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El ser en la era de la mediación total: del territorio informativo al habitar ontológico

  • hace 19 horas
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo

Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


La vida no sólo se ha mediatizado y se han transformado en gran medida las actividades sociales y culturales. Las personas dependen de los procesos, lógicas, caracterizaciones y articulaciones que se generan desde los medios. Como instituciones semi-independientes se han redistribuido por todo el planeta; la globalización, la apertura de los mercados, la desregulación de las telecomunicaciones, la integración en todos los sectores, les ha llevado a reconfigurar el mapa, la geopolítica con la cual se producía, distribuía y comercializaba la información.


Hubo un tiempo en que los mapas eran instrumentos de orientación; hoy, son sistemas de dominación simbólica. La cartografía contemporánea ya no delimita territorios físicos, sino arquitecturas invisibles donde circulan datos, afectos, imaginarios y subjetividades. En ese tránsito, los medios dejaron de ser meros canales para convertirse en el tejido mismo de la realidad social, en infraestructuras ontológicas que modelan no sólo lo que vemos, sino lo que somos.


La mediación no es un fenómeno reciente ni accidental, sino constitutivo de la condición humana. Comunicar ha sido siempre “dotar de contexto la vida, es darle significado a las acciones, es construir relatos, narrarlos y con ellos construir cultura”. Sin embargo, lo que distingue a la hipermodernidad no es la existencia de mediaciones, sino su carácter totalizante, ubicuo y autorreferencial.


La nueva cartografía informativa no sólo reorganiza flujos de información; reorganiza la experiencia misma del mundo. La ruptura de las coordenadas tradicionales: Norte-Sur, centro-periferia, no implica necesariamente una democratización plena, sino una reconfiguración de los nodos de poder. Como advertía Manuel Castells, en la sociedad red el poder no desaparece, se reubica en la capacidad de programar y conectar redes.


Topologías del sentido en la era del dato

Hoy los medios e hipermedios establecieron una nueva cartografía informativa que rompe con la lógica Norte-Sur; Arriba-Abajo- Este-Oeste, Centro-Periferia. La horizontalización y democratización de las herramientas de producción y de los agregadores de contenido, así como el acercamiento de la oferta y la demanda mediante la eliminación de muchos intermediarios están en el corazón de la nueva economía digital. Una economía híbrida que tiene puentes en lo físico pero también en la articulación de bases de datos.


Esta afirmación, en apariencia celebratoria, encierra una paradoja profunda: la eliminación de intermediarios no suprime la mediación; la intensifica. Los algoritmos, las plataformas y las inteligencias artificiales no son intermediarios visibles, pero sí estructuras de selección, jerarquización y validación del sentido.


En este entorno, la inteligencia artificial introduce una mutación cualitativa: no sólo distribuye información, sino que la interpreta, la sintetiza y, en muchos casos, la produce. Se convierte así en un agente epistémico que participa activamente en la construcción de la realidad social. La mediación deja de ser un puente para convertirse en un ecosistema autónomo de significación.


Lo que emerge es una economía del dato que no sólo conecta oferta y demanda, sino que anticipa deseos, modela comportamientos y redefine la noción misma de experiencia. Como señala Shoshana Zuboff, nos encontramos ante un capitalismo de vigilancia en el que la experiencia humana se convierte en materia prima para la predicción y el control.


El mundo como interfaz: habitar el signo

Los medios fungen en ese sentido como ventanas, pantallas de exposición que se engranan entre sí. Se volvieron protocolos asociados entre gobiernos, empresas, sistemas militares y de inteligencia financiera. Los medios terminaron articulando diversas esferas que operaban en contextos, situaciones y mercados totalmente independientes.


Lo que aquí se describe no es simplemente una integración funcional, sino una convergencia ontológica: el mundo se vuelve interfaz. La realidad ya no se experimenta directamente, sino a través de capas de mediación que la traducen, la codifican y la reconfiguran.


En este sentido, la hipermediatización no sólo transforma la economía o la política; redefine la experiencia del ser. Como advierte Byung-Chul Han, la transparencia digital elimina la negatividad del otro, reduciendo la alteridad a información disponible, procesable y consumible.

Así, el otro deja de ser misterio para convertirse en dato. La relación se sustituye por la conexión. El encuentro, por la interacción. Y el ser, por la representación.


No es casual que los medios se hayan convertido en “un territorio, un escenario más en el que necesitan presentar su yo a los demás”. En ese escenario, la identidad se vuelve performativa, cuantificable y, sobre todo, negociable.


Interdependencia, vulnerabilidad y simulacro

Las redes que interconectan a medios e hipermedios, también conectan bases de datos, estilos de vida y personas entre sí. El proceso de mediatización nos ha vuelto más interdependientes y vulnerables. El nuevo horizonte es el de un ambiente hipermediatizado, convergente, expansivo, focalizado, global, acelerado e hipercomplejo.


La interdependencia digital no es sólo una condición técnica; es una condición existencial. Dependemos de sistemas que no comprendemos del todo, de infraestructuras que no controlamos y de algoritmos que operan bajo lógicas opacas. Esta dependencia genera una nueva forma de vulnerabilidad: la vulnerabilidad informacional.


En este contexto, la inteligencia artificial amplifica tanto las posibilidades como los riesgos. Puede democratizar el acceso al conocimiento, pero también profundizar las asimetrías. Puede facilitar la toma de decisiones, pero también automatizar sesgos y exclusiones.


La pregunta ya no es si estamos conectados, sino bajo qué condiciones lo estamos. ¿Quién define los parámetros de visibilidad? ¿Quién decide qué es relevante? ¿Quién programa los criterios de verdad?


Jean Baudrillard advirtió que en la era del simulacro, la realidad es sustituida por sus representaciones. Hoy, con la inteligencia artificial generativa, asistimos a una nueva fase: la producción de realidades plausibles que no requieren un referente original. La simulación ya no imita; sustituye.


Política sin territorio, sociedad sin cuerpo

El contexto que deriva de esta nueva cartografía en la que poco a poco se han ido virtualizando las interacciones, participaciones, actividades, negociaciones y resignificaciones, es un escenario en el que pareciera que las políticas públicas no contemplan estas afectaciones y reorganizaciones sociales que no son exclusivas de unos cuantos.

La desarticulación entre la velocidad de la transformación tecnológica y la lentitud de las estructuras políticas genera un vacío regulatorio que tiene implicaciones profundas. Las decisiones que afectan a millones de personas se toman en espacios corporativos, bajo lógicas de mercado y sin mecanismos claros de rendición de cuentas.


La política, anclada aún en territorios físicos, se ve desbordada por una realidad que opera en flujos digitales. La ciudadanía, por su parte, se redefine en términos de participación algorítmica, visibilidad mediática y capital simbólico.


Nos encontramos así ante una paradoja: una sociedad hiperconectada que, sin embargo, carece de mecanismos efectivos de gobernanza en el entorno digital. Una sociedad que produce más información que nunca, pero que enfrenta crecientes dificultades para construir sentido.


Habitar el ser en la red

Los medios al mediatizar la cultura y la sociedad terminaron por hacer del mundo un territorio común de significación en el que hoy los individuos están hospedando no sólo su vida, sino también al ser.


Habitar la red ya no es una metáfora; es una condición ontológica. La vida se despliega en entornos digitales donde se construyen relaciones, se negocian identidades y se articulan sentidos. Pero ese habitar no es neutral: está mediado por estructuras de poder, lógicas económicas y arquitecturas tecnológicas que condicionan la experiencia.


La pregunta, entonces, no es si podemos escapar de la mediación (porque no podemos), sino cómo habitarla de manera ética, crítica y responsable.

Si la inteligencia artificial está llamada a convertirse en coautora de nuestras narrativas, en mediadora de nuestras relaciones y en arquitecta de nuestros entornos simbólicos, la responsabilidad no puede recaer únicamente en la tecnología. Recae, sobre todo, en quienes la diseñan, la regulan y la utilizan.


Porque al final, en este vasto territorio de signos, algoritmos y simulaciones, la cuestión central no es tecnológica, sino profundamente humana: ¿seguiremos habitando los medios como instrumentos para comprender el mundo… o terminaremos siendo nosotros mismos los contenidos que el mundo consume?

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