En México la muerte no vale nada
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Hay una diferencia crucial y devastadora entre afirmar, con amargura popular, que “la vida no vale nada”, y constatar, con evidencia empírica y experiencia moral cotidiana, que la muerte se ha ido quedando sin peso. La primera frase aún conserva un resto de ironía trágica: presupone que algo valía y que, por alguna razón histórica, dejó de valer. La segunda, en cambio, nombra un estadio más avanzado del colapso simbólico: cuando la muerte ya no funda duelo, ni memoria, ni comunidad; cuando deja de ser umbral y se vuelve rutina; cuando el crimen no sólo mata cuerpos, sino que erosiona el lenguaje con el que una sociedad se reconoce a sí misma como humana.
Ayer tristemente un joven más en Sinaloa. Hoy quién sabe quién será. Decir que en México la muerte no vale nada no es una metáfora retórica ni un arrebato emocional. Es la descripción de un proceso prolongado de insensibilización colectiva. En un país que ha normalizado cifras de homicidio que superan las treinta mil víctimas anuales y que acumula más de cien mil personas desaparecidas, la violencia ha dejado de ser acontecimiento excepcional para convertirse en atmósfera. El dato sustituye al rostro. La estadística reemplaza la biografía. El cadáver se vuelve cifra y la cifra, trending topic.
Pero la tragedia más profunda no es cuantitativa, sino cualitativa. Lo que está en juego no es únicamente el número de muertos, sino el lugar simbólico que la muerte ocupa en la estructura moral de la comunidad. Hannah Arendt advirtió que el mal radical del siglo XX no se manifestó necesariamente en monstruos demoníacos, sino en la trivialidad burocrática del daño normalizado. La banalidad del mal no consiste en la espectacularidad de la crueldad, sino en su mecanización. Cuando matar se vuelve procedimiento y cuando mirar el horror se convierte en hábito, la conciencia se embota.
En México, la banalización del mal se despliega en múltiples registros. Está en la frase del perpetrador que compara la vida humana con la de un insecto; está en el funcionario que reduce la tragedia a “daños colaterales”; está en la conversación doméstica que ya no se detiene ante el parte policiaco; está en el scroll infinito donde una ejecución convive con un meme y una receta de cocina. El horror ya no interrumpe. Coexiste.
La pedagogía del horror cotidiano. Vivimos en una economía simbólica que ha aprendido a administrar la muerte. La hipermediatización ha transformado el dolor en contenido y la violencia en mercancía narrativa.
No se trata sólo de informar, sino de capturar atención. Guy Debord había anticipado que en la sociedad del espectáculo todo se transforma en representación. Hoy asistimos a una mutación más inquietante: la muerte misma se convierte en flujo visual, en clip reproducible, en capital de clicks.
Esta espectacularización no necesariamente produce conciencia. Produce saturación. Y la saturación engendra anestesia. Byung-Chul Han ha señalado que la sobreexposición permanente conduce a una pérdida de negatividad; lo terrible deja de escandalizar porque ya no hay distancia para elaborarlo. La muerte, entonces, se trivializa no por negación, sino por exceso.
En ese contexto, el duelo se vuelve impracticable. Una sociedad necesita ritualizar la pérdida para preservar su humanidad. El rito no es superstición arcaica; es arquitectura simbólica. Permite transformar el hecho biológico en acontecimiento comunitario. Cuando el asesinato se repite hasta el cansancio y la desaparición suspende indefinidamente la certeza, el rito se fractura. No hay cuerpo que velar. No hay tumba que visitar. No hay clausura. La comunidad queda suspendida en un presente interminable de violencia.
La desaparición, en particular, introduce una dimensión ontológica perturbadora: convierte la ausencia en herida abierta. No hay muerte confirmada ni vida garantizada. Hay espera. Y la espera erosiona el sentido. Paul Ricoeur sostenía que la memoria es el tejido que vincula identidad y temporalidad. Cuando la memoria no puede anclarse en un hecho clausurado, la identidad colectiva se fragmenta.
Pero la banalización del mal no opera únicamente en el terreno del crimen organizado o la impunidad estructural. Se infiltra también en la subjetividad cotidiana. La repetición del horror produce un tipo de aburrimiento existencial. La violencia deja de ser excepcional y se vuelve paisaje. Aquí aparece una conexión inquietante con el vacío de sentido que atraviesa a nuestras generaciones hiperconectadas. El entretenimiento constante no ha producido profundidad; ha generado dispersión. Neil Postman advirtió que una cultura puede morir no por censura, sino por trivialización.
En México, el riesgo no es sólo que la violencia sea ocultada, sino que sea consumida como espectáculo.
La frivolización no implica necesariamente burla explícita. Es más sutil. Consiste en reducir lo trágico a un elemento más del paisaje informativo. Es el meme que se superpone al cadáver; la broma que relativiza la ejecución; el comentario que desplaza la compasión hacia la sospecha. El otro deja de ser prójimo y se convierte en sospechoso potencial.
Zygmunt Bauman describió la modernidad líquida como una época donde los vínculos se vuelven frágiles y reversibles. En un entorno donde todo es intercambiable, también las vidas parecen intercambiables.
La muerte pierde densidad porque el lazo comunitario ha sido debilitado. Si el otro no forma parte de mi horizonte simbólico, su desaparición o muerte no me constituye.
El resultado es una cultura del descarte. No sólo se descartan cuerpos; se descartan historias, barrios, generaciones enteras. El joven reclutado por la economía criminal es narrado como amenaza antes que como síntoma de una fractura estructural. La víctima es interrogada en su inocencia. El muerto es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario.
Esta lógica erosiona el núcleo ético de la comunidad. Emmanuel Levinas sostenía que el rostro del otro es la interpelación ética por excelencia. Pero ¿qué ocurre cuando el rostro se diluye en la pantalla? Cuando el cadáver es pixelado o convertido en nota roja, el rostro deja de interpelar. Se vuelve imagen. Y la imagen, en la economía del espectáculo, compite por atención.
En este escenario, la falta de sentido se expande como una sombra. La banalización del mal no sólo trivializa la muerte; trivializa la vida. Si la muerte no pesa, la existencia tampoco adquiere gravedad. El resultado es una cultura que oscila entre la hiperestimulación y el vacío. Entre el morbo y la indiferencia.
La pregunta radical no es sólo cómo detener la violencia, sino cómo recuperar el peso simbólico de la muerte. Cómo devolverle densidad al duelo. Cómo reconstruir el vínculo que convierte la pérdida en acontecimiento comunitario y no en estadística.
No se trata de romantizar el dolor ni de convertir el sufrimiento en pedagogía moralizante. Se trata de restituir la capacidad de indignación y compasión. Antonio Gramsci estaba convencido que la indiferencia es el peso muerto de la historia. Cuando la muerte no nos conmueve, la historia se estanca.
El desafío es civilizatorio. Implica reconfigurar nuestras prácticas mediáticas, fortalecer instituciones, combatir la impunidad, pero también reconstruir alfabetizaciones emocionales. Una educación que no sólo enseñe competencias técnicas, sino que forme en sensibilidad ética. Una comunicación que no convierta el horror en mercancía. Una ciudadanía que no administre la violencia como paisaje inevitable.
Porque el riesgo último no es únicamente que sigan muriendo personas. El riesgo es que dejemos de experimentar cada muerte como fractura de lo común. Que la violencia se herede como atmósfera y que la indiferencia se normalice como mecanismo de supervivencia.
Si la muerte pierde su peso simbólico, la comunidad pierde su centro moral. Y entonces la pregunta no será cuántos han muerto, sino qué parte de nuestra humanidad se extinguió con ellos. ¿Estamos dispuestos a seguir habitando un país donde la muerte no vale nada, o seremos capaces de devolverle al rostro del otro la dignidad que nos constituye?
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