El retorno de Neil Postman. Aprender a preguntar en la era de la Inteligencia Artificial
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Por Eduardo Portas Ruiz // Profesor investigador del Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada (CICA) de la Universidad Anáhuac México
En X: @EduPortas
A continuación se presenta de manera íntegra el discurso dado a los egresados de diversos programas del Centro de Educación Continua de la Universidad Anáhuac México el 10 de junio del 2026. El CEC ofrece una amplia variedad de programas que incluyen diplomados, cursos, talleres, certificaciones y programas de actualización en áreas como liderazgo, negocios, tecnología, salud, bienestar y desarrollo organizacional, entre otros. Los programas pueden requerir ciertos conocimientos previos o experiencia profesional, pero la mayoría están abiertos a cualquier persona interesada en el aprendizaje continuo.
Este discurso de unos 12 minutos ofrece una revaloración del trabajo de Neil Postman (1931-2003) en la era de la Inteligencia Artificial. El gran teórico y educador de la Ecología de Medios es muy conocido por su libro "Amusing Ourselves to Death" (1985), pero pocas personas recuerdan que también publicó extraordinarias obras sobre pedagogía y enseñanza. Entre ellas se encuentran "Television and the Teaching of English" (1961), así como toda una serie de libros con Charles Weingartner: "Linguistics: A Revolution in Teaching" (1966), "Teaching as a Subversive Activity" (1969), "The Soft Revolution: A Student Handbook for Turning Schools Around" (1971), "The School Book: For People Who Want to Know What All the Hollering Is About" (Weingartner, 1973). Otros textos claramente pedagógicos son "Crazy Talk, Stupid Talk: How We Defeat Ourselves by the Way We Talk and What to Do About It "(1976), "Teaching as a Conserving Activity" (1979), "The Disappearance of Childhood" (1982), y "The End of Education: Redefining the Value of School" (1995).
-----La transcripción completa se muestra a continuación-----
Gracias. Muy buenas noches a todas y a todos.
Desde el Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada de nuestra universidad analizamos el impacto que producen los medios desde distintos ámbitos desde el año 2004.
Si bien llevo menos de un año en este Centro en donde han figurado--y figuran--grandes investigadores mexicanos, es un orgullo para mí exponer antes ustedes mi ideas sobre la Inteligencia Artificial y el futuro del trabajo, un tema que nos parece fascinante. Tal vez ningún otro objeto de estudio haya provocado el interés colectivo en los últimos años 30 años como éste y cualquier persona que se encuentre en un entorno de trabajo debe conocer, en principio, los principales retos que le obligan a mantener una mente abierta frente al cambio.
Quiero empezar con un agradecimiento sincero. Durante los últimos meses o años ustedes dedicaron tiempo, energía y curiosidad a seguir formándose. No lo hicieron porque alguien los obligara. Lo hicieron porque entienden algo que define a esta universidad: que el conocimiento no se recibe una sola vez, sino que se cultiva todos los días.
Hay muchas personas en esta sala. Muchas trayectorias distintas, en disciplinas distintas. Pero todas comparten un mismo gesto: el de seguir aprendiendo cuando ya nadie nos pone calificación. Y ese gesto, créanme, hoy vale más que nunca.
Porque vivimos un momento singular. Una sola tecnología está cambiando, al mismo tiempo, la forma en que trabajamos, la forma en que enseñamos y la forma en que pensamos. Esa tecnología, como bien lo intuyen ustedes, es la inteligencia artificial.
De eso quiero hablarles hoy. De los retos que nos plantea trabajar rodeados de máquinas que parecen pensar. Que simulan nuestras cognición.
Y de por qué la mejor respuesta a esos retos NO es, en el fondo, tecnológica. Es profundamente humana.
Y tiene que ver con algo tan antiguo como la escuela misma: saber hacer buenas preguntas.
Hace menos de cuatro años, la inteligencia artificial generativa era una curiosidad. Hoy es un entorno mediático completo.
Está en nuestras oficinas y en nuestras aulas. Redacta correos, resume informes, escribe código, traduce, diseña, diagnostica, propone. Lo que antes tomaba una tarde, ahora toma un minuto. Y lo hace en cualquier idioma, a cualquier hora, sin cansarse. Esto provoca cambios en los comportamientos en las personas que estamos estudiando.
Pensemos en lo cotidiano de esta universidad. Un investigador que en minutos revisa cientos de artículos antes de escribir el primer párrafo de su estudio.
Un administrativo que automatiza un reporte que antes le robaba media semana. Un docente que prepara ejercicios distintos para cada uno de sus grupos.

Un médico, un abogado, un contador, que reciben en segundos un borrador que antes exigía horas. Sea cual sea su disciplina, la inteligencia artificial ya tocó su escritorio.
Esa es la promesa. Pero toda promesa tecnológica trae consigo una sombra, un pacto faustiano, como lo ilustró en su momento el gran escritor Johann Wolfgang von Goethe.
La inteligencia artificial se equivoca con una seguridad pasmosa. Inventa datos que no existen y los presenta con la misma elegancia con que enuncia una verdad. Hereda los sesgos de quienes la entrenaron. Y, sobre todo, nos ofrece una tentación peligrosa: la de delegar no solo el trabajo, sino también el pensamiento.
Ese es el primer gran reto de trabajar en este entorno. No es que la máquina sea demasiado tonta. Es que a veces nosotros dejamos de ser suficientemente críticos. Cuando una respuesta llega rápido, bien escrita y con tono de autoridad, cuesta mucho detenerse a preguntar: ¿esto es verdad?, ¿de dónde salió?, ¿a quién beneficia?
Guarden esa pregunta. Vamos a volver a ella.
Permítanme aterrizar todo esto en nuestro país, con diez cifras que muestran cómo la inteligencia artificial ya cambió la manera en que los profesionales hacemos nuestro trabajo. No son proyecciones lejanas. Son el presente.
Uno. Según el estudio de Amazon Web Services Desbloqueando el potencial de la IA en México 2025, el 38% de las empresas mexicanas ya usa inteligencia artificial. Eso son más de dos millones de empresas.
Dos. La velocidad asusta: en México una empresa adopta esta tecnología cada minuto. En un solo año se sumaron cerca de 495 mil negocios nuevos.
Tres. Y no es solo cosa de empresas. De acuerdo con IBM, nueve de cada diez empleados en México ya utilizan herramientas de inteligencia artificial en su trabajo. Probablemente, muchos de los presentes la usaron este mismo día.
Cuatro. Ese mismo estudio de IBM encontró que solo el 25% de los empleados usa las herramientas que su propia organización les proporciona. El resto improvisa por su cuenta.
Cinco. El mercado laboral ya cambió de exigencias. La demanda de habilidades en inteligencia artificial dentro de las vacantes en México creció 148% entre 2023 y 2025, según otro estudio. Fíjense, en tan solo tres años las habilidades que provocó este cambio requirieron de miles de nuevos cursos de capacitación para aprender a usar chatGPT básico, como hacer buenos prompts, o bien como diseñar aplicaciones sofisticadas con vibe coding.

Seis. A principios de este mes, la consultora IDC reporta que el 91% de las empresas mexicanas ya vio cambiar o desaparecer alguno de sus puestos por causa de esta tecnología. No es el futuro: es lo que ocurrió en sus pasillos.
Siete. Esa misma firma señala que el 62% de las empresas enfrenta escasez de talento especializado. Hay herramientas, pero faltan personas que sepan usarlas con criterio.
Ocho. La brecha de talento es enorme. Según la consultora Ernest and Young, México cuenta con apenas unos 10,900 profesionales con más de dos años de experiencia en inteligencia artificial. Eso es menos del 0.01% de la fuerza laboral formal del país.
Nueve. Y sin embargo, el premio es real. Hace poco, la consultora PwC documentó que las industrias más expuestas a la inteligencia artificial multiplicaron por tres el crecimiento de sus ingresos por empleado frente a las menos expuestas. ¿Eso que quiere decir? Que los que no estaban preparados utilizaron su creatividad para salir adelante con la IA.
Y finalmente diez. Los propios trabajadores ya saben qué necesitan. En la encuesta de IBM, el 65% identificó la capacitación práctica como la acción más importante para aprovechar esta tecnología. Es decir: la gente está pidiendo aprender.
Diez cifras, una sola conclusión. La inteligencia artificial ya no es opcional en el mundo del trabajo. Y la diferencia entre quien la sufre y quien la aprovecha no está en la máquina. Como estamos viendo caso tras caso alrededor de todo el mundo está en la formación de la persona.
Y esto nos lleva al corazón de por qué estamos hoy aquí.
Durante buena parte del siglo XX, el modelo fue sencillo: uno estudiaba una carrera y esa carrera duraba toda la vida. Hoy ese pacto se rompió. El conocimiento técnico tiene fecha de caducidad, y cada vez más corta.
Lo dice con claridad el barómetro laboral de PwC: por competitivas que sean las habilidades de hoy, pueden volverse obsoletas con rapidez si las personas y las organizaciones no invierten en aprendizaje continuo. Una herramienta que dominamos este año puede ser irrelevante el próximo.
Frente a eso, la educación continua deja de ser un lujo o un trámite curricular. Se vuelve una estrategia de supervivencia profesional, sí, pero también algo más noble: una forma de mantenernos libres. Porque quien deja de aprender queda a merced de lo que otros decidan por él.
Y aquí está lo esencial. En un mundo donde la información sobra y las respuestas son gratuitas, lo que escasea no es el dato. Lo que escasea es el criterio. Ya no se trata de acumular conocimientos —para eso está la máquina—, sino de saber qué preguntar, qué dudar y qué verificar.
Ustedes, durante los últimos meses o años, no solo aprendieron contenidos. Practicaron el músculo de aprender y ese músculo es justo el que ninguna inteligencia artificial podrá ejercitar por nosotros.
Y hay algo más. La educación continua no nos hace solo mejores trabajadores; nos hace mejores ciudadanos. En un país donde la información viaja a toda velocidad —cierta o falsa, útil o manipulada—, las personas que siguen formándose son las que sostienen una conversación pública sensata. Por eso una universidad que impulsa la actualización de su gente no solo cuida su productividad. Cuida, en el fondo, la calidad del pensamiento de toda una comunidad.
Quiero presentarles a alguien que entendió esto mucho antes de que existiera el primer chatbot.
Neil Postman fue un educador y crítico cultural estadounidense. En 1969, junto con Charles Weingartner, escribió un libro provocador: Teaching as a Subversive Activity —La enseñanza como actividad subversiva—. Lo escribió sin computadoras, sin internet, sin inteligencia artificial. Y sin embargo, parece dirigido a nosotros.
Postman tenía una idea central, casi peligrosa para la escuela tradicional. Decía que el conocimiento no está simplemente guardado en los libros, esperando a que alguien lo memorice. El conocimiento, sostenía, se produce como respuesta a preguntas. Y el conocimiento nuevo nace de preguntas nuevas.
De ahí su frase más célebre, que quiero leerles con cuidado:
"Una vez que has aprendido a hacer preguntas —preguntas pertinentes, apropiadas y sustanciales— has aprendido a aprender, y nadie podrá impedir que aprendas lo que quieras o necesites saber."
Léanla otra vez en su cabeza. Aprender a preguntar es aprender a aprender. Y quien aprende a aprender se vuelve libre.
Postman lamentaba que la escuela hiciera lo contrario: que entrenara a los alumnos para memorizar, y cito, "las respuestas de otros a las preguntas de otros". Para él, formular preguntas NO es un adorno de la educación.
Es LA educación. Y advertía algo muy simple: preguntar es una conducta. Si no la practicas, no la aprendes.
Postman incluso proponía una habilidad provocadora como gran objetivo de la escuela.
La llamaba, sin eufemismos, un "detector de sandeces": la capacidad de reconocer cuándo algo es un disparate, un supuesto falso o una mentira bien vestida. ¿No les suena familiar? Esa es, precisamente, la habilidad que más vamos a necesitar en la era de la IA.
Vivimos rodeados de máquinas extraordinarias para dar respuestas. Pero Postman nos recordó, hace más de medio siglo, que el verdadero poder intelectual no está en responder. Está en preguntar.
Piénsenlo. La inteligencia artificial puede entregarnos mil respuestas en un segundo. Lo que no puede hacer es decidir cuál es la pregunta correcta. No sabe qué nos importa, qué es justo, qué viene al caso en nuestro contexto particular. Esa sigue siendo tarea nuestra.
Por eso, en esta era, la habilidad profesional más valiosa no es saber usar la herramienta. Es saber interrogarla. Preguntarle bien, y después —esto es crucial— dudar de su respuesta.
Aquí es donde el "detector de sandeces" de Postman se vuelve nuestra competencia más urgente.
Frente a una máquina que inventa datos con total seguridad, necesitamos profesionales que se atrevan a preguntar: ¿de dónde sale esto?, ¿quién lo dice?, ¿es realmente cierto?
Postman describía al buen alumno con un rasgo que hoy parece sabiduría pura. Decía que el buen alumno no necesita una respuesta final para todo, y que no le incomoda decir "no lo sé". En un mundo de algoritmos que nunca dudan, esa humildad para seguir indagando es nuestra mayor ventaja.
Podríamos decir lo mismo de los investigadores y docentes: nadie sabe con certeza absoluta hacian dónde se moverá el futuro a partir de la velocidad de cambios que ha traído la inteligencia artificial. Se tienen intuiciones y opiniones informadas, pero nadie tiene certezas absolutas.
La inteligencia artificial, entonces, no nos vuelve menos necesarios. Nos exige ser más humanos: más curiosos, más críticos, mejores formuladores de preguntas.
Y eso —el arte de preguntar— no se descarga. Se cultiva. Se aprende. Se practica. Exactamente lo que ustedes han hecho durante los últimos años o meses.
Permítanme cerrar volviendo al inicio.
Empecé agradeciéndoles por seguir aprendiendo. Ahora entienden por qué ese gesto me parece tan importante. En la era de la inteligencia artificial, las respuestas serán cada vez más baratas. Pero las buenas preguntas, las que se hacen con criterio, con dudas honestas y con valentía, seguirán siendo escasas. Y por eso, cada vez más valiosas.
La máquina sabrá responder. Que nuestra tarea sea aprender, una y otra vez, a preguntar mejor.
Ustedes ya dieron el paso más difícil: decidieron no quedarse quietos. Sigan haciéndolo. Sigan estudiando, sigan dudando, sigan formulando esas preguntas incómodas que abren puertas. Porque, como nos enseñó Neil Postman, quien aprende a preguntar aprende a ser libre. Y nadie, ninguna tecnología, podrá quitarles eso.
Agradezco por su tiempo, su trabajo y su compromiso por seguir creciendo. Ha sido un honor compartir estas ideas con ustedes.
Muchas gracias.
Un listado en orden cronológico inverso de todos los textos escritos por Eduardo Portas en Anáhuac Landscape se puede ver aquí: https://eduportas.wordpress.com/anahuac-landscape/




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