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Audiencias deportivas: fútbol, pantallas y comunión social

  • hace 22 horas
  • 8 min de lectura

Las audiencias deportivas no sólo buscan ver fútbol: buscan coincidir, pertenecer y reconocerse en una emoción común. El Mundial 2026 mostró que las pantallas pueden funcionar como fogatas técnicas donde una sociedad fragmentada recupera temporalmente la palabra “nosotros”. Pero esa comunión también puede ser explotada por plataformas, apuestas, publicidad e inteligencia artificial.


Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Doctor en Comunicación Aplicada, Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México, Correo: jhidalgo@anahuac.mx 

ORCID: 0000-0002-6204-9534


¿De qué tienen hambre las audiencias deportivas?

La derrota también congrega. A veces une con una fuerza que la victoria no alcanza, porque obliga a una nación a mirarse sin el maquillaje de la euforia.


México perdió 3-2 ante Inglaterra en el Estadio Azteca, en octavos de final del Mundial 2026, ante más de 80,000 aficionados y con multitudes siguiendo el partido en pantallas públicas bajo la lluvia de la Ciudad de México. No cayó solamente una selección. Durante unas horas, un país disperso por el miedo, la desigualdad, la deuda emocional y la fatiga de convivir desde la fractura volvió a pronunciar una palabra común: nosotros.

La pregunta no es por qué la gente vio el partido. La pregunta verdadera es de qué tenía hambre mientras lo veía.


El fútbol nunca empieza en la cancha. Comienza antes: en la espera; en la conversación del taxi; en la oficina que suspende su ritmo; en el padre que vuelve a sentarse con el hijo frente a una pantalla; en el desconocido que pregunta el marcador como quien tantea la temperatura del alma pública.

La selección nacional opera como una gramática mínima de pertenencia. Durante noventa minutos, una sociedad que no logra ponerse de acuerdo sobre casi nada encuentra una partícula de adhesión: “vamos”.


Esa palabra no corrige la impunidad, no devuelve a los desaparecidos, no pacifica las calles, no resuelve el precio de la vida. Pero revela algo que la sociología política suele olvidar cuando sólo mide polarización: la sociedad no está vacía de comunidad; está cansada de buscarla en instituciones que muchas veces no la sostienen.


¿Por qué una derrota también puede congregar a un país?

México no miró el Mundial desde una normalidad social.

La ENVIPE 2025 estimó que, en 2024, 11.4 millones de hogares, 29% del total del país, tuvieron al menos una persona víctima de delito; 23.1 millones de personas adultas fueron víctimas, y la cifra negra alcanzó 93.2%. Esa intemperie moral no es un dato lateral: es el subsuelo desde donde se mira un partido nacional.


La pantalla no aparece ahí como simple aparato de entretenimiento, sino como refugio provisional, como fogata técnica alrededor de la cual los cuerpos vuelven a reconocerse.


Durkheim llamó efervescencia colectiva a ese instante en que los individuos se sienten atravesados por una energía que no les pertenece del todo y que, sin embargo, los constituye. El estadio, la sala familiar, el bar, la pantalla en Reforma y el chat saturado de exclamaciones funcionan como altares civiles de una nación que busca sentirse viva.


Benedict Anderson entendió la nación como una comunidad imaginada no porque sea falsa, sino porque existe en la imaginación simultánea de quienes jamás se conocerán y, pese a ello, se reconocen parte de la misma historia.


El Mundial vuelve visible esa imaginación. La concentra. La comercializa. La hiere.


¿Cómo convierten las pantallas el fútbol en comunión social?

La Copa del Mundo 2026, con 48 selecciones y 104 partidos, no es sólo el mayor torneo futbolístico organizado hasta ahora; es una arquitectura planetaria de atención. FIFA la presenta como una edición de escala inédita y Reuters ha descrito el esfuerzo extraordinario de los broadcasters para cubrir un Mundial expandido, distribuido en tres países y sostenido por una maquinaria mediática que opera sin descanso.


La televisión abierta, que parecía condenada por la fragmentación digital, regresó al centro porque todavía puede ofrecer algo que el algoritmo raramente garantiza: simultaneidad colectiva. El streaming personaliza. La televisión sincroniza. El Mundial hace convivir ambos regímenes.


La victoria inaugural de México frente a Sudáfrica alcanzó 23.4 millones de espectadores promedio en México y una cuota de pantalla de 72.1%, casi tres de cada cuatro personas que veían televisión en ese momento. Más tarde, el partido México-Ecuador elevó el registro a 35.1 millones, convertido en el encuentro mundialista más visto del siglo XXI en el país.

No se trata únicamente de rating. Se trata de hambre de copresencia. La audiencia no quiere sólo mirar. Quiere coincidir. Quiere saber que el otro está ahí, respirando el mismo peligro, esperando el mismo milagro.


Jesús Martín-Barbero insistió en desplazar la mirada de los medios hacia las mediaciones: familia, barrio, memoria, ritual, clase social, oralidad, usos cotidianos. Desde ahí puede comprenderse que una transmisión no “lleva” un partido a la casa; reorganiza el tiempo doméstico, autoriza conversaciones, actualiza genealogías deportivas, convierte el grito en parentesco momentáneo.


La pantalla no es neutra. Tampoco omnipotente. Es una plaza portátil donde la cultura negocia sus heridas.


¿Cuándo el espectáculo deportivo explota el hambre de comunidad?

Toda hambre social puede ser cuidada o explotada.

Guy Debord escribió que el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por imágenes. El Mundial confirma la precisión de esa intuición. La comunión aparece envuelta en patrocinios, paquetes premium, narrativas de marca, clips automatizados, métricas de permanencia, publicidad contextual y apuestas deportivas.


Las pausas de hidratación, justificadas por el cuidado del cuerpo del jugador, se han convertido también en intervalos de administración comercial del deseo. Reuters reportó que estos cortes abrieron nuevas oportunidades para broadcasters y anunciantes, en un torneo donde FIFA proyecta ingresos por 8,900 millones de dólares.


La pausa ya no es pausa. Es inventario.

Ahí se vuelve más delicado el ecosistema de apuestas. Cuando el partido se rodea de estímulos para jugar dinero, la incertidumbre deportiva se convierte en expectativa financiera. El gol deja de valer sólo como alegría común; se vuelve momio, predicción, ansiedad, pérdida posible.


¿Qué papel juegan las apuestas deportivas en la emoción colectiva?

Investigadores de la Universidad de Sheffield encontraron que la publicidad televisiva de apuestas influyó significativamente en la conducta de apuesta de hombres de 18 a 45 años durante Qatar 2022, grupo de alto riesgo en daños asociados al juego.


En Brasil, durante el Mundial 2026, Associated Press documentó una creciente presión regulatoria por publicidad de apuestas deportivas; Reuters también reportó críticas por la integración de apuestas en transmisiones digitales de fútbol.


El problema no es moralizar la emoción. El problema es admitir que el mercado aprendió a instalarse en el punto exacto donde la esperanza se vuelve vulnerable.


El fútbol puede convertir la incertidumbre en comunidad. Las apuestas pueden convertirla en dependencia. Entre una y otra operación se juega una diferencia ética fundamental: el destino del deseo colectivo.


¿Cómo aprende la inteligencia artificial del deseo de las audiencias?

La inteligencia artificial añade una capa menos visible y quizá más decisiva.

El Mundial ya no se narra únicamente con cámaras y comentaristas. Se predice, se segmenta, se recomienda, se subtitula, se recorta, se traduce, se viraliza y se monetiza mediante sistemas que aprenden de nuestros gestos.


Cada pausa, cada repetición, cada enojo publicado, cada meme, cada abandono de transmisión, cada retorno al resumen, alimenta una gramática algorítmica del deseo.


Kate Crawford advierte que la IA no es una entidad abstracta, sino una infraestructura material y política que ordena recursos, clasifica conductas y distribuye poder. En el deporte mediatizado, esa infraestructura no sólo calcula qué veremos después; aprende de qué tenemos hambre.


El peligro no está en que la audiencia sea manipulada como masa ingenua. Canetti sabía que la masa desea densidad, contacto, descarga, una forma de igualdad momentánea donde las distancias se suspenden. Esa necesidad es profundamente humana.


Lo grave sería dejarla en manos exclusivas de plataformas que convierten la comunión en retención y el duelo en dato. Cuando una nación llora frente a una pantalla, no produce solamente audiencia; produce sentido social disponible para ser cuidado o extraído.


¿Qué nos dice el fútbol sobre la necesidad de estar juntos?

La derrota de México ante Inglaterra deja una imagen más honda que el marcador: un país que lloró unido.


Ese llanto no debe leerse como sentimentalismo deportivo. Es un síntoma antropológico. Donde hay duelo compartido todavía hay vínculo. Donde una multitud puede reconocerse en una emoción común todavía existe reserva moral de comunidad. Donde el cuerpo social se reúne para sufrir algo que no decide, quizá ensaya la forma mínima de volver a decidir algo juntos.


El deporte muestra una verdad incómoda para la política, la escuela, la empresa, la familia y los medios: la gente todavía quiere estar junta. No perdió el deseo de comunidad. Perdió, demasiadas veces, la confianza en los lugares donde esa comunidad debía construirse.


Por eso corre hacia el estadio, hacia la pantalla, hacia el canto, hacia la camiseta. No porque el fútbol baste, sino porque por un momento ofrece una forma respirable de pertenencia.


Cuando se apague el Mundial, las audiencias volverán a sus rutinas, a sus pantallas individuales, a sus deudas, a sus trabajos, a sus miedos. Pero algo quedó expuesto con nitidez: no tenemos hambre sólo de fútbol. Tenemos hambre de tiempo común, de presencia reconocida, de país vivible.


La pelota seguirá rodando en otras canchas; la pregunta quedará aquí, incómoda, esperando respuesta: si una sociedad puede reunirse para llorar una derrota, ¿qué nos impide reunirnos para defender la vida que todavía compartimos?


Preguntas frecuentes

¿Qué son las audiencias deportivas?Son comunidades de espectadores que no sólo consumen eventos deportivos, sino que comparten emociones, rituales, identidades y sentido de pertenencia.

¿Por qué el fútbol genera comunión social?Porque sincroniza cuerpos, conversaciones, memorias y emociones en torno a una experiencia compartida que produce identidad colectiva.

¿Qué relación existe entre fútbol y sociedad del espectáculo?El fútbol puede unir socialmente, pero también se convierte en espectáculo comercial mediado por pantallas, marcas, apuestas y plataformas.

¿Por qué las apuestas deportivas son un riesgo cultural?Porque transforman la incertidumbre deportiva en expectativa financiera y pueden explotar momentos de vulnerabilidad emocional.

¿Cómo interviene la inteligencia artificial en el espectáculo deportivo?La IA segmenta audiencias, recomienda contenidos, predice conductas, automatiza clips y convierte la emoción colectiva en datos monetizables.


Referencias

Anderson, B. (1983). Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso.

Canetti, E. (1960). Masse und Macht. Claassen.

Crawford, K. (2021). Atlas of AI: Power, Politics, and the Planetary Costs of Artificial Intelligence. Yale University Press.

Debord, G. (1967). La société du spectacle. Buchet-Chastel.

Durkheim, É. (1912). Les formes élémentaires de la vie religieuse. Alcan.

INEGI. (2025). Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2025.

Martín-Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones. Gustavo Gili.

Reuters. (2026). Mexico’s World Cup party ends in tears at the Azteca.

Reuters. (2026). It’s crazy: Broadcasters toil, and revel, in supersized World Cup.

Reuters. (2026). World Cup waterbreaks offer lucrative opportunity for broadcasters.

University of Sheffield. (2026). Research raises concerns over gambling advertising ahead of 2026 World Cup.


Este análisis forma parte de Anáhuac Landscape, plataforma dedicada al estudio de la inteligencia artificial, la ética, la comunicación y la cultura digital. Desde el Human & Nonhuman Communication Lab, exploramos cómo las audiencias deportivas, las pantallas, las plataformas, las apuestas y la inteligencia artificial transforman la experiencia colectiva del fútbol y la necesidad humana de comunidad.


Profundiza en el estudio de audiencias deportivas, cultura digital y mediaciones desde las investigaciones del Human & Nonhuman Communication Lab.


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