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La empatía en tiempos de aceleración digital: volver a estar con el otro en su complejidad

  • 13 abr
  • 9 min de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Hay una escena profundamente inquietante que define nuestro tiempo: vemos a los otros sufrir, pero ya no siempre sabemos cómo acercarnos. Los vemos agotados, ansiosos, fracturados, y con frecuencia reaccionamos no con hospitalidad afectiva, sino con repliegue, distancia o saturación. En una época que presume interconexión permanente, la cercanía humana parece haberse vuelto más difícil. Nunca habíamos tenido tantos medios para contactarnos y, sin embargo, rara vez había sido tan arduo sostener la presencia, la escucha y la atención necesarias para habitar el dolor ajeno sin convertirlo en espectáculo, estorbo o ruido de fondo.


La escena no es menor. Ahí, en esa incapacidad creciente para permanecer junto al otro sin administrarlo, clasificarlo o desplazarlo, se está jugando una de las disputas centrales de la civilización contemporánea. Lo que se erosiona no es solo una destreza relacional ni una virtud privada. Lo que se fisura es una condición antropológica: la posibilidad de salir de sí para reconocer al otro como un misterio irreductible y no como una notificación que interrumpe, un dato que se procesa o un contenido que se consume.


Ese es, quizás, uno de los signos más delicados de la contemporaneidad: la erosión de la empatía profunda. No me refiero aquí a la simpatía superficial, a la mera lástima ni al gesto rápido de conmiseración. Hablo de algo más exigente y más radical: la capacidad de estar con el otro en su complejidad cognitiva, emocional y afectiva; de reconocer que su experiencia no puede reducirse a una etiqueta, a una consigna, a un dato o a una reacción inmediata. La empatía, entendida de este modo, no es un reflejo sentimental; es una práctica de atención, una disciplina del encuentro, una ética de la presencia.


La propia psicología ofrece una pista decisiva para comprender la densidad de este problema. El APA Dictionary of Psychology define la empatía, por un lado, como la comprensión de otra persona desde su propio marco de referencia y, por otro, como la experiencia vicaria de sus sentimientos; y añade algo crucial: la empatía no implica automáticamente ayudar, aunque puede transformarse en simpatía, preocupación o acción. La precisión es importante, porque nos obliga a abandonar la imagen ingenua de la empatía como emoción espontánea y benévola. Empatizar no es simplemente “sentir bonito” con el otro; es entrar, aunque sea provisionalmente, en la gramática de su mundo interior.


Mark H. Davis ya había insistido, desde una perspectiva multidimensional, en que la empatía no podía reducirse a un solo componente, pues en ella interactúan dimensiones cognitivas y emocionales que se afectan mutuamente. Esa advertencia conserva plena vigencia en un ecosistema cultural dominado por simplificaciones morales y respuestas afectivas inmediatas. Cuando una cultura empobrece sus marcos de comprensión del sufrimiento, termina confundiéndolo todo: la compasión con el exhibicionismo moral, la solidaridad con la aprobación performativa, la cercanía con la mera conectividad.


Conviene detenerse aquí. Porque una época puede hablar mucho de emociones y, sin embargo, volverse incapaz de hospedar el dolor ajeno. Puede saturarse de discursos sobre bienestar, salud mental, vulnerabilidad y cuidado, y al mismo tiempo entrenar a sus miembros en formas cada vez más pobres de escucha. Esa es la paradoja: nunca habíamos tenido tantos lenguajes para nombrar el malestar y, no obstante, rara vez había sido tan difícil acompañarlo sin colonizarlo con prisa interpretativa, consejo automático o fatiga moral.


Incluso el mundo animal ha sido convocado a esta discusión de manera incómoda para la soberbia humana. El estudio de Inbal Ben-Ami Bartal, Jean Decety y Peggy Mason, publicado en PLoS ONE en 2011 y ampliamente indexado en PubMed, mostró que ratas libres aprendían a abrir un dispositivo para liberar a una compañera atrapada, conducta que los autores interpretaron como evidencia de comportamiento prosocial con raíces biológicas relevantes para el debate sobre la empatía. La propia literatura posterior ha discutido si se trata estrictamente de empatía, contagio emocional o búsqueda de contacto social. Pero precisamente ahí reside su valor: no en autorizarnos a antropomorfizar sin matices, sino en confrontarnos con una pregunta perturbadora. ¿Cómo es posible que una especie que se piensa a sí misma como moralmente superior normalice con tanta facilidad la indiferencia ante la vulnerabilidad del semejante?

La respuesta no puede localizarse únicamente en la psicología individual. Hay que buscarla en la infraestructura cultural que moldea nuestras disposiciones. Hemos construido una ecología mediática que acelera, fragmenta y sobreestimula.


Nicholas Carr advirtió en su libro: "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" que internet no solo transforma lo que hacemos, sino también cómo atendemos, leemos y pensamos. N. Katherine Hayles, por su parte, distinguió entre la deep attention, centrada en la concentración sostenida sobre un solo objeto, y la hyper attention, caracterizada por el cambio rápido de foco, la preferencia por múltiples flujos informativos, la alta necesidad de estimulación y la baja tolerancia al aburrimiento. En ese desplazamiento cognitivo se juega mucho más que un cambio de hábito: se reconfigura la textura misma de nuestra disponibilidad para el otro.


No se acompaña a alguien desde la lógica del desplazamiento continuo. No se entra en la hondura de una existencia herida cuando se la escucha como quien revisa titulares, desliza pantallas o administra interrupciones. La empatía profunda exige una forma de demora que hoy parece subversiva. Exige permanencia interpretativa. Exige tolerar zonas grises. Exige no huir del silencio. Exige algo que el régimen tecnocultural de la eficiencia no sabe valorar: tiempo no productivo ofrecido al otro.


Donde el rostro pide tiempo

Sherry Turkle comprendió con gran lucidez que la conversación cara a cara no es un lujo nostálgico, sino una estructura formativa de la vida moral. En su libro "En defensa de la conversación: El poder de la conversación en la era digital" sostiene que hemos sacrificado conversación por conexión, y que esa huida tiene efectos sobre nuestras relaciones, nuestra creatividad y nuestra productividad. En "Los diarios de la empatía: unas memorias" además, muestra desde un registro más íntimo cómo la empatía fue primero una forma de supervivencia y luego una clave de lectura del mundo. Ambas obras, leídas juntas, revelan algo de enorme importancia: la empatía no nace de la conectividad técnica, sino del riesgo humano de exponerse a la alteridad sin blindajes excesivos

El problema, entonces, no es simplemente que vivamos rodeados de pantallas, sino que hemos empezado a internalizar su gramática.


Queremos respuestas veloces, emociones legibles, sufrimientos resumibles, conflictos traducibles a formatos breves. Nos incomoda la opacidad del otro. Nos agota su ambivalencia. Nos desespera no poder “resolver” de inmediato lo que escuchamos. Así, sin advertirlo, el dolor ajeno se nos vuelve una carga cognitiva más dentro del circuito de la saturación.


No es casual que hoy proliferen formas de pseudoempatía que son, en realidad, dispositivos de autoconfirmación. Se escucha para responder, no para comprender. Se acompaña para demostrar virtud, no para sostener presencia. Se reacciona para no parecer indiferente, no para abrir espacio real a la herida del otro.


La emoción pública se ha llenado de gestos veloces y adhesiones instantáneas que muchas veces funcionan como sustitutos del encuentro. Pero la empatía no es un performance de sensibilidad. Es una forma de hospitalidad interior.


Aquí emerge un asunto decisivo vinculado con la inteligencia artificial. Los sistemas conversacionales han aprendido a producir marcas lingüísticas de cuidado, contención y escucha. Para muchas personas, estos sistemas generan una experiencia subjetiva de acompañamiento. Sería intelectualmente deshonesto negarlo. Hay usuarios que encuentran en estas interfaces un espacio de verbalización, un espejo provisional, incluso un respiro frente a la soledad. Pero conviene distinguir con rigor entre la sensación de ser comprendido y la realidad plena de una relación empática. La primera puede ser simulada; la segunda exige vulnerabilidad compartida, responsabilidad moral, corporeidad, memoria densa del vínculo y capacidad de ser afectado por el destino del otro. Esa diferencia no es técnica; es ontológica.


Jamil Zaki ha insistido en que la empatía es una habilidad que puede fortalecerse con la práctica. Esa afirmación, recuperada por Stanford Medicine, es especialmente relevante hoy. Porque si la empatía puede cultivarse, también puede atrofiarse. Y puede atrofiarse no solo por carencia afectiva, sino por exceso de estimulación, por saturación emocional, por diseño de plataformas orientadas a la reactividad y por habituación a entornos donde el otro aparece como flujo consumible.

El riesgo cultural de la IA no consiste únicamente en que las máquinas “parezcan humanas”. El riesgo más profundo es que nosotros reorganicemos nuestras expectativas del vínculo a partir de interacciones que no requieren paciencia recíproca, ni negociación profunda de sentido, ni presencia corporal, ni espera. En otras palabras: que terminemos deseando vínculos sin aspereza, sin opacidad, sin exigencia moral. Vínculos funcionales, predecibles, modulables. Vínculos donde el otro no irrumpe verdaderamente. Y cuando la alteridad deja de irrumpir, deja también de formar.


No se trata, por supuesto, de demonizar la mediación técnica. La historia humana es inseparable de sus mediaciones. El problema comienza cuando la mediación deja de ser puente y se convierte en molde total de la sensibilidad. Cuando ya no usamos tecnologías para cuidar mejor, sino que empezamos a sentir solo en la medida en que la interfaz lo permite. Entonces no solo cambia la comunicación: cambia la antropología práctica del habitar juntos.


La pausa como deber de hospitalidad

Por eso la empatía debe pensarse hoy como una alfabetización integral. No basta hablar de competencias digitales, ni de habilidades emocionales en abstracto. Hace falta una formación de la presencia. Una pedagogía del demorarse. Una ética del no pasar de largo. Y ello implica, al menos, tres aprendizajes urgentes.


El primero es una alfabetización atencional. Reaprender a concentrarnos no solo para producir más, sino para escuchar mejor. Recuperar la posibilidad de una atención sostenida capaz de resistir la tiranía de la novedad. Volver habitable el silencio. Aceptar que comprender a alguien toma tiempo, y que esa temporalidad no puede someterse del todo a la racionalidad de la optimización.


El segundo es una alfabetización afectiva. No para intensificar el narcisismo emocional de la época, sino para distinguir entre emoción, contagio, proyección, identificación y verdadera apertura al otro. Muchas veces no empatizamos; nos espejeamos. No acompañamos; absorbemos la experiencia ajena para recentrarla en nosotros. Una cultura de la empatía profunda exige sujetos capaces de registrar sus propias emociones sin convertirlas en obstáculo para la escucha.


El tercero es una alfabetización ética de la alteridad. El otro no está ahí para validar mi narrativa, ni para alimentar mi algoritmo afectivo, ni para servir de objeto pedagógico de mi aparente bondad. El otro comparece ante mí con una densidad que me excede. Y toda empatía genuina comienza cuando acepto que no podré comprenderlo del todo, pero decido no por ello retirarme.


En este punto, los espacios importan. La empatía no florece en el vacío. Requiere condiciones materiales y simbólicas. La sobremesa, la caminata sin prisa, el café prolongado, la llamada que no busca resolver sino acompañar, el aula entendida como comunidad interpretativa, la familia que protege momentos sin dispositivos, la institución que no premia exclusivamente la velocidad de respuesta: todo ello configura una ecología del encuentro. Sin esa ecología, la empatía se vuelve discurso decorativo.

La pausa, en este sentido, deja de ser una concesión romántica y se convierte en un imperativo civilizatorio. Solo quien se detiene puede mirar.


Solo quien mira puede reconocer. Solo quien reconoce puede responder. La prisa no destruye únicamente la contemplación; destruye también la responsabilidad. Porque cuando todo urge, nadie permanece. Y cuando nadie permanece, el sufrimiento del otro se administra como residuo del sistema.


Quizá por eso una de las tareas más altas de nuestro tiempo consista en defender las condiciones humanas de posibilidad del encuentro. No basta con regular plataformas, diseñar protocolos o mejorar interfaces, aunque todo ello sea necesario.


Hace falta algo más radical: restaurar la legitimidad cultural de la lentitud, de la conversación, del silencio fértil, de la atención larga, del cuerpo presente. Hace falta volver a conferir dignidad social a aquello que el capitalismo de la aceleración considera improductivo, pero sin lo cual ninguna comunidad puede sostener su humanidad.


La empatía profunda será, cada vez más, una forma de resistencia. Resistir a la simplificación. Resistir al juicio instantáneo. Resistir al cansancio moral inducido por la saturación. Resistir a la idea de que todo vínculo debe ser eficiente. Resistir, incluso, a la tentación de delegar en sistemas artificiales lo que solo madura plenamente en la fragilidad interhumana. Porque una civilización que externaliza masivamente el cuidado corre el riesgo de olvidar cómo mirar, cómo escuchar, cómo tocar el dolor sin explotarlo ni instrumentalizarlo.


Volver a estar con el otro en su complejidad no será una tarea cómoda. Exigirá rediseñar ritmos, espacios, pedagogías y tecnologías. Exigirá educar la atención con la misma urgencia con que hoy educamos competencias digitales. Exigirá recordar que la inteligencia sin compasión se vuelve cálculo y que la conexión sin presencia se vuelve una forma sofisticada de ausencia. Exigirá, sobre todo, reconocer que la cuestión no es cuántos canales tenemos para comunicarnos, sino qué tipo de humanidad estamos formando en el acto mismo de hacerlo.


Volver a empatizar profundamente no significará abandonar la tecnología, sino reordenar nuestras prioridades frente a ella.


No se trata de negar la mediación digital, sino de impedir que ella se convierta en el molde único de nuestra sensibilidad. La tarea de nuestro tiempo consiste en humanizar los entornos técnicos sin dejar que éstos deshumanicen nuestras formas de presencia. Porque cuando dejamos de estar con el otro en su complejidad, no solo empobrecemos el vínculo: empobrecemos también nuestra propia condición humana.

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