top of page

Los territorios del yo mediado: cartografías simbólicas en la metamodernidad

  • 5 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


Los medios y las interfaces tecnológicas se han vuelto omnipresentes, se han extendido por todos los rincones y momentos de la vida. Las personas han establecido fuertes vínculos con ellos, configurando relaciones personales y grupales. Los medios se han vuelto un territorio, un escenario más en el que necesitan presentar su yo a los demás. En los medios, los jóvenes conectan sus ideales, motivaciones e intereses. En los medios se están estableciendo nuevas marcas territoriales y resistencias. Los medios han superado en su distribución y poder, las fronteras supranacionales y por ende, la lógica del Estado Nación. La emergencia global de medios e hipermedios en los que se crea, colecta, procesa, almacena, administra y comercializa información es un fenómeno que se extiende en todos los niveles y fases de la vida. La sociedad entera se ha vuelto dependiente de las tecnologías de información. La vida corriente se ha vuelto una vida mediada, en que los sujetos proyectan y miden sus influencias mediáticas como lo hiciera un líder de opinión. El yo mediado es capturado por estos medios en los que se organizan las prácticas y expectativas de la sociedad.


Geografías invisibles del ser compartido

Si la modernidad edificó naciones y la posmodernidad desdibujó certezas, la hiper y la metamodernidad, con sus pantallas incandescentes y su flujo constante de datos, ha instituido un nuevo territorio antropológico: la vida mediada. En este espacio intangible, pero emocionalmente vívido, construimos nuestras marcas de presencia, nuestras líneas de fuga y nuestros anclajes identitarios.


El yo que antes encontraba arraigo en instituciones, comunidades o relatos familiares, hoy se articula en un ecosistema que exige visibilidad, performatividad y continuidad narrativa. Tal como sugiere Sonia Livingstone al concebir los medios como la infraestructura que sostiene todas las estructuras sociales, habitamos ya no sólo un mundo con medios, sino un mundo en los medios. Allí se codifica la existencia.


Las identidades hipermediales no son ya un accesorio simbólico, sino la trama misma donde se borda el sentido: voces, gestos, miedos, aspiraciones, todo circula como dato, signo y mercancía.


La ecología afectiva de lo digital

En este territorio expandido, los medios operan como interfaces afectivas. Son prótesis sensibles y cognoscitivas que modelan las representaciones de uno mismo y del otro. La comunicación digital ha dejado de ser un simple canal para convertirse en un sistema nervioso distribuido. Como señala la arqueología cultural de la imagen, desde las manos rupestres hasta la selfie contemporánea, toda representación ha sido siempre un gesto de presencia, de afirmación ontológica, de atestiguamiento simbólico.


Pero en la era de la postfotografía, ese gesto se intensifica: la autoimagen es simultáneamente archivo, performance y algoritmo. La selfie deviene “constelación mediática del yo” y cada like es una micro-validación que sutura nuestras inseguridades con un breve destello de pertenencia.

Se trata de un bucle de reconocimiento y producción simbólica donde el yo se fragmenta, se multiplica y se negocia. Una antropología de lo digital revelaría que no sólo nos comunicamos a través de los medios: somos comunicados por ellos.


Nuevos mapas de resistencia y colonización simbólica

La expansión de los medios más allá de las fronteras políticas no significó únicamente un triunfo tecnológico: implicó la emergencia de una nueva geopolítica del sentido. Los jóvenes, esa vanguardia sensible de todo cambio cultural, han convertido las plataformas en territorios de disputa, apropiación y resistencia. Ya no se lucha por el control de un territorio físico, sino por la visibilidad, la narrativa y la atención.


En la Nueva Ecología de Medios, el ecosistema digital es simultáneamente hábitat, recurso expresivo y campo de batalla simbólico.


Cada video, cada meme, cada interacción con la IA, cada livestream constituye una toma de posición: es una marca territorial. Una declaración estética y política que redefine quiénes somos, qué defendemos y hacia dónde queremos movernos como colectivo.


El yo como producto negociado

La mediatización plena de la vida introduce un fenómeno inquietante: la externalización del yo. Construimos identidades que deben ser administradas como si fueran pequeñas empresas simbólicas. Esto responde a una lógica neoliberal que ha penetrado la intimidad: la valoración del yo se vuelve cuantificable, negociable, susceptible de métricas y rankings.


La era digital no sólo reorganiza dispositivos, sino subjetividades. La mediación es constitutiva: “Ser en el mundo es ser en los medios”.

Así, la identidad deviene una forma de capital, siguiendo aquello que Bourdieu insinuó sobre la disputa simbólica, pero amplificada por la lógica algorítmica que determina lo visible y lo invisible.


Hipermediación y vulnerabilidad estructural

En este paisaje saturado de estímulos, la dependencia emocional y cognitiva hacia los medios produce un tipo de fragilidad inédita. No somos sólo consumidores: somos dispositivos simbólicos que retroalimentan la maquinaria de datos. Esa condición de hiperpresencia y vigilancia voluntaria nos ha vuelto, en ocasiones, más exposición que experiencia, más imagen que cuerpo.


La hiperconexión no garantiza comunidad; al contrario, puede erosionar la ecología humana y dejar tras de sí náufragos digitales, sujetos a la deriva que transitan por redes sin hallar un rostro que sostenga el encuentro.


Hacia una ética del territorio mediado

Si los medios han sustituido al territorio físico como espacio de socialización y construcción del yo, urge preguntarse qué formas de ciudadanía, de responsabilidad y de presencia estamos cultivando. No basta con habitar los medios; es necesario aprender a habitarlos con dignidad, crítica y propósito.


Quizá, como sugería Walter Benjamin, toda técnica exige un tipo distinto de percepción. Toda tecnología redefine la sensibilidad humana. Y en ese giro perceptual se juega hoy nuestra posibilidad de recuperar densidad en medio de tanta inmediatez, profundidad frente a la saturación y sentido en un ecosistema donde el ruido amenaza con devorarlo todo.


La vida corriente se ha vuelto una vida mediada, en que los sujetos proyectan y miden sus influencias mediáticas como lo hiciera un líder de opinión. El yo mediado es capturado por estos medios en los que se organizan las prácticas y expectativas de la sociedad.


Quizá la pregunta decisiva no sea cómo escapar de esta condición, pues no hay afuera del ecosistema mediático, sino cómo reescribirnos dentro de ella sin perder la luminosa complejidad de lo humano. Nos toca decidir si queremos ser habitantes críticos de este territorio simbólico o si preferimos dejarnos arrastrar por un flujo que, aunque interminable, no siempre conduce a un lugar donde podamos reconocernos.

Comentarios


bottom of page