top of page

Podría ser posible: la llegada de la era de la verosimilitud

  • 15 abr
  • 6 min de lectura

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Hay épocas que se organizan alrededor de una certeza compartida y otras que parecen edificarse sobre una sospecha. La nuestra, acaso de manera más inquietante, se está articulando sobre una tercera condición: la plausibilidad. No vivimos ya solamente en el reino de lo verdadero o de lo falso, sino en el dominio de aquello que podría ser posible. Y ese desplazamiento, que parecería semántico, es en realidad civilizatorio. Porque cuando una sociedad comienza a orientar sus decisiones, sus afectos, sus juicios y sus indignaciones no por lo demostrado sino por lo verosímil, lo que se erosiona no es únicamente la verdad: se debilitan también la confianza pública, la deliberación democrática y la posibilidad misma de un mundo compartido.


La gravedad del fenómeno radica en que la verosimilitud ya no opera como una categoría propia del arte, de la ficción o de la retórica, sino como un principio de circulación social. Aristóteles comprendió que lo probable posee una fuerza narrativa singular porque articula acciones posibles según necesidad o semejanza; pero una cosa es reconocer el poder estructurante de lo verosímil en el relato, y otra, mucho más peligrosa, convertirlo en sustituto de la prueba en la vida pública. Cuando esto ocurre, la verdad deja de ser un horizonte laborioso de contraste y se transforma en una estética de la credibilidad. Ya no importa tanto que algo sea demostrable; basta con que resulte compatible con el clima emocional, ideológico o cultural del momento.


Ahí se abre una mutación de fondo. Hannah Arendt advirtió que la verdad factual es frágil porque depende de testigos, instituciones, archivos y consensos mínimos sobre lo ocurrido; por eso, cuando la política se desacopla de los hechos, no solo se deforma el juicio: se desintegra el suelo común que hace posible la convivencia. Lo que hoy vemos es justamente esa intemperie. La esfera pública se ha ido llenando de piezas discursivas que no necesitan acreditación robusta, sino apenas una buena coreografía de signos: tono convincente, vocabulario técnico, formato visual persuasivo, oportunidad algorítmica y afinidad emocional con una audiencia predispuesta.


En ese escenario, la inteligencia artificial no inaugura la crisis de la verdad, pero sí le concede una musculatura inédita. Los sistemas de recomendación, la personalización algorítmica y las herramientas generativas no están diseñadas, en principio, para custodiar la verdad, sino para optimizar relevancia, permanencia, interacción y rendimiento.


Esa racionalidad, que responde a la economía de la atención, convierte la plausibilidad en un activo circulante: lo que parece creíble para un nicho encuentra con rapidez a su comunidad de recepción y se beneficia de la repetición, la velocidad y la amplificación maquínica. UNESCO ha advertido que la desinformación y la manipulación informativa alcanzan hoy volúmenes y velocidades capaces de erosionar el flujo de información fiable, mientras que sus lineamientos para la gobernanza de plataformas insisten en que diseño, curaduría y transparencia deben regirse por estándares de derechos humanos, no solo por métricas de rendimiento.


Un episodio reciente lo ilustra con nitidez. En la entrevista publicada por Lex Fridman el 23 de marzo de 2026, Jensen Huang afirmó: “I think it’s now. I think we’ve achieved AGI”; "¡hemos llegado a la Inteligencia Artificial General!". La frase existe, está registrada, pero su recepción pública tendió a simplificarla y absolutizarla, como si se tratara de una constatación inequívoca e incontrovertible. No estamos, pues, ante la mera falsedad de una cita inventada, sino ante algo más sutil: una afirmación matizable que encuentra un ecosistema dispuesto a consumarla como certeza total porque encaja de manera perfecta con la atmósfera tecnocultural del presente. La credibilidad antecede aquí a la crítica. Y cuando el tiempo social favorece el deslumbramiento, incluso los matices se vuelven un estorbo narrativo. ¿Podría ser posible? Sin duda, pero en el podría... Se mueven hoy todas nuestras certezas.


Ese es uno de los rasgos más inquietantes de nuestra época: la especulación ya no comparece como una hipótesis que exige cautela, sino como una posibilidad emocionalmente satisfactoria que muchos aceptan de manera provisional, aunque actúen frente a ella como si fuera un hecho consumado. Byung-Chul Han ha descrito este giro como parte de una condición informacional en la que la sobreabundancia de estímulos no esclarece el mundo, sino que lo vuelve más opaco, más nervioso, más vulnerable a la excitación y al contagio afectivo.


La saturación no produce necesariamente ciudadanos mejor informados; con frecuencia produce sujetos exhaustos, precipitados y dispuestos a delegar su juicio al flujo.


Por eso proliferan relatos que triunfan no por su verdad, sino por su capacidad de encarnar miedos culturales previos. Reuters verificó reiteradamente que no había evidencia de escuelas estadounidenses que hubieran instalado cajas de arena para estudiantes que se identificaran como “furries y therians”; sin embargo, el rumor prosperó porque confirmaba fantasías morales sobre el colapso institucional. Algo semejante ocurrió con la falsa narrativa sobre inmigrantes haitianos en Springfield, Ohio, supuestamente robando y comiendo mascotas: no había evidencia creíble que la sostuviera, pero la historia escaló lo suficiente como para derivar en amenazas y alteraciones reales de la vida pública. La mentira, cuando se vuelve verosímil, no necesita ser verdadera para producir daño; le basta con ser creída el tiempo suficiente.


La pandemia ofreció, quizá, el laboratorio más devastador de esta lógica. La OMS nombró “infodemia” a la sobreabundancia de información falsa o engañosa que dificultó a millones de personas encontrar referentes confiables, y combatió explícitamente teorías como la asociación entre 5G y COVID-19. Lo decisivo no fue solo la circulación de errores, sino la manera en que muchos de ellos imitaban con gran eficacia los signos de la autoridad: gráficos, bata blanca, tono pericial, montaje testimonial, léxico médico. La falsedad contemporánea rara vez entra gritando; suele entrar vestida de credencial. Cómo las famosas notas que inician: "En un estudio reciente realizado por..."


Aquí aparece una cuestión antropológica mayor. Durante siglos, buena parte de la cultura se organizó alrededor de mediaciones que, con todos sus límites, permitían distinguir entre testimonio, ficción, opinión, rumor y prueba. Hoy habitamos un régimen semiótico mucho más inestable, donde imágenes, voces, textos y videos pueden fabricarse con un grado creciente de verosimilitud técnica. La pregunta ya no es solamente si algo ocurrió, sino si sus signos fueron ensamblados con suficiente pericia como para hacerse pasar por acontecimiento. No estamos ante una simple crisis de contenidos; estamos ante una crisis de los criterios de reconocimiento.

Y, sin embargo, la salida no puede ser el escepticismo absoluto. Desconfiar de todo indiscriminadamente no constituye una forma superior de inteligencia: es apenas la antesala del cinismo.


La democracia no necesita ciudadanos paranoicos, sino sujetos capaces de discernir. La OCDE ha subrayado que el deterioro de una realidad común basada en evidencia profundiza divisiones sociales y dificulta la construcción de consensos democráticos; UNESCO, por su parte, registra niveles muy altos de preocupación global ante la desinformación y, de modo particular, ante la desinformación electoral. La tarea, entonces, no consiste en dinamitar toda confianza, sino en reconstruir las condiciones de una confianza merecida.


Eso exige una pedagogía del juicio desde la infancia. No basta con alfabetizar técnicamente o informacionalmente; hay que formar para la demora, para la trazabilidad, para el contexto, para la pregunta bien hecha. Un niño debería aprender que una imagen impresiona, pero no por ello demuestra; que una voz puede sonar humana y no serlo; que la repetición no convierte en verdadero un enunciado; que rectificar frente a mejor evidencia no es humillación, sino madurez intelectual. Roger Silverstone sostenía que, en un mundo saturado de mediaciones, cada sujeto está llamado a ejercer una responsabilidad moral frente a lo que recibe, interpreta y redistribuye. Hoy esa responsabilidad incluye también aprender a decir: no lo sé todavía, necesito verificar.


La exigencia no debe recaer únicamente sobre los individuos. También las plataformas y los sistemas de IA deben incorporar fricciones éticas: señales de procedencia, mejores mecanismos de atribución, reducción de incentivos para la viralización engañosa, priorización de fuentes robustas en asuntos de alto impacto social, transparencia sobre curaduría y moderación. Una arquitectura digital sin responsabilidad no es neutral: es simplemente rentable para los actores capaces de explotar mejor la confusión. La gobernanza de plataformas, como insiste UNESCO, no puede reducirse a declaraciones aspiracionales; requiere obligaciones, transparencia y rendición de cuentas.


Tal vez, en el fondo, la gran batalla de nuestro tiempo no sea entre verdad y mentira en su versión clásica, sino entre discernimiento y facilidad. La verosimilitud seduce porque ahorra trabajo interior. Verificar exige tiempo, humildad, paciencia, incluso renuncia al placer instantáneo de indignarse o compartir. Pero sin esa ascesis mínima del juicio, la conversación pública queda a merced de simulacros cada vez más refinados. Y una sociedad que delega su criterio a lo que “suena” plausible termina por habituarse a vivir entre apariencias operativas, entre ficciones eficaces, entre percepciones suficientemente convincentes como para modelar conductas y decisiones colectivas.


Porque, en efecto, ésa podría ser la consigna sombría de nuestro tiempo: podría ser posible. Pero una civilización no puede sostenerse solo sobre posibilidades creíbles. Necesita también criterios, mediaciones, verificaciones y responsabilidades. Necesita volver a enseñar que la verdad no siempre es espectacular, que a veces llega tarde, que con frecuencia exige trabajo, y que precisamente por ello merece ser cuidada. En la era de la verosimilitud, defender la verdad ya no es únicamente una tarea epistemológica. Es una tarea ética, política y profundamente humana.

Comentarios


bottom of page