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Calma y profundidad en la era de la inteligencia artificial: The Slow University and the Slow Professor como vías de resistencia ante el fin de la universidad

  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Somos una especie que, paradójicamente, al conquistar la era digital terminó extraviando las coordenadas de tiempo y espacio que alguna vez dieron sentido a nuestra existencia académica. Lo que hoy reclamamos, el tiempo para habitar, el espacio para pensar, la calma para dialogar, es justamente aquello que se fracturó cuando la velocidad se volvió regla y la prisa se convirtió en virtud. En ese arco reflexivo se inscribe el hoy: un intento por comprender cuándo la universidad se transformó en una industria cultural más y cómo imaginar, desde la lentitud, la presencia y la profundidad, su porvenir.


La casa común convertida en fábrica

La universidad acelerada no surgió de un día para otro: fue una mutación silenciosa. Pasamos del humanismo formativo, ese que aspiraba a acompañar la vida interior del estudiante, a un ecosistema donde lo educativo se comporta como línea de ensamblaje. Lo advertían Adorno y Horkheimer cuando denunciaban la lógica devastadora de la industria cultural: la homogeneización del espíritu disfrazada de progreso.

Hoy, no solo los alumnos viven bajo el mandato de la productividad sin alma; también el profesor se convirtió en un operario cognitivo. El paper como métrica ontológica, el ranking como espejo moral, el KPI como promesa de salvación institucional. Publicar para existir, investigar para llenar matrices, enseñar para entregar reportes.


La universidad, en su deriva, comenzó a funcionar como una maquinaria donde el tiempo humano dejó de tener valor y lo reemplazó la compulsión por la evidencia cuantitativa: más números, menos sentido; más producción, menos sabiduría.


La ruptura histórica y el neoliberalismo cognitivo

La fractura se profundizó en la década de 1980, cuando el neoliberalismo convirtió a la educación superior en un mercado global. Edgar Morin lo anticipó con precisión quirúrgica: una civilización que absolutiza la eficiencia termina por destruir su propia ecología de pensamiento.

La racionalidad métrica colonizó los claustros. La universidad dejó de entenderse como comunidad hermenéutica y pasó a concebirse como corporación. Se vació el fuego del ágora para instalar dashboards; se sustituyó la conversación por el entregable; se reemplazó el sentido por la competitividad. Una universidad cuyo lenguaje dominante es el de la contabilidad está condenada a olvidar el alma que la funda.


La rebelión del tiempo y la restauración de la presencia

La prisa no es solo un ritmo: es una ontología. Impone modos de ser, de sentir, de pensar. Y en ese vértigo empezó a desmoronarse la vida académica, cuyo corazón siempre fue la pausa. La universidad necesita tiempo como el cuerpo necesita aire o un gran plato, su momento de cocción. Sin tiempo no hay pregunta; sin lentitud no hay profundidad; sin presencia no hay comunidad.


Gilles Lipovetsky advertía que la hipermodernidad nos sumergió en una aceleración perpetua que desintegra la interioridad. Y es justamente esa interioridad, ese espacio simbólico donde germina el pensamiento, la que hoy reclamamos de vuelta.


Queremos recuperar el tiempo para habitar el aula; el tiempo para que la investigación vuelva a ser búsqueda; el tiempo para escuchar sin prisa; el tiempo para construir vínculos que no estén gobernados por algoritmos.


El profesor lento: artesano de sentido y caminante

En este horizonte emerge con fuerza el proyecto de Maggie Berg y Barbara Seeber: The Slow Professor. Más que un manifiesto, es una antropología de la resistencia académica. Ellas no invocan nostalgia, sino supervivencia espiritual. Su propuesta se ancla en cuatro gestos que bien podrían ser liturgias de un nuevo humanismo universitario:


1. Atención plena: la presencia real en el aula como un acto afectivo, ético y político.

2. Tiempo para pensar: incubar ideas sin la tiranía de la inmediatez, permitiendo que la maduración sustituya al rendimiento.

3. Comunidades de aprendizaje: redes afectivas que devuelvan sentido a la experiencia académica.

4. Ritmos humanizados de investigación: investigación como artesanía, no como manufactura.


El profesor lento no es un profesor pasivo: es un maestro caminante. Para acompañar al otro, como diría Levinas, debemos caminar a su ritmo, no correr delante de él.


La Slow University: reencender el fuego del hogar académico

Habitar la universidad desde la lentitud implica devolverle su condición de hogar. Hogar entendido como metáfora antropológica: lugar donde se comparte el fuego, se cuenta la historia y se reconstituye la memoria colectiva.


La casa común universitaria se ha vuelto un edificio lleno de prisa pero vacío de alma. Lo que se propone es restaurar esa dimensión comunitaria donde estudiantes y profesores vuelvan a encontrarse sin mediaciones tóxicas, sin métricas que desfiguren lo humano. Significa rehacer la universidad como espacio de sentido, no como fábrica de rendimientos.


Hacia nuevas métricas: lo que realmente importa

¿Es posible inventar otras métricas, otros indicadores que no sean propiamente utilitaristas, mecanicistas, corporativos? La respuesta es sí, pero no métricas para seguir obedeciendo a la lógica productivista, sino para contraponerle un marco de sentido. Métricas que contabilicen lo que hoy no sabemos nombrar:

1. la profundidad del aprendizaje,

2. la calidad del diálogo,

3. la capacidad comunitaria de cuidado,

4. la claridad ética de las decisiones,

5. el impacto humano a largo plazo,

6. el tiempo dedicado a la contemplación intelectual,

7. la creación de mundos posibles.


Se trataría, para decirlo apoyado en Byung-Chul Han, de construir indicadores que restituyan la vibración del espíritu y no su agotamiento.

La paradoja tecnológica: usar la IA para recuperar la humanidad

La tecnología no es el enemigo. La inteligencia artificial podría ser, paradójicamente, la gran aliada del pensamiento lento si se la orienta hacia la liberación del tiempo humano.


La IA puede asumir tareas administrativas, organizar información, generar rutas personalizadas de aprendizaje, y así devolvernos aquello que la academia perdió: el tiempo para pensar.


No necesitamos una universidad sin tecnología: necesitamos una universidad que piense tecnológicamente sin perder la dignidad humana. Una IA que promueva pausas, no vértigos; que amplifique la interioridad, no que la diluya; que potencie el encuentro, no que lo sustituya.


Entre calma y profundidad: el porvenir de la vida académica

Todo lo dicho retorna al punto inicial: la universidad como casa común, como lugar donde el conocimiento es fuego compartido. El futuro universitario no exige más prisa ni más métricas, sino más profundidad; no exige más herramientas, sino más humanidad; no exige más velocidad, sino más sentido.


La lentitud no es retroceso: es una apuesta civilizatoria. La profundidad no es lujo: es resistencia. La comunidad no es ornamento: es fundamento.

En tiempos donde las inteligencias artificiales prometen pensar por nosotros, el acto verdaderamente revolucionario será volver a pensar juntos, con calma, con hondura, con esa marcha lenta de quienes saben que el conocimiento solo florece cuando el tiempo deja de ser un enemigo y vuelve a ser un hogar.


Entonces, quizá, podamos preguntarnos sin miedo: ¿a qué velocidad queremos vivir la universidad del futuro?, ¿y qué estamos dispuestos a detener para que lo verdaderamente humano pueda comenzar a moverse?

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