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Se aproxima un largo invierno: automatización, trabajo y la obligación de sembrar una primavera humana

  • hace 7 días
  • 9 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México

Hay signos que no irrumpen; se depositan. No llegan como relámpago, sino como escarcha. Primero cambian la cadencia de los gestos cotidianos, después alteran la velocidad de las decisiones, más tarde reorganizan el valor de ciertas capacidades y, cuando por fin advertimos su presencia, ya han erosionado aquello que una sociedad consideraba indispensable para sostener su equilibrio. La automatización, la robotización y la inteligencia artificial pertenecen a esa familia de transformaciones silenciosas: no son simples innovaciones técnicas, sino fuerzas de reconfiguración antropológica, económica, política, cultural y espiritual. Lo que modifican no es únicamente la manera en que producimos, sino el modo en que comprendemos el trabajo, la utilidad, la pertenencia y la dignidad. La pregunta, por tanto, no es si las máquinas serán más eficientes que nosotros. La pregunta es qué quedará de nosotros cuando una parte considerable de la vida social haya sido rediseñada para necesitar cada vez menos humanidad visible.


Se aproxima un largo invierno. No como profecía de desastre, sino como metáfora de enfriamiento estructural: menor demanda de ciertas habilidades, mayor fragilidad para sectores amplios de la población, concentración del poder técnico en pocas corporaciones, precarización de quienes llegan tarde al nuevo lenguaje de la productividad y fractura entre quienes logran traducirse al código de la época y quienes permanecen anclados a competencias que el sistema empieza a considerar obsoletas.

Lo inquietante no es sólo la transformación del mercado laboral. Lo verdaderamente grave es que la sociedad parece seguir nombrando el fenómeno con el vocabulario empobrecido de la capacitación, cuando lo que está en juego es una mutación civilizatoria.


El Foro Económico Mundial estima que, hacia 2030, las transformaciones del mercado laboral podrían crear 170 millones de empleos y desplazar 92 millones, con un saldo neto positivo de 78 millones, aunque bajo una recomposición profunda de habilidades, sectores y trayectorias ocupacionales. Ese dato, leído sin densidad humana, podría tranquilizar. Parece decirnos que el mundo no se quedará sin trabajo, sólo con trabajos distintos. Pero esa lectura contable oculta el drama de las transiciones: entre un empleo que desaparece y otro que emerge hay biografías quebradas, edades desiguales, territorios sin infraestructura, instituciones lentas, familias endeudadas, subjetividades lastimadas y cuerpos que no siempre pueden reinventarse al ritmo de una presentación corporativa.

El mismo informe (The future of jobs report 2025), señala que 39% de las habilidades actuales de los trabajadores se transformarán o quedarán desactualizadas entre 2025 y 2030, y que, si el mundo laboral fuera una comunidad de cien personas, 59 necesitarían formación antes del final de la década, mientras 11 correrían el riesgo de no recibirla. Allí comienza el invierno: no en la máquina, sino en la asimetría de preparación ante ella.


La escena de trabajadores en la India usando cámaras en la cabeza para registrar sus movimientos y alimentar sistemas de aprendizaje automatizado condensa con brutal claridad el núcleo simbólico de nuestro tiempo. Bajo la retórica de la mejora continua, la seguridad, la eficiencia o la productividad, aparece una operación más profunda: observar cómo trabaja el sujeto, capturar sus patrones de acción, codificar sus errores, traducir sus aciertos en datos, convertir su experiencia en secuencia replicable y transferir ese saber a una lógica maquínica que eventualmente pueda prescindir de él. El trabajador ya no sólo produce. Produce el archivo de su sustitución. Ya no sólo ejecuta una tarea. Alimenta el modelo que aprenderá a ejecutar sin él.


La técnica deja entonces de ser mera prótesis y se vuelve anatomía inversa. Durante siglos, las herramientas ampliaron la mano, el ojo, la memoria, la fuerza, la distancia. El martillo prolongó el brazo; el telescopio amplió la mirada; la imprenta multiplicó la palabra; la computadora expandió el cálculo. El giro contemporáneo es distinto. La inteligencia artificial no sólo extiende capacidades humanas: las estudia, las descompone, las abstrae, las operacionaliza. La relación ya no es instrumental, sino extractiva y epistemológica. La máquina aprende del sujeto, pero lo hace convirtiendo su singularidad en patrón, su oficio en base de datos, su juicio práctico en variable, su experiencia situada en procedimiento transferible.


Karl Marx había intuido, en los fragmentos sobre las máquinas, que el conocimiento social general podía incorporarse al sistema productivo como fuerza directa de producción. Pero lo que hoy se incorpora no es únicamente el conocimiento científico estabilizado, sino la microgestualidad del trabajo vivo: la inclinación de la mano, el tiempo de reacción, la corrección intuitiva, el movimiento mínimo que no estaba escrito en ningún manual.


Shoshana Zuboff llamó excedente conductual a la materia prima capturada por el capitalismo de vigilancia. En la fábrica algorítmica, podríamos hablar de excedente operacional: aquello que el trabajador hace, sabe, ajusta y resuelve sin advertir que cada gesto puede ser convertido en entrenamiento maquínico.


No se trata de demonizar la automatización. Sería una torpeza nostálgica. La mecanización permitió producir más, reducir esfuerzos, democratizar bienes, disminuir riesgos físicos y liberar a millones de personas de tareas extenuantes. La historia de la técnica también es historia de alivios. Pero toda ganancia técnica ha venido acompañada de una disputa por la distribución de sus frutos.


La Revolución Industrial desplazó oficios, reorganizó familias, destruyó autonomías artesanales, concentró medios de producción y disciplinó cuerpos bajo el reloj fabril. Karl Polanyi en The great transformation: The political and economic origins of our time, explicó que convertir el trabajo en mercancía ficticia implicaba subordinar la vida humana a una lógica de mercado que jamás podía contenerla por completo. Hoy asistimos a una segunda ficción: convertir la experiencia laboral en dato disponible, como si el saber encarnado pudiera separarse de la persona sin deuda moral alguna.


La diferencia contemporánea es que la nueva ola no recae solamente sobre la fuerza física ni sobre tareas repetitivas. La inteligencia artificial generativa y los sistemas de automatización cognitiva alcanzan redacción, síntesis, traducción, clasificación, programación, diagnóstico preliminar, atención al cliente, diseño visual, análisis jurídico, acompañamiento docente, gestión administrativa, investigación documental y producción simbólica.


La Organización Internacional del Trabajo ha señalado que el efecto dominante de la inteligencia artificial generativa tendería más a transformar y aumentar ocupaciones que a automatizarlas por completo, aunque con impactos diferenciados, especialmente en trabajos administrativos y de oficina, donde la presencia femenina es significativa. Esa precisión importa: no estamos ante un reemplazo homogéneo, sino ante una reorganización desigual de tareas, poder y valor.


El Fondo Monetario Internacional estima que cerca del 40% del empleo global está expuesto a la inteligencia artificial y que, en economías avanzadas, la exposición alcanza alrededor del 60%. Una parte de esos empleos podría beneficiarse por aumentos de productividad, mientras otra podría enfrentar menor demanda laboral, menores salarios o desaparición de funciones.


La OCDE, por su parte, advierte que las ocupaciones con mayor riesgo de automatización representan alrededor del 27% del empleo en sus países miembros y que tres de cada cinco trabajadores encuestados expresan preocupación por perder su empleo debido a la IA en los próximos diez años. El dato económico se convierte así en síntoma psicológico: la automatización no sólo reorganiza industrias, también coloniza expectativas.


Por eso el invierno no debe leerse sólo como reconversión productiva. Está en juego la arquitectura del sentido social. Hannah Arendt distinguió entre labor, trabajo y acción para mostrar que no toda actividad humana se reduce a supervivencia ni a fabricación de objetos.


El trabajo moderno, con todas sus sombras, ha dado disciplina temporal, pertenencia, reconocimiento, aprendizaje, identidad y una forma concreta de inscribirse en la trama común. Incluso cuando ha sido alienante, ha operado como gramática de participación social. Si amplios sectores quedan desplazados de esa arquitectura, la pregunta no será únicamente cómo redistribuir ingresos, sino cómo reconstruir la experiencia de saberse necesario.


La erosión más profunda no será la pérdida del empleo, sino la pérdida de necesidad simbólica. Una sociedad que multiplica sujetos económicamente prescindibles sin ofrecerles nuevas formas de contribución corre el riesgo de incubar resentimiento, desafección, depresión colectiva, radicalización política y disponibilidad emocional para discursos autoritarios.


Donde se extingue el sentido de aporte, prospera la captura afectiva. Donde el sujeto se siente sobrante, cualquier narrativa que le prometa restauración puede convertirse en refugio. El invierno laboral puede volverse invierno democrático.


Aquí la metáfora del ecosistema simbiótico permite pensar con mayor precisión. Un ecosistema no sobrevive por la victoria de la especie más fuerte, sino por equilibrios delicados entre adaptación, cooperación, circulación de recursos, anticipación del entorno y protección de vulnerabilidades.


Algunas especies perciben antes el cambio de temperatura. Detectan variaciones en el alimento, mutaciones en el comportamiento de otros organismos, señales mínimas de una estación que se aproxima. No esperan a que el hielo cubra el territorio. Preparan reservas, modifican hábitos, alertan a la comunidad.


Hoy hay individuos, universidades, empresas, gobiernos y comunidades que ya han leído el cambio de clima. Comprenden que no basta con aprender a usar una plataforma ni con repetir fórmulas de productividad aumentada. La adaptación exige alfabetización algorítmica, pensamiento crítico, lectura ética de datos, creatividad situada, comprensión de sistemas, capacidad de diálogo humano-máquina, sensibilidad interdisciplinaria y una pedagogía de la incertidumbre. Pero la madurez de un ecosistema no se mide por la anticipación de sus élites, sino por la forma en que cuida a quienes no han podido anticiparse.


La primera responsabilidad consiste en nombrar el frío. No con pánico, sino con claridad. La segunda, habilitar capacidades. Alfabetizar no significa domesticar a las personas para que obedezcan al nuevo orden técnico. Significa dotarlas de criterios para comprenderlo, interrogarlo, apropiarlo, limitarlo y rediseñarlo. AI literacy, alfabetización mediática e informacional, ciudadanía digital, ética tecnológica, gestión de datos, pensamiento computacional, creatividad crítica, aprendizaje continuo y cultura del cuidado no son adornos curriculares. Son tecnologías de supervivencia civilizatoria.


La tercera responsabilidad es más incómoda: diseñar instituciones para quienes llegarán tarde, llegarán mal o no llegarán. Habrá rezagos materiales, generacionales, emocionales, geográficos y educativos. Habrá personas que no podrán reconvertirse con la velocidad que exige el mercado. Habrá trabajadores cuya experiencia no será fácilmente traducible a una nueva ocupación. Habrá comunidades enteras sin infraestructura suficiente para participar en la economía algorítmica. Reducir esa desigualdad a falta de mérito individual sería una forma moralmente sofisticada de crueldad.


El papa Francisco insistió en que el paradigma tecnocrático tiende a imponer una lógica de dominio que reduce la realidad a objeto manipulable. Esa advertencia adquiere espesor en el debate sobre IA y trabajo: cuando la eficiencia se convierte en criterio absoluto, la persona deja de ser centro y se vuelve obstáculo, costo, fricción, variable. El problema no es que la máquina trabaje. El problema es que el sistema olvide que el trabajo humano nunca fue sólo producción. También fue encuentro, disciplina interior, aprendizaje de límites, donación, cuidado, oficio, carácter y vínculo.


Richard Sennett comprendió el oficio como una forma de inteligencia encarnada. El artesano no sólo fabrica objetos; se fabrica a sí mismo en la paciencia de la materia. En un mundo saturado de reproducción maquínica, no resulta descabellado imaginar un retorno de lo manual, lo local, lo reparable, lo singular.


Huertos urbanos, carpintería, cocina lenta, cerámica, costura, restauración, fabricación de objetos no estandarizados, reparación comunitaria, arquitectura de proximidad y economías del cuidado podrían adquirir nuevo prestigio. No como romanticismo antimoderno, sino como recuperación de la densidad humana en un universo que tiende a la abstracción.


Pero lo artesanal también puede ser capturado por la desigualdad. Puede convertirse en lujo para quienes ya ganaron la carrera tecnológica y en precariedad estetizada para quienes quedaron fuera de ella. Puede ser refugio o simulacro. Puede devolver dignidad o convertirse en mercado de autenticidades para consumidores fatigados por la homogeneización algorítmica. De ahí que la pregunta decisiva no sea si volveremos a valorar lo hecho a mano, sino bajo qué condiciones económicas, simbólicas y políticas lo haremos.


La inteligencia artificial no traerá por sí sola una sociedad más justa ni una sociedad más cruel. Amplificará las lógicas con las que la insertemos en nuestras instituciones. Podrá servir para vigilar, extraer, precarizar y sustituir. También podrá personalizar aprendizajes, acompañar reconversiones, democratizar conocimiento, detectar vulnerabilidades, fortalecer servicios públicos, crear accesos para personas con discapacidad, reducir riesgos laborales y abrir nuevas formas de colaboración. La diferencia no está en el modelo, sino en el marco de sentido que lo gobierna.


Tal vez la mayor amenaza no sea la inteligencia artificial, sino una imaginación política demasiado pequeña. Pensar que todo se resolverá capacitando aceleradamente a las personas para que sigan siendo útiles al mismo sistema que las vuelve prescindibles es aceptar la pobreza moral del presente. Sí, hace falta formación. Sí, urge aprender a trabajar con inteligencia artificial. Sí, las universidades deben rediseñar currículos, las empresas deben invertir en reconversión y los gobiernos deben construir políticas de transición. Pero nada de ello bastará si no discutimos qué tipo de sociedad queremos sostener cuando la productividad deje de necesitar, en la misma proporción que antes, el trabajo humano masivo.


La pregunta no es sólo cómo conservar empleabilidad. La pregunta es cómo preservar humanidad. Cómo redistribuir no sólo ingreso, sino tiempo. Cómo crear formas de reconocimiento más allá del salario. Cómo convertir el excedente temporal en cuidado, aprendizaje, arte, comunidad, contemplación, servicio, ciudadanía y espiritualidad. Cómo evitar que el tiempo liberado por la automatización sea capturado por plataformas de entretenimiento infinito, economías de ansiedad o mercados de resentimiento.


Cómo impedir que la primavera prometida se convierta en una sala de espera administrada por algoritmos.


Si realmente se aproxima un largo invierno, la tarea histórica no consiste en administrarlo con resignación, sino en construir desde ahora las condiciones de una larga primavera. Una primavera hecha de conciencia crítica, alfabetización compartida, rediseño institucional, políticas de protección, marcos de gobernanza tecnológica, economías del cuidado, nuevas formas de contribución social y una renovada comprensión del valor humano más allá del rendimiento. Y si esa siembra se realiza con inteligencia y justicia, podría llegar también un largo verano: no el de la abundancia ciega que olvida sus dependencias, sino el de una cosecha común en la que la tecnología deje de ser instrumento de descarte y se convierta en aliada de una civilización más hospitalaria.


La pregunta decisiva, en el fondo, no es si el invierno llegará. Todo indica que ciertas formas de enfriamiento laboral, simbólico y social ya están en curso. La pregunta real es otra: qué estaremos cultivando mientras baja la temperatura. Si nos limitamos a competir por la supervivencia, el frío se volverá ley. Si aceptamos la responsabilidad de alertar, preparar, acompañar y rediseñar, todavía será posible convertir esta estación en tránsito y no en condena. Lo que hoy está en juego no es sólo el futuro del trabajo. Es el futuro de nuestra capacidad de seguir reconociéndonos como una comunidad digna de ser sostenida.

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