justa no sólo eleva salarios; devuelve tiempo. No sólo construye infraestructura; produce entornos habitables. No sólo conecta usuarios; forma ciudadanos digitales capaces de cuidar su atención. No sólo incorpora IA; la gobierna desde principios de justicia, explicabilidad, proporcionalidad y centralidad de la persona. No sólo mide productividad; mide cansancio, soledad, trayectos, acceso al verde, salud mental, sueño, cuidado y sentido.


En este punto, la espiritualidad aparece no como evasión del mundo, sino como resistencia a la reducción de la persona a rendimiento. Toda tradición humanista profunda ha sabido que el ser humano necesita más que eficiencia. Necesita contemplación, gratuidad, comunidad, silencio, belleza, cuidado, fiesta, duelo, memoria y esperanza. La dignidad no se sostiene únicamente en derechos declarados, sino en formas concretas de vida que permitan experimentar que existir no es sólo cumplir, responder, producir, pagar y resistir.


La nueva agenda ética del bienestar deberá interrogar a empresas, gobiernos, instituciones académicas, plataformas y ciudadanos. ¿Qué tecnologías devuelven tiempo y cuáles lo capturan? ¿Qué modelos laborales permiten vida y cuáles la parasitan? ¿Qué ciudades curan y cuáles enferman? ¿Qué algoritmos cuidan y cuáles intensifican la vigilancia? ¿Qué formas de éxito enseñamos a los jóvenes cuando les decimos que deben ser productivos, visibles, saludables, creativos, disponibles y felices al mismo tiempo?


La desigualdad más peligrosa será aquella que parezca elección personal. Aquella que diga: si no descansas, organízate; si no te ejercitas, disciplínate; si no comes bien, decide mejor; si no desconectas, aprende a poner límites; si no eres feliz, trabaja en ti. Todo ello puede ser parcialmente cierto y, al mismo tiempo, profundamente injusto si olvida las estructuras que distribuyen de manera desigual el tiempo, el espacio, la seguridad, la energía, la información y el cuidado.


Habitar la dignidad implica reconstruir el pacto civilizatorio desde una premisa sencilla y radical: ninguna vida debería quedar reducida a la gestión de su propio agotamiento. Si el siglo XXI quiere llamarse humano, deberá dejar de confundir bienestar con consumo premium y empezar a reconocerlo como derecho relacional, urbano, laboral, ecológico, digital y espiritual. La tarea no consiste en aspirar a una vida perfecta, sino en impedir que el descanso, la belleza, el cuidado y el tiempo se vuelvan privilegios de unos cuantos. Porque cuando una sociedad convierte la posibilidad de vivir plenamente en signo de clase, ya no sólo produce desigualdad; fabrica intemperie para el alma.

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