La economía de la contemplación: hacia una nutrición ética de lo digital
- 4 dic 2025
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La humanidad contemporánea vive inmersa en un extraño régimen sensorial: uno donde la atención se ha convertido en la moneda de mayor circulación y, al mismo tiempo, en el bien más disputado. Los famosos 3, 5 o 7 segundos, esa fracción mínima de mirada que plataformas, gobiernos, marcas y creadores se disputan, se han vuelto el nuevo territorio simbólico de la batalla cultural. No importa si es un video de YouTube, una story de Instagram, un post en Facebook o un reel resplandeciente: todos compiten por captarte, seducirte, retenerte. No solo quieren que mires, sino que permanezcas atrapado. Por eso el scroll infinito; por eso el doom scrolling; por eso la sensación de que no hay fondo, de que no existe último contenido posible. Todo está diseñado para que no dejes de consumir, de devorar, de absorber.
Así, las redes sociodigitales han convertido nuestra mirada en un apetito perpetuo y nuestras prácticas perceptuales en una suerte de antropofagia simbólica. Consumimos a los otros: sus vidas, sus gestos, sus alegrías, sus fracasos, sus afectos. Consumimos perfiles como quien mastica cuerpos ausentes. Consumimos lo que somos capaces de digerir, pero también lo que no deberíamos estar devorando.
Frente a esta economía de la atención, emerge la necesidad de un giro ético y espiritual: la economía de la contemplación.
Los latidos del tiempo sobrante
Las sociedades hipermodernas, afirma Lipovetsky, funcionan bajo los ritmos de un hedonismo acelerado que devora su propia sombra. La economía de la atención, antes de ser un modelo de negocios, fue una advertencia. Herbert Simon lo formuló con precisión quirúrgica: en un mundo saturado de información, lo realmente escaso será la capacidad de enfocarse. Michael Goldhaber amplió la idea señalando que la atención se convirtió en la mercancía esencial del capitalismo digital.
Pero la paradoja es más profunda. Clay Shirky habló del excedente cognitivo, esa reserva de tiempo liberado por la automatización que, lejos de convertirse en espacio reflexivo, ha sido colonizada por prácticas compulsivas de consumo. El tiempo libre desapareció, aunque no por agotamiento, sino por ocupación. Es tiempo hipotecado por plataformas cuyo modelo algorítmico encuentra en nuestra compulsión un recurso renovable. Hoy vivimos en la era del fin de los tiempos muertos y los hemos convertido en tiempos de consumo.
La tensión es clara: tiempo abundante, atención escasa. Lo verdaderamente perdido es la calidad ontológica de la mirada: esa atención que interpreta, que establece vínculos, que reconoce al otro no como espectáculo sino como existencia.
Respiraciones del espíritu digital
En El ser y el tiempo, Heidegger planteaba que habitar es siempre un modo de cuidar. Respirar, en ese sentido, es una metáfora de la forma en que administramos nuestra presencia. El ecosistema digital nos tiene hiperventilando: inhalamos estímulos a una velocidad que la conciencia simbólica es incapaz de procesar. El scroll es una coreografía sin exhalación.
La economía de la contemplación es, en este horizonte, una ontología respiratoria.
Una pedagogía del ritmo. Una estética del intervalo.
Respirar exige recuperar el cuerpo que hemos entregado a la interfaz. Contemplar exige restaurar la interioridad dañada por la inercia perceptiva de la inmediatez. En palabras de Byung-Chul Han, necesitamos “una mirada capaz de demorarse”, de sustraerse a la compulsión del rendimiento.
Respirar es volver al cuerpo. Contemplar es volver al sentido. Hacer la pausa implica mirar a fondo.
Nutrición digital: el metabolismo de lo simbólico
Pensar lo digital como dieta no es metáfora ligera. Elias Canetti advertía que toda cultura organiza sus modos de devorar; hoy devoramos imágenes, narrativas, afectos. Igual que en el cuerpo, la saturación no nutre: inflama.
Así como la mala alimentación genera obesidad o agotamiento metabólico, el consumo indiscriminado de contenidos produce: inflamación emocional, ansiedad cognitiva, dispersión narrativa, erosión del sentido.
Vivimos en un régimen de hipermediatización, donde identidades, vínculos y procesos culturales están mediados por plataformas que operan como ecosistemas simbólicos totales.
Cuidamos cada vez más lo que comemos, pero no lo que consumimos digitalmente.
Cuidamos la grasa y el azúcar, pero no el odio, la saturación o el ruido.
La nutrición digital exige criterio, pausa, ética. Exige una conciencia ecológica de los contenidos que ingresan a nuestro sistema simbólico.
Principios para una ruta del bienestar digital
No se trata de prohibir pantallas, sino de fundar un nuevo pacto ético con ellas.
Una economía de la contemplación requiere prácticas intencionales:
Consumo consciente. Preguntar antes de mirar: ¿Este contenido merece mi tiempo?¿Aporta algo a mi humanidad?
Pausas digitales. Interrupciones que devuelvan oxígeno al pensamiento, que crean condiciones para que la interioridad pueda hablar.
Curaduría personal. Elegir los contenidos como elegimos lo que ingresa al cuerpo. Filtrar es también un acto de dignidad.
Contemplación activa. No ver: comprender. No reaccionar: interpretar. No acumular: metabolizar.
Detox significativo. No una renuncia a la tecnología, sino una reconquista del sentido en ella. Una práctica espiritual de atención plena.
Ética de la mirada en tiempos de infinito deslizable
La contemplación es un gesto político. Resiste la aceleración, subvierte la lógica de captura, desautomatiza el dedo que desliza sin pensar. En términos de Lévinas, mirar con ética es reconocer el rostro del otro más allá del espectáculo.
En un mundo donde la vida fluye en estado de livestream, donde la existencia misma se evapora en la corriente de datos que nos expande y nos reduce a la vez, la contemplación recupera la densidad perdida. Nos devuelve el espesor humano que el capitalismo de la atención busca diluir.
Pensar es la nueva forma de desobediencia.
Respirar es el nuevo acto de resistencia.
Seleccionar es la nueva ética del habitar digital.
La economía de la contemplación no exige apagar las pantallas, sino desactivar la maquinaria que nos devora desde dentro. Convertir el consumo acelerado en alimento simbólico. Volver a habitar el mundo con mirada plena.
El desafío no es tecnológico. Es espiritual.
En un entorno donde la atención se compra, se vende y se subasta, la contemplación vuelve a ser la última forma de libertad, el umbral donde todavía podemos decidir cómo queremos existir.
Hay épocas en las que la humanidad solo puede salvarse recuperando su capacidad de mirar. Y quizá este sea uno de esos tiempos donde lo más revolucionario no es devorar el mundo, sino aprender a contemplarlo; no seguir el flujo, sino preguntarnos hacia dónde queremos que fluya.




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